Melissa Valdivia

Nº 34 · Diciembre de 2007 · pp. 32–34

Resumen. Relato en primera persona de una psicomotricista peruana sobre su viaje al País Vasco para continuar su formación en Práctica Psicomotriz Aucouturier, lo vivido durante esos años y su regreso a Lima.

Definitivamente los caminos en nuestra vida, se cruzan, se construyen, a veces son caminos largos otras en cambio algo cortos, algunos placenteros o displacenteros, pero lo que siempre queda es el recorrido, nuestras huellas, lo vivido, lo que hizo latir nuestro corazón…

En enero del 2005, llegué a Bilbao, a mi querido País Vasco, con el objetivo de continuar con mi formación en la Práctica Psicomotriz Aucouturier. Aquí en Lima (mi ciudad natal) había culminado a finales del 2004 la Formación Educativa.

Si bien el deseo de continuar con la formación era uno de mis planes de futuro, no pensé que se daría tan pronto. Fue en una conversación con unas grandes amigas, hablando cada una de sus planes, de nuestras coyunturas y más, como salió este tema. Una de ellas, con mucha fe en mí, me animó, me entusiasmó y me dejó con “el bichito” de la curiosidad, con un deseo en ilusión. Uno de los más grandes impedimentos, para la realización de este deseo, era el tema económico, muy real y cercano, pero decidí intentarlo y, a medida que iban pasando los días y los trámites burocráticos (un desgaste impresionante,) las cosas se iban acomodando y dando por sí solas, iban apareciendo soluciones, alternativas y todo estaba siempre investido por mi ilusión y el deseo de continuar. Fue así como el 31 de diciembre del 2004 me otorgaron la visa de estudiante y con ello, el inicio de un nuevo capítulo en mi vida.

Más allá, de continuar con la formación, sabía que experimentaría nuevas situaciones, conocería nuevas personas, probaría otras comidas, viviría en otra cultura, en otro país… algunos miedos aparecieron, expectativas, ilusiones y también la tranquilidad de saber que llegaba a un lugar en el cual me esperaban con mucha acogida.

Nuestro curso de Formación se inicio un 26 de Enero del 2005, con una reunión en la que estábamos, los alumnos y alumnas, los profesores formadores, el director de la UNED de Bergara… todos. Nos presentaban el curso, los horarios y demás. Aquel día en aquel espacio pululaban en el aire emociones, sensaciones y todo aquello que nace cuando un grupo de personas se encuentran para empezar un “camino” juntas. Algunas personas del grupo se conocían, otras de vista se ubicaban y por supuesto yo, no conocía a nadie, solo tenía en mi mente, nombres, a los cuales pude poner rostro aquel día. Estaba sentada en medio de dos personas que en ese instante eran eso: “dos personas”, muy amables y acogedoras que me sostenían en esos primeros importantes momentos, sin imaginar que se convertirían en el tiempo, en mis más “grandes” y entrañables amigos. Me acuerdo mucho, de que varios de mis compañeros y compañeras, se acercaron a mí en el descanso y me preguntaron de cómo así me había animado a continuar con la formación, en Bergara y no en otro lugar del mundo más cercano a mi País o de cómo había hecho con los papeles, con la visa, con el billete de avión, entre otras cosas… aquel día, aquel primer encuentro, lo recuerdo mucho.

Nuestra formación, se basa, en tres áreas importantes dentro de nuestro trabajo como psicomotricistas: la parte práctica, teórica y personal.

Iniciamos nuestra primera jornada con una Formación Personal, intensa y productiva. Nuestros formadores, siempre se caracterizaron por su gran acogida y “buen hacer”. Este eje de la formación, sin desmerecer a los otros, fue nuestra base, nuestro sostén ya que favorecía a la toma de conciencia de nuestras actitudes, por ende, futuras intervenciones, dentro de la sala de psicomotricidad, además de ser como un espacio regulador que iba marcando nuestro andar emocional, afectivo, con respecto, a nuestra labor de psicomotricistas de ayuda. El grupo al cual yo pertenecía y pertenezco, estaba conformado por 19 personas, todas ellas con mucho que ofrecer, cada una desde su experiencia desde su “estar”, enriquecía la dinámica grupal. Todos muy distintos, cada uno con su peculiaridad, siendo el compañerismo, la amistad, los grandes encuentros (con deliciosa comida, música y danza incluidos) y la psicomotricidad, lo que nos unía y enlazaba… mis amigos vascos maravillosos.

En el área teórica tuvimos el gran placer de contar con solemnidades a nivel profesional y humano que enriquecieron nuestra práctica en el día a día. La teoría nos dio mucha “luz”, con respecto a nuestra práctica en la sala de psicomotricidad con niñas y niños. Siento que en este espacio, con gran acierto y claridad pudimos “colocar” y clarificar, lo que veíamos en la sala, desde nuestra experiencia en el trabajo con el niño. Se me vienen a la memoria, varias clases y encuentros, pero hay una clase en especial, que recuerdo con José Ángel Rodríguez, en la que me reafirmé mucho más en mi decisión de continuar en este camino. Recuerdo también con mucha emoción el “gran” y placentero encuentro con Bernard Aocouturier. Tuve el privilegio de que supervisara una de mis sesiones, recuerdo lo nerviosa que estaba, aunque, mis amigos y amigas decían que no se me notaba, yo me sentía “una gelatina”, fue una increíble e intensa experiencia, de la cual me quedan muchas “luces”. ¡¡¡Qué tarde aquella!!!

En el área de la práctica, nos pedían que presentáramos un caso determinado y que junto a nuestro grupo de trabajo, acompañados de una tutora o tutor, realizáramos un seguimiento continuo de los avances o retrocesos de nuestro trabajo psicomotor de ayuda con el niño o niña en cuestión. Hice la elección del caso dentro de un grupo educativo que yo acompañaba como psicomotricista, dentro de una dinámica escolar. Luego, al proponer al colegio un espacio de ayuda, para determinados niños y niñas, empecé a acompañar a este niño dentro de un espacio individual de ayuda psicomotriz.

Fue una experiencia intensa y muy movilizadora. De mucho aprendizaje y enriquecimiento personal y profesional. Tuve la gran suerte de trabajar en equipo con la andereño (maestra) de este niño, con resultados positivos y ventajosos, sobre todo para el niño en mención, que mostró prontas mejorías durante el proceso de ayuda.

Esta formación que decidí continuar, implicó e implica mucho de mí. El ser psicomotricista, va más allá de cumplir un horario, una rutina o hacer sesiones, para mí es una opción de vida y como tal pertenece al orden de la evolución, de la transformación. Fueron dos años y medio de muchísimas experiencias, aprendizajes, encuentros, desencuentros, amistades, aventuras…

Realizar la formación fuera de mi país, lejos de los míos, ha significado un ANTES y un DESPUÉS, a la vez que una continuidad, un seguir haciendo. Y ha enriquecido la fe que tengo en mí misma y en los demás.

Actualmente estoy nuevamente en casa, en mi País, hace dos meses y medio que llegué (Hoy es 26 de setiembre del 2007) y tengo muy cerquita, tantos momentos, rutinas, situaciones y hasta palabras vascas (euskera) -que aprendí en el día a día con los niños, con uno en especial, al que tuve el placer de cuidar por un tiempo- que cuento y comparto con los más allegados. Euskadi (País Vasco) no sólo es el país donde me formé como psicomotricista de ayuda, es mi segundo lugar, en donde crecí, me transforme, lloré, reí y en donde viví afectos importantes.

Desde aquí un entrañable saludo a todos los que estuvieron, en este camino, los de más cerca y los de más lejos…

Sobre Melissa Valdivia. Maestra de educación infantil y psicomotricista de ayuda, formada en la Escuela de psicomotricidad Descubrir de Lima y en la Escuela de Pisomotricidad Luzaro de Bergara.
Cómo citar: Melissa Valdivia (2007). Melissa Valdivia. Cuadernos de Psicomotricidad, 34, pp. 32–34. Luzaro.
¿Te interesa la formación en psicomotricidad?
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación