La formación del psicomotricista

Nº 49 · Junio de 2015 · pp. 15–20

Resumen. Explica el recorrido para formarse como psicomotricista, entendido como adquirir una «tecnicidad» metabolizada en el propio cuerpo. Distingue la formación teórica, la práctica y la personal, y defiende que cada persona se forma y los formadores acompañan.

Vamos a tratar de explicar someramente en este artículo algunas de las características del recorrido para formarse como psicomotricista; de eso que llamamos adquirir una ‘tecnicidad’, que es una palabra que no existe en el diccionario oficial de la R. A. E., pero que para nosotros está cargada de significado, pues se trata de adquirir un saber pero metabolizado en nuestra propia carne.

Queremos destacar el uso plenamente intencionado en el párrafo anterior del término ‘formarse’ en vez de formar porque, en coherencia con la concepción de la práctica psicomotriz, pensamos que es cada persona la que se forma y no los formadores; a pesar de que ostentemos este calificativo, como formadores nos toca acompañar en ese recorrido. Podemos hacer un paralelismo como cuando estamos en la sala de psicomotricidad con las niñas y niños, pues nuestro quehacer, más que educarles, es acompañarles en su desarrollo para que sea lo más armónico posible.

Partiendo de esta premisa, podemos constatar entonces que en la formación de psicomotricistas habría que tener en cuenta, por un lado, a las personas que se ponen en este proceso de formarse y, por otro, a las llamadas formadoras de psicomotricistas y las escuelas o instituciones donde desarrollan esta labor.

Algo que determina esta formación es que en el Estado español la profesión de psicomotricista todavía no tiene un estatus legal, a pesar de la demanda de profesionales que podemos encontrar, incluso por parte de instituciones públicas. En este sentido es bueno recordar la existencia de la FAPee, la Federación de Asociaciones de Psicomotricistas del Estado español, uno de cuyos objetivos es precisamente el reconocimiento de la profesión.

De esta alegalidad, que no ilegalidad, deriva que no exista una formación oficial y que sea ofertada por instituciones privadas o universidades en forma de posgrados y másteres. También habría que decir que la mayor parte de las personas que hacen esta formación no buscan un título, sino precisamente esa formación de psicomotricista, normalmente avalada por años de experiencia, por prestigio y por el grado de satisfacción de tantas promociones.

La carencia de oficialidad o de legalidad también favorece la abundancia de cursos con muy poca coherencia, tanto en contenidos como en estructuración. Frente a esto, la antes citada FAPee asume una decisión, consensuada en todas las asociaciones miembros, para tratar de velar por una formación que fundamente un verdadera profesión, de tal manera que no da por válidos determinados programas, bien por la confusión de sus contenidos, como por la escasez de horas de duración o por las formas de impartirlos (no presenciales, on line, etc.). Es decir, no los considera suficientes como para validar una profesionalidad.

Un aspecto interesante de este consenso es la unanimidad en reconocer necesarios los tres aspectos clásicos de la formación: el teórico, el práctico y el de la formación personal.

Muchas formaciones cuentan con los dos primeros aspectos por lo que solo haremos una breve reflexión sobre los mismos. Nos extenderemos más sobre el último, el de la formación personal porque, si bien es tan importante como los otros dos, resulta el más específico y no lo encontraremos fácilmente en otras formaciones.

La formación teórica

Ya hemos dicho antes que la mayor parte de las personas que nos hemos formado como psicomotricistas tenemos otra formación de base (es una consecuencia de la alegalidad), por lo que contamos ya con un bagaje teórico de otras disciplinas, normalmente ligadas al trabajo con la infancia y en los campos de la educación, de la salud, de lo social y de lo corporal.

Además la psicomotricidad, joven como es, siempre ha sido deudora de estas y otras disciplinas para poder elaborar su discurso propio, y los psicomotricistas todavía estamos más escorados en nuestra profesión hacia la actividad que a la elaboración e investigación, aunque también es verdad que cada vez son más las compañeras y compañeros que investigan, que escriben y que hacen aportaciones en este sentido.

Y no es que queramos prescindir de las contribuciones que no sean sobre psicomotricidad puramente. Ahí está, por ejemplo, el caso de las neurociencias, cuyos avances vertiginosos nos estimulan y exigen actualizar continuamente nuestros conocimientos y nuestros contenidos formativos.

Lógicamente también hacemos formación específica sobre psicomotricidad y explicamos a los alumnos su historia, autores, conceptos, espacios y tiempos de la sesión, formas de intervenir, etc. estos son unos contenidos que ya tenemos bastante estructurados.

Es muy interesante reflexionar sobre la progresión, la temporalidad de la formación para lograr la mayor coherencia posible, ajustándose al proceso de los alumnos, a su nivel, y también a su objetivo formativo y su ámbito de intervención, pues no requieren la misma formación teórica un psicomotricista que haga práctica educativa y otro que haga práctica terapéutica.

La formación práctica

Se trata de confrontar a los alumnos con una cierta realidad, que les sirva para ejercitarse de cara a su futura práctica autónoma y profesional. Conocemos experiencias de otras escuelas y no todas nos organizamos de la misma manera; tampoco tenemos ni la misma realidad ni las mismas posibilidades cada una en su entorno.

En Luzaro, nuestra escuela, el proceso de prácticas para el alumnado educativo es ciertamente progresivo, pues consiste en hacer un recorrido que comienza por la observación de sesiones reales con posterior coloquio, que continúa con un periodo de coparticipación también con coloquio, y que termina por una participación autónoma, base para la confección de la memoria final. Durante este último paso el tutor acude a observar al menos tres sesiones, que después son comentadas.

En la formación terapéutica el proceso de prácticas es diferente aunque también es progresivo. Quizás la diferencia más notable es que se utiliza mucho el visionado de sesiones grabadas de los propios alumnos, visionado que podemos hacer en grupos pequeños, medios o con toda la promoción, y con un protocolo, que además de ayudarnos a observar, trata de garantizar la seguridad de los que exponen y se exponen.

Utilizamos los vídeos porque no nos parece pertinente hacer una observación directa dado el ambiente de intimidad y respeto que merece una relación terapéutica.

En todo este recorrido de “prácticas” nos empeñamos mucho en respetar la progresión como una forma de garantizar la seguridad afectiva de nuestros alumnos; se trata también de un acompañamiento, como decíamos al principio.

La formación personal

Aunque la extensión de este artículo no nos permite extendernos demasiado, vamos a intentar explicar algunos aspectos de la formación personal.

El objetivo

Se trataría de “reencontrarnos” de alguna manera con algo que como adultos, como seres de pensamiento y de lenguaje, hemos dejado atrás; se trataría de favorecer la reapropiación corporal, vivenciar ciertas experiencias que nos ayuden a hacer consciente nuestra disponibilidad, nuestra escucha, ajustar nuestro sistema de actitudes para poder entender mejor a las niñas y niños, que son más seres de acción, más corporales.

En psicomotricidad, tanto educativa como terapéutica, trabajamos en relación: una relación que no se establece entre iguales sino que es disimétrica: niño-alumno con psicomotricista educativo o niñopaciente con terapeuta psicomotricista. Es una relación disimétrica en la que, si no somos conscientes de nuestra propia historia, corremos el riesgo de proyectarla de forma invasiva sobre el otro.

Es decir que podríamos definir el objetivo de la formación personal como el de provocar una cierta transformación que nos permitiera estar en la búsqueda del ajuste más adecuado con el niño o los niños con los que trabajamos.

Un marco de seguridad

Si la formación personal busca una transformación de las personas, esto solo se puede conseguir si proporcionamos un marco seguro donde nadie se haga daño, donde esa transformación sea consentida y serena, lo que implica la participación activa de los alumnos. Aunque suponga ciertos cambios en las personas, no se trata de una terapia, sino que es un recorrido para capacitar para una profesión: la de psicomotricista.

Dentro de este marco de seguridad es fundamental el rol del formador y de la escuela, la estructura a la que pertenece y representa. En el caso de las escuelas de la ASEFOP, todas las formadoras y formadores hemos hecho un largo recorrido específico que nos habilita para la formación personal, y asumimos una filosofía y un código deontológico cuyo principal valor es el del máximo respeto a las personas que acompañamos en formación. Por eso en nuestra metodología de trabajo contamos con estrategias para colocar las resonancias evitando, como hemos dicho antes, que sean invasivas tanto del grupo hacia nosotros como de nosotros hacia el grupo.

La dinámica

Decimos de la formación personal que es una formación en grupo y por la vía corporal. Parece un poco contradictorio lo de formación personal en grupo, pero es que nos formamos para trabajar en relación con otros, que como nosotros, son también seres cambiantes, con cuerpos e historias diversas. Como formadores, esto nos exige también saber de las dinámicas de grupos y del sutil equilibrio entre lo personal y lo grupal.

La dinámica de la formación personal se basa sobre todo en las propuestas que hacemos los formadores y la ligazón que existe entre ellas, dependiendo de la respuesta del grupo de alumnos. Nos gusta el nombre de propuestas porque son eso, propuestas, y no ejercicios de obligado cumplimiento.

Trabajamos con personas adultas con libertad para responder, con sus peculiaridades. No es un guión cerrado de propuestas porque, por mucha experiencia que tengamos, si de verdad les acompañamos, no sabemos cómo van a ser tomadas y respondidas por el grupo: son como las frases de un relato que vamos escribiendo sin saber muy bien cómo se va a desarrollar, aunque tengamos claro a dónde queremos ir.

Las propuestas suelen ser multidireccionales, pues pueden responder a varios objetivos a la vez. Por ejemplo, podemos proponer una competición de dos grupos por conseguir todos los materiales de la sala, donde todo vale menos hacer daño. Con esta proposición podríamos trabajar aspectos como el de la agresividad, la identificación, la oposición, el juego simbólico, la desculpabilización del contacto, etc.; aspectos que seguramente surgirán espontáneamente en las verbalizaciones en grupo.

Las propuestas tienen su sentido en la progresión y en el nivel de formación. No resulta igual una misma propuesta en un curso de sensibilización que en otro de formación de terapeutas. Es decir que las ajustamos en función del grupo con el que trabajamos, pero todas ellas dentro de un recorrido dinámico que pasa por diversas situaciones: de lo grupal a lo individual o a pequeño grupo o viceversa, de una actividad intensa a otra más calmada, de algo más sensorial a algo más cognitivo, de un uso de determinado material a otro, etc. Las verbalizaciones

Es formación personal y es por la vía corporal, pero estando entre adultos no podemos despreciar el uso privilegiado de la palabra. Hay momentos en que estratégicamente proponemos reagruparse y hablar a partir de las situaciones vividas. La reflexión en grupo nos permite enriquecernos con las experiencias de los demás, semejantes o no a las nuestras. Sentados con los alumnos en un círculo de bancos, nos toca en estos momentos regular la palabra del grupo, y la mayoría de las veces callar más que hablar, apartando la tentación de volver al tradicional estrado para largar una clase magistral.

También tenemos la constatación gozosa de que en muchas de estas verbalizaciones se ponen de manifiesto la integración de la otras áreas de la formación, como si después de la vivencia se pudieran acrisolar experiencias, conceptos, observaciones, etc., que parecieran construir una imagen cada vez más coherente: la de psicomotricista. Como formadores, son momentos que apreciamos.

Para terminar, nos gustaría emplear una expresión que oímos una vez a Katty Homar, formadora de la escuela AEC (Barcelona): “Con la formación teórica entendemos cómo son los niños; con la formación práctica entendemos las producciones de los niños; con la formación personal entendemos qué nos pasa cuando los niños producen”.

Referencias bibliográficas

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  • Rodríguez, J. Á. y Vives, I. (2006). “Proyecto para una Psicoterapia Psicomotriz”. Entre líneas, 19, 16-19.
Sobre Rikardo Acebo. Rikardo Acebo es filólogo y terapeuta psicomotor. Es miembro del equipo de Luzaro y formador de la ASEFOP. Es socio de la Asociación Profesional de Psicomotricistas (APP) desde su fundación.
Cómo citar: Rikardo Acebo (2015). La formación del psicomotricista. Cuadernos de Psicomotricidad, 49, pp. 15–20. Luzaro.
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