¡No! (II)

Nº 48 · Noviembre de 2014 · pp. 31–33

Resumen. Segunda parte de la serie. Reflexiona sobre el «no» que se dice como rechazo a la relación o al reconocimiento y sobre las consecuencias del miedo a ese rechazo en las estrategias con que niños y adultos reclaman contacto, comunicación o relación. Termina con una clasificación de comportamientos.

En un artículo anterior, del mismo título, hacía unas reflexiones, de las muchas posibles, en torno al “no” que se les dice a los niños como prohibición a su deseo de acción. En éste quisiera hacer otras en torno a un “no” diferente; al no que se les dice como rechazo a la relación o al reconocimiento. Soy consciente de que si bien esta distinción que hago entre el deseo de acción y el de relación puede funcionar bien en el plano de las ideas, no es siempre fácil hacerla en la práctica.

Concretamente, de lo que quiero hablar es de las consecuencias que trae el miedo a ese “no”, a ese rechazo. Consecuencias en cuanto a las estrategias que los niños y adultos iremos desarrollando y priorizando a la hora de reclamar un contacto, una comunicación o una relación con otra persona.

Empiezo ilustrando el tema con un viejo chiste: un chico, durante el baile en la plaza del pueblo, se acerca a unas chicas que están sentadas en una esquina y le dice a la más guapa:

-¿Bailas?

-No- contesta ella casi sin mirarlo.

-¿Y eso?- pide aclarar él.

-Eso es mi amiga y tampoco baila.

Posiblemente la mayor parte de la gracia del chiste (en fin, a mi siempre me pareció gracioso) esté en la forma tan lacónica de definir el carácter dominante y estirado de la chica que da un trato de objeto a su amiga menos agraciada y rechaza al mozo desde una posición insufriblemente narcisística. Pero, yo lo cito aquí porque siempre me he identificado más con la dolorosa frustración del chico.

Desde luego, esa dolorosa experiencia de rechazo a la petición directa de relación o reconocimiento la hemos tenido todos, chicos y chicas, desde la más tierna infancia, nos acordemos de ellas o no. Y desde experiencias nada agradables como esa hemos ido desarrollando unos finísimos y elaboradísimos mecanismos para protegernos de tal eventualidad sin, por ello, renunciar a abrirnos a las relaciones (bueno, en casos graves sí). Porque hemos aprendido que reclamar a alguien de forma directa puede ser emocionalmente muy expuesto.

Así que, excepto que tengamos una gran confianza en la otra persona, lo más probable es que nuestra petición esté enmascarada en comportamientos que la hagan más indirecta, tratando de obligar a esa otra persona a poner algo de su parte; algo que ayude en la formulación de esa petición. Y, fijaos, que estoy hablando de lo que es previo a la relación, al acuerdo, al establecimiento de la relación. Estoy hablando del miedo que nos da solamente el pedirlo.

Voy a tratar de ejemplificarlo. He tomado cinco comportamientos-tipo y los he clasificado de más a menos expuestos al en cuanto al daño emocional que provoca. O, si prefiere, de menos a más defensivos.

1. Petición directa. Tenemos al chico del chiste que aborda a una desconocida proponiéndole un contacto bastante personal, con una declaración implícita de que le gusta. Es el nivel máximo de exposición a una bofetada emocional. Decirle a otra persona que nos gusta, que la queremos, que quisiéramos que nos acompañe o nos de su reconocimiento, nos suele dar bastante vértigo y necesitamos un alto nivel de confianza (¿en ella, en nosotros mismos?). El niño que se acerca a su maestra a enseñarle orgullosamente su dibujo y recibe una crítica desdeñosa, camina de vuelta a su pupitre tratando de arrancarse el puñal de la espalda. Así es la vida. Aunque cabe preguntarse si debería ser así.

2. Petición indirecta. Estamos ante el primer nivel de rodeo, el primer nivel defensivo; mostramos claramente nuestro deseo pero evitamos decirle al otro lo que esperamos que haga. Simplemente, le ponemos en bandeja que lo acepte de forma tácita. Así, nuestro chico del chiste podría sentarse junto las chicas y, como quien no quiere la cosa, soltar: “Esta es una canción estupenda. A mi me encanta bailarla”. Y esperar a que la chica dé otro (un) paso que le anime a seguir con la propuesta de bailar juntos.

Y el niño del dibujo podría decirle a la maestra: “He hecho este dibujo, pero no sé si me ha salido muy bien”. A ver si se apiada de él y le devuelve un juicio positivo. Es una estrategia que conocéis ¿verdad?

3. Seducción. Qué os voy a contar de la fuerza de una sonrisa, un halago, una caída de ojos, unas miraditas,… Son señales con las que no parece que se esté pidiendo nada concreto. Pero quien envía el mensaje espera otro mensaje parecido de vuelta para ir aumentando el compromiso del siguiente. Hasta acabar pidiendo baile, por ejemplo.

Si no se recibe una respuesta animosa uno siempre puede retirarse sin haberse expuesto mucho, sin haber recibido un explícito “no”.

4. Provocación. La seducción tiene la pega de que el destinatario puede no responder, bien porque no se ha enterado o bien porque se hace el sueco. Con la provocación podemos evitar en gran medida este contratiempo y obligarle a responder.

Es verdad que, en general, se espera que conteste con otra provocación pero, si se sabe medir, el comienzo de una relación está casi asegurado con una bajísima exposición al rechazo, pues, aunque sólo sea en la forma, el rechazo medido es lo que se espera a priori. Es decir, que no parece una relación muy prometedora, pero se ha roto el hielo y si la respuesta no es demasiado brusca o desabrida se podrá reconducir, poco a poco, a algo más amigable.

Nuestro chico del baile la utilizaría, por ejemplo, tirándole palomitas de maíz a la chica o acercándose a ella cuando estuviera bailando sola y provocándola con pequeños choques de cadera.

Además siempre se puede, dentro de la relación, volver a recurrir a la provocación con humor, haciendo de la necesidad virtud, convirtiendo la provocación en seducción. Si no se sabe hacer así la provocación puede ser muy cansina o tener un pie en el siguiente nivel: la agresión.

5. Agresión. Es una actitud muy defensiva (ya se sabe; la mejor defensa un buen ataque) y asegura casi al cien por cien una respuesta del destinatario. Cierto es que, si el objetivo es buscar una relación y un reconocimiento, este comportamiento puede calificarse de perverso, pues sus efectos parecen contrarios al objetivo buscado. Ya que, a nadie se le escapa, que la respuesta será, casi siempre, otra agresión de vuelta y la relación tiene pocos visos de continuar de forma positiva.

Así que esta es una estrategia de personas bastante perturbadas. Normalmente, personas tan asustadas ante un rechazo que van y lo provocan ellas de esta manera supuestamente controlada. ¿Tiene algún sentido? Solo el que ofrecen la incapacidad, la imposibilidad, el miedo y el sufrimiento de las personas muy inseguras. Y no quiero decir con esto que todas las personas inseguras y sufrientes vayan a utilizar la agresión como forma de relación privilegiada, ni que toda agresión tenga como objetivo el establecimiento de una relación.Nuestro chico del baile sería, pues, un pobre chico muy defensivo, quizá muy gallo y machito, cuyo deseo por las chicas le produce fuertes emociones de miedo, culpabilidad o vergüenza a la vez que excitación, que no sabe gestionar, y anda detrás de la chica insultándola, despreciándola o, directamente, pegándola. Mal pronóstico.

Los maestros conocen bien a esos otros chicos que provocan todo tipo de rupturas en la dinámica de la clase; desde comentarios en voz alta a insultos y agresiones físicas. Cuando el maestro mira hacia el lugar del escándalo, lo primero que ve son los ojos del niño clavados en los suyos. No se oculta, no disimula, porque lo ha hecho para él, para conseguir de él, aunque de esa manera perversa, la atención y el reconocimiento. En última instancia, el amor.

Educadores y terapeutas debemos prestar especial atención a la agresión como forma de relación y evitar responder en el mismo nivel, pues esto no hará más que fijar esta estrategia y culpabilizar al individuo. Difícil, ¿no? Pues, desde la psicomotricidad tenemos una respuesta bastante buena: jugarla.

5 bis. Inhibición. La llamamos “la otra cara de la agresión”. Posiblemente más defensiva que aquella porque si el agresor, al menos, busca la relación, el inhibido pone en marcha una estrategia de norelación. Aunque en su fantasía siempre estará “que alguien se me acerque y me rescate”. ¿Has estado alguna vez en una fiesta en la que todo el mundo parece pasárselo fenomenal y tú estás sin poder entrar en ningún círculo e inspeccionas interesadísimo la decoración del ambiente?

Estos niños (en un gran porcentaje, niñas) lo tienen más difícil en las escuelas; profesores y compañeros se “olvidan” de ellos. Parecen no necesitar nada pues nada piden, pero su sufrimiento es grande. Los adultos que se encargan de ellos deben prestar una atención y esfuerzo extra por prepararles ambientes inclusivos (no para atosigarles).

Para terminar, una cosa sobre la clasificación. Una clasificación no es un reflejo objetivo y preciso de la realidad sino, tan sólo, una forma propiamente humana (de nuestra forma de procesar datos) de crear conocimiento, de tratar de aprehender la realidad. Pero la realidad se resiste a amoldarse a nuestras necesidades y siempre nos sorprende, saltándose nuestros intentos de restringirla a cajones, presentando formas intermedias, mixtas o solapadas que desdibujan las fronteras. Así que, pensad en esta clasificación más como una guía que presenta un conjunto graduado, continuo, no discreto, de comportamientos a los que podréis añadir ejemplos y contraejemplos.

Sobre Ion Arana. Maestro. Psicopedagogo. Terapeuta Psicomotor en el Centro de Psicomotricidad Kiribil.
Cómo citar: Ion Arana (2014). ¡No! (II). Cuadernos de Psicomotricidad, 48, pp. 31–33. Luzaro.
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