“El niño encierra una sabiduría que siglos de humanidad han ido sedimentando. Igual que en una planta, se ha ido sedimentando un conocimiento que le lleva a florecer y a fructificar. Por supuesto, este conocimiento es un conocimiento que, desde el principio, se articula en una trama de densas relaciones con lo que le rodea: sin embargo, no se trata de dejar al niño a merced de sí mismo, sino de actuar sobre su sabiduría, en ese empuje hacia el mundo que le caracteriza.” (Del lado de los niños, P. Frasson).
Entonces, nos surge espontáneamente la pregunta: ¿qué significado toma e “in-corpora” el término educar a un niño? ¿Y cuándo comienza esta educación, antes del nacimiento o sólo tras su “llegada al mundo”?
Educar tiene dos significados fundamentales. Desde el punto de vista etimológico, deriva del latín exduco, saco afuera, dejo salir, por lo tanto ayudo a otro a ser lo que es, según sus potencialidades, tanto físicas como emocionales e intelectuales.
Otro significado es el de alimentar, facilitar los medios y materiales, las bases de las que la persona se servirá para expresarse a sí misma.
La educación puede entenderse como la realización de los medios precisos para permitir al ser humano formarse y desarrollarse. Es el ser que se educa a partir de los materiales físicos, afectivos y mentales que le han sido facilitados por los padres y el entorno que le rodea.
La vida intrauterina
Cuando el niño nace, ya tiene nueve meses de vida y experiencias (experiencias sensoriales-motrices fetales: estiramientos, giros, encogimientos, etc.; experiencias táctiles de la piel con el entorno de la placenta; experiencias sonoro-auditivas de los ruidos internos del cuerpo de la madre, etc.). El desarrollo del feto inicia con la novena semana de gestación y sigue hasta el nacimiento (que normalmente se produce tras treinta semanas), en un vínculo estrecho con la calidad del entorno intrauterino. Los diferentes sistemas del organismo fetal comienzan a funcionar bien desde el tercer mes.
Como afirma Michel Soulé (neuropsiquiatra francés), “Lo prenatal debe ocupar en nuestra ciencia el lugar que legítimamente se merece, el de primer capítulo de la verdadera biografía de la persona humana, y no de preámbulo o prehistoria”.
El desarrollo-integración cuerpo-mente del niño es un continuo desde el embarazo hasta todas las fases posteriores. Desde el principio, la madre (y el entorno que le rodea) tiene la tarea del proceso de maduración, permitiendo el paso de lo biológico a lo mental, a través de un “acompañamiento” tónico-afectivo del feto (antes y después del nacimiento del niño), una alimentación sensorial, intelectual, que permitirá dejar emerger todas las potencialidades encerradas en el ser que se está formando, en total libertad.
A través de la madre-entorno, durante esos meses simbióticos que determinan el periodo del embarazo, el futuro niño recibe del exterior tanto los materiales nutritivos como el impacto y la influencia que el entorno ejerce sobre la misma: el efecto de sus emociones, sus pensamientos y sentimientos. “Incluso si el sistema nervioso del feto está separado del materno, las fuertes emociones vividas por la mujer a lo largo del embarazo causan un importante aumento de hormonas y otras sustancias químicas en la sangre que, a través de la placenta, se transmiten al feto y parecen reproducir en este último el estado fisiológico de la madre. Según investigaciones llevadas a cabo, resulta que la actividad motriz del feto aumenta considerablemente cuando la madre atraviesa un estado de stress. (Luigia Campioni)
Hace tiempo se pensaba que en el seno de la madre, el niño estaba aislado de todas las influencias externas, incluso las que son potencialmente dañinas o nocivas, que estaba seguro. Hoy, sabemos que esto no es totalmente cierto. Claro que el entorno uterino es muy eficiente en proteger y alimentar al joven ser que se está formando: le mantiene a una temperatura constante y, a través del líquido amniótico en el que está suspendido, le preserva de sacudidas e impactos. Sin embargo, a través de la sangre materna no sólo pasan el nutrimento y el oxígeno, sino también una serie de agentes, como sustancias químicas, hormonales y virus que pueden dejar rastros indelebles en su futuro desarrollo.
Aunque la placenta funciona como un filtro, una serie de sustancias potencialmente nocivas son capaces de atravesarlas. Y, naturalmente, si la sangre materna carece de algunas sustancias nutrientes que necesita el organismo en crecimiento, el desarrollo armónico de órganos y aparatos puede resultar alterado.” (Luigia Campioni)
Por lo tanto, resulta importante, ante todo, la calidad de vida de la madre, así como la calidad del entorno que le rodea, para asegurar una calidad de buenas interacciones del feto con su propio ambiente”.
El nacimiento
¡El nacimiento “lanza al espacio-mundo-exterior” al niño! Este paso-cambio de entorno (del entorno intrauterino al entorno extrauterino), pone al recién nacido en una condición de “tareas nuevas”: respiración, nutrición, regulación térmica corporal, etc.
De las primeras experiencias de cuidados aparentemente sólo físicas, de la primera relación con base sensorial, “emerge” la progresión del proceso de integración somatopsíquica (cuerpo-mente) del recién nacido, fruto de la “calidad” de la relación diádica.
Es en el conjunto de las sensaciones táctiles-auditivas-visivas placenteras, que alimentan y terminan en un bienestar físico y psíquico, y en una cenestesia gratificante, que el pequeño niño vive las experiencias primarias placenteras de sí. El diálogo tónico-corporal (quinestésico y cenestésico) se pone en marcha muy pronto: el recién nacido, muy competente desde el punto de vista sensorial, es capaz de tejer un diálogo importante con la madre, en el que juega un papel activo.
La calidad comunicativa y de ajuste tónico-emocional de la madre (= madre-entorno) permite al pequeño niño vivir y ponerse en una situación reestructurante, en el plano de las primeras necesidades (que son al mismo tiempo físicas y psíquicas) y centralizante, mediante distintas y diferentes experiencias con el cuerpo-todo de la madre relacionadas con la asimilación del calor, el contacto suave y envolvente, el sostén y apoyo, la gratificación en el plano oral, experimentando por lo tanto el sentido de protección vital.
El “buen nutrimento” materno entendido como leche, comida, pero sobre todo calor y cuidados afectuosos, permite al niño relajarse, comer más, dormir más, ser activo en las interacciones con el entorno que le rodea; asimismo, hay que recordar que la ansiedad, la incertidumbre, el miedo, siempre tienen como resultado la irritabilidad y los “caprichos” del niño, como traducción inmediata de la afectividad en el comportamiento, señales corporales de una incomodidad. El cuerpo del niño “habla” y cada uno de sus comportamientos tiene un preciso significado, está cargado de aspectos intelectuales, afectivos y relacionales; es una forma para expresarse, para comunicar algo.
Diálogo tónico-emocional-empático entre madre-niño y entorno y desarrollo del niño
Lo expuesto hasta ahora “contribuye a aclarar un poco más el concepto según el cual el niño, incluso en muy temprana edad, y sobre todo a través de los movimientos del cuerpo, la sonrisa, los chillidos, interactúa activamente y se comunica con el adulto, influenciando su comportamiento. El recién nacido y el niño pequeño utilizan para ello el aspecto verbal de la comunicación (definido como aspecto de “relación”), es decir, el que a través del clima recíproco de los sentimientos comunicados mediante los gestos, los tonos de voz, la posición del cuerpo, expresa y define las características de la relación que se está manteniendo.” (M. Rutter, 1973)
Poco a poco, las posturas y el “patrimonio inicial” de la madre y del niño se van influenciando mutuamente, poniendo en correlación aspectos del comportamiento de una con modos de respuesta del otro, y viceversa, dentro de un sistema relacional (contexto).
En el niño y en la madre se realizan dos “formas” de actuar y ser (índices), que permiten detectar, por ejemplo para el niño, el grado de receptividad o sensibilidad a los estímulos, la capacidad de respuesta a los estímulos, según la etapa de desarrollo en el que se encuentre, los diferentes factores que permiten comprender el estilo motor (activo o pasivo), las modalidades de llamada de presencia e interactuar con la madre y el entorno.
Así, por ejemplo, desde el punto de vista materno, pueden indicarse: la frecuencia de los contactos físicos, su clase, las formas de consolación, la frecuencia e intensidad de los sentimientos positivos expresados hacia el mismo, sus esfuerzos para dar al niño unos estimulaciones sociales, etc.
J. de Ajuriaguerra (1967, psiquiatra infantil) afirmaba que “los adultos advierten de manera protopática los movimientos del niño como indicios de demanda o confirmación, súplica o voluntad tiránica; de esta forma el niño va plasmando poco a poco y utilizando su entorno, y esto es sin duda el inicio de un diálogo”.
Esta cita define muy bien el significado que “la relación adulto-niño constituye un sistema de fuerzas coexistentes e interdependientes, donde el comportamiento de cada una de ellas está en función de la relación recíproca que se instaura, que es fruto en cada momento del equilibrio de las fuerzas que definen la relación misma.” (M. Rutter, 1973)
Sin embargo, la relación madre-niño debe situarse en un contexto social más amplio, representado por la familia de origen o adoptiva (o por una institución asistencial que acoge al niño), que influye en la relación misma, tanto en sentido positivo y estimulante, como en sentido inhibidor.
Aún más, demasiado a menudo una madre se encuentra “abrumada” por la multiplicidad de “consejos” que proceden de personas pertenecientes al entorno familiar: “hay que hacer así ; cuando llora, déjale llorar, de lo contrario le mimarás ” Y esto no aporta tranquilidad y certezas, sino una suerte de “rigidez tónico-emocional” que impide la escucha empática de las necesidades del niño.
Una sana, activa, feliz interacción entre adulto y niño se establece en concreto cuando el niño es reconocido y confirmado como ser-persona existente por sí solo, diferente del adulto y capaz de influenciarle y transformarle con sus iniciativas.
El campo de la relación y la comunicación
Sin embargo, es cierto que tras el nacimiento (pero también antes del mismo, puesto que a nivel del imaginario materno el futuro niño es un ser que existe en el deseo de su madre, un ser al que ella espera, un ser añorado), el niño está sometido a influencias culturales y educativas estrechamente relacionadas con la forma en que la madre haya sido ella misma educada.
El nacimiento de la hija o hijo evoca en ella las relaciones que ha mantenido con su propia madre. Emergen recuerdos de la infancia, que van en la dirección de una regresión activa, y que favorecen el proceso de identificación, sobre todo cuando se trate de una hija: “mi madre me ha dicho que yo también era así cuando era pequeña No pensaba en otra cosa que en dormir ”
Estas influencias, relacionadas tanto con la personalidad de la madre como con sus relaciones familiares y con ciertas creencias, se manifiestan desde los primeros días a diferentes niveles en los cuidados facilitados a la niña o niño.
Es quizás esta “prehistoria relacional materna” que al comienzo favorece e introduce la madre en su contacto primario con el hijo o hija, y que poco a poco va modulando y transformando en un “estilo maternante y estructurante” ajustado a las necesidades, a medida que se experimenta en el conocimiento de su pequeño.
El cuidado amoroso de la madre, permite al niño conocer el bienestar y el malestar (perdida la protección del útero, éste experimenta un mundo desagradable, conoce el hambre, la privación, el calor y el frío, el movimiento dificultoso, pero también vive el placer), asociándolos a determinadas partes del cuerpo, una suerte de “inscripciones corporales” que irán ayudando en la “composición de una totalidad del cuerpo”; una unidad de placer del cuerpo, una organización somato-psíquica vivida en la relación sensual como placer de la sensorialidad difuminada, que funda el yo corporal con el yo psíquico (hay que subrayar que este proceso gradual no está en el orden de lo consciente, de la representación ni del lenguaje).
Los que se ocupan desde el punto de vista científico de esta etapa de la vida del niño, tienden a identificar con la boca el lugar primario donde maduran estas sensaciones, sin embargo, ésta debe incluir también la piel, los laberintos, todos los órganos del aparato receptivo.
Gracias al estímulo adaptativo ejercido por el mundo exterior, el niño aprende a expresar sus propias emociones (de placer y disgusto). Comunica a través de todo su cuerpo, vivido tónica y afectivamente con la madre, la cual a su vez se vuelve capaz de ponerse a nivel pre-expresivo, no verbal, del hijo/a, mostrando, como escribió René Spitz, “una sensibilidad casi telepática como sustento de la relación, un tan alto grado de disparidad entre dos individuos tan estrechamente asociados e interdependientes que no puede encontrarse en otro lugar en nuestra organización social”.
Este “espejo precoz” que la madre pone en marcha con su hija o hijo continúa durante toda la vida. Es cierto que cada madre habla con su niño mucho antes que éste conquiste la capacidad del lenguaje verbal. Ya desde la edad de tres meses, los ojos del niño “reflejan y se iluminan” al mirar a su madre. El desarrollo emocional del niño está marcadamente relacionado con este “reflejo de sí” que recoge en el rostro-mirada de su madre, con las reacciones mímicas que percibe en él, tanto que D. W. Winnicott escribe: “Lo que el recién nacido ve es a sí mismo”.
La madre imita la intensidad y el ritmo de las expresiones, el movimiento del cuerpo, la mirada, la vocalización del niño, como en una especie de “danza comunicativa”. La respuesta específica y sintónica de la madre facilita la constitución de una sincronía y una reciprocidad en una interacción en la que el niño participa de forma cada vez más directa y activa.
El aprender que el comportamiento “comunica”, en el sentido de que suscita unos comportamientos específicos de la madre hacia él, lleva al niño hacia una capacidad de comunicar de forma intencional dentro de la relación, creándose así un intercambio comunicativo significante cada vez más rico y articulado.
El elemento común que facilita el campo interactivo es la estructura temporal, cíclica, secuencial, que permite a madre y niño participar en la interacción. Schaffer subrayó muy bien cómo la madre y el niño pueden “co-ordenarse” en su comportamiento, puesto que comparten un mismo modelo rítmico, base esencial para las actividades interpersonales.
“Una función fundamental de la madre es la de introducirse, con su comportamiento, en los “espacios”, en las pautas del ritmo alternado del niño” (de “Ritmi, sincronia, reciprocità, nella relazione madre-bambino”, en Età Evolutiva, 1986).
Al principio, el recién nacido vive un ritmo binario en una alternancia de momentos de contracción/relajación, luz/oscuridad, vigilia/sueño, tripa llena/tripa vacía, intestino lleno/intestino vacío, etc.; a continuación, a partir de su cuerpo, desarrolla un “concepto de tiempo” que se vuelve cada vez más abstracto.
La inicial estructura temporal “fásica”, que sostiene los mecanismos de preadaptación del niño, se muestra especialmente en la actividad de succión, que constituye el primer trámite del contacto del niño con el entorno que le rodea, y su ritmo coincide con el del latido del corazón de la madre.
El psicoanálisis ha puesto especial interés en destacar la importancia de la relación del niño con el seno materno, para su desarrollo psíquico.
La autora M. Klein, en su libro “Envidia y gratitud” (Invidia e gratitudine, ed. Martinelli, Firenze, 1994), escribe: “El seno bueno que nutre y da comienzo a la relación amorosa con la madre, representa el instinto de vida, y se siente también como primera manifestación de la creatividad”.
Más adelante, continúa: “Con el paso de los años, la relación con el seno materno se convierte en el punto de referencia para el desarrollo de los sentimientos de devoción hacia las personas y hacia los valores ideales, sobre los cuales se desplaza parte del amor que había experimentado originalmente hacia el objeto primario”. (M. Klein)
La actividad de la succión representa el prototipo de toda posterior actividad interactiva; lo que parece sólo una simple actividad motora refleja es, en cambio, un micro-ritmo, organizado en secuencias temporales complejas.
En el diálogo original entre madre y niño, el comportamiento activo de la madre –tocar, acariciar, hablar– se produce precisamente en las pausas de succión del niño, mientras en los momentos de succión del niño, la madre toma una postura de “atenta pasividad”, de espera.
Dentro de este diálogo primario, dos aspectos resultan especialmente interesantes:
- El primero, que ha sido definido como “el enganche visual” (indicador que manifiesta que el campo de la relación está vivo) entre madre y niño, su mutuo mirarse, que se produce especialmente en las pausas. Es la función de reflejarse de la madre, a través de la cual el niño avanza en la construcción de su Ser.
- El segundo aspecto se refiere a la función del oído: “La voz humana asume una especial valencia en la experiencia de la lactancia, puesto que acompasa, modulándolos afectivamente, los diferentes momentos de la necesidad, la espera, la gratificación, el relajamiento. El sonido, por lo tanto, puede ser vivido por el niño como el seno materno, como algo que satisface o da frustración, presentificación hacia el exterior del propio malestar interior o, por el contrario, ser algo que le contiene, le protege, le envuelve, en una condición de bienestar fusional”. (Le parole del silenzio de D. Bacchini y P. Valerio, Ed. Scientifiche Ma. Gi., Roma, 2000).
La continuidad del existir del niño
Cada niño tiene su propia forma de funcionar, organizarse, en que son importantes las sensaciones vividas en el cuerpo y “las marcas sensoriales” que los objetos exteriores dejan en ellas, que se convierten en fuente y estímulo para la espera, la curiosidad, cada actividad de búsqueda y deseo.
Las cualidades de contención ambiental se reflejan inevitablemente en la calidad de sus relaciones con el mundo que le rodea.
D. W. Winnicott afirma: “Al principio, el individuo es como una burbuja. Si la presión exterior se ajusta activamente a la presión interior, entonces lo importante es la burbuja. Pero si la presión ambiental es mayor o menor que la de la presión en el interior de la burbuja, entonces ya no es ésta que es importante sino el entorno. La burbuja se adapta a la presión exterior”. (D.W.Winnicott, Dalla pediatria alla psicoanalisi, G.Martinelli, Firenze,1975, pág. 221)
En el primer caso, el niño tiene una continuidad propia de existencia, de “estar” en el mundo con su ritmo y forma personal y espontánea, en una interacción creativa con el exterior.
En el segundo caso, la presión y/o la de-presión externa le fuerzan a reaccionar a la intrusión del entorno.
Le Courbusier: “La primera prueba de existencia es la de ocupar un espacio”. Esto significa que la relación con el espacio viene incluso antes de la relación socioafectiva con sus semejantes. En otras palabras, la relación humana, incluso antes de tener un valor social, tiene un valor concreto de contención, de envolvimiento, que da una delimitación al cuerpo del recién nacido, y de esta forma le hace “sentir” que existe.
“Contener” (afectiva y físicamente) al recién nacido, quiere decir ayudarle a mantener el equilibrio de su sistema autónomo, a través de los atentos cuidados que el adulto le dispensa.
El estar contenido es una experiencia importante para el niño, que es interiorizada y que le permite conservar en el tiempo la sensación de estar protegido (primeros indicios de la paulatina construcción “de la permanencia del objeto de amor –la madre–“), y poder mantener la atención sobre el mundo que le rodea.
Wordsworth afirma: “Un niño, a través del contacto, mantiene diálogos mudos con el corazón de su madre”.
Las “buenas experiencias” tenidas, constituyen “la base segura” de la que partir para evocar y exteriorizar activamente los buenos aspectos del contacto con la madre.
Según Winnicott, es éste el comienzo de la capacidad de jugar del niño. Desde los tres hasta los seis meses, el pequeño empieza a jugar con los objetos, los coge, los toca, los explora a nivel sensorial y motor, pero al mismo tiempo su jugar con los objetos es el intento de recrear y explorar su relación con la madre, de “volver a pensar” esta relación y controlarla en su fantasía.
Así, “con-tener”, en el sentido literal del término: “tener consigo”, se conjuga con “comprender”: “tomar dentro de –sí”, entender las señales corporales que el pequeño expresa, orientarlas de forma constructiva, permitiendo dar figura-forma a la creación de su identidad. En otras palabras, madre y niño aprenden, a través de una reciprocidad sintónica, “la alfabetización del cuerpo”. Bion afirma que para el niño la madre es “el espejo que enciende la lámpara”.
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