“Pido a Dios que me dé valor para cambiar lo que puede cambiarse, fuerzas para aceptar lo que no puede cambiarse y sabiduría para distinguir lo uno de lo otro” (Marco Aurelio).
Esos locos bajitos están a punto de entrar en la sala de psicomotricidad; tienen señalado en su calendario de actividades como el día rojo (¿tendrá connotaciones políticas?). Vienen felices, casi todos; se percibe en su expresividad; saben que van a jugar. Ello es lo más serio e importante que puedan desear y esperar. Anticipan, recreando en su imaginación y fantasía sus experiencias de placer, ¿También de displacer?
Una torre de babel se presenta, como de costumbre, delante de la mirada del psicomotricista. Por cierto, este educador hace tiempo que anda ronroneando en su interior, porque no tiene claros los proyectos para la próxima sesión; percibe que en muchas ocasiones no sabe cómo intervenir. Sus análisis de lo sucedido son confusos y dispersos, y para colmo, en su casa su hija le pone en aprietos. En esta mirada sobre sí mismo le ayuda algún compañero devolviéndole amistosamente algún espejo en el que reflejarse, hechos terapéuticos cotidianos (una palabra amable, una conversación íntima, un mensaje de realidad…), pequeñas-grandes crisis por su manera de ser… Está efectuando una observación sobre sí mismo, primera condición para poder observar a los otros.
Hace un mes que no para de llover en Bilbao. Los niños se muestran impulsivos. ¡Qué revueltos están! (tengo que tener en cuenta esto de la lluvia; ¡bueno, y otras cosas!). Imanol hace tres semanas que ha tenido un hermanito —nació con el rumor melancólico de la lluvia— y su lenguaje se ha vuelto más infantil: parece un bebé. Pablo continúa sumido en su silencio. ¿Será porque es seismesino? Mikel sigue con sus manifestaciones de “hombrecito”: No sabe, no puede, no quiere jugar; su rostro denota displacer salvo cuando construye. Andoni parece que evoluciona; ya puede esperar, con la condición de que después de la espera satisfagan su deseo.
¡Todo es tan sencillo y complejo a la vez! El psicomotricista, ¿se abruma?, ¿se interroga?, ¿se cuestiona? Así es; la claridad aparece en el transcurso del proceso y este proceso es largo, denso, lleno de momentos y zonas oscuras y otros espacios de certidumbre y clarividencia.
La cuestión que se nos presenta será cómo seleccionar herramientas útiles que nos ayuden a encontrar la claridad en el proceso y, como consecuencia, ayudar y posibilitar la maduración psicológica del niño. Sin lugar a dudas, una de estas herramientas es la observación. Para observar sería deseable ir diseñando, ampliando, comprendiendo e integrando un mapa que nos ofrezca puntos de referencia en que apoyarnos. Este mapa podría elaborarse así:
1.- Comprensión y referencias teóricas del niño en consonancia con las diferentes fases que recorre en su itinerario de maduración.
2.- Unos parámetros relativamente objetivables que nos facilitarán un conocimiento del niño y atenuarán nuestras proyecciones afectivas (sus relaciones con el objeto, el espacio, el tiempo, con los demás y su propio cuerpo).
3.- La búsqueda de indicios, pistas, que van conformando a pinceladas una fotografía del grupo de niños y de cada uno de ellos en particular y que, evidentemente, están relacionados con la comprensión teórica y con los parámetros; también con nuestra experiencia, sensibilidad, ajuste e intuición (placer, displacer, soledad, mirada, control del miedo, abandono en la caída, aparecer, desaparecer, construir, destruir…).
4.- El discurso de la sesión. Conjuntamente al registro y análisis de los parámetros e indicios, otro elemento valioso de la observación es el discurso de la sesión. Se refiere a la temática general sobre la que se centra el niño. Mientras que los parámetros e indicios nos indican “cómo lo dice», el discurso se corresponde a lo que “el niño dice”. El discurso es el argumento de la sesión.
5.- La utilización de estos cuatro apartados anteriores podría posibilitarnos la elaboración de estrategias de intervención: canalizamos, orientamos, interactuamos. ¿Se produce acción-transformación? ¿El niño evoluciona? ¿Anticipa para vivir su experiencia necesaria?
¿Podemos observar a todos los niños en práctica psicomotriz? Sí y no. Existe un dispositivo espacial y temporal donde el niño se puede manifestar, unos lugares que puede investir a su gusto en función de su edad y maduración (un lugar para la expresividad motriz, otro lugar para la expresividad plástica y unos materiales que facilitan, contienen, orientan y dan sentido a lo que el niño necesita vivir y decir). Siempre estamos con los niños. A veces no estamos cerca corporalmente pero les contenemos, comprendemos, animamos, reconocemos, les reenviamos un espejo de placer, les frustramos a través de la mirada, el gesto y la palabra; en otras ocasiones nos implicamos, pero poco tiempo; nos necesitan todos. En cualquier caso ellos realizan conquistas, viven una dinámica de placer; ello les permite aventurarse en la acción porque el dispositivo se lo permite. ¿Viven su autonomía? ¿Es posible aceptar que a veces no nos necesitan? No obstante, hay que matizar que es un logro para el educador ampliar su visión periférica. ¿Cómo? No teniendo ansiedad pedagógica, retirándose prudentemente, siendo flexible, empático y tolerante y encontrando (intentando encontrar) una calma que le permitirá una mayor capacidad de observación y, consecuentemente, intervenciones ajustadas.
… Hace tiempo, hace ya mucho tiempo, a una niña, que debía ser muy resistente al dolor, le cayó un banco sueco encima de un dedo. Quizás no lo creáis pero no se quejó. El psicomotricista elaboró en un solo día una hipótesis, casi un veredicto: “Niña inhibida, solitaria, sin ninguna implicación afectiva ni con los otros, ni con los objetos, rozando la patología”. La uña se le puso negra y poquito a poco se le cayó.
Era una niña abierta, dinámica, absolutamente normal…
A veces en Bilbao sale el sol. Los niños van al patio y se dedican a sus entretenimientos favoritos. Ello les calma, pero mira por dónde se acercan las vacaciones de Navidad: “Pediré esto, me traerán lo otro”. ¿Qué será mejor? ¿Lluvia e interior o sol y “Olentzero”?
(especie de Papá Noel)…
Nuestros locos bajitos están afanados e inmersos en multitud de enredos; el psicomotricista observa y espera que le necesiten. El niño, y también el adulto, sólo cambia a partir de lo que él es y de la aceptación de lo que es. Si no hay identidad y reconocimiento de identidad no hay evolución. Pero para ello la identidad tiene que poder decirse; para que las identidades puedan decirse, el grupo-clase tiene que evaporarse en favor de la emergencia de lo que cada niño necesita decir. El marco, la actividad espontánea, lo permite y propicia la observación de lo que realmente precisa vivir y expresar.
… Pablo malvivía dentro de su piel. Quizás el tiempo que permaneció en la incubadora le afectó. No existió un diálogo tónico-emocional cuando lo requería con su madre. ¿Vivía una angustia de pérdida, de abandono? ¿Qué huellas, qué trazos se habían instalado en él?
¿Qué observábamos? Estaba siempre situado en el espacio de construcción; ningún placer en el movimiento, ningún placer en actuar, un refugio. No existía exploración; permanecía solo; utilizaba únicamente un objeto: las maderas de forma estereotipada; una repetición sin placer; no otorgaba ningún significado afectivo al objeto. Con el adulto, ninguna relación salvo para rechazarlo. Ningún proceso de transformación interno, en lo referente a lo sensorial o tónico-emocional, así como tampoco externo con las personas, el espacio y el material.
¿A qué indicios hacer referencia? Su cuerpo estaba tenso, rígido, nunca sonreía y, sobre todo, nunca había hablado. La cabeza inclinada, instalado en un rincón, indiferente; ninguna pista que presupusiera maduración salvo que destruía.
¿Su discurso? “Estoy solo, a veces destruyo y si alguien se me acerca lo rechazo”.
¿Era un niño para terapia? Decidimos que no. Nos pareció que necesitaba una figura de apego y otros niños. Durante tres meses, con mucha prudencia realizamos breves acercamientos; sonreíamos cuando destruía (él destruía, nosotros reconstruíamos), dispersaba las maderas; en ocasiones, muy pocas, vació y llenó un recipiente con las mencionadas maderas; esbozó ligerísimamente un rictus de sonrisa. Apareció un cochecito, que siempre traía a partir del segundo mes. ¿Un objeto transaccional? ¿Lo invistió de afecto? Le construimos una autopista. Muy, muy lentamente avanzó por ella; tres pasos adelante, dos para atrás; al final de la autopista, un montón de bloques de goma espuma. Al quinto mes cayó en ellos con su cochecito; se sorprendió y nosotros también; ambas partes nos emocionamos y distendió el gesto: Encontró (o ya había empezado a encontrar) una dinámica de placer. Tres semanas después abandonó el coche y pudo progresar en la conquista del mundo exterior y aventurarse en la acción, produciéndose muy lentamente la transformación: disfrutó de girar, desequilibrarse, caerse y abandonarse. Podemos pensar que vivió esta transformación como una unidad de placer que le empezó a proporcionar un continente psíquico, una representación de sí y una imagen de sí.
Junto con una sonrisa amplia apareció la palabra. Dos gemelos muy traviesos dijeron el doce de mayo: «¡Huy! ¡Si Pablo habla!”
Al año siguiente proyectó esta unidad en representaciones espaciales, elaboraba construcciones de casas, parloteaba, destruía y reconstruía con placer, subía espalderas, se escondía, saltaba, defendía sus bloques, pintaba… Y encontró un amigo al que en la “parada” daba golpecitos en el cogote. En ocasiones, todavía vemos a Pablo por el barrio. ¡Qué difícil ser profesor y amigo! No obstante, nos permitimos el placer, la humanidad de darnos un beso porque nos apetece.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye ilustraciones que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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