Una palabra en boca de todos y que no pertenece a nadie es lo que nos define. Cuando la empleamos pensamos que hablamos de otras cosas que nos interesan en ese momento, pero no tiene por qué ser así. Somos libres cuando obrando de una manera u otra podemos decir que no a preguntas embarazosas que nos obligan a dar una opinión que hasta ese momento no era nada.
el amor somos libres cuando amamos con libertad. Muchos nos mirarán con recelo, pero podemos lograrlo siempre y cuando coincidamos con la pasión en libertad del amado.
No es una regla de tres, ni una fórmula matemática. Somos libres cuando tenemos la capacidad para serlo. Somos libres para decir lo que nos apetece cuando tenemos la libertad de equivocarnos. Libres para no remediar lo que se nos viene encima hasta que notamos que falta esa libertad, que no era gran cosa cuando la teníamos. No éramos conscientes de ello. Es lo que tiene el arte de la libertad, parece que no vale nada, te lo arrebatan y cambia el mundo. Casi como el amor. Por eso está en boca de todos.
Nos creemos libres cuando sentimos el peso de la palabra pronunciada. Y nos creemos los elegidos cuando otros viven peor que nosotros. ¿Qué sabremos nosotros de la verdad del prójimo?
Cuando escucho la palabra “libertad”, como la palabra “amor”, me entra un auténtico escalofrío. Se ha hecho tanto daño con ese pretexto, se ha hundido tanto cuerpo con ese engaño, que me duele su justificación a todas horas. ¿Cómo hablar de la libertad del prójimo si no sé si soy libre del todo para serlo? ¿Cómo interpretar bajo parámetros de libertad conflictos lejanos cuando no somos capaces de comprender lo que sucede a un metro de nuestras casas?
Las palabras que se unen a la bandera de la libertad están viciadas por la historia y la interpretación consecuente, según nuestra visión de las cosas. Numerosas definiciones circulan con todos sus intereses a la deriva. Como las trampas en el amor. Quizá sea la misma palabra la que tenga en su voz su propio secreto.
“Cómo me gustaría ser libre para amarte como quiero”, le confesó su amante un día. Ella respondió: “No necesito de tu amor para saberlo”.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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