Durante el pasado curso, 328 niños y niñas de Educación Infantil y sus 18 tutores pasaron por la sala de psicomotricidad de la Escuela de Magisterio de Donostia donde nuestros alumnos llevaron a cabo, en grupos de 3-4 personas, 16 sesiones de psicomotricidad.
Esta experiencia ha sido el resultado de un proceso personal y profesional del que pretendo dar cuenta en este artículo.
El comienzo de todo esto: mi formación en Bergara
Cuando en el curso 1994-95 se pusieron en marcha las entonces nuevas titulaciones en la formación de maestros y maestras, no era consciente de lo que hacerme cargo de una nueva asignatura titulada “Desarrollo Psicomotor” iba a suponer en mi trayectoria docente.
Yo, hasta aquel momento, apenas había oído hablar de la psicomotricidad. La identificaba con la gimnasia que hacían los niños pequeños. Y, por supuesto, no sabía quién era Bernard Aucouturier. Sin embargo y aconsejado por un colega, solicité mi entrada en el grupo de aspirantes a psicomotricistas en el bienio 1996-98. Tuve suerte, me eligieron a la primera. Entonces ser varón era un punto a favor. Tan solo dos “chicos” formamos parte de aquella promoción.
Guardo muy buenos recuerdos de aquel curso. Tuve la impresión de que era una formación muy bien construida, que era rigurosa a la vez que atractiva y que todos los que asistíamos salíamos de cada sesión con un muy buen sabor de boca. Esa formación nos exigía sacrificar un fin de semana de cada mes durante dos años y las ausencias eran mínimas. Por algo sería…
Personalmente, la formación en Práctica Psicomotriz supuso un choque con lo que había sido mi manera de entender la docencia. Yo, que durante muchos años había sido entrenador de baloncesto escolar en mi tiempo libre, debía de renunciar a ese rol de director omnipresente y omnisapiente de un grupo de niños para “limitarme a acompañar su juego libre”. No me resultó nada fácil ni entenderlo ni llevarlo a cabo.
Asimismo, mi mirada sobre el universo infantil cambió. Esa formación me hizo ver que la supuesta felicidad infantil era un mito, que detrás de “esos locos bajitos”1 hay emociones, miedos, alegrías, angustias, placeres y displaceres, afectos y… también desafectos. Y que todo esto facilita u obstaculiza el desarrollo de cada niño y cada niña en su camino a “ser mayor”.
En definitiva, la formación en Práctica Psicomotriz Educativa, en mi caso, volvió a constatar que saber no es sin consecuencias. Saber te abre los ojos y abrir los ojos significa ver lo que hasta entonces no has visto, y esto no es siempre tan bonito-cómodo como lo habías imaginado. Además, una vez visto no puedes volver a cerrar los ojos, no por lo menos desde una posición ética, o sea que tocaba hacerse cargo de ese nuevo saber.
Los primeros años: un intento por crear
interés
Supongo que para la gran mayoría de los educadores que pasan por la Escuela de Psicomotricidad de Bergara la formación que reciben es de una aplicación inmediata en su profesión. Mi caso es algo diferente. Yo soy profesor en la Escuela de Magisterio de Donostia, es decir, soy formador de los que luego son maestros, sobre todo maestras, en nuestras escuelas.
Como tal me propuse un reto: interesar (prefiero este significante al de “motivar”) a mis alumnos en lo que podía suceder en esa sala que existe en todos los centros educativos y de la que tan distinto uso se hace.
Mi responsabilidad, entonces, consistía en cómo transmitir algo de lo que yo había recibido en Bergara a esas jóvenes generaciones que se acercaban a nuestro centro. Impartía entonces una asignatura que estaba colocada según el plan de estudios vigente en el primer curso de la diplomatura. Mis alumnos no iban a ver una sesión de psicomotricidad hasta mediados del segundo curso lo que no facilitaba en absoluto mi tarea.
Por otra parte, si para Bernard la formación del psicomotricista se dirige en tres direcciones (personal, teórica y práctica) en mi caso entendía que pretender ir más allá de una introducción teórica a la Práctica Psicomotriz era deslizarme hacia la impostura. Yo no tenía formación como para dirigir sesiones de formación personal. Además, la edad de los alumnos (18-20 años, en su gran mayoría) no invitaba a aventurarse en esos “juegos” que hacíamos en el gimnasio de Bergara.
Sin embargo, sí que tenía un gimnasio donde desarrollar algo que tuviera que ver, remotamente siquiera, con aquello que nos gustaba tanto hacer en Bergara. Me propuse, entonces, que aquellos jóvenes recuperaran el placer del movimiento y el placer de jugar a través del juego motor reglado. Y es que siempre he sostenido, y hoy en día lo mantengo, que aquel adulto que no es capaz de disfrutar jugando difícilmente será capaz de entender lo que un niño puede sentir en una sala de psicomotricidad.
Así pues, juegos tan simples como “Stop”, “Alturitas” o “Las cuatro esquinas” servían de excusa para que los futuros maestros revivieran sensaciones medio olvidadas hacía tiempo. No era en absoluto una formación personal. Simplemente se trataba de poner en valor algo de lo lúdico en educación, y de ponerlo en valor de una manera vivencial.
Por otro lado, también llevaba a cabo sesiones teóricas donde intentaba transmitirles en qué consistía una sesión de psicomotricidad. Les hablaba de los rituales y normas de la sala, del placer sensoriomotor, del juego simbólico y de la importancia del momento de la representación. También les intentaba explicar qué era eso de “compañero simbólico”, “escucha del niño” y “símbolo de ley”.
Y por supuesto, les hablaba de las dificultades del psicomotricista. De ese niño que es capaz de sacar lo peor de ti; de esa niña que se refugia en su verborrea para no saltar; de esos niños y niñas que se inquietan y te inquietan en los rituales;…
Para todo esto, me solía apoyar en mi propia práctica pues eso sí que lo tuve claro desde un principio: no podía hablar solo desde lo que me habían contado o había leído. La práctica psicomotriz educativa es sobre todo eso, una práctica, y cualquier intento de teorizarla y explicarla no puede ser sino desde la propia experiencia.
Además, aprovechaba estas sesiones para grabar pequeños video-clips que luego utilizaba a la hora explicar todos esos conceptos que he mencionado un poco más arriba.
No sé a ciencia cierta qué recogían mis alumnos. No sé cómo utilizan hoy en día las salas de psicomotricidad en su práctica docente.
Los que andamos en formación no sabemos de los resultados de nuestra docencia de manera inmediata. A veces me llegan noticias de que algún exalumno está realizando el curso de Práctica Psicomotriz Educativa de la Escuela de Bergara y entonces me alegro y pienso que, tal vez, aquellas clases que recibió en la Escuela de Magisterio hayan tenido que ver en esa decisión… (restos del narcisismo del profesor, seguramente).
Bolonia: una oportunidad para ir un poco más allá
El llamado plan Bolonia supuso profundos cambios en los planes de estudio de las titulaciones de maestro. Es cierto que las especialidades anteriores (música, educación física, lengua extranjera, educación especial,…) quedaban muy mermadas en comparación con su situación anterior. El nuevo plan de estudios priorizaba las líneas generalistas (educación infantil y primaria) y acarreaba, además, que los estudios de magisterio pasaran de tres a cuatro años de duración.
Esto suponía una oportunidad para mí. Con los nuevos grados la antigua asignatura de Desarrollo Psicomotor, única en toda la diplomatura, se desdoblaba en dos: Desarrollo Psicomotor I y II. Esta última colocada en el tercer curso del grado.
Además, entre todas las mini-especialidades que se ofrecían en el cuarto curso, denominado Minor, en nuestra escuela se promocionó una de nombre muy significativo: Talleres de Educación Infantil.
Fue precisamente este nombre (Talleres) el que me dio la pista. Me empecé a plantear la posibilidad de construir en la Escuela de Magisterio de Donostia un pequeño taller de psicomotricidad.
Para ello el primer paso estaba claro: acondicionar un espacio como sala de psicomotricidad. Presenté un anteproyecto a la dirección del centro que lo vio con buenos ojos y, con la ayuda económica del Vicerrectorado del campus de Gipuzkoa, al cabo de tres años (abril de 2013) se inauguró la sala de psicomotricidad de la Escuela de Magisterio de Donostia.
Bien, ya tenía la sala pero faltaban los niños y niñas. A la inauguración de la sala había invitado a un centro educativo con el que había colaborado durante ese curso. Además, tenía los suficientes contactos profesionales y personales con maestros y maestras de escuelas, ikastolas y colegios como para poner en marcha el taller de psicomotricidad.
Sin embargo, pensé que era nuestro propio alumnado el que debía comprometerse en la experiencia. Si no, se iba a reproducir la dinámica de siempre: el profesor propone, el alumno cumple. Se trataba de que los alumnos de cuarto curso fueran algo más que meros alumnos, entendido este término en su sentido más pasivo.
Para ello aproveché una nueva circunstancia que se abrió con Bolonia: ¡¡la estancia en prácticas del alumnado de cuarto curso era de tres meses!!.
El tiempo suficiente como para que nuestros alumnos establecieran, con los niños y niñas de sus aulas y sus tutores, una relación de confianza que les permitiera lanzar la invitación de que vinieran a nuestra escuela a desarrollar una sesión de práctica psicomotriz.
Cuando al principio del pasado curso planteé a los alumnos esta nueva manera de afrontar la asignatura no todo fueron loas y aplausos. En un primer momento, y aunque reconocían lo interesante de la propuesta, fueron mayoría las caras de extrañeza y rechazo.
Tuve que tranquilizarles señalando que se trataba de una invitación y que contaban con mi total disposición a acompañarles en la gestión de la misma. Pero a la vez “azuzarles” apelando a su responsabilidad en todo su proceso formativo. La pasividad tiene también su punto de confort y no es fácil salir de esa zona. La función docente, incluso en la Universidad, la entiendo como una tensión entre el acompañamiento y la exigencia.
Finalmente, diez centros educativos vieron lo interesante de esta propuesta y de esta manera las sesiones se llevaron adelante y todos quedamos satisfechos con el resultado: los niños venían ilusionados a conocer la “escuela” de los que durante tres meses habían sido sus “profesores”; nuestros alumnos y alumnas se habían ejercitado en una práctica que ya conocían teóricamente; los maestros y maestras volvían a la escuela donde se habían formado con la curiosidad de saber si algo había cambiado y yo sentía que había puesto en marcha un proyecto con el que llevaba fantaseando unos cuantos años.
Junto a todo esto puse en marcha otro plan complementario. Desde hace ocho años acudo a la escuela Karmengo Ama de Trintxerpe, que tan bien conoceréis muchos de vosotros, a dirigir sesiones de práctica psicomotriz una vez a la semana. Desde el curso pasado no las dirijo yo solo. Los alumnos de magisterio, en grupos de 3-4 personas, me acompañan en el desarrollo de las sesiones.
Además, en ese mismo centro Alvaro Beñarán y Ion Pérez de Arriluzea, formadores de la Escuela de Psicomotricidad Luzaro de Bergara, dirigen también grupos de Práctica Psicomotriz Educativa. Pensé que sería una buena ocasión para que esos mismos alumnos de cuarto curso de magisterio observaran en vivo y en directo a profesionales de la talla de Alvaro y Ion.
Estos, por su parte mostraron su disponibilidad a la iniciativa y, cuando sus compromisos formativos se lo permiten, acogen a estos alumnos en sus sesiones.
Objetivos, límites y valoración de la experiencia formativa
La verdad es que el objetivo esencial de esta experiencia sigue siendo el mismo que tengo desde hace años: interesar al alumnado de nuestra escuela en el mundo de la psicomotricidad. Y más concretamente, en la Práctica Psicomotriz Educativa de Bernard Aucouturier.
Pero también es cierto que esta experiencia abre otras expectativas que en el periodo anterior no tenían cabida.
En primer lugar, y como ya he mencionado anteriormente, la implicación del alumnado en el proceso. Son ellos los que lanzan la invitación a los centros, los que preparan la sala y los que llevan a cabo la sesión. Este cambio de posición supone un ejercicio de responsabilidad, es decir, un hacerse cargo del propio aprendizaje.Por otra parte, también mi posición ha cambiado. Ya no soy el profesor que les predica desde el púlpito lo interesante que puede resultar para el niño la psicomotricidad. Ya no hace falta que les hable del niño que no es capaz de estar quieto en los rituales, ni de aquel que no se atreve a saltar, ni de esta otra niña que siempre quiere “ser princesa”.
Ellos mismos lo ven y lo comprueban in situ. Este trasvase “yo menos, ellos más” ha resultado muy interesante, también a nivel personal.
Se trata, a mi entender, de un modelo formativo que impulsa un alumnado más activo y comprometido con su formación y un profesorado más coherente con el discurso que se sostiene actualmente sobre la función docente y la relación pedagógica en la Universidad.
Por otra parte, con esta experiencia también pretendo tender puentes entre la Universidad y la Escuela. Puentes de intercambio de experiencias, de acercamiento de discursos y de establecimiento de relaciones formativas y permanentes entre dos instituciones que se necesitan mutuamente.
Así, durante el desarrollo de las sesiones en nuestra escuela, los tutores que acompañan a los niños departen conmigo acerca de la situación de la psicomotricidad en sus centros, de la sala con la que cuentan y de las necesidades que tienen. Por mi parte, estos encuentros me ayudan a situar cuál es la realidad de la psicomotricidad en las escuelas, ikastolas y colegios de nuestro entorno.
Finalmente y a la hora de concluir, no quiero lanzar falsas expectativas. Este proceso formativo tiene sus limitaciones y creo que es preciso apuntarlas también en este artículo.
En primer lugar, se trata de una experiencia muy reducida en el tiempo. Los alumnos y alumnas dirigen una o lo máximo dos sesiones de psicomotricidad. Y otro tanto se puede decir del número de sesiones que observan en Trintxerpe. Realmente es muy poco para pensar que vayan a salir con una formación suficiente.
Además, hay que tener en cuenta que son sesiones dirigidas por grupos de tres-cuatro alumnos de manera que el “solo ante el peligro” no se da. En este sentido, es curioso cómo el comentario general de los tutores de los centros que observaban a sus niños y niñas en las sesiones, consistía en el escaso número de discordias que acontecían durante las mismas.
Esto tiene una explicación muy sencilla: si hay más adultos en la sala, adultos mínimamente sensibles al mundo infantil, los niños están mejor atendidos y, en consecuencia, el nivel de conflicto baja. A mí me recuerdan a las sesiones de coparticipación que realizábamos en la formación de Bergara. ¡Qué fácil resultaban esas sesiones y cómo cambiaba la película cuando te hacías cargo tú solo de un grupo!
Por otra parte, esta experiencia no da, ni puede dar en ningún caso, respuesta a la formación personal, tan básica en la formación del psicomotricista.
Ese confrontarte y darte cuenta de algo de lo más íntimo tuyo, de lo que te resuena con cada niño de la sala, de por qué no aguantas ciertas actitudes y actuaciones de los niños, de por qué respondes con lo “peor” de ti en algunas situaciones,… no está contemplado dentro de este modelo. Ni yo tengo formación para ello, ni creo que el contexto universitario sea el ámbito adecuado para ello.
En consecuencia, debo de ser muy cauto a la hora de concluir. Nadie duda que, en comparación con la situación anterior, la formación que se imparte en la actualidad ha mejorado mucho.
Los propios alumnos, los tutores que visitan nuestro centro y yo mismo valoramos muy positivamente esta nueva experiencia que, es mi firme intención, irá mejorando y siendo más y más rigurosa.
Pero por el contexto donde se desarrolla, por la edad de los alumnos y por mis propias carencias es una formación “mini” que tiene limitaciones estructurales y que persigue, sobre todo, dotar al alumnado de la titulación de educación infantil de magisterio de Donostia de una orientación suficiente como para situarse en el mundo de la psicomotricidad educativa. Para profundizar existe una Escuela de psicomotricidad en el interior de Gipuzkoa, ¿la conocéis?
Notas
1. Referencia obligada a la canción de Joan Manuel Serrat
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