Una familia singular

Nº 44 · Noviembre de 2012 · pp. 24–27

Resumen. Cuenta en primera persona el proceso de adopción de dos niños y, años después, de una tercera hija: la fase previa, los trámites, la llegada a casa y la integración en la familia. Termina animando a quienes dudan en adoptar.

Cuando hace cinco años nos planteamos adoptar dos niños por primera vez, a mi marido y a mí nos surgieron muchos interrogantes, muchos miedos (me imagino como a otras personas o parejas en la misma situación); miedos del tipo de qué hacer, por qué lo hacíamos, para qué, cómo, dónde, de qué país, si podríamos con ello, si seríamos “buenos padres”, cómo serían, cómo nos organizaríamos con ellos aquí, cómo decidiríamos, si hacerlo por libre o por una ECAI (Entidad Colaboradora de Adopción Internacional, nota del consejo editorial), etc. Personas que hayan estado en procesos de adopción seguro que entienden este momento inicial.

La denomino fase previa. Es el tiempo en que debíamos contestar a dichas preguntas con rotundidad; desde el corazón, pero con honestidad; desde la realidad.

Debemos saber y tener muy claras nuestras limitaciones, para saber con lo que podemos ser capaces de enfrentarnos y con lo que no, sin juzgarnos por ello.

Algo primordial, si se va a adoptar en pareja, es que ambas personas deben ir al unísono, llegar a un consenso y tener claro lo que quieren y buscan en la adopción porque si no, sí que puede ser un fracaso, no sólo como pareja sino como familia.

El pilar sobre el que adoptemos, tanto individualmente como en pareja, debe ser muy fuerte. La pareja debe estar muy unida y compenetrada porque hay momentos muy duros que pueden ser muy difíciles de superar.

La fase inicial sería la puesta en marcha, el comienzo con la documentación necesaria aquí y luego en el país de destino o de origen de los hijos.

Completar la documentación es lento, mera burocracia, pero lo más difícil; es “desnudarse” ante pruebas, a mi entender totalmente necesarias, que ayudan a reflexionar y ahondar más en la realidad de la adopción.

Realmente al principio pensábamos que era duro, pero lo realmente fuerte y duro estaba por llegar en la siguiente fase.

La fase central, así denominada porque es cuando realmente te dicen quiénes, si quieres, son tus hijos.

En nuestro caso, por ejemplo, nos dijeron por teléfono que había dos hermanos de 4 y 2 años, que estaban en Perm, una región de Rusia; que si nos interesaban. Nuestra respuesta fue inmediata y afirmativa. En ese momento comenzaba otra lucha interna y conjunta para mi marido y para mí: ¿Cómo serían? ¿Estarían juntos? ¿Por qué estaban allí? ¿Cómo estarían de salud? ¿Seríamos capaces de quererlos como verdaderos padres? ¿Diríamos que sí al verlos?

Todas estas preguntas eran muy necesarias, al igual que los miedos y la incertidumbre de cómo iba a transformarse nuestra vida.

Finalmente no pudimos conocerles a la vez, porque estaban dentro de la misma región pero en dos orfanatos diferentes. Cuando vimos por primera vez al mayor de los dos niños, nos miramos mi marido y yo y lo tuvimos claro: adelante, esos eran nuestros hijos, independientemente de los médicos nos leyeran los informes de las enfermedades que habían pasado y de todo lo que tenían.

Por eso quiero reseñar la importancia de la fuerza de la persona o de la pareja que vaya a adoptar, porque cuando ves al niño por primera vez, los “miedos” existen, pero sabíamos que era nuestro hijo; era como si en ese momento hubiese parido y dado a luz a ese niño de 4 años; así nos sentíamos, llorosos, emocionados, felices: era nuestro hijo.

Y lo mismo pasó con el niño de 2 años. Cuando le vimos sentimos lo mismo; nos miramos y dijimos adelante.

Ya estaban; eran nuestros hijos, nuestro parto múltiple.

Posteriormente viene una fase más dura, desgarradora, la denominada fase de espera. En nuestro caso, desde que les conocimos hasta que fuimos al juicio y les trajimos pasaron cuatro meses. Éste fue el momento y los meses más largos de nuestra vida, que pasamos viendo las fotos y los vídeos que les habíamos hecho para tenerlos en el día a día.

Les conocimos en noviembre pero hasta marzo no fuimos a por ellos; las Navidades fueron duras; fue un período raro, intenso, con muchos temores a que realmente todo saliera bien y finalmente fueran nuestros hijos, aunque realmente para nosotros ya lo eran.

Denominaría fase final al momento en que vuelves a buscarlos. Es también un proceso, otra etapa dura e intensa, en la que ves a personas y parejas de diferentes países, de diferentes regiones de toda España, todas con algo en común: salir del país con nuestro hijo o hija; ser padres. Al final compartes con ellos las alegrías, las angustias, los temores, las ansiedades, las ilusiones, porque todos teníamos sentimientos encontrados, similares y un mismo fin, formar una familia.

Comparo el momento de llevar a tus hijos a casa, en este caso al hotel, con el de una madre da a luz en un hospital y vuelve a casa: es primeriza, inexperta, con temores, dolores físicos y psíquicos; además debe tranquilizarse, organizarse y cuidar al bebé.

En un primer momento estás eufórica, ya tienes a tus hijos, los tienes contigo; pero luego vienen los temores y las dudas: ¿Tendrá hambre? ¿Sed? ¿Me entenderá? ¿Le voy a duchar o mejor le baño? ¿Por qué duerme encogido? ¿Por qué grita? ¿Por qué no se ríe?…

Nos queda la verdadera última fase, la de la llegada al destino de la persona o pareja adoptante con los niños. Es el comienzo de una nueva vida. Es una alegría para los tíos, abuelos, primos, amigos, que desborda a los niños y a los padres. En mi opinión esta fase sería la última de la adopción burocrática, física y legal, y el comienzo real del proyecto de familia que quieren los adoptantes, los nuevos padres.

Cuando llegan aquí con sus hijos muchas personas piensan que ya están en casa y que lo más difícil ya ha pasado. Yo digo que sí, que ya son nuestros hijos, así lo sentimos los adultos, los padres, desde el primer momento; pero ¿cómo se sienten ellos? ¿Cuándo se sienten miembros de la familia?

Todo esto se va resolviendo a lo largo de los años con amor, unión, firmeza, esfuerzo, tesón y la ayuda de profesionales, si fuera necesaria.

Y tanto es así, que tres años después nos decidimos a adoptar a nuestra tercera hija. Viviendo la experiencia de diferente forma, como un segundo parto, pero con los mismos sentimientos de dulzura, amor y esperanza.

Animo a las personas que dudan de si adoptar o no diciéndoles que adelante, que es duro, pero que compensa con creces. Ellos, los niños, nos dan y nos enseñan mucho más de lo que nosotros podemos darles.

Formar esta singular familia es lo más maravilloso e importante que hemos hecho.

Sobre Idoia. Idoia es madre adoptiva.
Cómo citar: Idoia (2012). Una familia singular. Cuadernos de Psicomotricidad, 44, pp. 24–27. Luzaro.
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