La práctica psicomotriz

Nº 19 · Junio de 2000 · pp. 8–11

Resumen. Aucouturier presenta la práctica psicomotriz como ayuda a la maduración psicológica del niño, fundada en su expresividad motriz. Distingue la práctica educativa y preventiva de la terapéutica y explica la descentración tónico-emocional como señal de que el niño ha resuelto sus angustias a través del juego.

Miguel Angel Domínguez Sevillano me ha pedido hacer una presentación de la Práctica Psicomotriz que hemos elaborado como una ayuda a la maduración psicológica del niño. He respondido gustosamente a su demanda; sin embargo, primero, yo querría expresar mi reconocimiento hacia un equipo que emprende la creación de una revista científica y cultural en un terreno difícil: el de la psicomotricidad.

En efecto, la psicomotricidad testimonia la complejidad del desarrollo del ser humano y, en particular, su maduración psicológica en relación con el mundo exterior. A partir del concepto de psicomotricidad así definido, han nacido prácticas psicomotrices diversas e, incluso, opuestas en sus aplicaciones pedagógicas y terapéuticas: unas, funcionales, respondiendo más a demandas de normalización de competencias y del comportamiento; otras, expresivas, responden más a las demandas de expresión de las emociones y de las representaciones inconscientes por la vía motriz y el juego.

Estas dos dimensiones de la «psicomotricidad» corresponden por otra parte a dos aproximaciones psicológicas opuestas: la una orientada hacia el aspecto reparador de los síntomas del sujeto; la otra orientada hacia el sujeto y la atenuación de las causas de estos síntomas.

El equipo de trabajo de la revista ha hecho la elección de informar y profundizar en la práctica psicomotriz fundada en la expresión, así como sobre las corrientes filosóficas y psicológicas que contribuyen a asentar las prácticas de ayuda a la persona, fundadas sobre la integración psicosomática. Nos alegramos de esta elección.

Las prácticas psicomotrices, tal como nosotros las concebimos, tienen su fundamento sobre la expresividad motriz del niño.

La práctica psicomotriz educativa es una práctica de acompañamiento de la expresividad motriz; es concebida como un itinerario de maduración psicológica, favoreciendo el pasaje «del placer de hacer (actuar) al placer de pensar». La guardería y la escuela maternal son lugares privilegiados de la puesta en marcha de esta práctica.

En cuanto a la práctica psicomotriz terapéutica, es una práctica de ayuda a la maduración psicológica cuando constatamos trastornos de la expresividad motriz que revelan una patología psicomotriz.

La expresividad motriz del niño plantea el problema del desarrollo de la pulsionalidad motriz originaria en el niño recién nacido, que le permite expresar sus necesidades vitales para sobrevivir. Es a partir de esta energía vital desde donde la madre y el niño interactúan, naciendo, por un lado, las bases de la comunicación a través del placer y la búsqueda de su diálogo tónico-emocional, y, por otra parte, nacen también las primeras representaciones inconscientes que son la fuente de todas las representaciones futuras del niño, que le aseguran una continuidad de la imagen de la madre en su ausencia, así como un sentimiento de continuidad de sí mismo en el origen de la seguridad afectiva.

Los fundamentos de la práctica psicomotriz educativa y preventiva:

A partir del placer de actuar y de jugar, la práctica contribuye a hacer evolucionar la competencia de comunicación de los niños en el grupo. Los niños viven situaciones lúdicas en el curso de las cuales pueden expresarse libremente en un dispositivo espacial y temporal que les da seguridad.

Nosotros facilitamos el placer del movimiento, el placer de descubrir y de crear, el placer del intercambio y de hablar, a partir de todos estos juegos que los niños repiten y que les reaseguran frente a sus angustias, siempre presentes hasta los 7 u 8 años.

Los niños encuentran un adulto que escucha sus emociones que actualizan sus afectos más profundos, que acoge sus producciones simbólicas sin restricción, y que comprende la intensidad de su expresividad motriz, con respecto a su pasado relacional y afectivo. Esta «atención de comprensión» hacia el niño se completa con una tecnicidad de ajuste tónicoemocional en la que el practicante debe formarse.

El practicante valora las producciones del niño, le ayuda a realizarlas, a hacerlas evolucionar, pero siempre sin exigencias. Se interactúa con el niño sin invadirle con proyecciones afectivas. Devuelve una imagen positiva en todas las realizaciones, lo que permite al niño tomar confianza en sí mismo. El niño que obtiene logros puede aceptar más fácilmente las frustraciones que toda socialización-educación impone.

El psicomotricista, con su actitud de prestar atención, favorece la comunicación entre los niños y facilita también un proceso de maduración psicológica; en efecto, el psicomotricista es catalizador de una dinámica de expresión de las emociones y de los fantasmas, a través de diversas actividades lúdicas que, desarrollándose, inducen a cambios tónico-emocionales espectaculares en ciertos niños, que se abren espontáneamente al placer de estar con las otras personas, de comunicar y de crear conjuntamente, y que son capaces de cambiar los comportamientos y las competencias para poder simbolizar.

Resulta evidente que las posibilidades de escucha, de acogida y de comprensión por parte del psicomotricista varían en función de la impronta del grupo, pero, en definitiva, los principios y los objetivos permanecen inalterables: “Comunicación”, “creación”, “descentración”, son siempre las palabras clave de nuestra actividad psicomotriz en el marco educativo. A propósito de la descentración El aspecto central del pensamiento infantil de 2 a 7 u 8 años es el egocentrismo. Durante su desarrollo psicológico absorbe las cosas y las personas por identificación; se las apropia y las deforma en función del grado de sus afectos y sus proyecciones inconscientes. Es el periodo del pensamiento mágico. El niño se debe liberar de este egocentrismo que le limita en la adquisición del conocimiento. Pero liberarse no consiste en adquirir nuevos conocimientos de los objetos o de las personas, sino en descentrarse, es decir, en disociar lo que le pertenece a él o al objeto o a la persona. Se trata de una toma de conciencia de lo que pertenece al sujeto y al objeto. La descentración es una ruptura con respecto a la subjetividad; la ganancia es el acceso a la objetividad que abre la vía al pensamiento operatorio.

Esta ruptura se manifiesta en la sala de práctica psicomotriz por una descentración tónico-emocional: Es por una mínima invasión emocional en las actividades de expresión por lo que facilitamos esta descentración, ayudando al niño a integrar sus emociones en una continuidad de imágenes de acción dibujadas o verbalizadas o escuchadas en un cuento que nosotros contamos al grupo.

La descentración tónico-emocional es la prueba de que el niño ha resuelto sus angustias por una serie variada de juegos de reaseguramiento; es la prueba de que los fantasmas invasores de agresión y de fusión se han disuelto en el placer de crear y de conocer.

Es en este sentido en el que la práctica psicomotriz educativa es plenamente preventiva, pudiéndose insertar en un proyecto más global de ayuda a la maduración psicológica del niño, que es el requisito fundamental que debería ser desarrollado en la educación infantil.

Esto es lo que nosotros defendemos para lograr una mayor armonía en el desarrollo del niño.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías o ilustraciones que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Traducción: Juan Cruz Polentinos

Sobre Bernard Aucouturier. Bernard Aucouturier, una de las más relevantes personalidades en el desarrollo e investigación de la psicomotricidad, cuenta con una extensa trayectoria de trabajo tanto en el campo educativo y terapéutico con la infancia, como en el de la formación de profesionales. Es autor de numerosos libros y artículos y Presidente de la Aseefop.
Cómo citar: Bernard Aucouturier (2000). La práctica psicomotriz. Cuadernos de Psicomotricidad, 19, pp. 8–11. Luzaro.
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