Recuperando la historia

Nº 46 · Noviembre de 2013 · pp. 36–40

Resumen. Reflexiona sobre lo que puede aportar la psicomotricidad a la adopción a partir de la experiencia con un grupo de niños y niñas adoptados y sus familias en un CDIAP, centro de atención temprana de Catalunya. Describe qué les ocurre a los padres, qué le ocurre al niño y la intervención realizada.

Una experiencia de un grupo de niños adoptados en psicomotricidad

Por muy grave que sea el que haya sufrido un niño, la psique se revela tan flexible que con los ingredientes del contacto humano y la palabra se puede regresar “a flote” (Cyrulnik).

Después de varias reflexiones escritas y presentadas en otros contextos, voy a aprovechar la invitación de vuestra revista para reflexionar sobre el trabajo que puede aportar la psicomotricidad a la adopción. Voy a partir de la experiencia que tuve con un grupo de niños y niñas adoptados en el CDIAP (iniciales con las que se denomina a los centros de Atención Temprana de Catalunya).

Las familias habían llegado al CDIAP preocupadas y desorientadas ante su nueva realidad: ser padres. Aunque contaban con ello, les era difícil conocer y conectar emocionalmente con su hijo. La experiencia de ser padres, que tanto habían deseado, era de gran intensidad emocional y les llenaba de desconcierto. Se preguntaban cómo posicionarse ante distintas particularidades de sus hijos, si lo hacían bien o lo hacían mal. Venían buscando el visto bueno de los profesionales y unas directrices que les marcaran el camino que habían iniciado con esta experiencia.

¿Qué ocurre con estos padres?

En sus historias nos encontramos con vivencias comunes: el duelo por no poder tener un hijo propio de la pareja, el largo recorrido por los profesionales que les validaban para poder acceder al proceso de adopción, la espera a ser llamados, a la que se sumaba la de conocer al niño que luego sería el suyo y que estaba viviendo al otro lado del mundo, el viaje y conocer a este niño, etc.

Al final han conseguido tener a su hijo en casa, en esta casa que habían preparado con gran cariño, en la que habían creado un espacio acogedor para que su hijo pudiera disponer de su lugar dentro de la casa común. Le iban a ofrecer todo lo mejor. Por fin iba a ser el lugar definitivo en donde crecer, en el seno de la familia que ahora se estaba reformulando.

Se encuentran ante un niño que también les adopta a ellos como padres. Desde el momento en que siente que su supervivencia está garantizada, empieza a aflorar la expresión de su mundo interior, lleno de caos, rupturas y angustias. Hay realidad vivida sin ser comprendida; todo ha llegado desde los sentidos y las emociones no han podido organizarse para poder ser transmitidas de forma clara y coherente. Eso hace que sean muy difíciles de compartir aunque los padres ponen toda su voluntad en conseguirlo. Generalmente ocurre que la inquietud y la incertidumbre de su hijo quedan depositadas en ellos de forma invasiva, lo que les provoca desconcierto y malestar.

¿Qué ocurre con este niño?

Estaba viviendo en una institución, en un país donde el clima, los olores, la comida y el lenguaje eran distintos; ahora se encuentra en “otro planeta”. Las vivencias iniciales de abandono y desamparo pueden haber quedado en el inconsciente, aunque la ansiedad y el miedo ante los imprevistos le sigan provocando gran inquietud, vivencias de fragmentación, de desparramarse.

Estaba acostumbrado a vivir rodeado de niños y de adultos cambiantes. Algunos de estos adultos quizás se convirtieron en personas significativas para él a pesar de saber que no siempre podía contar con ellos, que no le atendían en todas sus necesidades, que su disponibilidad no era total.

Desde que vive con sus “nuevos padres”, su realidad ha cambiado: su entorno es tan distinto que a pesar de su calidad, va a necesitar tiempo para hacérselo suyo. Ahora tiene a unos adultos disponibles que se mantienen cerca día y noche. Después de los primeros momentos de desconcierto, al salir de la institución, puede establecer lazos significativos con sus padres aunque esta vinculación se instaure al principio de una forma frágil, muy apegada.

Es un periodo de enamoramiento mutuo, de felicidad. Pero esta situación tiene su principio y su fin, aflorando en el niño inquietudes y miedos que, a su vez, provocan incertidumbre y desconcierto en los padres. Con estas rupturas y desacuerdos, la relación se complica. A esto añadiremos los comentarios que les llegan desde la escuela, donde les empiezan a hablar de las dificultades que presenta este niño, del retraso que lleva si se compara con los otros de su edad.

Nuestra intervención

Es muy frecuente que en este momento los padres acudan a nuestro servicio pidiendo ayuda. Surgen los miedos, miedos que ya habían fantaseado: ¿Estará bien este niño? ¿Qué lleva de genético que no conocemos? ¿Tendrán secuelas sus primeras experiencias de desamparo? ¿Y serán irreparables? ¿Podremos ser buenos padres?

Después de un tiempo de trabajo individual, generalmente enfocado a ayudar a estos padres y este hijo a construir unos lazos que no tienen base biológica, lo primero que pretendemos es conocerse a pesar de que partimos de una historia desconocida, en ocasiones con algunos datos concretos transmitidos por la institución o, como mucho, por la persona que cuidaba del niño.

Después de trabajar en ello con los niños y sus padres individualmente, planteamos un trabajo en grupo de diversos niños adoptados por un lado y en grupo con otros padres adoptivos.

Nuestra propuesta pretendía ofrecer a los niños que tenían en común vivencias de desamparo, de rupturas bruscas y desconcertantes, vinculaciones nuevas en las que deseaban encontrar un acuerdo. Se trataba de poder compartir su experiencia con otros niños que hubieran vivido situaciones semejantes. Era importante reconocer las particularidades de cada niño y de su historia única, particular.

En los primeros momentos del grupo era difícil encontrar la conexión entre los niños. Cada uno se expresaba desde su inquietud, su impulsividad, su caos interior.

El espacio psicomotor permite expresarse al niño desde su singularidad (Aucouturier). A partir del abordaje psicomotor podíamos trabajar corporalmente. El psicomotricista puede acoger la expresión de malestar del niño, su inquietud o su falta de expresividad. A partir de su actitud abierta y disponible, cuenta con un espacio específico donde el material está a la disposición de los niños, para que puedan explorarlo e investirlo con su deseo y su iniciativa. Esta es la forma de mostrarse y de presentar su singularidad.

Se trata de estar disponibles, saber esperar y no pretender precipitar una evolución que requiere un tiempo suficientemente largo de integración para permitir el investimiento y la superación progresivas del placer ligado a cada etapa (Aucouturier).

El desborde de las emociones tiene un lugar donde salir y desparramarse. El ambiente de seguridad se consigue gracias a este espacio y este material pero, sobre todo, por esta actitud del psicomotricista que permite la salida a la impulsividad para contenerla de nuevo en el momento de salir de la sala. Permite al niño entrar en el registro corporal de lo vivido, de los sentimientos. Afloran las inquietudes y se conecta con vivencias arcaicas.

El trabajo con el cuerpo, a partir de sensaciones interoceptivas y exteroceptivas, conecta con sus engramas, las huellas dejadas por las vivencias anteriores. Aunque están inscritas en el inconsciente y no se pueden recordar, surgen sin poder ser descifradas. Ahora estas experiencias podían revivirse y progresivamente el niño podía sentirse capaz de aceptarlas y superarlas. Ahora podía superar sus miedos, confiar para dejarse ir y vivir con placer su cuerpo.

Aunque al principio este cuerpo se mostrase receloso ante el contacto directo con el otro, se iba iniciando una contención mediante los materiales de la sala; y progresivamente por el propio cuerpo del psicomotricista. Después ya puede vivir el contacto y sentir la proximidad: las resonancias tónicoemocionales pueden ser vividas con confianza y con placer. Esto puede llevarse a cabo solamente a través de una vivencia en la que no se excluya la dimensión afectiva real, profunda y espontánea (Aucouturier).

Tener estas vivencias junto a otros niños hacía que el adulto no fuera el único referente. Sus emociones se podían compartir, identificándose con sus iguales y empatizando con sus sentimientos de placer o de malestar. Podían ver en el otro su deseo de ser, convirtiéndose de forma natural en un impulso que invitaba a la acción. Crecían al sentirse reconocidos por los compañeros. Con todas estas vivencias podían sentir el deseo de afirmarse, sintiendo su fuerza interior y sus capacidades.

Asimismo, moderar el movimiento del objeto, su intercambio con el otro, es dominar sus propias pulsiones, aumentar su atención con el objeto y con el otro y adentrarse en una relación más afectiva y más profunda (Aucouturier).

Estas experiencias que nunca había podido vivir, ahora empezaban a tener sus repercusiones: las emociones afloraban movilizando su mundo interior. Ahora podían empezar a venir imágenes de sus experiencias anteriores para recuperar esta historia en la que encontramos vivencias de pérdida y de fragmentación acompañadas de gran ansiedad.

Pero también podíamos recuperar otras buenas vivencias, las que les habían permitido crecer y llegar hasta aquí. Son también las que les permiten crecer como individuos pudiendo reconocerse desde sus primeras imágenes de vida. “Los juegos de aseguración profunda, destrucción, envolvimiento, aparecer y desaparecer, etc., tienen la función de asegurar una y otra vez al niño frente a la pérdida originaria de sí mismo y del objeto-madre” (Aucouturier).

Con el trabajo corporal las imágenes se van repitiendo y poco a poco vamos encontrado el hilo conductor de su historia. La tienen que recuperar en la medida de lo posible; para desarrollar su identidad han de partir de estas primeras vivencias.

El trabajo con los otros niños, las vivencias y emociones compartidas les hacía resonar, sentir que transmitían con el cuerpo y desde la piel. Son las resonancias tónico-emocionales recíprocas las que van a crear lazos significativos entre ellos, al sentir que hay otros niños que han tenido una historia similar. En realidad son vivencias similares en momentos iniciales de su historia.

El psicomotricista se halla atento a la aparición del momento oportuno: estriba en el hecho de una comunicación muy estrecha con el grupo, muy subjetiva, que permita captar a través de ciertos indicios gestuales, que la mayoría del grupo está listo para entrar en esta vía (Aucouturier).

Recuerdo el trabajo con un grupo en concreto en el que aparecían en sus representaciones castillos llenos de niños y dormitorios colectivos para poder descansar juntos. Construían con los cojines una cama para cada uno de ellos, con su manta. En definitiva, se cuidaban.

Me costó percibir la situación de juego debido a mis prejuicios. Este juego me conectó con su vivencia en la institución, con sus faltas. Yo intentaba encontrar un lugar en su juego, pretendía ser el adulto que les cuidaba para que no se sintieran tan solos. Pero ellos no me daban lugar, no me escuchaban. Finalmente pude distanciarme de la escena, les vi emocionados, contentos de recuperar un espacio que habían vivido con placer.

Ellos en sus recuerdos habían estado acompañados por otros niños y también se habían sentido bien. Era mi angustia, mi mirada sobre todo, lo que les había faltado, lo que no me había permitido vivirlo con el mismo placer que ellos estaban experimentando.

El siguiente paso fue verbalizar su condición de niños adoptados. Más que hablar de la pérdida y del abandono, expresaban sus vivencias de haber nacido en otro lugar donde crecieron al lado de otros niños; hablaban de haber sido deseados por sus padres adoptivos y ahora encontrar por fin niños en su misma situación.

Ya no se sentían diferentes ante estos niños con los que compartían vivencias de gran intensidad. Podían conectar con su historia, sentir que esta tenía un lugar y un valor, sin ser negados y pudiendo hablar de ello.

Las relaciones con los iguales les permitían crear nuevos vínculos significativos. Viéndose reflejados en la historia de los otros, a su vez se reconocían como diferentes. Esta es una manera de potenciar la empatía, la solidaridad y el altruismo. Se abría la capacidad de compartir con los otros y sentirse significativo en un grupo. Por lo tanto era un trabajo sobre las competencias sociales y personales.

Este trabajo les permitió dar salida a sus miedos e inquietudes. El trabajo corporal les conectó con vivencias arcaicas de malestar, de desintegración y de pérdida. Ahora lo revivían desde la contención y desde el placer.

Crearon lazos significativos con los iguales, y en este caso con niños que podían compartir experiencias muy intensas y significativas de su historia. Pudieron sentirse reconocidos, comprendidos, identificados por los adultos que buscaban reconocerlos desde el momento de su existencia.

Bibliografía

  • Los fantasmas de acción y la práctica psicomotriz. Aucouturier, B. (2004). Barcelona. Graó.
  • Simbología del movimiento. Barcelona. Científico-médica. Lapierre, A.; Aucouturier, B. (1977).
  • Adopción y psicomotricidad. Entre Líneas nº 28, págs. 5-8. Luna, A. (2011).
  • Adopción e identidades. Rius, M.; Beà, N.; Ontiveros C.; Ruiz M. J.; Torras, E. (2011). Barcelona. Octaedro.
  • Valoración e intervención psicopedagógica en casos de niños y niñas adoptados. Roqueta, A. (2012). Entre Líneas nº 29, págs. 22-29.
Sobre Anna Luna. Pedagoga, terapeuta psicomotriz, formadora de la ASEFOP y socia de la APP.
Cómo citar: Anna Luna (2013). Recuperando la historia. Cuadernos de Psicomotricidad, 46, pp. 36–40. Luzaro.
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