Explicar lo que para mí supuso la formación de la Práctica Psicomotriz Educativa, se me hace terriblemente difícil, y entrañablemente fácil.
Me gustaría poder explicarme de una forma clara y sencilla, por otra parte, tampoco lo sabría hacer de otra manera. Sencilla.
Mi curiosidad por querer y poder entender a los niños de 2-3 años, con los que pasaba y paso tantísimas horas, era muy grande cuando veía a mi compañera tutora de la gela, de la cual yo en ese momento era la auxiliar (después fui la tutora, continuando hasta ahora), practicar las sesiones de “psico” y después me explicaba todo lo que en esa “sala mágica” transcurría sesión tras sesión, ¡cómo veía los cambios en esos pequeñajos!, me parecía increíble…
Estaba totalmente entusiasmada…, sobre todo, el poder estar dentro de la “sala mágica” semana tras semana y poder vivenciar lo más cercanamente posible todo aquello. Esa explosión de emociones que se dispersaban por todas los rincones de aquel espacio.Decidí, como no, hacer la formación.
De esto, hace ya unos cuantos años, pero aún recuerdo muy de cerca cómo viví aquella formación, y de lo importantísimo que fue, y que afortunadamente es.
Esos recuerdos que perduran en mí, por lo significativos que fueron todos esos momentos, al principio se me hicieron muy difíciles, porque las emociones, inseguridades, ahí estaban, pero poco a poco iban esfumándose como el humo casi sin darme cuenta, en la medida en que mis resistencias y miedos se iban disipando imperceptiblemente, y también desde el momento en que “viví” ¿algo?, emoción, ternura….con el niño.
“Qué difíciles son de definir ciertos momentos con palabras”. He “vivenciado”, es decir, que no solamente he participado en las situaciones…, sino que he sentido, tanto en mí como en los niños, una implicación afectiva y emocional auténtica, a nivel de la intimidad del ser.
Ese algo, ese sentimiento afectivo profundo que da una calidad y calidez diferente a la relación, con un deseo de apertura al otro.
Estar disponible, corporalmente disponible, es algo muy fácil de decir, de imaginar intelectualmente, pero nadie puede imaginarse, mientras no lo haya probado, lo difícil que es de hacer. Tú quieres querer, pero tu cuerpo se resiste; lo sientes rígido, torpe, te miras desde el exterior y te encuentras poco natural, te juzgas, tienes miedo de hacer el ridículo…
He conocido todas esas resistencias, pero fueron esfumándose poco a poco, “dejándome llevar”, atrevidamente a mis actitudes naturales.
Menos preocupada de mí misma, de mí propio cuerpo, me hice mucho más disponible a los niños, más apta para percibir sus necesidades y para responder de manera natural y auténtica. Hacer este proceso, paso a paso, fue toda una conquista en la que me sentía muy ambivalente.
Todo mi afán era “hacer”, hacer cosas… algo…, animaba, proponía actividades. ¡Proyectaba sobre ellos mis propios deseos, mi deseo de DAR!
Estaba de tal manera preocupada por aportarles algo, mucho, tanto, que no me quedaba ninguna disponibilidad para “RECIBIR”, para comprender y analizar sus deseos.
En realidad, a lo que temía era al vacío, a los tiempos muertos. Después me di cuenta de que esa permanente agitación era debida a mi propia ansiedad.
Mis gestos y movimientos se hicieron más lentos, más calmos y más respetuosos con los ritmos del niño. Me hice menos directiva, aunque ello no quiere decir que se tratara de pasividad o de “dejar hacer”.
Estaba enteramente presente, constantemente a la escucha del niño, lista para responder al menor gesto, a implicarme plenamente en una relación deseada por el niño y a aportar mi colaboración para hacerlo evolucionar.
También estaba lista para responder a la llamada muda del que no se atrevía a acercarse y que necesitaba ser solicitado o provocado.
Empecé a hablar menos. Antes hablaba mucho para darme seguridad a mí misma, comencé a comprender y a utilizar mejor el lenguaje simbólico del cuerpo, lenguaje cuyos matices y carga afectiva no pueden traducirse al lenguaje verbal.
También me daba cuenta de que estaba más a la escucha de sus verbalizaciones, muy reveladoras de sus fantasmas.
Poco a poco me iba sintiendo mucho más cerca de ellos, de cada uno de ellos, comprendiendo mejor las razones “profundas” de sus comportamientos, sin detenerme en lo que era más consciente de lo que hacía y de por qué lo hacía.
Desconfiaba de mis reacciones instintivas, pulsionales, debidas, la mayoría de las veces, a proyecciones de mis propios problemas. Pronto empecé a darme cuenta de que estas experiencias semanales, a pesar de su brevedad, tenían repercusiones importantes en la vida del grupo.
Entre el niño y el adulto, entre los mismos niños, se anudan relaciones profundas, hechas de afectividad, de comprensión y de aceptación, que modifican totalmente las relaciones posteriores. Yo vivía a los niños y ellos me vivían de manera diferente.
La rutina del aula seguía igual, nuestro horario, nuestros juegos…,pero todo ello tenía para ellos otro sentido. Los mil detalles, los incidentes de la vida diaria, se nos aparecían de otra forma, por el hecho de que yo ya no trataba de juzgar sino de comprender.
Esta comprensión la fui consiguiendo en gran manera por sus comportamientos durante las sesiones, en las que, liberados de las imposiciones, expresaban más libremente sus conflictos.
Como contrapartida, el niño mejor comprendido y que recibía las respuestas necesarias a sus deseos inconscientes, estaba más tranquilo, menos ansioso, menos agitado, y más disponible a su vez. No solamente había repercusiones en el grupo. Con respecto a mí también empecé a sentir y a vivir cambios importantes.
Mis objetivos al abordar esta formación eran sobre todo profesionales, y jamás pude imaginar que podría tener repercusiones sobre mí misma, sobre mi vida no profesional. Las relaciones que vivencié durante el curso de las sesiones me afectaron profundamente, no solo a nivel profesional, sino también a nivel personal.
Esos momentos en los que sentí las necesidades del niño en mi propio cuerpo…, despertaban en mí mis propios deseos regresivos e ignorados, hasta llegar a revivir ciertos momentos de mi propia infancia… Hoy me siento capaz de entrar en “la sala mágica” sin angustias en el juego fantasmático del niño, y de responder sin mezclar mis propias defensas y mis propias proyecciones.
Es evidente que esta evolución no queda limitada al campo profesional, sino que tiene una indudable influencia sobre todas las relaciones, tanto familiares como sociales. Ahora me siento mejor en mi piel, más libre corporalmente y más abierta.
Esto es una reflexión de una etapa de mi vida tan especial y de la que me siento tan satisfecha que… ¡cómo no lo voy a compartir!
Espero y deseo que sirva para que muchos vuelvan a recordar igual que yo, con mucho cariño y agrado, la que fue su Formación Psicomotriz Educativa y que a otros les anime a iniciar esta etapa en sus vidas de la cual sin ninguna duda, nunca se sentirán defraudados.
Un abrazo “psicomotriz”
Soraya
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