La garantía simbólica del retorno: reflexiones sobre la tarjeta de sesiones

Nº 33 · Junio de 2007 · pp. 7–15

Resumen. Analiza la tarjeta de sesiones de la Práctica Psicomotriz Aucouturier, entregada al niño en el ritual de salida, como símbolo y recurso clínico que garantiza el retorno a la siguiente sesión y refuerza el vínculo con el terapeuta.

En su más reciente obra titulada “Los fantasmas de acción y la práctica Psicomotriz” (2004), Bernard Aucouturier, creador de la Práctica Psicomotriz Aucouturier-PPA, dedica algunas líneas a un instrumento fundamental en la clínica psicomotiz, parte integrante del ritual del fin de la sesión que, por su propio dinamismo, se enriquece de significado en cada nueva sesión: “la tarjeta de sesiones”.

El ritual de salida reviste una especial solemnidad. El psicomotricista llama a cada niño por su nombre y apellido, le da su ‘carnet’ para la próxima sesión y le saluda con un apretón de mano. (Aucouturier, 2004, pág. 228).

Concretamente, el “carnet” es un pedazo de papel en el cual se anotan informaciones objetivas sobre la siguiente sesión. Existen espacios determinados reservados al nombre completo del niño, al día, mes y año de la próxima sesión, al día que corresponde de la semana, al horario acordado y dos líneas consecutivas en la parte inferior destinadas a las firmas del niño y del terapeuta. Es importante que conste la identificación de la institución (logomarca, si la tuviera) así como la dirección completa, teléfono y otras informaciones complementarias, como símbolo de referencia institucional.

En su valor teórico y práctico, la carta de entrada es, al mismo tiempo, un instrumento simbólico y un recurso estratégico, que pone en evidencia diferentes aspectos psicológicos del desarrollo infantil, favoreciendo, simultáneamente, la comprensión de la historia afectiva del niño, las adquisiciones cognitivas, su encaje en el proceso terapéutico, así como, la transformación y apertura del niño al mundo de las relaciones y de las conquistas personales.

La Práctica Psicomotriz- PPA, tanto en su nivel educativo como en el preventivo, en cuanto clínica, concentra su interés en el itinerario de maduración psicológica del niño por la vía motriz, y en los procesos de reaseguración profunda en un área de seguridad afectiva y material. La clínica psicomotriz es un abordaje psicoterapéutico que intenta instaurar o restaurar la integración somatopsíquica del niño a través de una dinámica de placer y de acción.

El “carnet” de entrada garantiza, por un lado, el campo terapéutico como espacio de proyecciones, identificaciones y fantasías, y por otro, fortalece simbólicamente la relación del niño con el terapeuta. Es un recurso instituido, renovable, que tiene su periodicidad asegurada como parte integrante del ritual final de la sesión. En cada nueva sesión, el niño presenta su “tarjeta de entrada” y al final elabora una nueva “tarjeta” correspondiente a la siguiente sesión y, así, sucesivamente.

Al entrar cada niño entrega su ´tarjeta de sesiones´, que se lleva a casa después de cada sesión (Aucouturier, 2004, pág. 220).

“La tarjeta de sesiones” como símbolo

La función de un símbolo es representar o sustituir algo abstracto o simbólico. El símbolo es un elemento narrativo que presenta un valor vincular, mágico o místico. Es una idea consciente que puede representar la significación de otra inconsciente. Los griegos, por ejemplo, tenían el hábito, en determinadas situaciones, romper el mismo vaso en varias partes, con el objeto de repartirlo entre los miembros de una misma comunidad, para así, en este modo, cada uno pudiera siempre disponer de un símbolo de identificación y pertenencia a su grupo. La función del símbolo es, por tanto, la de trascender el objeto en sí mismo, en su constitución originaria y real, transformándose en un elemento simbólico cargado de significación.

La “tarjeta de entrada” tiene la función de trascender su objetividad, transformándose en un símbolo repleto de significación simbólica. El concepto de transformación es fundamental para el desarrollo infantil ya que hace referencia a las primeras experiencias del bebé. Las primeras interacciones vividas entre la madre y el niño producen transformaciones tónico-emocionales recíprocas, inundando al bebé de afectos de placer, que dinamizan el funcionamiento psíquico.

Como representante simbólico del vínculo, el “carnét” actualiza los continentes psíquicos del niño, que tienen su origen en las primeras interacciones vividas, incluso en la vida intrauterina. La calidad y condiciones de estas primeras interacciones, que se amplían en la vida extra-uterina pueden ser o no ser favorables en la dinámica psicológica futura del niño, ya que son responsables de los primeros engramas de acción del niño. El conjunto de engramas de acción-transformación forma la capa primitiva de los afectos de placer (o displacer), favoreciendo (o no) la apertura al mundo de las representaciones conscientes e inconscientes.

Después del nacimiento, el bebé necesita sentirse envuelto por nuevas envolturas que promuevan un bienestar físico y psíquico. La calidad de las envolturas promueve la interiorización de una “unidad dual de placer” permitiendo que el niño incorpore en sí la permanencia del objeto-madre, sintiéndose protegido y unificado a través de la calidad afectiva del vínculo que se le ha ofrecido.

En conjunto con las descargas pulsionales, la satisfacción de las necesidades fisiológicas y unos cuidados suficientemente buenos, Winnicott (1990) supone una relación primaria exterior, relación que se constituye en una paradoja: la del bebé que concibe viviendo, omnipotentemente, aquello que realmente le importa y lo hace vivir, es decir, el seno; y la realidad de este seno que viene de fuera, del mundo exterior, y que enriquece simbólicamente con su propia existencia, desconociendo, no obstante, en toda su dimensión independientemente de él. Es una creación que emana del propio bebé y que llega, por otro lado, del mundo para él. A esta sobreposición entre la potencia objetiva originaria del bebé por una lado y por otro, los datos de la realidad que en él penetran, Winnicott (1990) denomina “ilusión”. Ya en las primeras tomas de pecho el bebé está disponible para cultivar y tener la ilusión del seno, y lo que el seno significa nacieron por el impulso que tiene por origen la necesidad. Es la tensión pulsional originaria la que desarrolla en el bebé, un estado que le prepara para encontrar algo, en algún lugar. Es la madre la que suministra, de este modo, el contexto para el inicio de la relación excitación-satisfacción, ya que como afirma Winnicott (1990) la madre se encuentra “biológicamente orientada exactamente para esta tarea” (Pág.120). Evidentemente lo que el niño cultiva no es lo que la madre abastece, sino más bien, es el ajuste de la madre a la necesidad del bebé lo que permite integrar en sí los objetos externos.

La “tarjeta de sesiones” coloca, de este modo, simbólicamente en evidencia, la importancia de la dialéctica presencia-ausencia como bases del nacimiento psíquico del niño, cultivando una representación ilusoria de acción y de placer que actualizan los fantasmas ligados a la introyección del objeto madre. El niño fantasmea el objeto perdido y actúa imaginariamente sobre él para reencontrarlo simbólicamente. Para Melanie Klein (1969), un buen objeto solidamente establecido, otorga al Ego un sentimiento de riqueza y abundancia que permite un trasvase de la líbido y la proyección de las buenas partes del Yo en el mundo exterior, sin que surja la sensación de vacío. “La introyección y la proyección operan desde el principio de la vida post-natal e interactúan constantemente. Esa interacción tanto estructura el mundo interno, como da forma a la imagen de la realidad exterior. El mundo interno consiste en objetos, primero que nada a la madre, internalizados en varios aspectos y situaciones emocionales” (pág. 7/8).

Como estrategia de rodeo la “tarjeta de sesiones” representa el área intermediaria de la experiencia entre el mundo externo y el mundo interno, entre lo subjetivo y lo objetivo. Pertenece al campo de los fenómenos transicionales, situándose entre el hecho y la fantasía, entre los objetos internos y externos, entre la creatividad y la experimentación, entre las diferencias y las similitudes.

Insertar en un área de juego, la “tarjeta de sesiones” se convierte en un juguete valioso, del que se sirve el niño para representar sus fantasmas y sus angustias inconscientes. Simplemente jugando, doblando y desdoblando la tarjeta en varios pedazos, por ejemplo, convirtiéndola en grande o pequeña, haciéndola aparecer y desaparecer, e incluso, amasándola y soltándola, el niño puede actualizar sus fantasmas de absorción, evacuación, prensión, separación, castración. “La tarjeta de sesiones” puede convertirse en objeto de proyecciones violentas y destructivas, y también puede ser utilizada como escenario de proyecciones de ternura y regresión, componentes de una historia particular pasada, que se actualiza permanentemente, no aquí y ahora en la sesión que comienza.

Pero la tarjeta de entrada solamente alcanza su eficacia cuando la calidad de relación está inscrito como principio como referente del proceso terapéutico. De la misma manera que favorece, la tarjeta supone un área relacional cualitativa. La calidad de relación está directamente ligada a las resonancias tónico-emocionales recíprocas vividas entre el niño y el terapeuta, el cual utiliza su propio sentir y su manera de ser, en la dirección de ayuda al niño. La calidad del vínculo permite que el niño actualice sus producciones fantasmáticas; es preciso, no obstante, que haya dos personas que existan e interactúen mutuamente, proceso en el cual una, el terapeuta, propone una relación cualitativa de confianza y respeto, basada en una filosofía humanista de acogida empática y escucha emocional que Aucouturier (2004) define con la expresión “tener cuidado de la persona”.

La calidad de relación no significa la paz absoluta o la permisividad permanente. Ella también está marcada por momentos de choques emocionales, frustraciones y límites estructurantes, que pueden desestabilizar al niño pero que, en general, posibilitan su evolución, ya que la calidad del vínculo permanece asegurado. De este modo, la “tarjeta de sesiones” ocupa una función fundamental, ya que materializa un retorno garantizado, al alcance de las manos.

Al final de la sesión se invita al niño a sentarse, se le da la tarjeta para la próxima sesión y se le pide que la firme (Aucouturier, 2004, pág. 265).

Al término de la sesión, cuando el niño lleva su tarjeta para casa, ésta penetra simbólicamente en el ambiente familiar. Tiene similar importancia la relación que mantienen los padres y el niño con la tarjeta fuera del ambiente terapéutico. La tarjeta es un símbolo de asociación entre el terapeuta y la familia. Es importante que los padres ayuden al niño a escoger un espacio en la casa en el cual la tarjeta pueda ser accesible y ser vista, durante el periodo que se extienda hasta la próxima sesión favoreciendo la interiorización de la noción de continuidad y dinamizando psíquicamente el porvenir.

La concreción de la tarjeta viabiliza el precioso ejercicio de las reparaciones, atenuando la culpa y las angustias del niño. Reparar significa rescatar la forma, rescatar algo perdido. La reparación de la tarjeta tiene un sentido metafórico importante. Reparar es encontrar una nueva forma, es rehacer, restaurar, recuperar, retocar, corregir, perfeccionar, mejorar. Es, por tanto, un indicio de maduración. Para Winnicott (2000), “el mantenimiento de la capacidad de efectuar reparaciones vinculadas a la culpa personal es uno de los pasos más importantes en el desarrollo de un ser humano saludable” (pág. 156).

La “tarjeta de sesiones” como recurso

La tarjeta es un “documento oficial” y, por tanto, merece la importancia a que ello le da derecho, necesitando una buena presentación, con las informaciones generales impresas, si ello fuera posible, gráficamente. La dimensión puede ser aproximadamente 10 x 10 cm. El cuidado de la apariencia estética de la tarjeta intensifica su valor “diplomático”. Es fundamental que el papel utilizado tenga una textura adecuada; intentando dar un cierto vigor a la vida útil de la tarjeta.

El encuadre de la tarjeta es similar al encuadre de la clínica: definido y claro, debiendo ser, no obstante, maleable y ajustada al niño. Existen, mientras tanto, dos reglas básicas a tener en cuenta: la primera se refiere al mantenimiento de los espacios de la firma, caracterizando, simbólicamente, la diferenciación de la identidad del niño y el terapeuta. Cada uno tiene su lugar donde firmar instituido y, por tanto personalizado. La segunda regla a llevar a cabo señala que cada uno firme por si mismo, con su propia caligrafía. Incluso los niños todavía no alfabetizados ponen su nombre, utilizando sus propios recursos.

Es muy importante acompañar a lo largo del proceso, el desarrollo de las funciones cognitivas que favorecen la adquisición de la escritura y demuestran como el alcance de estas funciones está relacionado con la maduración afectiva del niño.

La preparación de la tarjeta favorece, al mismo tiempo, una relación de continuidad, anticipación y orientación espacio-temporal, es decir, el hoy que continuará mañana, el mañana que vendrá y el hoy de mañana que, en fin, se presenta. De esta manera la tarjeta promueve el desarrollo de las nociones fundamentales de maduración psicológica que favorecen, entre otros, el proceso de descentración.

No obstante, si por un lado, el momento de rellenar la tarjeta está lleno de afectos de placer: placer de actuar, interactuar, de existir, de afirmarse, de crear e innovar, por otro, puede ser un espacio de proyecciones de afectos de displacer, que se expresan por la pasividad, por el rechazo, por la destrucción, por la rebeldía. Le cabe al terapeuta acoger empaticamente el comportamiento del niño, buscando soluciones ajustadas para hacer evolucionar la situación.

Existen niños, por ejemplo, que son incapaces de firmar la tarjeta, a pesar de un gran deseo/necesidad de volver. Otros necesitan, en primer lugar, destruir, amasar, despedazar, negar, buscando un sentimiento de unidad, existencia y afirmación. Negarse a firmar es una manera de decir “yo soy”, se opone para existir. En el “yo soy” existen siempre el “otro” y el campo de la intersubjetividad. Oponerse es confrontarse con el poder. Es desafiar la autoridad, buscando autonomía y libertad. Rebelarse es vivir el placer del no, para alcanzar el sí. Es destruir para construir. La negación puede ser, eventualmente, la única forma posible de mostrar su fragilidad y de pedir ayuda. Destruir es expresar el amor a través de la rabia. El deseo de destruir es fruto del deseo originario de incorporar a sí el objeto amado. Negar y destruir son, en un último análisis, indicio de maduración.

Por otro lado existen niños que dedican mucho tiempo para firmar la tarjeta. Algunas veces diez, quince minutos, son insuficientes para escribir cinco, seis letras. Cada letra necesitan, por ejemplo de un color diferente, como partes distintas de un mismo “yo”, en la búsqueda de una unidad que se esboza. Eventualmente, el deseo de escribir en el espacio determinado es tan instigante, que precisa ser hecho con mucho empeño y precisión. Cada letra está repleta de comentarios, observaciones, ajustes, reparaciones. Para los pequeños que aún no alcanzaron la adquisición de la escritura, la ilusión omnipotente de la firma se presenta en forma de garabato o trazos siendo fuente de mucho placer. Es una creación ilusoria que señala el deseo de crecer, de ocupar un lugar en el mundo de los adultos y de los códigos culturales. Para algunos la escritura sobre la línea es un gran desafío, en el cuál el límite del espacio significa una meta a ser alcanzada. Contener el tamaño de la letra es contener los impulsos violentos y/o destructivos. El límite del espacio se convierte así, en un continente estructurante a ser conquistado.

El placer de escribir el apellido afirma el placer de pertenecer a una familia, a un grupo social que representa su origen, su nacionalidad, su cuna. Por otro lado, existen niños que pueden representar el sufrimiento en relación a los conflictos familiares, a través de la negación de escribir el nombre completo. Cierta vez, un niño de diez años rehusaba a escribir su apellido en la tarjeta, como una tentativa de negar su historia de sufrimiento en relación a su origen. El niño afirmaba que su deficiencia era consecuencia de haber nacido en aquella familia. La negación en asumir su apellido era, igualmente, su modo de denunciar el abandono afectivo de la madre en función de la desilusión de tener un hijo deficiente. Era, también su forma de demostrar su culpa por no corresponder a la idealización previa de los padres. Conforme el proceso terapéutico fue evolucionando, el niño comenzó, inicialmente, a escribir su primer nombre acompañado solamente de la sigla, o sea, de la primera letra, correspondiente al apellido paterno. Poco a poco, pasó a incluir la sigla correspondiente al apellido materno, ligándolas por puntos. Fue necesario un largo trabajo con el niño y la familia para que el niño pudiera aceptar su origen, asumir su historia y descubrir que sus potencialidades transcendían, en mucho, su deficiencia. Escribir su nombre y su apellido se transformó en un momento de afirmación y satisfacción. La tarjeta pasó a ser, simbólicamente, su carnet de identidad, representante de sus conquistas y potencialidades.

En el dinamismo del proceso terapéutico, la tarjeta puede ser utilizada como un espacio para anotar recordatorios, comunicados, acuerdos. El rellenado de la tarjeta queda a cargo del terapeuta hasta que el niño tenga condiciones emocionales y/o cognitivas para hacerlo por sí mismo.

Después del término de la sesión, los descubrimientos de los acontecimientos se convierten en una “cajita de sorpresas”. El retorno (o no) de la carta, su estado de conversación, las metáforas creadas, representan la criba abierta del contexto terapéutico de la expresión libre del niño. A ello se añade el interés del terapeuta en las producciones simbólicas realizadas fuera del espacio terapéutico, generando una sensación placentera de importancia que anima la creatividad del niño. Al mismo tiempo en que otorga un status de importancia a la tarjeta. A veces la tarjeta es de tal manera investida durante la semana, que el espacio se hace pequeño para tal cantidad de producciones: escritos, dibujos, marcas, trazos, versos, contornos.

La tarjeta es interesante por lo que representa para el niño y por lo que hace con ella. En efecto la tarjeta es un símbolo de la relación afectiva establecida con el psicomotricista, también es un código de la continuidad de las sesiones con lo que ello supone con relación a la seguridad del niño. Por todo ello, la tarjeta se transforma en un espacio transicional y el psicomotricista ha de estar muy atento a la presentación de la tarjeta en cada sesión y a la manera con que el niño la devuelve. A veces la tarjeta aparece decorada con flores o corazones y otras aparece con las puntas chupadas, masticadas o rotas (Aucouturier, 2004, pág. 251).

Un sentido especial debe darse a los olvidos y a las pérdidas que son, frecuentemente, indicadores de la relación familiar con el proceso terapéutico. La falta de continuidad puede ser un indicio tanto del niño, como, o más, de la familia. Tal comportamiento es frecuente en los padres que conciben la terapia como un “deposito” en el que el niño va a ser “reparado”. Puede ocurrir, también, que los padres o quien se ocupe de la tarea de traer al niño, se apropie erróneamente de la tarjeta, como símbolo de la responsabilidad de la asistencia. Pero todos estos temas deben ser abordados y esclarecidos en los encuentros periódicos con los padres, ya que, no existe proceso terapéutico del niño sin la participación efectiva de la familia.

Cuando la carta es olvidada o perdida es necesario aprovechar la situación para introducir un área de negociación, fundamental en la maduración del niño. Es evidente que tanto la pérdida como el olvido, tiene un significado, ya que, los enredos que la situación desencadena son, tal vez, más importantes que el hecho en sí mismo. En la ausencia de la tarjeta ¿cómo sustituirla? ¿Con qué sustituirla? La sustitución es una forma simbólica de reparación. En la mayoría de ocasiones es el propio niño el que encuentra una solución; no obstante, es fundamental que la sustitución se de en una dimensión lúdica, contextualizada a las necesidades del niño, con la intención de ayudarle a avanzar. Cuanto más simbólica es la reparación más eficaz es la evolución del niño. La reparación atenúa la culpa y dinamiza psíquicamente al niño. Puede efectuarse tanto al principio como al final de la sesión antes de que inicie la confección de la tarjeta de la siguiente sesión, e incluso en casa, en el intervalo existente entre una sesión y otra. Puede pedirse al niño, por ejemplo, crear una poesía en forma de rima, comenzando por: “cuando olvidé mi tarjeta…” Para aquellos que todavía no saben escribir, puede solicitarse algo concreto perteneciente a su día a día, como por ejemplo, la envoltura de su chocolate preferido.

Si alguna vez un niño olvida la tarjeta o no la devuelve nunca, es útil saber qué ha hecho con ella (Aucouturier, 2004, pág. 251).

El rellenado de la tarjeta pertenece al ritual de salida y, por tanto, puede darse que el niño rechace firmarla en función de su malestar al término de la sesión ya que significa romper con la dinámica de placer que la situación proporciona. Pero, progresivamente, el niño va percibiendo que el proceso terapéutico es un “ir y venir” continuo y necesario. La idiosincrasia del niño, presente durante el rellenado de la tarjeta, va delineando, de este modo, de forma visible, la fotografía de la maduración.

Consideraciones finales

La “tarjeta de sesiones” es un símbolo repleto de significaciones: símbolo de existencia, de unión, de continuidad, de anticipación, de reparación. Es, igualmente, un símbolo de esperanza, esperanza de una nueva forma de ser y estar, de un nuevo acontecer, cuyo fundamento se sitúa en la posibilidad de revivir algo de un pasado distante o próximo, en el aquí y ahora de una sesión que se inicia. Pero la tarjeta es, sobre todo, el símbolo de transformación, símbolo de nuevas posibilidades, de nuevos acuerdos entre lo interno y lo externo, entre lo subjetivo y lo objetivo, posibilitando una nueva forma de actuar frente a las ambivalencias y desafíos de las relaciones humanas.

La “tarjeta de sesiones” representa un continente de acogida, de seguridad afectiva y de valorización del niño en tanto que ser humano en formación que, por causas diversas, necesita ayuda. Es un instrumento clínico dinámico, un “documento” que se renueva en cada sesión. Es un símbolo de identificación y compromiso que materializa, en el espacio y en el tiempo, la historia singular del niño, como también, su historia en relación al proceso terapéutico.

Que la luz colocada sobre este objeto simple y concreto, y a su vez, simbólico y eficaz, perteneciente a la clínica psicomotriz, pueda capacitarnos, aún más, en la dirección de ayuda al niño.

Que la preparación de la próxima tarjeta nos coloque delante de las reticencias de este artículo, que no tiene, de forma alguna, ni la intención, ni la pretensión de agotar el tema.

Referencias bibliográficas

Aucouturier, B. 2004. Los fantasmas de acción y la práctica psicomotriz. Barcelona. Editorial Graó.

Klein, M. et alii. 1969. Temas de psicanálise aplicada. Rio de Janeiro. Zahar Editores.

Winnicott, D. W. 2000. Da pediatria à psicanálise – obras escolhidas. Rio de Janeiro. Imago Editora.

Winnicott, D. W. 1990. Natureza humana. Rio de Janeiro. Imago Editora.

Sobre Silvia Carné. Silvia Carné es psicóloga, fonoaudióloga, psicomotricista, directora del Espaço Néctar (Centro de Práctica Psicomotriz Aucouturier de Brasil) y formadora reconocida por la Asefop. Traducción: Miguel Ángel Domínguez Sevillano.
Cómo citar: Silvia Carné (2007). La garantía simbólica del retorno: reflexiones sobre la tarjeta de sesiones. Cuadernos de Psicomotricidad, 33, pp. 7–15. Luzaro.
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