Las resonancias tónico-afectivas en la memoria corpórica

Nº 58 · Mayo de 2021 · pp. 20–26

Resumen. José Ángel Rodríguez Ribas aborda las resonancias tónico-afectivas y la memoria corpórica: por qué algunas marcas se inscriben en el cuerpo del bebé y otras no. Lo presenta como eje, fundamento y origen de la psicomotricidad y como un concepto enigmático, y lo trata con referencias psicoanalíticas.

¿Por qué alguien me cae bien o mal de entrada? ¿Por qué no nos podemos fiar de la primera impresión, y… sin embargo, a menudo, en algo sí que acertamos?, ¿Por qué encontramos pacientes o alumnos con los que parece que contactamos de entrada, estamos mejor predispuestos y el trabajo fluye de manera distendida, que con otros? Pero, sobre todo: ¿Por qué cada sujeto, cuando nace, y la madre le acuna, le arrulla, le canta, o baña, algunas marcas “calan”, se inscriben, se tatúan en el cuerpo y otras no?

A este tema, bien podríamos haberle llamado la “perla”, el “agalma” de nuestro trabajo, incluso haberle llamado la “causa”, dado que es aquello que mueve a que algo motive y reaccione provocando una consecuencia; también le hubiera venido bien el nombre de “piedra angular”, porque está en el vértice del arco que soporta nuestros conceptos.

Pero lo cierto es que quizás este sintagma, que es eje, fundamento y origen de la Psicomotricidad resulta uno de los más enigmáticos, incluso siniestro, que nos podremos encontrar. Tan es así, que “escrituras” (kinemas motrices) y las “resonancias” (del cuerpo), serían los pilares sobre los que pivota toda Práctica Psicomotriz que quiera nombrarse como “relacional o vivenciada2”.

Desde luego debe ser asunto misterioso porque, por un lado, una de sus características es que este concepto no es un deductivo, racional o empírico, no existe un “método” para ello sino, más bien, resulta experimentado y vivenciado en nuestro propio cuerpo. Es por eso, que, aunque se le nombra de continuo, apenas ha sido teorizado ni desarrollado, mezclándose alegremente con otros conceptos de manera tal que, a menudo, se usa para cualquier cosa3.

Ante esta tesitura, quizás una primera aproximación será, al menos, definir qué es lo que “no son” estas resonancias tónico-afectivas, para luego poder acotar los ejes y proposiciones que lo delimitan.

Trataré entonces, de exponer hasta donde haya podido llegar.

Las resonancias, no son la Empatía, aunque sean recíprocas, porque para colocarme en el lugar del otro, sin serlo, tiene que haber algo en común. Que pueda comprender algo de alguien, suponerle una mentalidad, no significa que todo lo que diga resuene en mi juntura más íntima.

Tampoco las “resonancias” remiten a una formación Proyectiva inconsciente, por cuanto coloco en el otro algo que es de mí haciéndole responsable de un proceder. A su vez, no llega a la categoría de Transferencia, porque la transferencia implica suponer al otro un saber sobre algo de mí que yo no sé… Cuidado, también, con confundirlo con la Contratransferencia, que tiene más que ver con lo que el paciente supone para mí como terapeuta.

Veamos algunas referencias previas.

Para B. Aucouturier: “…los aspectos emocionales (que) traducen resonancias profundas de la personalidad4”, “A través de la resonancia tónica de mi cuerpo (ella) ha podido (la paciente) realizar la reparación simbólica de su fusión buscada5”, “Se puede considerar que el cuerpo, a través de sus reacciones tónico-emocionales es el lugar de resonancia real del discurso psicoanalítico6”, “Nosotros pensamos que los comportamientos de carácter regresivo, vividos en el placer, permiten modificaciones de resonancias afectivas mucho más profundas de lo que podríamos pensar a primera vista7”.

J. Lacan, sin embargo, habló de las resonancias de la Lalangue, de la palabra sobre el cuerpo…, “consonancias” que se pueden encontrar a nivel de lo real del cuerpo: “para que resuene este decir, para que consuene… es preciso que el cuerpo sea sensible a ello. De hecho, lo es. Es que el cuerpo tiene algunos orificios, entre los cuales el más importante es la oreja, porque no puede taponarse, clausurarse, cerrarse8 ”.

¿En qué consisten dichas resonancias? Tendremos que avanzar despacio, con esa finura diseccionadora que aporta una fenomenología de la subjetividad corporal.

1.- La resonancia, es del orden del “titilateo”, del cosquilleo, de la pulsación, decía Lacan tomándolo de Spinoza, pero también, es del orden de la “conmoción”, del “acontecimiento cuerpo” y la agitación, del recuerdo y la fantasía. En cierto sentido, las resonancias no se analizan: se dan o no se dan. Se constatan con la certeza de una experiencia inefable, al borde de lo traumático. Lo primero que podemos saber de ellas es que algo “me tocó”.

2.- Esta im-presión, tampoco depende del emisor…, ni se programa, ni se calcula, sino que se siente… “eso…resuena en mi”, “eso, toca algo… en mi”, algo absolutamente subjetivo, que se reactualiza por mor de alguna inducción. Por eso es intemporal. Por supuesto, tampoco es educable, aunque obviamente, dependerá de la sensibilidad del cuerpo de cada sujeto para vivenciarlas… que encuentra, al modo disruptivo, un terreno fértil sobre el que algo se desanuda.

3.- Las resonancias, para nada tienen que ver con una presunta “comunicación no verbal” cuasi telepática o mística, que tocaría alguna verdad irreductible. Es verdad que, en ocasiones, se les hace entrar dentro de la esfera intuitiva y azarosa. Pero no es así. Lo que sucede, es que dichas resonancias, por muy contingentes que sean tienen su propia lógica, remiten a determinadas situaciones y personas, aunque, de entrada, se desconozca aquello que las provocó. En ese sentido, las resonancias se manifiestan como una satisfacción sustitutiva del inconsciente, de pleno derecho.

4.- Tampoco se presenta una relación directa entre causa-consecuencia. No se sabe, no podemos saber, al menos a priori, por qué unas palabras, arrullos, caricias, sones, susurros, sacudidas, dejan su secuela… y otros no. Por qué determinadas “letras” se enraizaron en el cuerpo de alguien y porque otras no, marcando sus huellas innombrables sin cifrar. Ni siquiera dependen de la intensidad: un ligero desencadenante puede hacer aflorar innumerables recuerdos. Ni mucho menos, del placer o del displacer hay resonancias agradables y otras que no lo son. Será solo “a posteriori”, cuando se pueda establecer la relación sintomática o fantasmática de deseo o goce, entre el desencadenante y lo que se desencadenó. Es por lo cual, las resonancias solo adquieren valor de verdad por los “efectos de afectos” que provocan en cada quien.

5.- Ahora bien, por el hecho mismo de ser una “resonancia”, siempre van acompañadas tanto de un carácter de sorpresa y conmoción como de misterio e interrogación. Eso “me toca”, además, “me toca a mí”. Es un “eco” en mí. Entonces, por el hecho de verme apelado, implicado o concernido por ellas en mi propio cuerpo, “yo” me pregunto: ¿de dónde viene?, ¿qué ha pasado? Es decir, no existe resonancia neutra, anónima y, como tal, trae siempre aparejada una pregunta. Al revés: si no provoca alguna interrogación, por mucho impacto afectivo que hubiera, no podría ser considerada como tal.

De hecho, una vivencia perceptiva se transforma en experiencia personal, justamente, cuando ha podido ser subjetivada bajo el manto del universo simbólico9 . Incluso, estará bien añadir que no puede haber corporización subjetivadora que no haya pasado por las resonancias del Otro en su cuerpo.

6.- Es decir, que la resonancia, “que viene de afuera”, me reenvía a algo que ya estaba “dentro” provocando un movimiento que “despierta” y desencadena algo. Por eso, las resonancias, en ocasiones, adquieren ese carácter de “siniestro”: un reencuentro con algo que es familiar, “íntimo” y ajeno a la vez; “éxtimo”, que diría Miller. En esa extrañeza, en ese “misterio” que es el cuerpo; en esa, digamos, despersonalización espacial es donde radica lo fascinante y extraño: donde el “Yo ya no es dueño y señor de su propia conciencia”.

“Yo fui resonando por el Otro, que habita en mi”, más bien. En la resonancia se conjuga lo paradójico de una “pasividad-activa”.

7.- Avancemos algo más. Por tanto, las resonancias, remiten directamente a “lo real de una transmisión”, a ciertas modalidades vinculares sostenidas desde el “lazo corporal” con lo Común. Es lo que hace que la transmisión, cualquier transmisión, esté más allá de la comunicación, incluso, de la relación: que no dependa del código empleado ni de la relación con su emisor. Lo que se transmite desborda lo que se pretende decir o hacer, independiente del sentido que conlleve, de su “sinsentido” o, incluso, de su “no sentido”.

8.- Es verdad que cualquier estímulo nos puede hacer “resonar”: un olor, un sabor, una textura de algo, pero acá nos referimos a las resonancias que se dan entre sujetos10.

En este sentido, cabe distinguir el “Recuerdo Motor”: donde alguien cae en la cuenta de tal o cual actitud, postura, gesto, etc. y que asocia inmediatamente a determinado recuerdo identificatorio o a determinada “educación” técnica del cuerpo11 .

El recuerdo motor, visto así, de manera “conversiva”: remite al “regreso”, al “retorno” de determinados “significantes corporales” que, metafóricamente, esconden el sentido reprimido de un deseo latente. No olvidemos que recuerdo y olvido, que represión y retorno de lo reprimido, van de la mano. Otra variante, nos la encontramos con la “Repetición”. Pudiéramos decir que la repetición es efecto de un deseo que puede derivar en placer (p.ej. el ascenso y descenso de un tobogán que se repite interminablemente), también es cierto que la repetición, ni impide el logro de diversas variaciones motrices ni impide intercalar otra serie de acciones12 .

9.- Pero las resonancias… son otra cosa. En general, podemos decir que consisten en la emergencia de algún estado afectivo provocado por algún tipo de estímulo recibido del Otro. Sucede cuando algo nos “remueve” sin que necesariamente esté asociado a algún recuerdo, al menos, de entrada13 . Más en concreto. Veamos cinco aspectos primordiales:

Primero: Lo que se (me) conmueve está provocado por alguien o por algo de alguien. No existe resonancia alguna que no pase previamente por el cuerpo del Otro.

En segundo lugar, lo impactado, el cuerpo, es del orden de los afectos, no necesariamente, de las emociones o sentimientos. Con ello, venimos a referirnos a las “grandes pasiones del Ser”: el amor, el odio, la ignorancia, la angustia, el tedio…

Es decir, las resonancias, consisten en una “re-viviscencia” de afectos que, a posteriori, pueden provocar una rememiniscencia, una rememoración posterior, la emergencia de un recuerdo hasta entonces reprimido, tal y como teorizó S. Freud. Por tanto, hablaríamos de una vivencia experiencial, esporádica, que se vuelve a re-vivir de manera “similar” a como alguna otra lo hizo. De cómo determinadas causas del Otro “consuenan” como metáforas de goce de alguien y que solo, en un segundo tempo, podrán asociarse con algún momento histórico.

Porque lo que existía previamente a dicha re-sonancia, tercero, era una “sonancia”. Es decir, algo del orden de un goce, del trazo de una letra, una imago o huella, que ya estaba inscrita con anterioridad en nuestro cuerpo. No puede re-sonar aquello que no ha sonado antes.

Cuarto. En la resonancia se encuentra algo de uno mismo que se tuvo y se perdió. Para poder separarse del Otro y llegar a tener un cuerpo propio, una imagen corporal, algo del goce pulsional hubo de perderse, hubo de cederse, depositándolo en el Otro. Y precisamente es ese montante, ese resto de goce, el que alguien encuentra en ese Otro. O, si quieren: aquello que resuena en mí no es más que algo de mi propio cuerpo que había cedido al cuerpo del Otro para que pudiera retornar a mí, en mí mismo. Por eso, la resonancia es del orden de un “eco” somático.

Quinto. Por lo tanto, hablamos de una inscripción, una marca del Otro que se volvió objeto causa. La resonancia, en el fondo, no deja de ser sino una re-escritura en el cuerpo propio14 . En este sentido, las resonancias serían “todo aquello de Lalangue que “toca” el fantasma de alguien”. Un dolor, un estímulo, una mueca, un olor, una palabra, un gesto, un movimiento…un color, un ruido…, pueden llegar a tener valor de signo para alguien en la medida que pudo atravesar el fantasma del sujeto “conectando” y “con-tactando” con la escritura de cierto núcleo libidinal. Se podría decir, que es del orden de una transmisión de Lalangue a Lalangue, de inconsciente a inconsciente, cuerpo a cuerpo. Resonancia y corporeidad, en este sentido, son homólogas: pues “no habría vivencia psicomotriz alguna que no fuera sin la reinscripción de sus resonancias”.

En resumen: una “resonancia” es todo aquel desencadenante que subjetiviza y singulariza los cuerpos hablantes bajo las coordenadas históricas de la acción… en el Lenguaje. Es decir, hablamos del “impacto de Lalangue en el fantasma de alguien” en cuanto que “lo que se transmite es la escritura del goce en el cuerpo del Otro”… o “los ecos de la palabra sobre la pulsión”. Por eso, hay letras, imágenes o movimientos que nos pueden impactar tan intensamente.

Visto así, dicho fenómeno no estaría tan ligado a los procesos secundarios, transferenciales, como a los estrictamente primarios, a las representaciones reales de Cosa, no ligadas estructuralmente por el Lenguaje: no es ya de un significante sino una pura significación sin significado. En este sentido, y en rigor, sería muy dudoso calificarlo como un suceso de la “Memoria” en cuanto tal.

10.- De esos fragmentos de un real no simbolizado, de esos goces “por fuera de la ley” del Lenguaje, como un resto “bruto sin cifrar” (al decir de J. A. Miller), dan cuenta numerosos fenómenos psicosomáticos y psicomotores o ciertos anudamientos sintomáticos que, ocasionalmente, pueden hacer lazo bajo modalidades sublimatorias. Y cuya manipulación “salvaje”, por el contrario, y si no se atiende a la estructura precaria del sujeto, puede provocar un desanudamiento que desencadene una desestabilización clínica irreparable.

Con esto de las intervenciones e interpretaciones corporales deberemos ser sumamente delicados y prudentes.

¿Qué efectos tienen las resonancias tónico-afectivas? Estas resonancias, entonces, marcarán una sustancial diferencia entre una práctica psicomotriz y otras tecnologías motrices….

– En el terapeuta: evidentemente, se pueden confundir con la contratransferencia y ya sabemos lo peligroso que puede ser analizar desde lo que cada uno siente. No sea que el sentido de lo que se siente no sea sino algo desplazado que tiene que ver más con la propia vida del practicante. Fijémonos que al ser del orden de la con-moción corporal, las resonancias no se pueden “descifrar”, demostrar, ni interpretar, como tal. Como mucho, solo se pueden “cifrar”, mostrar, por sus efectos historizadores posteriores. Incluso estaría bien no estar demasiado pendientes de nosotrxs mismos, a la caza de la “resonancia perdida”, impidiendo estar disponibles para la observación y la escucha del Otro. Pero también es verdad, que hay ocasiones que los pacientes nos resuenan intensamente sin despertar reminiscencia alguna15 . En ese momento, y con toda la prudencia, esas resonancias corporales pueden ser un inestimable índice a nivel de diagnóstico diferencial.

-Ahora bien. Lo interesante, sobre todo, son las resonancias tónico-afectivas experimentadas por los pacientes o alumnos, niñxs o adultos, como un índice indudable de cierto goce fantasmático. Se trata de rehistorizar dichas reviviscencias del goce inscrito en el cuerpo para entresacar los significantes que marcaron la vida de alguien separándolos de su valor libidinal. Hasta poder construir un acomodo distinto en su vida16.

En este sentido, si la motricidad no deja de ser una modalidad escritural del goce pulsional, perfectamente se puede ir construyendo una suerte de “mapeo fantasmático” o de “cartografía libidinal” del cuerpo17 . Que cada parte o segmento del cuerpo puede ser objeto de impacto y conmoción de ciertas sensaciones, percepciones, palabras etc, no muestra, sino que, nuestro cuerpo no es más que el lugar donde las resonancias se depositan y entrelazan psicosomática e históricamente.

En tanto la Formación Corporal se orienta a acompañar las modalidades “escriturales” (expresivas: plásticas, manuales, gráficas, motrices, verbales) del sujeto en su proceso de sensibilización corporal; desde esta perspectiva, el análisis de las “resonancias tónico-afectivas” del futuro practicante resulta un paso ineludible. E invita, en el mejor de los casos, a hacerse cargo de un trabajo personal para dar cuenta del deseo que se juega en el juego de cada uno de nosotrxs. Trabajo corporal en el sentido de saber en qué “puntos” alguien puede ser “tocado” por “algo”.

Es lo que, para concluir provisionalmente, nos permitiría, al menos teóricamente, describir una suerte de orografía corporal de los kinegramas inscritos en la carne, al modo de una “Cartografía Libidinal”, que no sería sino la topografía de aquellas marcas (huellas, letras, imagos) traumáticas, de sus signos de goce, sobre las que el cuerpo pudo consentir a ser corporizado. Localizar, “cartografiar” los goces escriturales del cuerpo, poder dar cuenta de ellos, esclarecer sus modalidades de “incorporación” e inscripción corporal, descifrar y elaborar el deseo al que remite, permitiría tanto ser “sensible” a los “afectos” que el otro pone en juego, como prevenirnos de no intervenir educativa o clínicamente desde la proyección fantasmática del profesional.

Es por eso, para concluir, que bien podemos hablar de una posible “rigidez fantasmática” o, por el contrario, de una “plasticidad del Otro”, como la sensibilidad de un sujeto para ser conmocionado por las palabras y las acciones, adoptando otra relación con los significantes o inventando otros nuevos. Que la relación del sujeto a sus palabras cambia de Valor a lo largo de su vida, o de un tratamiento, es todo un hecho.

En ese sentido la Clínica Psicomotriz podría llegar a ser: “la oferta contingente de un “lecho” de resonancias, a disposición de quien consienta ser conmovido e interpelado, en su deseo de ocupar otro lugar en la Vida”.

Por eso, la Psicomotricidad -como el Psicoanálisis- seguirá Viva mientras pueda hacer del cuerpo, una auténtica poética.

Notas

1. Texto corregido y modificado de la Conferencia pronunciada en las Jornadas de la AEC: Psicomotricidad: Emociones y Conexiones. 6-7 Noviembre 2020, en BCN. Con mi sentido agradecimiento a Ricardo Acevedo, psicoanalista, y Ana María Mercedes Mikaelian, psicomotricista, privilegiados interlocutores y amigos. 2. En mi texto. “Psicoanálisis para psicomotricistas” (2018) hablé ligeramente de ello, pero no terminé de darle el merecido lugar que le corresponde en nuestra clínica.

3. Por otra parte, las resonancias, tienen que ver con conceptos que están muy cerca de ellas como: inconsciente, afectos, inscripciones, engramas trauma, fantasmas, contratransferencia, goce, síntoma…que tampoco es lugar para profundizar. 4. Aucouturier, B, Darrault, I. y Empinet, J. L. La Práctica psicomotriz. Reeducación y Terapia.1985: 113. 5. Lapierre, A. y Aucouturier, B. El cuerpo y el inconsciente en educación y terapia. 1980: 74. 6. Lapierre, A. y Aucouturier, B. Simbología del movimiento. 1977: 125. 7. Aucouturier, B. Darrault, I. y Empinet, J. L. La Práctica psicomotriz. Reeducación y Terapia.1985: 224. 8. Lacan, L. Sem. XXIII. El sinthome. 2006: 18.

9. Recordemos que no hay percepción sin percibiente, recordaba Lacan.

10. Es un tema que no terminamos de tener claro. Pero sí parece que la diferencia entre una resonancia y recuerdo, radicaría justamente en eso: mientras que en la primera el “estímulo” viene de un Otro encarnado (desde Alguien), en el recuerdo, el Otro es anónimo. 11. El ejemplo de un salto, una caída, un olor, un guiño…que nos recuerdan a una situación, a una persona, un juego etc. reflejan típicas escenas cotidianas. Mas complicado parece cuando alguien quiere volver a danzar, dibujar o tocar un instrumento después de un largo periodo, y de repente, aunque no tenga las mismas habilidades actualizadas, no parte desde la nada, sino que con cierta práctica puede recuperar su nivel inicial. 12. Desde otro costado, tenemos la “Compulsión motriz” propia de ciertas afecciones obsesivas donde el sujeto, por muy consciente que sea de ella, no puede evitar el impulso de ciertas rumiaciones, jaculatorias, dudas, rituales…para poner a raya una angustia a flor de piel. E, incluso, la “Fijación Motriz”, que no está asociada a ninguna inscripción simbólica ni convoca sentido alguno. Consiste en una ejecución de movimientos simples, balanceos, golpes, percusiones etc, que nos hablan de una petrificación, del “congelamiento” de un cierto goce, y que puede hacer de suplencia, o residuo, para tratar algún tipo de falla estructural. Generalmente se leen mal y rápidamente como una “autoestimulación”: pero verlo de esta manera, impide darse cuenta de la función que cumple en la economía del sujeto. 13. Cuando alguien nos “cae” bien o mal de entrada; cuando algo, no sabemos qué nos angustia, dejándonos casi que paralizados; cuando algo, por fuera de la palabra, “conmueve” de manera muy vivida algo de nuestra “homeostasis”, nuestro equilibro corporal. De hecho, la fenomenología de las resonancias adquiere todo su valor en el ámbito clínico, psicoanalítico o psicomotor.

14. Al modo de aliteraciones literales o condensaciones de goce, en las «notaciones» o «re-trazos» pulsionales.

15. Por ejemplo: es muy típico que algunos pacientes provoquen en nosotros cierta angustia. 16. No se escapa, a quien haya podido llegar hasta acá, que esta disquisición está muy orientada hacia pensar una Práctica Psicomotriz individual, con adolescentes y adultos, que, por el momento sigue siendo el gran “tabú” tanto del psicoanálisis como de la psicomotricidad misma, aunque existan muy loables intentos.

17. Tomo prestado el término “mapeo” de Elina Matoso, pero también en reconocimiento a mis amigxs Alejandra Papandrea y Daniel Calméls que hablaron de ello en numerosas ocasiones.

Sobre José Angel Rodríguez Ribas. Doctor en Medicina (Psiquiatría y Salud Mental), psicomotricista y formador en pràctica psicomotriz (AEC/ ASEFOP), psicoanalista (ELP Y AMP), profesor UWTSD.
Cómo citar: José Angel Rodríguez Ribas (2021). Las resonancias tónico-afectivas en la memoria corpórica. Cuadernos de Psicomotricidad, 58, pp. 20–26. Luzaro.
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