Introducción
Cuando los niños entran en la sala de Psicomotricidad, vemos cómo despliegan toda su actividad para poner en juego lo que desean vivir, lo que no han vivido o lo que han vivido mal, y así poderlo modificar y resituarse ante el adulto, ante el entorno y, en fin, ante la vida, con una actitud de placer y bienestar.
El caso de Davinia es una reflexión sobre la práctica psicomotriz, como ayuda terapéutica, ya que lo aparente deja paso a todo el mundo inconsciente que ha ido marcando una huella en la persona y cómo en cierto momento determinado, si se está en la estrategia adecuada, si hemos sabido captar el sentido de lo que nos muestra su expresividad, si somos capaces de controlar nuestras propias resonancias tónico-emocionales, ese mundo sale a flote, a veces de forma dolorosa, para poder avanzar y madurar.
Resumen de la anamnesis
Es un embarazo deseado, aunque aparece una amenaza de aborto, permaneciendo la madre en cama durante algún tiempo. El padre enferma de gravedad y es hospitalizado cuando se cumple el 5º mes de embarazo. Se marcha a su país de origen buscando la cura y no retorna hasta casi el momento del alumbramiento. En el momento del parto el bebé se encaja, tardando horas en nacer y tiene que permanecer con una férula en la cadera durante cuatro meses.
La abuela de Davinia es quien se da cuenta de que su nieta no evoluciona adecuadamente, porque apenas se mueve en su cuna ni se voltea. Le diagnostican cuando tenía un año una hipotonía de origen central con hiperlaxitud en las articulaciones, e inmadurez en el desarrollo psicomotor. Los padres viven en la misma casa que los abuelos maternos y cuando se van al extranjero, para que el padre termine la recuperación de su penosa enfermedad, conviven con los suegros y resto de familiares, los tres en una habitación.
Todas las separaciones que han tenido madre e hija adquieren un gran dramatismo: nacimiento, rehabilitación, guardería. Sólo se complacen cuando para el tratamiento, cualquiera que éste sea, las dejan permanecer juntas. El padre se inhibe de todo lo que acontece a la niña y deja la responsabilidad en manos de la madre y de los abuelos.
Descripción de Davinia
La primera vez que vino a la sala con cuatro años, parecía una muñequita, rubia, ojos claros, cara redonda; era de esas niñas que llaman la atención porque son bonitas. Siempre viene impecable, limpia, con conjuntos graciosos y colores coordinados. Muy coqueta.
En los primeros encuentros en su rostro había un rictus de contracción; sus ojos algo felinos tienden a esquivar la mirada de quien le mira, como si hubiese algo que ocultar o que temer.
Camina con las piernas ligeramente separadas tendiendo a meter las rodillas; tiene los pies planos por lo que se desestabiliza con facilidad. Sube las escaleras con algo de dificultad y cuando las baja, se descoordina si no va agarrada a la barandilla. No calcula bien el espacio entre los escalones; a veces pretende bajar dos o más al mismo tiempo. Al correr une demasiado las rodillas y lanza los pies hacia fuera; no muy equilibrada. Para compensarlo estira los brazos hacia atrás y la cabeza hacia delante, como hacen los niños que empiezan a andar.
En situaciones de juego, si se pone nerviosa tiende a morder, bien a sí misma (la mano) o a mí.
Cuando está cerca de la madre al salir de sesión, se pone el dedo en la boca y tiende a buscar el contacto corporal, pidiéndole que la coja en brazos y metiéndole la manita entre la ropa.
Lenguaje
Su lenguaje es inmaduro, no construye frases largas, sólo palabras—frase, con muchas dislalias, asimilaciones, omisiones, inversiones. Hay que estar muy atenta para saber exactamente qué dice, porque también mezcla el idioma del padre con el español. Nombra a su madre constantemente, alguna vez a su abuela y a su abuelo, o a su maestra, pero nunca ha nombrado a su padre en sesión.
Su tono puede pasar desde la mayor dulzura o ternura hasta el autoritarismo más violento e, incluso, al grito cuando la contrarías.
El espacio
En la sala utiliza el espacio sensoriomotor. Le da miedo saltar, pero en torno a ese espacio gira casi toda su actividad. Sube y baja las escaleras agarrada a las barandillas de forma impulsiva, casi temeraria. Las acciones que más realiza son los giros, rodamientos, volteretas; todo aquello que implique estimulaciones laberínticas muy arcaicas con pérdida de los límites corporales.
Pide al adulto que realice también todo cuanto ella hace.
El tiempo
La mayor parte del tiempo está en el espacio sensoriomotor; escasamente al final pasa por el de representación para hacer algún dibujo o puzzle.
No permanece mucho tiempo en una actividad concreta, pasa de una cosa a otra todo el tiempo de la sesión sin parar.
A medida que avanzan las sesiones retrasa el momento de entrada todo lo que puede, entreteniéndose con la madre, pero luego, al final de la sesión, no se quiere marchar y busca mil excusas para seguir en la sala.
Los materiales
Giran en torno al espacio que más frecuenta: todo lo blando, excepto la tarima y las escaleras que son de madera, el cilindro de gomaespuma para introducirse en él, las telas para arrastrar o para taparse, las colchonetas, los cojines. Todo lo quiere tener próximo a su cuerpo.
Relación con el adulto
Le cuesta aceptar el no, la frustración; si no se hace lo que quiere, pronto pregunta por “mami”. Me pide que la mire para que vea lo que está haciendo en todo momento.
En relación a lo tónico, expresa una cierta ambivalencia, de sentir que se deshace, que su tono se adecúa, pero al momento se pone tensa y me rechaza, incluso enseñando los dientes; en otras ocasiones, cuando más a gusto está conmigo haciendo alguna actividad, es cuando más siente la necesidad imperiosa de salir a ver a su madre.
El temor al contacto es evidente: cuando me acerco a ella sale corriendo; las pocas veces que se deja coger es con algo entre medio de las dos, una tela, el columpio. No toma la iniciativa de acercarse.
Disfruta con los juegos de perseguir, atrapar, esconderse, aparecer.
Hipótesis sobre el caso
Davinia está en una fase de fusionalidad con su madre, de apego extremo. Cualquier intento de tomar distancia por parte de la madre es vivido con una gran angustia, “angustia de separación”.
Esta situación se ha ido gestando por todo lo acontecido en la historia de la niña y por todo lo vivido por su madre que, al no haber elaborado su propia separación-diferenciación, se muestra con una personalidad tan infantil como Davinia en su no respeto al encuadre, añadiéndose la angustia de muerte, presente en el embarazo de la niña, asociada a la separación por la enfermedad del marido, que ha hecho mantener el apego más allá de los límites deseables.
Es aquí donde habría que preguntarse si realmente es un apego sano, en el sentido de que si la niña realmente estuviera satisfecha con las gratificaciones afectivas de su madre, no habría problemas para la distanciación. Las vivencias durante los primeros cuatro meses llevando una férula, pueden haberle creado una situación de sobreprotección, pero también de temor e inseguridad, sobre todo de la madre hacia ella. La relación crecer-separación-muerte, parece estar marcando la dinámica de la díada: no la deja crecer para no perderla, todo lo cual hace pensar en una gran fragilidad en el nacimiento de la identidad de Davinia,
Hay una relación directa entre la angustia de separación y su incapacidad para elaborar la constancia del objeto o permanencia del objeto. Como dice B. Aucouturier, la presencia-ausencia permite la constancia y, por consiguiente, la permanencia del objeto, siempre y cuando se haya elaborado un continente psíquico donde poder contener y fantasear la ausencia del otro. Evidentemente, en este caso no ha sido posible puesto que no ha habido suficiente ausencia.
Así mismo, para Piaget, lo que no está ante sí, no existe; de ahí sus trastornos de atención, de no poder permanecer, de no poder instaurarse mucho tiempo en una actividad; y de ahí su necesidad de salir constantemente de la sala para comprobar que efectivamente “mami” no ha desaparecido.
El que haya crecido en un entorno donde los padres no han estado nunca solos, sino en convivencia tanto con los abuelos maternos como paternos, en situación de dependencia económica y con continuos cambios de domicilio, acrecienta aún más esa sensación de confusión. Las tendencias familiares son de regresar, de volver atrás.
La escasa presencia del padre, que no ha ejercido como tal, le impide a Davinia la adecuación a las normas, a tener unos límites claros, y acceder a un lenguaje comprensible para los demás y no sólo para su madre.
Es decir, el ambiente que rodea a la niña favorece y sostiene su inmadurez, su estado fusional, que puede dar lugar a una psicosis infantil, ya que su yo está disperso, como se observa en su forma de actuar. Existen, pues, indicios suficientes de patología psicomotriz ante la imposibilidad de la niña de vivir transformaciones sensoriales o tónico-emocionales. No actúa sobre los objetos para transformarlos, porque ella misma no puede transformarse.
Sin embargo, lo que sí hace posible pensar que se pueda trabajar con ella, que es posible situarla en esa dinámica de transformación, es su apertura hacia el juego para elaborar la separación, su deseo de que la encuentre y la reconozca; esto permite que se pueda intervenir en sus potencialidades de desarrollo.
Desarrollo del caso
En la primera sesión de observación la madre estuvo en la sala a petición propia. Accedí para que aliviara su ansiedad; se calmó viendo que la niña se adaptaba fácilmente al espacio y a mi presencia, aunque constantemente iba donde estaba la madre o la llamaba.
En la segunda sesión ya le pedí a la madre que se quedara en la sala contigua con la puerta abierta y tranquilizando a la niña en el sentido de que cuando quisiera ver a su mamá podría hacerlo sin problema.
Dos sesiones se desarrollaron en un ir y venir de la sala grande a la sala pequeña. Cualquier cosa le servía de excusa para ir a ver a su mamá.
Posteriormente cerré la puerta, pero ella siguió saliendo algunas sesiones más, bien a hacer pis al baño y de paso veía a su madre, bien tirando cosas por la ventana para así tener que pasar por donde estaba su madre cuando iba a recogerlo.
Poco a poco comenzó a confiar en el hecho de que el que su madre no estuviera presente no significab que iba a desaparecer para siempre, y fue entonces cuando comenzó a disfrutar con los juegos en la sala y a relacionarse más conmigo.
Sus juegos son muy primarios: perseguir, atrapar, esconderse, arrastrase, buscar cualquier hueco donde meterse; el tubo de goma espuma le fascina. Todo lo que hace está en relación con la dinámica de fusionalidad, de falta de identidad, de inmadurez, de búsqueda de contención.
En alguna ocasión la trae el padre y con él no muestra la misma actitud que con la madre: permanece todo el tiempo en la sala y no pregunta por él como pregunta por la madre.
En un encuentro con la pareja vi claramente que incluso la madre habla por el padre, pues aunque yo le preguntara al padre cosas de la niña, la madre siempre quería contestar, hasta el punto que le tenía que decir que me gustaría saber qué pensaba su marido. Se le ve con muy poco carácter y pasando bastante del problema; según él, no tiene tiempo para la niña, más bien no sabe a qué jugar con ella: “si fuera un chico lo podría llevar conmigo a pescar”.
Con la madre es con quien más hablo, pues es la que más rato pasa con la niña, y me da informaciones puntuales; sin embargo, me di cuenta de que si la dejaba, me convertiría en su terapeuta, ya que tras cada sesión me abordaba para calmar su ansiedad. Era como si me pidiese que me ocupase de ella también, ya que no le eran suficientes los momentos acordados para hablar sobre la niña. Por eso le recomendé la conveniencia de un apoyo psicológico, para poder tener su propio espacio, que yo me ocupaba de Davinia y que era conveniente que la niña lo tuviera claro, si queríamos ayudarla en su proceso de distanciación-diferenciación.
En un primer momento lo aceptó pero luego puso una excusa económica y no fue a tratamiento, pero al menos las charlas se fueron controlando y centrando sobre la niña y no sobre ella.
Así me entero de que la niña duerme en la misma habitación que ellos y que a mitad de la noche se mete en la cama entre los dos, ante lo cual le doy explicaciones de lo que supone eso para la niña y la necesidad de que busque la solución.
Más adelante me informa de que aún le mantiene los pañales por la noche, por lo que también le tuve que dar una serie de indicaciones con el fin de ir controlando la enuresis nocturna.
El panorama que se me abría me iba confirmando más que Davinia estaba siendo tratada como un bebé; que la confusión era la norma de esa casa donde nadie parecía poner límites a la niña, y cuando se hacía, era en forma desbordada por la ansiedad. Así, en la sala mostraba esa ambivalencia y esos contrastes de carácter tan excesivos a la menor contrariedad, gritos e incluso amenazas de morderme, única forma de mostrar su impotencia por no poder expresarse con un lenguaje socializado.
Siendo el padre el gran ausente en la relación de esta niña con su madre, podemos pensar que no se ha ejercido la autoridad estructurante necesaria e imprescindible para la distanciación, de ahí su ambivalencia, o su imposibilidad de separarse de la madre, y su incapacidad para aceptar normas o frustraciones, su jerga incomprensible para todo el mundo, menos para su madre.
Comienzo a trabajar pues la frustración por medio de la espera, ya que es un aspecto que Davinia no soporta: todo tiene que ser en el momento que ella dice, cuando ella dice y como ella dice, así que por medio de los juegos que a ella le gustan empiezo a introducir un elemento nuevo; por ejemplo si estamos jugando al avión (tubo de goma-espuma colgando en el columpio, que sube o gira), y pide más, le digo “bueno cuando toque la campana tres veces sale el avión”, o también, “espera se le acabó la gasolina; hay que ponerle y luego podrá despegar”. De esta manera iba tolerando más tiempo entre su deseo y la satisfacción del mismo, en un clima de placer.
Paralelamente le indico a la madre que introduzca las mismas pautas de espera con las actividades en su casa, aunque sean mínimas.
A esas alturas, estábamos ya en el mes de noviembre; la madre seguía bajando hasta la sala de tratamiento y no tomaba la iniciativa de quedarse en la recepción del centro, aún cuando la niña ya no salía de la sala. Davinia se centraba todo el tiempo en las actividades, que cada vez se hacían más ricas, siempre dentro de la temática del apego-distanciación. Lo que llama la atención es que le cuesta desarrollar los temas; hace propuestas pero no las recrea porque no permanece demasiado tiempo en ellas.
En el espacio de representación, muestra sus dificultades de simbolización y la confusión en la elaboración de su yo. Con los rotuladores sólo hace garabatos; con las pinturas, manchas; apila las maderas pero le cuesta manipularlas; sin embargo, le gustan mucho los puzzles y tiene una buena percepción para elaborarlos, aunque en el movimiento de pinza es bastante torpe.
La relación de Davinia conmigo había mejorado notablemente; confiaba en mí, aunque a distancia.
La separación
Me planteaba quién tenía más dificultad en la separación, si la niña o la madre. Así que en el mes de diciembre le propuse a ésta que para después de las vacaciones de Navidad teníamos que ir preparando a Davinia para que ella se quedase en la recepción. Su respuesta me hizo sonreír («¿tú crees que aguantará ella sola?»). Lo cual me confirmaba que la dificultad estaba en ella casi más que en la niña, así que yo le devolví en forma de pregunta: ¿Estás tú dispuesta a tolerar un poco más de espacio entre tú y tu hija? Ella sonrió y asintió con la cabeza. Así que hablé con la niña de lo mayor que se estaba haciendo y de que su madre la esperaría un poco más lejos después de las vacaciones, ella hizo un “bico”, con la boca pero no expresó ninguna angustia en ese momento.
Posteriormente, tanto su madre como yo, en el tiempo restante, le íbamos recordando a Davinia el acuerdo.
El primer día después de las vacaciones, presentía que Davinia no se iba a quedar tranquila, así que iba dispuesta a presenciar cualquier escena que montara. ¡Vaya si la montó! Al llegar le recordé nuestro acuerdo. Rompió a llorar; su madre se azora y sale su angustia; no le infunde seguridad sino que prolonga la escena, acompañándola un poquito más adelante; más llora Davinia y adrede soltó un chorro de mocos; su madre se desconcierta; a continuación la niña abre sus piernas y se deja hacer pis encima. Yo mantengo la calma, sonrío y le digo “vaya ahora vas a pasarte la sesión toda mojada”. La madre tiende a ceder y me dice “¿Qué hago? ¿Me la llevo? ¡Esto no lo había hecho nunca!”. Yo tengo que tranquilizarla y le digo “no, no; tranquila; no pasa nada”. En voz baja le comento que nos está probando, y seguidamente cojo de la mano a Davinia y le digo “vamos que hay muchas cosas esperándonos”. Mi tono de voz no deja lugar a dudas; ella me sigue mirando hacia la madre.
Llegó llorando a la sala y en la sesión no quería hacer nada. Se mantuvo quieta mirándome; supongo que pensaría que la llevaría con su madre; yo le hablaba con tranquilidad; le recordaba situaciones que habíamos vivido juntas, de los juegos que le gustaban. Su respuesta fue hacerse caca encima. Aunque aparentemente no me alarmé y seguí tranquila, el corazón me dio un vuelco ya que era la primera vez que se me presentaba esa situación, a pesar de mi larga experiencia con niños en dificultad, y le dije que iba a limpiarla porque así debía estar incómoda. Ella asintió; dejó de llorar. limpiamos la sala y a ella. No mostré enfado; sólo le dije que sabía que le dolía separarse de mamá. Ese día sólo quiso trabajar en el espacio de representación; con las pinturas y los pinceles emborronó varios folios, terminando de descargar así su rabia y mostrando su confusión.
Es difícil explicar cómo se siente una ante estas situaciones y controlar las propias resonancias, pero lo hice, y posteriormente analicé y reflexioné sobre cómo ayudarle a evolucionar, puesto que lo que me mostraba iba más allá de un apego mal resuelto. Las evacuaciones eran el reflejo de su angustia de vacío, de licuación; su yo se vaciaba porque no podía contener en su interior el pánico que le producía la separación; al mismo tiempo, era una demanda inconsciente: “ocúpate de todo esto que tengo dentro”.
En la siguiente sesión, no se hizo pis ante la madre, sino que esperó llegar a la sala; también me deja su caca; repetimos el ritual de limpieza, y aunque su llanto es desesperado, intento que no me invada y le devuelvo su dolor; intento tranquilizarla diciéndole que vamos a pedirle a mamá que nos deje una foto suya para colgarla en la pared.
Me trae dos fotos elegidas por ella y las colgamos en la pared. Se queda en la zona de representación; va descubriendo nuevas cosas: plastilina, los cuentos, guiñoles de dedo. Con todo ello, intento mostrarle historias de encuentros y separaciones: Pulgarcito, Hamsel y Gretel, Garbancito, etc.
Ella de vez en cuando se levanta y va a ver la foto de su madre, pero se vuelve a hacer pis. Cada vez que se despide de su madre en recepción vuelve para atrás dos o tres veces para besarla. La siguiente vez, al despedirse de su madre y quedarse mirando para atrás, le digo “no por estar conmigo mami te deja de querer”. Con esto intento desculpabilizarla; que sienta que fuera de su madre ella también se lo puede pasar bien, que no todo el placer está en su madre. En esa sesión comienza a situarse mejor y a investir más espacio pero por poco tiempo.
En el espacio de representación surge un nuevo juego. Quiere las chinchetas; me las pongo en las manos escondidas y digo “magia potagia” y se las voy vaciando en las suyas; experimenta un cambio en su mirada, de sorpresa. Le verbalizo “aparecen y desaparecen”; luego lo hace ella. Algo empieza a cambiar, pues ya no se muestra tan intranquila.
Así pasa otro mes haciéndose pis, medio enfadada, casi sin hablar, elaborando la separación. Cuando se despide de su madre sigue haciendo sollozos. Voy variando el comentario: «Mami sabe que la quieres mucho aunque te vayas conmigo.”
Aunque se muestra más tranquila, su madre me dice que las escenas de llanto para venir a la sesión se las monta en la casa y que le resulta difícil convencerla para que venga a la sesión; que en la casa están preocupados y que no sabe si seguirá trayéndola. Busco un momento para recibirlos juntos a ella y al marido, y les pido que le transmitan a los demás miembros de la familia la necesidad de que no cedan ante las manifestaciones de Davinia. Es un momento clave y se puede ir por la borda todo el tratamiento. Que se lo tomen con calma, que lo peor está pasando ya, pues en la sala comienza a mostrarse más tranquila.
Efectivamente, el cambio iba a ser notorio. Davinia comienza a ir al baño de nuevo cuando tiene ganas de hacer pis; ponemos las fotos de su mamá en un álbum y cuando quiere lo coge y las mira un ratito; no llega a llorar aunque ponga carita triste, pero luego se le pasa y podemos trabajar.
Dos juegos que fueron decisivos desde mi punto de vista para irse distanciando y disminuyendo la angustia de separación fueron: El del cartero, que surgió en una ocasión con los arrastres. La envolví en la tela y la presioné para que sintiera bien todo su cuerpo; ella dijo “un paquete”.
A partir de ahí, desarrollamos una historia en que yo era el cartero que le llevaba un paquete a una señora (que también era yo), y al abrirlo me sorprendía mucho y admiraba la muñeca tan bonita que contenía el paquete (que era ella). Davinia se reía ¡por fin! Le encantaba cuando la destapaba y le decía “¡con que eres tú!” Su mirada se iluminaba y quería que lo repitiésemos una y otra vez, lo cual no era sencillo, pues el transporte era en brazos; pero eso me permitía ver qué tensión corporal mostraba y cómo se iba relajando.
De alguna manera, pienso que vivía el nacimiento de su nuevo yo, de la verdadera Davinia.
El otro juego era en la zona de representación con chinchetas y plastilina. Las clavaba una al lado de la otra, como queriendo expresar que aquello no iba a desaparecer, que ella controlaba el que permaneciese; de alguna manera, era un todo separado (las chinchetas) que formaban una unidad (pegadas en la plastilina); incluso, llegaba a parecerse a una flor.
Su yo se reunificaba y se fortalecía, lo cual hacía pensar, que en su continente psíquico, algunos huecos se iban poco a poco rellenando. Aparecen otros juegos simbólicos:
• Los coches. Nos montamos cada una sobre un cojín que según ella eran coches para irnos de paseo; les ponemos gasolina. Era divertido, pues comenzaba un proceso de identificación—diferenciación; quería coger mi coche cuando me levantaba a simular que ponía gasolina. Así surgió el mío-tuyo, es decir, la diferencia.
• Los perritos. En un principio colocaba tres semicírculos seguidos como si fueran un túnel. Era la casa del perrito (que era ella), y estaba la señora que lo cuidaba (yo); le llevaba comida y agua. Le decía “¡cómo come este perrito; qué grande se está haciendo!”; ella se reía y pedía más. Posteriormente, en otras sesiones, ella era la que cuidaba a los perritos metiendo en el túnel muñecos de peluche.
Esa posibilidad de cambiar de rol, de ser ella la que cuidaba al otro, supuso un gran salto cualitativo en su evolución y, quizás lo que fue más importante, la aparición del sentido del humor ya que todos estos juegos eran vividos con placer y alegría.
Lo más evidente para constatar que su yo se estaba estructurando y fortaleciendo, fue la posibilidad de descubrir el placer de destruir la torre de cojines, a la que no había hecho caso, y lo incorpora en sus juegos. Hasta este momento, el tirar la torre podía suponer su propia destrucción o también que al no haber elaborado la permanencia del objeto interno, no tenía la posibilidad de actuar en contra de, de empujar, pues ello conllevaba la desaparición y, como consecuencia, la reactualización de la angustia de separación que no había elaborado.
Los avances de la niña son cada vez más notorios en todos los ámbitos; a grosso modo nos gustaría destacar:
En lo motor
• Pierde el miedo a los saltos; se desplaza y corre con mayor seguridad; sube y baja las escaleras con mayor coordinación y equilibrio.
• Mejor control óculo-manual, aunque es el aspecto más inmaduro, sobre todo en la motricidad fina.
• Es capaz de empujar y oponerse ante la torre de cojines. Su nivel tónico es más ajustado a las actividades motrices.
• Mejor adecuación a los espacios y permanencia en ellos, que es efectivamente indicio de una maduración en la percepción y estructuración espacio-temporal.
En lo cognitivo
• Capacidad para representarse los objetos interiormente; construcción de la permanencia: Puede hablar de lo que no está presente; hacer descripciones de situaciones, de objetos e intenta dibujarlos.
• Acceso a los juegos simbólicos y a representaciones más elaboradas.
• Mayor capacidad de atención y permanencia en las actividades.
• Descentración de sí hacia los materiales, mostrándose más creativa y curiosa por el entorno, por las cualidades de los objetos: color, forma, tamaño.
• Mayor fluidez y claridad en su lenguaje: construye frases; utiliza el pronombre personal.
En lo afectivo
• Se muestra más autónoma, más independiente, quiere hacer las cosas por sí misma.
• Mejor aceptación de la frustración, de las normas.
• Acepta compartir, sin imponerse.
• Más segura de lo que quiere, con disminución de los niveles de ansiedad.
• Relación más normalizada con el adulto, no tan tiránica, acepta la diferencia, ya mira de frente, su mirada es serena.
• Sabe esperar, sin impacientarse.
• Aparece el sentido del humor, le gusta hacer pillerías.
La evolución fue constatada por la madre y resto de la familia, que no daban crédito al cambio experimentado por la niña. La madre me decía “¡por fin puedo tomar tranquila un café en el parque, mientras ella juega con otros niños! Quiere hacer las cosas ella sola. ¡Es un alivio!”
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Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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