La atención temprana y la práctica psicomotriz

Nº 53 · Junio de 2017 · pp. 7–10

Resumen. Álvaro Beñaran plantea las preguntas que la atención temprana dirige al psicomotricista: cómo mejorar la calidad de vida del niño y de su familia y cómo ayudarles a sentirse competentes. Defiende trabajar con la familia como sujeto y no como objeto de la técnica, y atenuar las angustias derivadas de la dificultad para que puedan construir recursos propios de reaseguración.

El presente artículo ha sido la base de distintas conferencias impartidas a lo largo del año 2016 en Bruselas, Bilbao y Madrid.

La atención temprana, desde mi punto de vista como psicomotricista, nos sitúa ante una serie de preguntas a las que intentamos responder.

Algunas de estas preguntas son:

¿Cómo se puede ayudar a mejorar (¿qué sería “mejorar”?) la calidad de vida de este niño o niña y de su familia?

¿Cómo se puede ayudar a que puedan encontrar maneras mejores (¿qué sería “mejores”?) de enfrentar las dificultades que la vida les está planteando?

¿Cómo ayudar a que se sientan competentes y más dueñas y dueños de sus vidas y de encontrar soluciones y/o caminos que les ayuden a estar mejor? (¿Qué sería “mejor”?: ¿Más “felices”? Y ¿qué sería “felices”?).

Pero no podemos perdernos en preguntas más o menos filosóficas y trascendentales. Las y los profesionales de la ayuda terapéutica tenemos que “mancharnos” con la realidad, tomar decisiones que nunca serán perfectas, en las que siempre quedará la duda de si se podía haber ayudado más o mejor (¿Qué sería “mejor”?).

Y para no perdernos tenemos que comenzar por construir un marco, un sistema de acciones y actitudes que dé sentido a nuestro trabajo, a nuestra práctica. Por ejemplo, partir del respeto a la capacidad de actuar de la niña o el niño y su familia, tomando en cuenta la dificultad, pero buscando poner en valor las capacidades, de manera que la imposibilidad, la incapacidad, no lo tapen todo; que el sufrimiento, el dolor, no lo tapen todo.

¿Y cómo conseguir esto? Y no hablo de olvidar la dificultad, no. Pues siempre se trata, en última instancia de superar, aliviar, contener, integrar…la dificultad. No se puede eludir. Intervenimos porque hay dificultades, si no, no intervendríamos. Pero el lugar en el que colocamos la dificultad y a las personas que están afectadas por ella puede cambiar, ser muy diverso y tener efectos muy distintos en el enfoque de nuestra intervención y en las posibilidades de avanzar de la familia y la niña o el niño.

Es por ello, que lo primero es el respeto a estas personas, a sus capacidades, a su calidad y cualidad de personas. No se trata de sustituirles en su vida, sino de ayudarles a que recuperen el sentimiento y el deseo de ser sujetos y protagonistas de su vida, que puedan continuar sin la dificultad o con ella, pero ya desde la posibilidad y no desde la impotencia.

Hablo de la capacidad de acoger, de escuchar, de ponerse en el lugar de la familia, de la niña o el niño, olvidando prejuicios y conteniendo/escuchando las resonancias emocionales que puedan surgir en nosotras o nosotros.

Todo ello para poder ofrecerles un acompañamiento ajustado a su situación y vivencias con respecto a las dificultades presentadas.

La práctica psicomotriz no lo es todo, no lo puede todo. En muchas ocasiones precisará del complemento de otras intervenciones, para dar una respuesta lo más global posible.

La práctica psicomotriz no es magia ni lo soluciona todo. Pero sí puede abrir muchas posibilidades en la niña o el niño y en sus familias.

Porque la práctica psicomotriz abre a la persona de la niña o del niño a la posibilidad de actuar, de jugar con sus miedos, sus fantasmas, sus sufrimientos… Algo que puede conseguir a partir de la presencia de un adulto (el/la psicomotricista) que le acompaña y procura a través de sus actitudes (desarrolladas a partir de una sólida e intensa formación personal y profesional realizada en su proceso formativo) aportar al niño o niña el entorno necesario para que adquiera la suficiente seguridad. Seguridad para poder desear actuar, jugar, y atreverse a poner en acción su mundo interno, sin miedo a ser juzgado o agredido.

Es la potencialidad del juego, de la acción y de lo simbólico, sostenidos por la relación de calidad que aporta el adulto-psicomotricista, lo que promueve la posibilidad de transformar las vivencias del niño o la niña con respecto a sus dificultades, provocando el movimiento de las emociones y sentimientos ligadas a las dificultades que le habitan.

Estoy hablando de la herramienta fundamental que toda niña y todo niño tiene para enfrentarse a la realidad: su acción, su posibilidad de jugar, de crear, de actuar sobre el entorno y sobre su propio cuerpo, acompañado por la presencia de un adulto que sostiene esa posibilidad, ofreciéndose como interlocutor y como compañero de esos juegos, de esas acciones.

Acción, juego y relación de calidad con un adulto preparado para posibilitarle evolucionar más allá de sus dificultades son, pues, los elementos básicos de nuestras estrategias de intervención.

A esto añadimos una característica muy importante de la intervención de ayuda psicomotriz: el carácter no agresivo de sus estrategias, pues se basa en una dinámica de acción libre que no fuerza las posibilidades de la niña o el niño, sino que trabaja desde sus capacidades y potencialidades, aceptándole tal y como es y está en este momento. Es decir, que la niña o el niño encuentran un lugar en donde se sienten reconocidos y valorados, escuchados y aceptados “tal y como son/están” y no “como debieran ser o estar”. Un lugar que no le sitúa ante la incapacidad y ante qué “debe ser” sino que parte de su realidad sin juzgarla.

Esta actitud de aceptación, fácil de expresar, pero no tan sencilla de adquirir, es la base que permite que las dificultades, que las angustias, que vive el niño o la niña comiencen a atenuarse, pues lo que todo ser humano necesita, de manera imprescindible, para construir su identidad y desarrollar recursos propios de maduración, es sentirse aceptado y valorado por otro que, además, le ofrece la posibilidad de actuar y jugar en seguridad.

Es por ello que, ahora que tanto se habla en nuestra Comunidad Autónoma de Atención Temprana, defiendo la práctica psicomotriz como una herramienta que siempre debería estar presente, ya como recurso específico, ya complementando otras intervenciones que, por su carácter correctivo o de curación, pueden resultar muy agresivas y convertirse en fuente de nuevas dificultades de carácter emocional que afecten al proceso de maduración psicológica y de construcción de una base de seguridad afectiva suficiente del niño o niña.

Algo que puede condicionar en gran medida la construcción del psiquismo infantil, tanto en lo relativo a su imaginario (miedos, amenazas, imágenes de agresores, etc. como a sus capacidades de acción, movimiento, juego, aprendizaje y relación.

Es necesario ofrecer a toda niña o niño que, por diferentes motivos, vive o ha vivido situaciones dolorosas, un espacio y un tiempo en donde poder construir sus propios recursos autónomos con los que hacer frente a esas dificultades, de manera que pueda entrar en una dinámica evolutiva, superando angustias excesivas que bloquean su posibilidad de crecer y desarrollarse, posibilitando la máxima integración de su persona, equilibrando sus recursos corporales, socio-afectivos y cognitivos.

Esta intervención debería producirse ya en los primeros dos o tres años de vida, momento en que se instalan las bases estructurales y constitutivas del proceso posterior de maduración. Pero todavía puede tener efectos importantes en años posteriores, atenuando y/o canalizando los efectos de lo acontecido en los inicios de la vida.

Esperemos que nuestra sociedad sea capaz de construir estructuras suficientes y adecuadas para acompañar con calidad humana a las familias en dificultad, ofreciéndoles acogida, sostenimiento y caminos que recorrer.

Y hablo de “calidad humana” porque junto a las estructuras necesarias y todo lo que se pueda realizar en cuanto a la coordinación de servicios médicos, escolares, terapéuticos, etc. debemos contar con los sistemas de actitudes de las y los profesionales que acompañen a las familias, campo en el que las y los psicomotricistas contamos con una importante formación.

Ello es una actitud de ayuda básica, pues no se trata de tratar a las familias como “objetos” de nuestra técnica, sino de crear las condiciones para que puedan volver a hacerse cargo de sus vidas, atenuando los efectos de las dificultades surgidas en su historia, ejerciendo como sujetos competentes y facilitando la comunicación y la aceptación entre los miembros del sistema familiar.

Muchas veces nos encontramos con que la familia no encuentra los recursos para relacionarse con su niño o niña en dificultad, atenazados por la angustia o el sufrimiento de un duelo no elaborado ante el golpe de ver rotas o limitadas sus expectativas con respecto a lo soñado con respecto a su niña o niño.

Atenuar esas angustias, esas vivencias negativas ligadas al sufrimiento derivado de la dificultad surgida en el inicio de la vida del niño o niña es nuestro objetivo, para que familia y niño o niña puedan poner en marcha una dinámica de construcción de recursos autónomos de re-aseguración ante los retos vitales.

Sobre Álvaro Beñarán Aranzabal. Formador de la ASEFOP, Miembro de LUZARO, Escuela de Psicomotricidad de la UNED de Bergara. Psicomotricista y Pedagogo. Colabora con Hik Hasi y Santo Tomas Lizeoa
Cómo citar: Álvaro Beñarán Aranzabal (2017). La atención temprana y la práctica psicomotriz. Cuadernos de Psicomotricidad, 53, pp. 7–10. Luzaro.
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