“La historia de la escritura es una de las aventuras más apasionantes de la humanidad, una historia larga y compleja que se confunde con la del ser humano y cuyo origen se sitúa hace seis mil años en Oriente Medio, a orillas del Tigris y del Eufrates, en la antigua Mesopotamia. Sus episodios decisivos están anclados en lo cotidiano. La escritura, transmisión de una grandiosa herencia, no es sino la memoria de toda la humanidad”¹
Me parece demasiado presuntuoso por mi parte pretender conseguir ningún objetivo con estas líneas. Me conformo con que las personas que las lean se sientan identificadas en algún aspecto y les sirva como reflexión en el devenir de su vida; como profesional y como persona.
Parto de la base de que tanto el cuerpo como la escritura son magníficos medios de expresión. La psicomotricidad, si no me equivoco, tiene como objetivo el desarrollo de las capacidades motrices, expresivas y creativas.
Este trabajo a través del movimiento desemboca en otros aspectos como el conocimiento y la afectividad de la persona, entre otros. Dicho proceso no es diferente al hecho de escribir.
En este espacio que me han brindado me referiré a la escritura sólo desde mi experiencia, más allá de los discursos teóricos, aún a sabiendas de que la experiencia siempre está basada en algún tipo de teoría. No me considero escritora, no lo soy, pero sí escribidora; una apasionada de la palabra.
1. Georges Jean: La escritura. Memoria de la humanidad. Biblioteca de bolsillo Claves.
Hablaré en primera persona para seguir indagándo-me y reconociéndo-me en ese devenir inacabado.
Puedo afirmar que soy mujer de pocas palabras. Nací cuando en España retumbaba el eco de las bombas y la palabra era silencio, de ahí mi amor por la palabra, y más por la escrita; siempre me ha faltado habilidad verbal. El mutismo en España duró varias décadas. Fueron años sórdidos y cualquier tipo de expresión que no fuera acorde con el régimen imperante, era castigada con la cárcel, incluso con la muerte. Ni de niña ni de joven fui lectora, tampoco escribí poemas ni cartas de amor. Tuve que dedicarme a otros cometidos más perentorios por ser la mayor de cuatro hermanas.
La escritura y la lectura hicieron acto de presencia en mi vida cuando ya había rebasado más de cuatro décadas. El motivo principal fue un encuentro con los Talleres de Escritura Creativa impartidos por Zulema Moret, una argentina afincada en Barcelona. Fue un hito importante en mi vida, un punto de partida, una búsqueda de los secretos íntimos guardados en la caja de Pandora que cada persona llevamos dentro.
Más tarde y, dada mi trayectoria en el campo de la Animación Socio Cultural, coordiné durante más de una década Talleres de Escritura Creativa en diferentes ámbitos de Vitoria-Gasteiz. Esta trayectoria me llevó sin remedio al hecho de escribir. Entré de puntillas en este mundo mágico que desembocó en la creación de personajes, tramas y urdimbres de toda índole.
También me ayudó a descubrir y vivir muchos mundos dentro del mundo. Más tarde me apasionaron los relatos de viajes, viajes que realicé allende los mares, fruto de los cuales vieron la luz algunos libros. La prosa me llevó a los versos y, a través de ellos, pude desnudarme, sentirme, indagarme, reconocerme, desentrañarme… Como las niñas y niños cuando a través de la motricidad fina realizan ejercicios con manos y dedos que les permiten acercarse al mundo de la escritura, de su palabra, en esa búsqueda de nuevos descubrimientos.
Me reconozco en mi escritura al igual que en mis pasos, en mis movimientos, en la forma de ver y de mirar el mundo, de palpar, de decir, de moverme en el espacio que como mujer tengo asignado por la historia y la cultura heredadas. Un espacio muy diferente al del hombre, mucho más restringido.
La palabra, la escritura, es para mí: comunicación, descubrimiento, vehículo, expresión, experimentación, conocimiento, retrospección… Escribir es, a veces, una manera de dirigir la emoción, una especie de terapia, de ayuda. El acto de escribir se considera a menudo como un acto de autocuración aunque ello no implique necesariamente la noción de enfermedad, porque quizá la única enfermedad en el mundo sea la de no ser una misma. Quizá…
Cuando escribo he de concentrarme y poner todo mi cuerpo en ello. Escribir es un acto físico: estoy comprometida con el bolígrafo, o con el teclado, y la mano, conectada con el brazo, vierte sobre la página lo que registran los sentidos. No existe separación entre la mente y el cuerpo.
Con esta puesta en escena entro de lleno en el terreno de la comunicación, de la comunión, con otras personas-personajes-y conmigo misma. Se establece un vínculo muy especial con el mundo, un trato, un roce, una coexistencia, una compenetración.
Indagar en todo esto me lleva al descubrimiento, primero personal, plagado de preguntas: qué, cómo, para qué, desde dónde, por qué escribo. He descubierto que es importante dejar suelta la vivencia íntima. Pero no todo es un movimiento de dentro a fuera, de la mano al papel. También es necesario el movimiento inverso: abrir el corazón al mundo, ver, escuchar, palpar, sentir. Es una fuerza centrífuga y centrípeta.
Viajar de dentro hacia fuera y viceversa en el vehículo que nunca falla: la palabra. Con ella podemos desplazarnos por el texto, por el espacio, por lo íntimo y por lo externo, por lo lejano y por lo próximo. En este terreno no existen las fronteras encargadas de dividir, de separar, de diferenciar… Fronteras marcadas a cartabón por intereses políticos o económicos.
Y con la expresión como bandera podemos llegar a donde nos plazca. Par mí, la escritura fue un descubrimiento porque me permitió expresar lo que durante décadas se me había negado: la palabra. En primer lugar por la aciaga época en que nací y en segundo -no sé si habrá un tercero- por haber nacido mujer. El hecho de escribir me permitió expresar lo que nunca me había atrevido decir, me permitió indagar en aspectos prohibidos hasta entonces porque en la escritura todo está permitido: puedes castigar, incluso asesinar, odiar y amar, meter el dedo en la llaga. Todo ello sin trabas ni tabúes.
Con este bagaje la experimentación viene de la mano. ¿No es acaso la escritura un espacio de experimentación, de ensayo, de comprobación, de alquimia? Los Talleres de Escritura Creativa siempre fueron un lugar de investigación, un laboratorio de ideas y sentires. Esculpimos, montamos y desmontamos la palabra, la pusimos a prueba y la vimos crecer a nuestro lado. Sufrimos, reímos y nos emocionamos con ella. Fuimos humildes artesanas, disfrutamos como aprendizas y caminamos como peregrinas por los derroteros del texto con el respeto y entusiasmo de quien ama un oficio.
Porque la palabra es una gracia que a todas nos ha sido concedida aunque, por el hecho de ser mujeres, como antes he apuntado, nos la hayan robado en tantas y tantas etapas de la historia antigua y más reciente.
Todo este trabajo conlleva un conocimiento público y privado. Sigo con la leyenda de los talleres porque para mí es el mejor referente. Mientras, crecía en nuestro interior el poder de la palabra, de la potencialidad de la Literatura, es decir, la magia de permitir contar cualquier suceso desde todos los puntos de vista, estilos y tonos posibles. Todo estaba permitido y nada era tamizado por un juicio de valor; sólo la reflexión o la interpelación eran las herramientas para nuestro proceso.
Y de esta forma iba apareciendo una galería de personajes que nos acompañaron en esa búsqueda de nuestros “yos” en ese camino por pueblos, ciudades, laberintos y lugares remotos. De esta manera cada cual se enfrentó a sus ficciones, a sus vivencias, miedos, recuerdos o fantasmas. Textos iniciales o rotundos, otros que nos dejaron un sabor amargo, textos que rasgaron la historia y nuestras vestiduras, textos desobedientes, odiosos y odiables, sacados de la caja de Pandora para ser leídos, otros abandonados a su suerte y también los hubo trasgresores. Cada uno reflejó y seguirá reflejando el pasaje del tiempo, la evolución en el proceso de crecimiento, de empoderamiento, porque ya sabemos que no hay obra acabada y que sólo verá su final, siempre relativo e incompleto, en la travesía del lector-lectora.
La retrospección, como hecho alusivo o evocador, me lleva a algunas reflexiones en cuanto a mi escritura. Creo que, a través del tiempo, algo sí ha cambiado en la percepción de mi existencia. Quizás sea la cuestión espinosa de la inminente cercanía del final del camino, la valoración de las cosas pequeñas, la relatividad de los sucesos de la vida o la asunción de mis limitaciones.
También otros asuntos que caminan a mis espaldas y que por eso no logro ver. Son hitos caminantes de pérdidas y de regocijos. Como dice Galeano, “Al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. La identidad no es algo estático, como un cuadro colgado de una pared, sino una sinopsis de las contradicciones nuestras de cada día. En esta fe prófuga es en la que creo. En la loca aventura de vivir en el mundo, de creerme, de visualizarme y de quererme.
Considero que la trayectoria de mi escritura es parte de mi vida, de ese devenir en el que me encuentro inmersa. Por eso también ha ido cambiando, porque lo que escribimos es un espejo de aquello que vivimos y soñamos. Las horas, los días, los meses y los años han ido pasando travestidos, humeantes, llenos de hipótesis, de indagaciones y temblores, de afectos y desafectos, de ideas y palabras impresas y de otras formas de encarar la escritura. Otras pesquisas, dubitativas, se han perdido en el aire o han ido sin remedio al cubo la basura. Así mi escritura también se ha ido metamorfoseando con el tiempo.
Termino con un poema que me lleva a lo más íntimo, al travestismo sin ambages, a esa búsqueda de la que he hablado y en la que he investigando y sigo inmersa.
Barquitos de papel
El espacio-palabra me llevó
por terrenos pedregosos.
Hizo que me mirara en mil espejos
con símbolos ocultos.
En barcos de papel
atravesé océanos de letras
en busca de mi voz
de mi palabra.
Pálpito de sílabas ardiendo
coral entreverado
de líquenes marinos.
Palabras deslizándose entre
peces espada,
estrellas fugaces
dormidas en la mar del silencio.
Década de sueños fonemas
ficciones relatos congelados
pájaros inmóviles suspendidos
del viento.
Navegando miércoles y martes
por el mar de la duda.
fuimos descubriendo:
lo íntimo
cuentos a la carta
y otros en-latados
el rayo
que escribe por la mano
apuntalando signos.
El espacio-palabra
me condujo por túneles secretos
memorias oníricas
y voces de escrituras remotas
esculpidas en los cinco elementos.
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