Otra forma de mirar al niño

Nº 33 · Junio de 2007 · pp. 32–34

Resumen. Dos maestras de educación infantil cuentan su experiencia durante la formación en práctica psicomotriz: la transformación personal que supuso, lo aprendido sobre la actitud en la sala y el cambio en su manera de mirar a niñas y niños.

Acabamos de finalizar nuestra formación en práctica psicomotriz y nos supone un reto y también un placer, el compartir nuestra experiencia en dicho proceso de formación.

Ambas somos maestras de educación infantil en Abusu Ikastola. El clima en torno a la comprensión de la psicomotricidad y su implantación en el centro no es por azar. Es gracias al trabajo, persistencia y entusiasmo de las andereños de esta etapa que nos hemos dotado de una buena sala, de unos materiales estupendos, de una buena formación del personal y una especial sensibilización de la comunidad educativa.

No es casualidad tampoco que ambas hayamos sido alumnas de Miguel Ángel Domínguez Sevillano en la Escuela de Magisterio en la asignatura de psicomotricidad, y que ambas sintiéramos o percibiéramos que entre los peques y nosotras había un abismo, que sólo nos dejaba ver la puntita del iceberg.

Cuando iniciamos nuestro trabajo “sobre el terreno”, había ocasiones en que sentíamos que no sabíamos cómo actuar en la sala. Fuimos a que nos enseñaran a hacer y aprendimos A NO HACER; a no proyectar, a no usar al grupo como asegurador propio, a no ser omnipotentes, a dirigir, a no juzgar, a no manipular.

La psicomotricidad es un espacio de transformación mutua entre el educador y el educado, es una transformación interior y exterior de ambos, es comprender y descubrir. Y en ese camino, amigos y amigas, descubriréis muchas cosas pero, sobre todo, os descubriréis a vosotros y a vosotras mismas, con todo lo que eso conlleva.

Para nosotras estos dos años de formación han sido como una sesión titánica de psicomotricidad alargada en el tiempo: los seminarios teóricos de formación serían como el ritual de entrada, donde te exponen un mundo por explorar con bases firmes, pero al mismo tiempo ofreciendo la posibilidad de experimentar.

Es un momento donde te preparas para la acción, anticipas ideas, proyectos que más adelante llevarás a cabo. La formación personal, las sesiones de coparticipación y las propias sesiones con nuestro grupo de niños y niñas podrían tejer la sesión en sí. Donde una se implica tanto a nivel corporal, como emocional, siempre acompañada por la mirada del otro, dejando al descubierto y surgiendo tantas cosas de ti misma que ni siquiera sabías que te pertenecían, viviendo momentos de frustración, de incomprensión, de placer-displacer… Por último, nos quedaría el ritual de salida, donde la memoria final sería la representación de todo ese ir y venir, ese trasiego de vivencias ocurridas a lo largo de dos años; sería nuestro dibujo, nuestra construcción. Finalmente, la entrevista con los tutores, podríamos decir que sería el momento de la historia, la parte del cuento, lo que cerraría el círculo. Habríamos completado el itinerario de la sala, ¡toda una metáfora!

Tenemos la necesidad de decir que la psicomotricidad ha cambiado nuestra forma de mirar, de actuar, de comunicar, de sentir, de comprender qué teníamos hacia los peques. En estos dos años hemos aprendido más de ellos y ellas y de nosotras mismas que en tres años de carrera y otros tantos de carretera. Es increíble el poder que pueden llegar a tener las palabras cuando estás abierta a la comunicación.

Hay varias cosas que quisiéramos resaltar por lo importantes que han sido en nuestro proceso; resulta duro oír a estas alturas que no eres tan buena como pensabas. Y aún siendo consciente de tus limitaciones, verlas con claridad reflejadas en ese espejo que te devuelve una imagen poco gratificante, en ocasiones es muy desalentador.

No obstante, pensamos que es un proceso necesario y beneficioso, tanto a nivel personal como profesional. Aceptar esa herida narcisista, tolerar esas pequeñas o grandes frustraciones para poder avanzar en este mundo de la psicomotricidad.

Ambas coincidimos en que algunos de esos momentos agridulces fueron las sesiones de supervisión. Es ahí donde verdaderamente te haces consciente del peso y valor que tiene la mirada del otro y el efecto que tiene poner palabras sobre las acciones.

Nosotras hemos vivido las sesiones de supervisión como un viaje; en la primera, se hacen los preparativos, todavía no sabes lo duro o bonito que va a ser el trayecto, estás nerviosa pero emocionada y así te van las cosas. Te vas adentrando en el bosque espeso, que te parece hermoso. En la segunda, te das cuenta de que tal vez equivocaste los mapas. Se hace de noche y estás sola, estás perdida y asustada. Pero encuentras una pequeña cueva en la que refugiarte, tranquilizarte y pensar. En la tercera, amanece pero no quieres salir; ayer pasaste miedo pero piensas que si ya te asustó una vez, no tiene que hacerlo tanto a la segunda. Y para tu sorpresa, te sientes fuerte y sigues adelante; lo que ayer te hizo pequeña hoy te hace grande. Dos pasos para adelante, uno para atrás y por fin vislumbras una especie de claro en el bosque, que no te permite ver con mucha claridad el resto del camino, pero tienes la certeza de que no estás perdida, de que tarde o temprano encontrarás una buena senda.

Ahora, después de unos años que nos permiten poner distancia sobre todo lo vivido, recordamos entre risas y una cierta vergüenza, la primera sesión de coparticipación, que por cierto, también hicimos juntas. Nuestra memoria nos dice, que hacerlo peor es imposible; el apuro, los nervios, el malestar y la ansiedad de aquellos minutos, que nos parecieron eternos, los tenemos grabados a fuego. Sin embargo, con este mal trago abrimos los ojos y comenzamos a hacernos verdaderamente conscientes de muchos de nuestros errores. Y podemos decir que fue el principio de nuestra transformación y evolución como psicomotricistas.

¿Qué hemos querido insinuar? Que nuestro proceso de formación se ha nutrido de ciertos componentes esenciales que van más allá de la formación académica clásica porque la implicación que supone no es sólo de tipo cognitivo sino también emocional y afectivo.

El hecho de que a veces nos pregunten “¿qué es eso de la psicomotricidad?” o nos hagan consultas, ha significado para nosotras un motivo de reflexión y maduración. El buscar respuestas ajustadas y coherentes en las que, al igual que con las niñas y niños, buscamos escuchar, comprender, tolerar. Esos nutrientes relacionales, afectivos y emocionales que nos ha aportado la práctica psicomotriz y nos han ayudado en esta difícil y estimulante tarea de ser educadoras.

Sobre Itsaso Díaz, Ana Fernández. Itsaso Díaz y Ana Fernández son educadoras infantiles y psicomotricistas en la ikastola Abusu de Bilbao.
Cómo citar: Itsaso Díaz, Ana Fernández (2007). Otra forma de mirar al niño. Cuadernos de Psicomotricidad, 33, pp. 32–34. Luzaro.
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