El trabajo de ayuda en las dificultades del niño necesita primero ser situado en el contexto concreto en que se realiza. No es lo mismo trabajar en el seno de una institución especializada, en una escuela o en un despacho privado.
En este artículo, como previo a uno posterior en el que hablaremos sobre la especificidad de la ayuda psicomotriz (lo que sucede dentro de la sala de ayuda psicomotriz), exponemos los ejes básicos que pensamos deben ser tenidos en cuenta a la hora de abordar cualquier proceso de ayuda, dentro del contexto escolar.
“La mejor prevención es una buena educación” es una frase que, no por muy usada, pierde su absoluta vigencia. Y en ello está la educación psicomotriz. Pero, a pesar de todo, los malestares surgen, y aparecen las dificultades, algunas de las cuales encuentran respuesta dentro del marco educativo, y en otras parece que la acción educativa se hace insuficiente para dar una respuesta adecuada, y son dificultades que persisten e, incluso, se agudizan. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo desde el terreno educativo, desde la Escuela, se puede ayudar a enfrentar las dificultades, los malestares de algunos niños, de algunas familias.
En nuestra opinión, son varios los ejes de la aportación que desde la escuela se puede realizar ante las dificultades.
1. Profundizar en la intervención educativa, en cuanto a sus objetivos, contenidos, espacios, tiempos, etc.
2. Trabajar las actitudes de los educadores, en el sentido que, por ejemplo, posibilita el proceso de formación personal en práctica psicomotriz.
3. La relación familia-escuela.
4. La labor de los equipos de ayuda dentro del marco escolar (y aquí entraría lo que denominamos ayuda psicomotriz como un posible recurso).
5. La relación entre la Escuela y los equipos e Instituciones de ayuda terapéutica y social.
A continuación, pasamos a exponer de qué manera se pueden ir articulando estas cuestiones en los procesos de ayuda:
En cuanto a la relación familia-escuela es evidente la importancia de los sistemas de acogida y adaptación que hoy se están desarrollando en numerosos centros, en la escolarización de los niños de 2 y 3 años. Procesos que, a nuestro entender, no deben ir sólo dirigidos a facilitar el tránsito del niño del ambiente familiar al escolar, sino también servir para dar acogida a las familias dentro de la escuela y establecer las bases de una colaboración necesaria (diríamos imprescindible), para una coherencia en el proceso educativo del niño pequeño. Es dar un lugar a la familia y un lugar al profesorado, para que construyan en colaboración ese marco de estabilidad y seguridad que el niño pequeño necesita.
La creación de este espacio de comunicación y colaboración, entre familia y escuela, podríamos decir que permite realizar una gran labor de prevención con respecto a las dificultades, y que, en el caso de que éstas aparezcan, las condiciones de intervención y las posibilidades de éxito son mucho mayores.
Esta creación de espacios y tiempos para el encuentro entre profesores y padres supone reconocerse mutuamente como interlocutores válidos, en el mismo nivel, pero en roles distintos. Esta relación de colaboración supone compartir al niño en lo común y no entrar en la disputa.
Por lo tanto, cuando surge la dificultad, si existe esta relación previa, se cuenta ya con unos canales y un marco establecidos que permiten acometer la dificultad en un clima de contención y comprensión, necesarios para sostener el dolor, el sufrimiento que la situación pueda estar causando.
Estas estructuras de colaboración implican una serie de actitudes que son trabajadas en la formación de la práctica psicomotriz, y que deberían formar parte del bagaje personal y profesional de todo educador y profesional de la ayuda:
• La escucha.
• El acogimiento y la aceptación del niño y la familia “tal y como son y están ahora” y no “tal y como nos gustaría que fuesen”.
• El ajuste y el acompañamiento sin perder la propia identidad.
Esto significa que la Escuela escucha, comprende, se ajusta y acompaña, pero habla a la familia con claridad sobre la dificultad, y le propone colaborar, desde su propia identidad educativa, no asimilándose a la familia, ni rechazándola.
El esfuerzo será tratar de establecer un punto de vista común, lo que exige promover estrategias de colaboración desde todos los ámbitos implicados en el proceso de ayuda, desde la “co-responsabilidad”.
Si se logra esto, podríamos decir que el 50% del proceso de cambio está hecho. Ya luego, desde esta base de colaboración se puede acudir a las diversas intervenciones específicas que se precisen: ayuda psicomotriz, terapia, ayuda social….en donde habrá que extender el clima y las actitudes de colaboración antes expuestas.
En resumen, en el marco escolar, con respecto a los malestares y las dificultades que precisan otro nivel de ayuda, se puede aportar:
• Un contexto educativo que escuche, comprenda, acepte y acoja la dificultad. Aquí es en donde pensamos que la práctica psicomotriz educativa, su comprensión del niño y las actitudes que desarrolla en el educador, realiza una interesante aportación a la Escuela.
• Un clima de colaboración y co-responsabilidad con las familias, previo a las dificultades.
• Unos sistemas de detección y observación de las dificultades: la sala de psicomotricidad es un buen lugar para ello.
• Recursos de ayuda dentro del marco escolar, bien integrados con el trabajo del profesorado, y dentro del ambiente de colaboración familia-escuela.
• Actitudes de apertura hacia las Instituciones y equipos terapéuticos y de ayuda social, creando canales adecuados de colaboración, que permitan una correcta derivación en el tratamiento de las dificultades, acompañando a la familia y estableciendo los sistemas de co-responsabilidad entre los diversos profesionales de los diferentes niveles de intervención en el proceso de ayuda.
Con esto último quisiéramos terminar: creemos que los profesionales de todos los niveles (educativo, de ayuda, terapéutico, social) tenemos mucho por hacer en cuanto a la creación de esos contextos de colaboración y co-responsabilidad, alejándonos de actitudes de desconfianza y competencia.
Os proponemos, pues, para terminar, las actitudes del psicomotricista como un posible punto de partida para la creación de estos contextos de intervención en la ayuda: la capacidad de escucha, de comprensión-empatía, de ponerse en el lugar del otro, de acoger y acompañar, respetando la identidad del otro y manteniendo la propia, el ajuste y la capacidad de transformar y ser transformado, que es una de las claves de la existencia y el desarrollo del ser humano, tal y como Bernard Aucouturier señala.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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