La frontera del desconcierto

Nº 23 · Junio de 2002 · p. 36

Resumen. Texto breve y poético sobre la «frontera del desconcierto»: el encuentro de niños y adultos con la vida, entre el placer de existir y el displacer, con el límite como línea casi imperceptible. Lo ilustra con la viñeta de Inés, una niña sola que en la sala de psicomotricidad pasa de la soledad a la compañía.

La vida les sale al encuentro: ellos, los niños, alborozados, la abrazan, la enredan, la estrujan, la comparten, la viven y no la piensan; la sienten y van camino de pensarla: la juegan, la pintan, la fantasean, la exploran y algunos la esconden, y la evitan o se la arrebatan.

Los adultos, turbados por el grito vital se debaten entre la firmeza, el autoritarismo y la ausencia, entre la ternura y el exceso. Ahí se fragua la frontera del desconcierto: de un lado, el placer de existir; en el otro el displacer, y en el medio, en una línea casi imperceptible, el límite, fácil de traspasar.

En un territorio, el amor a la vida porque se ha encontrado una senda hacia ella; en el otro el desencuentro: la perplejidad se vislumbra ante la realidad que se impone cuando el niño se encuentra con sus juguetes rotos; sin la presencia del vínculo, súbito emerge el vehemente deseo entre sollozos escondidos, del retorno al espacio querido, hasta el lugar donde se hallan los afectos.

Inés siempre está sola. El adulto trata de comprender, esboza sus respuestas. El banco está colocado en el centro de la sala; ambos, adulto y niña sentados; una pelusa está en el suelo, el psicomotricista se la envía con un golpe de dedo, la niña responde, nunca lo había hecho; después de seis o siete intercambios la niña dice: “no tengo amiguitas”. En meses sucesivos una cuerda como cordón umbilical enlaza a Inés y a Nerea, un aro las estrecha y una casa de goma-espuma mitiga la ausencia: dos soledades que unidas no son una doble soledad sino compañía; ya dentro y no fuera, ya actrices y no espectadoras; ello devino cotidiano, la metamorfosis: la esperanza, la creatividad, el humor, una propuesta para el regocijo, la pesadumbre desvanecida.

Al lado del trémulo vacío, en la encrucijada, el espejo, amigo de siempre, ese otro silente acompañante, ingenuo mirón que toca en la noche cada vez con más verdad como la amante de años, sonriente, firme, tierna, que te abre la herida para que límpida se cierre… si tú quieres.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Cómo citar: Daniel Garmendia (2002). La frontera del desconcierto. Cuadernos de Psicomotricidad, 23, p. 36. Luzaro.
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