Mi experiencia

Nº 45 · Mayo de 2013 · pp. 29–34

Resumen. Relata las prácticas de psicomotricidad educativa con seis niños de 0 a 1 años en una ikastola. Trata el apego y el movimiento autónomo libre, describe el espacio, el material y las sesiones, y recoge juegos de presencia y ausencia.

Recientemente he acabado la formación en Práctica Psicomotriz Educativa, habiendo realizado mis prácticas en la ikastola de Urretxu-Zumarraga con 6 niños, de 0-1 años.

Quiero contaros cómo he trabajado la psicomotricidad con niños de esta edad. Para ello, además de sobre la importancia de la psicomotricidad, voy a escribir sobre el movimiento autónomo libre y la teoría del apego. También haré una breve reflexión a partir de lo recogido en las sesiones.

La clave de la psicomotricidad es proporcionar un espacio al niño en el que éste sea el protagonista de su desarrollo y del proceso que está realizando. Siempre dentro de un marco, siendo fundamental respetar y tomar en cuenta las necesidades y características que tiene el niño según su edad.

El objetivo del trabajo psicomotor con los niños que aún no tienen un año, será conocer el placer de su cuerpo y su movimiento. Y para que el niño se viva con placer, tiene que tener al lado un adulto que le dé seguridad.

En la Escuela Infantil han vivido la primera separación de su ambiente familiar y las educadoras nos convertimos en personas sobre las que proyectar sus necesidades de apego.

Cuánto más pequeños son más necesidad tienen de vivir este apego a modo de seguridad afectiva, esto les ayudará a abrirse al mundo y a otras personas, es decir, a sumergirse en la socialización.

El vínculo de apego

El apego es el vínculo afectivo permanente y duradero entre dos personas y alienta a mantener la proximidad y la interacción entre ambos. El individuo, niño o adulto, encuentra una base de seguridad en la otra persona. Desde esta base, examina el mundo físico y social, siendo al mismo tiempo un refugio y consuelo para él, que le tranquiliza ante las situaciones de ansiedad, tristeza y miedo.

La teoría del apego (J. Bolwby, 1976) propone que el niño tiene biológicamente una necesidad concreta: es la tendencia a interactuar con otras personas, que tiene como fin dirigirse a una figura específica.

La proximidad entre el niño y la persona de apego es tan esencial como la alimentación para la supervivencia del niño. Por lo general, la madre es la figura de apego primario. Al fin y al cabo, la figura de apego es la persona que cubre las necesidades del niño de modo permanente y firme.

Las personas que han construido un apego seguro tienen un esquema claro de sí mismas, y saben que son capaces de atraer la atención de los demás cuando lo necesitan.

También saben que hay otros dispuestos a proporcionar ese apoyo, y eso les hace sentirse bien; se sienten igual de cómodos cuando tienen que pedir ayuda o cuando están en autonomía. Consiguen la tranquilidad.

Cuando el vínculo de apego está bien construido, tendrán facilidad para adecuarse a la nueva situación de la Escuela Infantil. Nuestro trabajo sería no adelantarnos a su propia acción, de acuerdo con la teoría del movimiento autónomo libre.

Movimiento autónomo libre

Es básico dejar actuar al niño en el espacio. Hay que dejarles libres, es decir, respetar su ritmo, y hay que darles tiempo para pasar por todas las fases: encontrar algo nuevo, repetir, y entonces completar.

Según dice Pikler, el niño que crece en el movimiento libre autónomo consigue el conocimiento total de sus capacidades y de su cuerpo, conociendo bien sus limitaciones, y teniendo confianza en sí mismo. Sin embargo, para que el niño tenga confianza en sí mismo, previamente la persona que tiene una relación estable con él le ha debido demostrar la confianza que posee en sus capacidades.

Sesiones

Para los niños pequeños es de gran importancia la simplicidad de los materiales y el espacio. Tenemos que adaptar el espacio a la expresividad de los niños. Esta sala debe dar una respuesta a los movimientos del niño, a sus deseos y a sus necesidades. Tenemos que tener en cuenta todas las necesidades y deseos del niño.

Para empezar, tal y como dice Sonia Compostela en una entrevista, el primer objeto, el básico, es el suelo. El piso de nuestra sala está forrado de sintasol y aunque no es tan agradable como la madera, está bien para estar tumbado y para desplazarse.

Sin embargo, en las primeras sesiones, utilicé una colchoneta firme para que los niños experimentasen la horizontalidad. Estar sobre una base fuerte y segura ofrece al niño la posibilidad de encontrar diferentes posturas corporales.

En cuanto al material, cubos, cajas y recipientes, tapas, etc., son adecuados para poder realizar las acciones de coger, dejar, meter, sacar, tirar, juntar, etc. Cuando son capaces de desplazarse podemos sacar pelotas: tirar, coger de nuevo, observar cómo se mueven en el espacio, etc.

Sin embargo, el espacio sensoriomotor ha sido el máximo protagonista en estas sesiones. Cuando comenzaron a desplazarse arrastrándose, andando a gatas o sentados, puse bloques de diferentes formas y alturas, alrededor de una plataforma de una sólida base de madera.

Gracias a esto, al encontrarse con un espacio que tenía diferentes alturas y rampas, los niños realizaron renovados esfuerzos para encontrar posturas corporales nuevas con las que adecuarse a estas diferentes propuestas espaciales. Vivieron los desequilibrios, y en ese mismo momento consiguieron el movimiento natural. Precisamente porque vivieron esas experiencias en un ambiente de seguridad, han tenido la oportunidad de crear este movimiento natural.

He cambiado una y otra vez este espacio durante el curso. Al principio puse bloques simples y de poca altura y, al ir avanzando su movimiento, he ido introduciendo algún circuito y bloques más grandes.

A pesar de ser pequeños, cuando ya están adaptados la nueva sala y espacios, podemos hacer breves rituales para comenzar y terminar las sesiones. Al entrar a la sala, nos sentábamos en una colchoneta y cantábamos “Agongon Mariagongon”, diciendo el nombre de cada niño.

Este ritual de entrada puede considerarse como un puente para pasar de otro tipo de actividad a la práctica psicomotriz. Además, como hemos hecho las sesiones a primera hora, estaba también la transición de casa a la Escuela Infantil y nos parecía imprescindible actuar con cuidado.

En cuanto al ritual de salida, hemos terminado las sesiones con un pequeño masaje. Es una manera de cerrar la sesión, y como terminar la sesión con un coloquio es imposible en esta edad, tocar el cuerpo con el que tanto han trabajado es beneficioso. Al dar los masajes trabajamos diversos beneficios: predisposición a escuchar las emociones del otro, la aceptación de sus expresiones, la relajación, la calma, la estimulación, trabajar la comunicación.

También el cariño, el calor, el apego, la contención. Les he dado la posibilidad de darse aceite en las manos, tocar el aceite y acariciar su cuerpo. He hecho masaje de pies y de manos y he tratado de terminar en la zona de la cintura, para expresar la totalidad corporal y que ahí tienen las piernas.

Y con esto se termina y antes de ir al aula de al lado, hemos cantado la canción “Agur, agur, agur” en todas las sesiones.

Al final, los rituales también ayudan dando al niño lo que necesita: la calma, las rutinas y las repeticiones necesarias para conseguir la seguridad.

En lo que se refiere al papel del adulto, por un lado subrayaría la necesidad del contacto físico, los gestos, las palabras, las miradas, que son los medios que se utilizan en todo momento para reconocer al niño. Ya que todavía no son capaces de comunicarse verbalmente, me he centrado en su cuerpo y he puesto palabras a sus acciones. He desarrollado también la función de espejo. Antes de hacer cualquier cosa siempre les he adelantado verbalmente lo que iba a hacer; “te voy a quitar los mocos, ¿vale?”, por ejemplo.

Por otra parte, nuestras posiciones corporales tienen también gran importancia en estas sesiones. Siendo la persona que les vamos a dar seguridad a los niños tenemos que estar atentas con la pérdida de la verticalidad y la estrategia para encaminar la acción al sitio que queremos será sentarnos en ese lugar. Debemos mostrarles que estamos ahí físicamente, pero sin invadir.

El desarrollo de los niños

A lo largo de estas sesiones he podido analizar la evolución del movimiento de todos los niños. Es el caso de dos niñas a las que enseñaron en casa la postura de sentadas sin que ellas fueran capaces de hacerlo por sí solas.

Si bien al principio pasaban mucho tiempo tumbadas, en la medida en que las sesiones avanzaron, se sentían muy cómodas en la postura de sentadas y he intentado que recuperasen los movimientos y posturas perdidos.

Para ello, he utilizado diversas estrategias: ponerme a su lado tumbada, juntando mi mano con la suya, cantar alguna canción, etc. Tenía como objetivo que estuvieran lo más tranquilas posible en la posición de tumbadas, con la intención de que adquirieran por sí mismas las diferentes posturas. A pesar de que el proceso ha ido despacio, han accedido al gateo de forma autónoma.

Los otros cuatro niños han seguido el mismo camino, cada uno a su ritmo, pero han ido adquiriendo las diferentes posturas por sí mismos, sin que nadie se lo enseñase. He disfrutado viendo este proceso hermoso y natural. Al principio, de estar boca arriba pasaron a estar boca abajo.

En esta postura fueron capaces de realizar algunos movimientos: mantenerse sobre la tripa, extender los brazos; enseguida fueron capaces de desplazarse a rastras. Al principio hacia atrás, luego hacia delante. Aprendieron también a andar a gatas. Han andado con gran seguridad, con gran velocidad. Los cuatro son capaces de ponerse de pie agarrados a algo y dos de ellos han comenzado a andar.

El grupo

En lo que se refiere a la relación que ha habido entre los niños, destacaría las imitaciones que se han realizado en todas las sesiones: por un lado, los intercambios que ha habido a través de los objetos y, por otro, las acciones compartidas a través del cuerpo.

En las imitaciones que se han producido con los botes y las tapas, esto es lo que se ha repetido en muchas ocasiones: cuando un niño coge un bote y lo golpea contra el suelo, o cuando coge un bote en cada mano y los golpea entre sí, algún otro niño se ponía al lado y, mirando con atención, realizaba los mismos gestos, imitando la acción.

Los niños que habían realizado la imitación se ponían al lado del que tenía la iniciativa y continuaban juntos la misma acción. Al intercambiarse las miradas los niños expresan el deseo que tienen de jugar juntos. Además, en algunas ocasiones quien se ha acercado a quien realizaba la acción ha sido un niño que estaba lejos. Aquí se ha puesto en evidencia un alto nivel de interés.

Por otro lado, ha habido algunas imitaciones sin objetos, golpeando, por ejemplo, con las manos sobre la plataforma, en la calefacción y en otros lugares.

El cuerpo que está en movimiento nos hace llegar diversas emociones. Inmensa satisfacción, alegría. Podemos decir que se produce un contagio emocional, cuando la acción se amplía cada vez más y aparece una mayor fusión emocional a través de las risas y los gritos. En esos momentos se ve el deseo de comunicarse y el deseo de expresar juntos esas emociones, a través de la cercanía, la vocalización, la mirada, la postura, el gesto.

Por último, quiero señalar las experiencias de intercambio y los juegos de cucú en la casita (telas de una tienda de camping colgando). En el caso de la casita, en algunas situaciones un niño ha entrado por un lado de la tela y ha salido por el otro sin mirar alrededor. Pero en la mayoría de los casos, el niño que ha tenido la iniciativa ha entrado en la casa y ha mirado hacia afuera por un lado de la tela con la intención de comunicarse con el otro.

En estas ocasiones los niños organizan juegos para experimentar diferentes posibilidades: estoy o no estoy para el otro (estar presente/estar ausente).

Lo que se ve desde dentro o estando fuera es distinto y puede experimentar también el ser visto o no ser visto por los otros compañeros (ver/no ver y ser visto/no ser visto).

En los juegos de cucú también pueden expresar el “aquí estoy y no estoy”. Algunas veces, poniéndose una tela en la cabeza y mirándome, me han expresado que han “desaparecido”. En otras ocasiones, han tapado su cabeza y se han puesto ante el espejo. “¿Quién soy yo? Aquí estoy/no estoy”.

Como en la situación de la casita, nos hemos mirado y han jugado al cucú: Aparezco o desaparezco para ti. Para terminar, quiero expresaros lo enriquecedora que ha sido esta experiencia.

La psicomotricidad me ha enseñado a mirar al niño de otra manera; escuchándole, comprendiéndole, comunicándome, ajustándome a sus necesidades. Y como he dicho, a pesar de ser niños que no hablan, poniéndose en su lugar y teniendo confianza en sus capacidades seremos capaces de comunicarnos.

Sobre Amaia Torner. Amaia Torner es educadora infantil y psicomotricista.
Cómo citar: Amaia Torner (2013). Mi experiencia. Cuadernos de Psicomotricidad, 45, pp. 29–34. Luzaro.
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