Sobre la actitud maestra en la práctica psicomotriz y en la vida

Nº 24 · Diciembre de 2002 · pp. 13–16

Resumen. Herran reflexiona sobre la «actitud maestra», una manera de ser en el mundo y, en la escuela, de ser educadora, que permite sacar lo mejor de una misma, de las niñas y niños y de los contextos. Parte del desarrollo humano, las instituciones y la educación como camino hacia la autonomía, propone una relación triangular (educadora, criatura y cultura) y describe la actitud maestra como estar, escuchar, esperar y aceptar, en la sala de psicomotricidad y en la vida.

A todas mis maestras y maestros

El desarrollo en sentido amplio, afecta a todos los seres vivos, tanto biológicos como sociales que crecen en y gracias a sus contextos y lo siguen haciendo hasta transformarse en los mismos más evolucionados, prolongarse en nuevos seres o desaparecer. Para nosotras, las personas, vivir es adaptarnos a nuestro medio, dominar los instrumentos culturales que lo mimbran y desarrollarnos a la vez que desarrollamos ese monto que es la cultura que nos corresponde en nuestro aquí y ahora. La vida, mientras lo es, nos exige un protagonismo inescapable, individual, íntimo y permanente pero finito, a su vez, espejo de cómo nos ha ido, va, e irá en ella; protagonismo del que la misma vida nos hace conscientes y responsables.

La educación tiene mucho que hacer en la mejora de la calidad de vida, tanto o más que otras ciencias con las que convive; pero como en ellas, las mejoras, avances o descubrimientos actuales han sustituido a los precedentes en la medida en que se ajustan más y mejor a las necesidades y demandas del ámbito concreto, a la nueva realidad antes inaccesible y ahora imperante. Estas ciencias también se desarrollan; tienen vida propia, la suya; pero siempre al servicio de la nuestra, la humana. Cuando no es así, cuando se convierten en objetivo en sí mismas y se abandonan a su propio sueño, la atrocidad, el abuso, o el poder las deshumanizan, volviéndolas en contra de su propia esencia y origen.

Entre las ciencias que van a la zaga de la comprensión, explicación, intervención y mejora de lo humano encontramos algunas especialmente clarificadoras y por ello aplicables a la reflexión educativa: el análisis de género, el sociopsicoanálisis, la fenomenología, etc. Por ejemplo y concretamente, el análisis de género aporta claridad al reinterpretar la realidad en base a la variable femenino-masculino, su dialéctica y sus proyecciones cotidianas, concretas, reales, más o menos cercanas a cada uno de sus extremos, pero siempre origen del acceso exclusivamente humano a la cultura, como en el nivel inmediatamente inferior, origen de la vida; aproximación que se cruza con el análisis del sociopsicoanálisis cuando éste apunta concepción patriarcal de la dimensión social del acto-poder.

Lo humano hace permanecer, se institucionaliza e institucionaliza todo lo que le hace serlo y así hace cultura y organización social: la palabra, la paternidad-maternidad, la familia, la escuela, la política, la salud o las ONGs. En el origen de todas estas instituciones encontramos una emoción, afecto o necesidad sobre la que establecer significantes, tareas u objetivos, por lo que a la vez se establece organización social. Si miramos esas instituciones, observamos que todas ellas tienen una dimensión común; la más humana, sobre la que se desarrollan otras específicas según su función concreta y tipo de organización.

Una vez creada, la institución incorpora a los miembros que le pueden ayudar a permanecer o porque están muy motivados o son muy capaces de desarrollar la tarea y además, en ambos casos, el proceso lleva a un mayor dominio, que reasegura la permanencia; soporta a los que se sitúan entre ambos extremos y pierde a los que los rebasan, porque o van más allá de sus intereses o no llegan y la entorpecen. Sin ánimo generalizador, la mayoría de las personas que trabaja en algo que le gusta genera mayor capacidad y rendimiento. Volviendo a la dimensión común y específica encontramos que la primera corresponde a preferencias, gustos, vivencias profundas —vocación, en la revolución industrial y sus coletazos— que nos ha decantado por un determinado itinerario formativo que, a su vez, desemboca en una ubicación profesional-institucional concreta del complejo entramado social con su específica y correspondiente responsabilidad debidamente profesionalizada, tecnificada y de especialización cada vez mayor y sus estilos o dimensiones específicas; concreciones todas ellas que conviven con la propia capacidad de frustración, o se prolongan en la salud mental que desarrollemos mientras ejercemos eso que somos, creemos ser o nos convertimos vía ejercicio profesional.

Si compartimos que vivir es la conquista de progresivas cotas de autonomía entre extremos de dependencia total entre el nacimiento y la muerte; todas las instituciones humanas van a tener una vertiente educativa que pretende favorecer la autonomía de sus miembros, a la vez que asume colectivamente las dificultades propias de los dos polos de la vida y de personas individuales en dificultad a lo largo de su ciclo vital.

De esa responsabilidad compartida que es la educación de las nuevas generaciones, la parte correspondiente a la escuela precisa ser puesta al día. La institución escolar actual habita en la era tecnológica, en la sociedad de la información, por lo que educar debe redefinirse. El modelo autoritario ha dejado paso al democrático, lo que supone que la autoridad se convierte en contención y acompañamiento mientras progresivamente se desarrolla la autonomía personal, moral, intelectual, en los contextos grupales en los que se vive, ya que la información ya no es monopolio de la escuela. En la infancia, la tarea es siempre personal: se inicia en el bienestar corporal, que es condición de apertura al mundo físico y humano y cuya interacción nos devuelve representaciones, que a su vez y acompañadas de las emociones, vivencias, imágenes, etc. conforman la manera de ser y hacer; hacia dentro, forjando una actitud vital y hacia fuera reactualizándola en cada acto. Personal, que no individual, aunque garantice el proceso de individuación que es crecer; ya que se realiza entre personas, en díadas o grupos, en un intercambio permanente y a corta distancia que socializa, abre horizontes, forma e informa, facilita el acceso a los lenguajes o expresiones con los que, generación tras generación, hemos vestido las realidades; personal ya que nos educa a las propias educadoras, al hacernos convivir con nuevos seres, nuevos universos familiares, nuevos modelos sociales, etc., y nos permite revivir y reactualizar actitudes, pensamientos o emociones propias en determinados niveles y contextos educativos e implementar su manejo. Educar es interpretar emociones, buscar lenguajes comunes que permitan compartir la realidad, conocerla, comprenderla, explicarla y soñar con dominarla.

Para poder educar tenemos que manejar la frustración con soltura; la propia y la ajena, para que el alumnado pueda manejar la suya, ya que la desilusión omnipotente debe transformarse en ilusión creadora que ayude a paliar el sufrimiento. Paliarlo no es negarlo, como pretende el sueño omnipotente de gran parte de la tecnología actual, que todo lo convierte en consumo; sino administrarlo con ilusión y esperanza. Y de eso sólo se puede ocupar la actitud maestra, en este momento despistada y debilitada.

La actitud maestra es una manera de ser en el mundo. Y en la escuela es la manera de ser educadora que permita sacar lo mejor de una misma, de las educandas, de los objetos y los múltiples contextos que se van a crear en sus miles de interacciones.

Gráficamente podemos representar esta tarea de la siguiente manera: la pareja humana se relaciona con su criatura desde lo corporal incorporando los mediadores culturales compartidos con su contexto. La culturización, establecida sobre la base del vínculo, se prolonga en la educación infantil en la educadora y en cada criatura, entre quienes se reactualiza este vínculo privilegiado. La educadora, como las madres y padres, y como agente cultural, va a triangular esa relación privilegiada, que a partir del cuerpo permite la incorporación de los significantes, manejo de objetos y de relaciones con los demás y con el mundo; de manera que hemos pasado de una relación lineal entre dos polos a una triangular que incorpora a la humanidad en un equilibrio-desequilibrio permanente, que es crecer y que es vivir.

Siempre que estamos dos, estamos tres: yo, tú y lo nuestro. En la Escuela Infantil y en la sala de psicomotricidad, para que esta triangulación se produzca en óptimas condiciones, la actitud maestra debe desarrollarse para que la incorporación al mundo sea satisfactoria.

Es estar; escuchar los deseos propios y ajenos con el alma, consumar el pensamiento en un discurso con la esencia emocional que lo origina y que da cuerpo a la emoción, a su imagen o a su voz; es tomar tiempo para protagonizar el acto y las dimensiones que abre a partir de los pequeños gestos que se van produciendo, a las capacidades que se ponen en marcha ante los mínimos cambios de escenario.

Es la generosidad, la espera y la escucha y no la pérdida en otra persona, que fue en nosotras y nos dejó ese poso, o que es a su manera, y desde la aceptación, que no imposición, va a imitar, intentar, jugar “como si”; es aceptar el “no” por decisión propia o incapacidad, como algo esencial en la vida que en otro momento se va a convertir en el “sí” más potente posible, por convertirse ahora en profundamente deseado, ahora en este dispositivo material y humano de seguridad que es la sala de psicomotricidad y más adelante en los contextos humanos seamos capaces de ir haciendo realidad.

Es estar aquí y ahora protagonizando nuestra historia, haciendo cultura profesional y generando personas para su futuro, al que sólo sabrán enfrentarse gracias a su propia actitud maestra.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.

Sobre Elena Herran. Elena Herran es maestra, psicomotricista y psicóloga. Actualmente es profesora asociada del departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de FICE de la UPV-UPV, en Donostia. También es miembro de la Asociación Profesional de Psicomotricistas
Cómo citar: Elena Herran (2002). Sobre la actitud maestra en la práctica psicomotriz y en la vida. Cuadernos de Psicomotricidad, 24, pp. 13–16. Luzaro.
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