¡No! (y III)

Nº 48 · Noviembre de 2014 · p. 34

Resumen. Cuento que cierra la serie sobre el «no»: una niña que siempre decía «sí» se encargaba de todas las tareas hasta que un día soltó un enorme «¡no!»; a partir de entonces a todos les importó la cara que ponía.

Así que, excepto que tengamos una gran confianza en la otra persona, lo más probable es que nuestra petición esté enmascarada en comportamientos que la hagan más indirecta, tratando de obligar a esa otra persona a poner algo de su parte; algo que ayude en la formulación de esa petición. Y, fijaos, que estoy hablando de lo que es previo a la relación, al acuerdo, al establecimiento de la relación. Estoy hablando del miedo que nos da solamente el pedirlo.

Érase una vez una niña que siempre decía “sí”. No es que no supiera decir “no”, es que no le salía decirlo. Tampoco lo hacía por quedar bien con la gente o ganar su favor. Es que no le salía.

Su vida no era fácil, los bienintencionados le pedían que dijera que no de vez en cuando, que era bueno para ella e intentaban enseñarle a decirlo. Se lo hicieron escribir, se lo hicieron repetir, pero todo era inútil.

Los malintencionados, por su parte, no tenían escrúpulos en aprovecharse de tanto asentimiento y le encargaban siempre las tareas más pesadas: que recogiera lo que tiraban ellos y sus perros, que fuera allá pasando primero por aquí o que se encargara de decirles a los demás lo que ellos no se atrevían a decir.

Tantas tareas y tan diversas fueron las que tuvo que hacer que, con el tiempo, aprendió de todo. Aprendió a hacer comida para treinta y a arreglar los enchufes, a cortar el pelo y a desmontar ordenadores.

Con el tiempo, ese mismo de antes, llegó a comprender bien a la gente. Sabía lo que iba a pedir cada uno y cómo querían las cosas. Y entendía el disgusto de aquellos a quienes tenía que decir lo que los demás pensaban de ellos.

Un día (porque siempre llega un día para todo) la niña se levantó y se vio hinchada. Sí. Más grande, más gorda. Fue la única que se preocupó por su aspecto porque a los demás no les importaba (ya ni siquiera a los bienintencionados) cómo fuera vestida o la cara que pusiera.

A lo largo del día la cosa fue a peor y acudió al médico. Al médico no le quedó más remedio que sorprenderse por el tamaño de la niña y, después de múltiples pruebas con toda clase de máquinas que hacían “ping” y otros ruidos extraños, decidió que había un atasco provocado por algo que crecía en su interior. Y como era médico resuelto, como los de la vieja escuela a pesar de todos los “ping”, le mandó tumbarse boca arriba y saltó sobre su enorme barriga.

Por la boca de la niña salió un enorme ¡NOOOOOO! de varios cientos de metros de largo y setecientos ecos, que rompieron las ventanas de la consulta primero y de todo el pueblo después, que tembló más que el terremoto de Lisboa.

Fue un desastre mayúsculo y los vecinos tuvieron que afanarse en la reconstrucción durante largo tiempo. Sí, lo tuvieron que hacer todo ellos porque ya no había manera de que la niña les hiciera nada.

Nada, excepto ordenar y dirigir los trabajos de los demás porque era la única persona del pueblo que sabía hacer realmente de todo. Y lo hizo con gran satisfacción y una enorme sonrisa.

A partir de ese día a todos les importó la cara que ponía o cómo iba vestida.

Sobre Ion Arana. Maestro. Psicopedagogo. Terapeuta Psicomotor en el Centro de Psicomotricidad Kiribil.
Cómo citar: Ion Arana (2014). ¡No! (y III). Cuadernos de Psicomotricidad, 48, p. 34. Luzaro.
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