(Traducción del italiano: Rikardo Acebo)
Dentro de la sala de psicomotricidad ¿qué partes de mi ser adulto asumo en la relación con el niño? ¿Y qué aspectos implico poniéndolos en juego en la alianza con el niño? ¿Tengo conciencia también de esa característica mía adulta que no se acaba solo en la función parental?
Poner la atención sobre aquella “parte” del ser adulto, que se expresa con las características de lo masculino y lo femenino (durante las sesiones de Práctica Psicomotriz), y que no se agota por la mera función materna o paterna, puede favorecer la puesta en juego de la dimensión física y psíquica de adulto, principalmente abierta a los caracteres físicos, psicológicos y culturales masculinos y femeninos.
Si pienso en la intervención y la relación con los niños, esta parte no parental o diferentemente parental es importante, en cuanto abre la posibilidad de un futuro con características diferentes de los modelos familiares y sociales en los que vive el pequeño. En efecto, conociendo y confrontando, es decir jugando con las múltiples funciones del adulto, es como emerge en el niño la posibilidad de elaborar de modo dinámico el propio Sí, el estilo relacional con el otro y la posibilidad de imaginarse “grande en un mundo de grandes” y no solo “grande en un mundo de pequeños (hijos)”; es decir, activar la capacidad ideativa del niño de verse como adulto que se relaciona, encuentra, se confronta con otros adultos, y no solo pensarse adulto que no integra otras posibilidades, además de la de hacer nacer, crecer, educar, nutrir niños, por lo tanto, ser padre.
En las situaciones psicomotrices en las que el niño se proyecta hacia el futuro, hacia el crecimiento, es necesario un psicomotricista no solo responsable sino también que conecte con el deseo y placer procedente de su ser adulto y que pueda permitir al niño conectarse igualmente con su deseo y placer de crecer, de alcanzar un día el estado de adulto en que será capaz de vivir plenamente (con placer) esta fase de la vida.
Es necesario preguntarme cuánto soy capaz de poner en juego mi dimensión física y psíquica de adulto que se abre a la totalidad de características físicas, psicológicas y culturales masculinas y femeninas, características que se pueden condensar en la persona que puede vivir su cuerpo, su género y su sexualidad de modo consciente y maduro.
Estas características están presentes en el setting y, jugadas simbólicamente, retornan al equipaje personal que el psicomotricista lleva consigo dentro de la estructuración y planeamiento de la intervención, tanto por las cualidades que se expresan conscientemente, como por las poco sujetas a la atención del adulto, o por las poco reconocidas e, incluso, negadas.
En efecto, todas estas características van a constituir la aptitud con la que se participa en el juego. La identidad de género de hombre o de mujer adulto lleva consigo, no sólo las diferencias masculino/ femenino, sino también aspectos culturales y vividos que, si se esconden, niegan o ignoran, reaparecen en todo caso en la construcción de la relación entre los niños y los adultos presentes en las sesiones de Práctica Psicomotriz.
Antes de afrontar las características de la figura masculina y femenina dentro de la sala de psicomotricidad, creo que es necesario buscar y profundizar el mismo tema fuera de la sala, porque nos puede dotar de puntos útiles de observación para llevarlos a las sesiones con los niños.
Ningún ser por naturaleza es relegado a un sexo; de hecho, la ambivalencia sexual que resulta inscrita en el cuerpo de todas las personas con las características masculinas y femeninas de nuestras acciones, no puede ser anulada exclusivamente en términos absolutos haciendo referencias simplemente a un determinado órgano sexual.
Generalmente, esta ambivalencia sexual es negada o reducida para facilitar la diferencia desde un punto de vista social de lo masculino y lo femenino, entendidos como sexos plenos, absolutamente distintos y opuestos el uno al otro.
La distinción masculino/femenino fue el primer orden en torno al que se organizaron las culturas primitivas, donde había una notable división de roles (diferencia de actividades de trabajo entre lo masculino y femenino y no conocían ninguna actividad de trabajo en la que participaran juntos hombres y mujeres). Por ejemplo, si los hombres cazaban, se pedía a las mujeres que cuidaran de los pequeños y recoger frutos, como nos cuenta U. Galamberti en su obra “Il corpo” (‘El cuerpo’).
Refiriéndonos a los conceptos anteriormente señalados, podemos deducir que la diferencia sexual, por un lado, es a causa de la reproducción de la especie; por otro, es el efecto de los repartos de los roles sociales. Esto, no solo porque la reproducción sexual está influenciada de manera determinante por la cultura en la que viven las personas, sino por un motivo más profundo, aquel por el que los significados simbólicos que circulan alrededor de las diferencias sexuales juegan en un nivel que sobrepasa sobradamente las modalidades biológicas de la reproducción, tanto por hacer creer la diferencia sexual más sexuada que sexual, es decir, que los significados simbólicos que circulan alrededor de las diferencias sexuales sobrepasan las diferencias biológicas.
Un discurso sobre el género no puede ser separado del contexto en el que se desarrolla ni del sistema cultural que le determina los modelos. Refiriéndonos al modelo occidental, emergen características culturales que los adultos portan consigo, también dentro de la sala de psicomotricidad.
En un trabajo que hemos realizado sobre las características de género en la formación de psicomotricidad, deducimos que en los juegos con características masculinas se despliega una mayor capacidad de investir el espacio de manera activa, una mayor facilidad para entrar en relación con la dimensión colectiva y social, respecto a una cierta pasividad de lo femenino, que se expresa con la atención por lo individual y la asunción de una posición de espera.
Creemos necesario hacer una reflexión sobre el cambio de la sociedad y, en particular, de las familias y de las relaciones que tienen lugar dentro de la sociedad misma. Creo que es necesaria esta breve referencia ya que el tipo de relaciones que se viven en la sala de psicomotricidad demanda un continuo ajuste respecto a los cambios que cotidianamente suceden en nuestra sociedad. Z. Bauman ha evidenciado las profundas trasformaciones que se están manifestando en la sociedad occidental:
A todos los efectos prácticos, clase social y género eran “hechos naturales” y la única tarea dejada a la autoafirmación de gran parte de los individuos fue la de “adaptarse” al nicho asignado comportándose de la misma manera que todos los otros ocupantes. Esto es exactamente lo que distingue el proceso de “individuación” del pasado a estos tiempos de modernidad: no se proveen casas por el casamiento”(Z. Bauman, 2002).
En esta situación resulta banalizada, más débil o poco clara, la función masculina de relación con el exterior, con el grupo social que no es considerado como recurso, sino que es más bien concebido como un problema, desde el momento en que el poder público ha perdido gran parte de su poder opresivo, pero que también ha perdido buena parte de la propia fuerza capacitante (Z. Bauman, 2002).
La identidad de género, que se caracteriza por su modalidad de actuar, empieza a ser probablemente menos relevante, por cuanto se asiste a una casi total paridad en cuanto a lo social entre lo masculino y lo femenino. Durante los encuentros con las familias hay siempre más situaciones en las que los padres llegan desorientados y madres que no tienen un Otro de referencia en el desarrollo psicológico y educativo de sus niños. Ahora existen “padres afectivos” que tienden a la educación afectiva de los hijos pero que han dimitido de la función de padre, porque es menos sostenida socialmente, una función portadora de una serie específica de reglas y comportamientos; tienden a prescindir del valor individual del hombre que los encarnó.
Características de lo masculino y lo femenino en la sala
No es siempre fácil ser adultos en la sala de psicomotricidad y la cuestión que podemos hacernos es ¿qué tipo de adulto en la sala?
Considerando el tema tratado, tenemos que definir qué características adultas se ponen en juego durante las sesiones. A menudo, la psicomotricista pone en juego la mujer “materna”, excluyendo de las relaciones con el niño la parte importante en la que la figura femenina vive con placer su feminidad y la sexualidad adulta, mientras el psicomotricista tiende a excluir la dimensión sexual (adulta), por ejemplo, porque tiene en su interior una prohibición moral que no le permite integrar estas cuestiones.
Esta visión indicada respecto a la figura masculina es fácil de encontrar en muchas profesiones relacionadas con la infancia, puesto que casi se pide a los hombres una “castración simbólica” para poderlas ejercitar; una mujer puede poner en juego la parte materna excluyendo la sexualidad adulta, pero a un hombre esto le resulta posible elaborando una actitud con la que desarrolla la función educativa dejando de lado la generativa.
Es necesario intentar definir esta parte masculina: por un lado, considerar cómo es vivida en la sociedad y qué modelo masculino está presente; por otro, hacer referencia a su traducibilidad dentro de la sala de psicomotricidad, con qué roles y juegos se expresa y a qué movimientos y actitudes (postura, proxemia, tono, etc.) puede estar ligado. Además de intentar especificar lo que hace (o debiera hacer) el hombre (masculino) diferente de la mujer (femenina) cuando se encuentran actuando en las sesiones de práctica psicomotriz, considero indispensable la búsqueda y definición de una simbología del actuar masculino que, creemos, está menos profundizada respecto a una simbología del actuar femenino. Pensamos que todavía es más importante fijar cuáles pueden ser estas especificidades, porque así podrán/ deberán actuarse por las psicomotricistas, así como muchos juegos de maternaje son actuados por los psicomotricistas hombres.
Es con la confrontación con lo femenino y con el grupo social en su conjunto como se introduce la idea de lo masculino y de esta confrontación como podemos definir algunas características, acciones y actitudes: si lo femenino es el lugar, entonces lo masculino será el movimiento, la fuerza.
¿Pero qué fuerza? Aquella que, con formas agresivas, constructivas o destructivas, exuberantes, apasionadas, permite poder dirigir a la persona hacia la diferenciación, la individuación y la manifestación de sí. Una fuerza necesaria que permite actuar concretamente para “crecer, vivir y morir”; podemos considerar esta energía como símbolo de lo masculino.
Hago referencia a una cita de M. Recalcati, psicoanalista y divulgador, que posteriormente puede ampliar los conceptos de “fuerza”, apenas descritos:
“Conducir aparte, llevar a otro lugar, poner frente a lo nuevo, a lo inaudito, a lo imprevisto, a lo insólito, a lo raro, a lo diferente, a lo monstruoso, sombrear e iluminar, esconder y desvelar, secuestrar y salvar, sustraer y proteger, huir y quedarse, pero también desorientar, desubicar, apartar, desplazar, descentrar, dislocar. La dinámica formativa en juego es la de abrir, de hacer descubrir, de hacer surgir, pero también de retirar, de apartar y de encerrar. En este sentido amplio, (…) actúa como una nueva canalización de la fuerza pulsional, que no se conforma con el circuito ya conocido de lo familiar, sino que exige otras e inéditas aperturas.” (M. Recalcati, 2013).
En la sala de psicomotricidad los niños se confrontan e interactúan con la fuerza y la energía masculina arriba descrita, experimentan diferentes soluciones individuales y grupales y esto permite hacer emerger a los héroes: guerreros, súper héroes, exploradores, inventores, que ejecutan acciones rápidas, fuertes, ligadas de algún modo al placer corporal del movimiento vivido al máximo de energía, en el que los sujetos se expresan con gran intensidad hacia nuevas aperturas que ofrecen la posibilidad de transformarse.
En este punto creemos que puede ser interesante incluir otra cita del mismo autor, que puede ayudar a una ulterior reflexión sobre características del actuar “masculino” en las sesiones de Práctica Psicomotriz.
“Es algo que nos despierta del sueño de nuestras costumbres, es algo que introduce en el devenir anónimo de nuestra vida ordinaria una sacudida que nos hace imposible vivir como antes.”(M. Recalcati, 2013).
En esta dimensión el gesto actuado ha definido una dirección y una voluntad, que puede ser consciente o inconsciente, de búsqueda más allá de lo que ya nos es conocido. Cada gesto lleva consigo el logro de un objetivo y es una asunción de responsabilidad.
Características masculinas y femeninas del o de la psicomotricista
La o el psicomotricista en la sala debe saber jugar, de un modo más o menos consciente, con las características de lo masculino y lo femenino que, en nuestra opinión, se manifiestan bajo niveles y diferentes aspectos de la expresividad motriz del niño y del adulto. La o el psicomotricista debe saber afrontar situaciones de juego simbólico mediante la asunción de roles típicamente masculinos o femeninos; además pensamos que es indispensable un atento trabajo de experimentación y búsqueda sobre el cuerpo poniendo atención a las resonancias que emergen sobre el asunto del género. Creemos que cada psicomotricista debe poder jugar situaciones masculinas o femeninas independientemente del sexo de la persona. Con la palabra jugar nos referimos no solo a las situaciones de “hacer como si…”, con roles típicos femeninos o masculinos, sino también al movimiento, a las actitudes, a las posturas, al tono, a la fuerza, a la velocidad, etc., que corresponden a la expresividad motriz de las personas.
El trabajo sobre el cuerpo supone mucha importancia, porque es posible encontrar movimientos, posturas, tono, fuerza, etc., que pertenezcan a una característica de género, a veces estereotipada, que proviene no tanto de las estructuras biológicas del cuerpo masculino o femenino, sino más de expresiones y características implícitas de una cultura.
El psicomotricista durante su intervención con los niños debe considerar la influencia de los estereotipos sociales sobre la expresividad motriz de los niños y los adultos, y sobre este tema queremos introducir algunas palabras del libro de Aucouturier y Lapierre titulado “El cuerpo y el inconsciente en educación y terapia”, en el que los autores escriben: “con los niños más grandes, las mujeres tienden, generalmente, a buscar acuerdos fusionales, y los hombres desarrollan, incontestablemente, una agresividad mucho más violenta. Pero también les es difícil saber qué papel juega la cultura…” En estas palabras se hipotetiza cuánto puede ser influida la expresividad motriz por los aspectos sociales.
Pensamos que el psicomotricista debe tomar consciencia de estos estereotipos, ya que, en las relaciones con los niños, debe saber modificarse partiendo de las propias características, independientemente del sexo al que pertenece, en base a las necesidades del niño.
Entran en estas experiencias las actividades basadas sobre las variaciones de movimiento, sobre la conquista más o menos amplia del espacio, sobre la intensidad de la fuerza utilizada, sobre la velocidad de las acciones, etc.
La o el psicomotricista tendrá que poner atención a estos temas evitando caer en los estereotipos culturales y sociales, a los que cada persona está sometida, y favorecer la integración en el modo más armonioso posible de las partes masculinas y femeninas.
La consciencia sobre los temas de género permitirá una recaída positiva sobre los niños. Con “recaída positiva” entendemos la posibilidad de huir de los diferentes modelos familiares por parte del psicomotricista. Se trata de un adulto que asume su identidad de género, de hombre o de mujer adulta en su plenitud, que comprende el placer corporal adulto presente en la relación, que no excluye partes de sí, que no se exprese en la sola oposición masculino-femenino, sino que sea capaz de integrarla y que tenga la posibilidad de acoger las necesidades de los niños y saberla “jugar”.
Esto permite al niño acceder al deseo y al placer de crecer, de alcanzar un día un status de adulto, que pueda ser rico en oportunidades, de experiencias, de responsabilidad, pero, sobre todo, que tenga la posibilidad de elegir, de decidir y establecer nuevas relaciones.
Referencias bibliográficas
Nota del traductor: No hemos traducido la bibliografía porque los textos disponibles en castellano son fácilmente identificables.
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Notas
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