La acción del niño y la niña

Nº 47 · Mayo de 2014 · pp. 15–25

Resumen. Ponencia para las V Jornadas Pedagógicas de Vitoria-Gasteiz sobre la acción del niño y la niña como expresión de sus emociones y afectos. Analiza la relación entre acción, emoción y afectos, la maduración emocional y afectiva, la construcción de la realidad, el descentramiento respecto a las emociones y la adaptación, comunicación y relación; concluye que niños y niñas se construyen a través de sus acciones.

Expresión de emociones y afectos

(Ponencia para las V Jornadas Pedagógicas organizadas por el Ayto de Vitoria-Gasteiz, 22-23 Noviembre 2013)

La acción, la emoción y los afectos

Siguiendo la propuesta del título de la ponencia: “La acción del niño, expresión de sus emociones y afectos” me parece interesante recalcar los tres conceptos que ahí aparecen: ACCIÓN, EMOCIÓN Y AFECTOS, tres conceptos que están muy interrelacionados en todo lo que atañe al comportamiento del ser humano, y que en el niño/a, en su proceso de desarrollo, de crecimiento y de maduración se funden: son tres conceptos indisociables.

Por otro lado y sabiendo que el ámbito familiar, el sistema familiar, es el fundamental y más importante para el buen desarrollo de un niño y de una niña, voy a centrar esta intervención sobre todo en el ámbito educativo, que tiene también un valor muy importante y determinante, en ese tiempo de maduración y desarrollo.

En apoyar y favorecer un marco educativo, cuyo eje debe ser el de reconocer al niño/a globalmente en su reencuentro del cuerpo, del movimiento y de su significación afectiva. Favoreciendo la escucha, la comprensión y la aceptación del discurso multidireccional de las acciones del/la niño/a.

He incluido entre las características que creo debe tener un marco educativo, el concepto de ACEPTACIÓN, y lo hago porque hay comportamientos de los niños y de las niñas que a veces nos cuesta comprender: los niños muerden, cogen rabietas, tienen miedo a los monstruos, lloran cuando se les deja en colegio, rompen, tiran, golpean, tienen dificultad para seguir normas… comportamientos que pueden plantear un problema en la convivencia con ellos y que en la mayoría de los casos, la comprensión de cuál es su proceso de construcción nos ayudaría a verlos como parte de la expresión de sus malestares o bienestares inherentes al proceso de crecimiento en que se encuentran inmersos.

Es decir, un marco educativo que ACEPTA al niño/a en su forma de SER y sobre todo en su forma de HACER, incluso si su hacer es disfuncional. Además quisiera también remarcar los dos principios básicos sobre los que se apoya y se estructura este discurso.

Por un lado, la consideración de la identidad del ser humano como una globalidad, una sola realidad, una unidad psicosomática. El organismo humano comprendido y entendido como una unidad anatómica, funcional y psíquica. Para el niño cada contacto, cada movimiento y cada emoción, redunda en una explosión de actividad química y eléctrica en el cerebro, de manera que la interacción con el entorno también redunda en su desarrollo emocional y fisiológico.

Y un segundo principio, basado en la comprensión del niño como un ser en construcción, y por lo tanto, en constante evolución, desarrollo y crecimiento, una dinámica que se expresa y se comunica, se relaciona por la vía corporal y del movimiento. “[…] El movimiento es lo único que puede dar prueba de la vida psíquica, y la manifiesta por completo, al menos hasta el momento en que llega la palabra” (H. Wallon).

Ese YO que se construye es un yo corporal. Concepto ya definido por S. Freud. Un cuerpo continente de nuestro contenido psíquico. Un proceso madurativo, en el que, es a través de la acción como el niño construye su pensamiento, sus afectos, su relación con el entorno, se abre a LA COMUNICACIÓN, a la relación con los demás y con el entorno que le rodea.

Somos seres sociales, que nos construimos en la relación con los semejantes, y la conciencia de nuestra identidad es también una conciencia, biológica y psicológicamente social. Es decir es en esta dinámica de acción, relación y movimiento como se toma conciencia de las competencias, y como el YO se hace un Yo-COMPETENTE, y globalmente AUTÓNOMO. Lo que nos lleva a la fijación de otro de los principios sobre los que debería asentarse el marco educativo infantil, que sería la comprensión de que la maduración es previa al aprendizaje: El niño aprende porque hace y se mueve.

(Haciendo un inciso, quiero hacer una pequeña crítica a algo que sucede en el marco socio- familiar que lleva a la publicidad a valorar el juguete “que enseña”: “su niño con este juguete podrá aprender los números, inglés, palabras…”. Prisa por un aprendizaje, más que por el disfrute y la exploración individual). La construcción de la identidad es un proceso dinámico en el que interviene, por supuesto nuestro bagaje genético, pero de igual manera determinante, los factores de ambiente y aprendizaje.

Desde que el bebé nace, entra en una dinámica de relación y búsqueda de comunicación con su entorno, una dinámica que tiene una doble dirección, una reciprocidad, que va encaminada por un lado, hacia conocer el entorno que le rodea, y, por otro, es lo que le permite tomar conciencia cada vez mayor de sí mismo. Hay una interacción con el medio, con los demás, consigo mismo, que le lleva a descubrir y descubrirse.

Su acción, es una acción-transformación, es algo que va desde el interior al exterior y viceversa. El niño al actuar sobre el medio lo transforma, y ve que lo transforma, y a su vez es transformado, lo que le estimula a seguir explorando, buscando, descubriendo… en definitiva a ir conociendo y conociéndose.

La acción es una representación del propio niño, una auto-representación de sí mismo, a diferentes niveles: el niño es y está en sus acciones. Un niño que tiene el placer de actuar y de transformar, está ya en un acto de pensamiento, el placer de hacer es el placer de pensar. La formación de las primeras estructuras psicológicas. El desarrollo de la inteligencia, del lenguaje, de la personalidad se construye a partir de las experiencias corporales. En el niño pequeño la acción que este tiene sobre el mundo exterior es ya pensamiento.

Pensar significa tener conceptos: un niño que está en sus primeros años de vida, anda por el suelo, conquista desplazamientos, con sus actividades, con sus juegos, está pensando… cuando juega con los otros, con los objetos, está pensando… pero piensa en acción… es un pensamiento que todavía no está distanciado de la acción, si no entra en acción no piensa.

Esto es algo que en el marco educativo infantil debería entenderse perfectamente: si el niño no actúa no piensa. Y va a pasar bastante tiempo para que el pensamiento no esté ligado a la acción.

A veces desde la escuela se les piden tareas que les exigen pensar sin entrar en la acción, y esto es un grave error, se va a construir un pensamiento que no tiene raíces.

La actividad más importante que se realiza durante la infancia, o que debería realizarse, es el JUEGO. La acción es lo que estructura la mente. El juego es el pensamiento en el niño. Factor de evolución y desarrollo.

Gran parte del proceso de aprendizaje de los mamíferos jóvenes, se realiza mediante el juego, donde estos experimentan con futuras conductas adultas como cazar y pelear. El juego también puede adoptar formas de exploración y exhibición frente al otro.

El ser humano es el único mamífero (por lo menos hasta donde se sabe) que no lleva inscrito en sus genes el límite de su aprendizaje, y por lo tanto el juego en el ser humano adquiere una importancia y una complejidad mucho más amplia y elaborada que en el resto de los mamíferos, superando la mera conquista de capacidades de adaptación al medio al que deben atenerse.

El juego es la actividad mediante la cual, y desde que somos niños, aprendemos a construirnos como personas y a hacernos más humanos, en la relación con los semejantes. El juego es el acto creativo del niño por excelencia. Acto creativo que hace referencia a la globalidad de la persona, no a la técnica o la destreza. De ahí la importancia de favorecer una maduración, que le dote de una buena base sobre la que después se puedan asentar e integrar los aprendizajes.

Lo que da valor y profundidad a esta actividad en el ser humano es su componente SIMBÓLICO. (Otra característica específicamente humana, de momento, aunque los estudios que se siguen realizando sobre algunos delfines y algunos simios, etc. podrían en el futuro hacernos cambiar esta afirmación. Pero de momento parece ser así).

Además de la percepción directa, por los sentidos, el hombre dispone de otro sistema de conocimiento indirecto, que hace posible la representación en su conciencia de una realidad ausente.

Mediante estas representaciones, el hombre puede enfrentarse con su entorno natural de una manera más “descargada”, evitando la compulsión que comporta la presencia directa.

Y es esa distancia crítica, la que le libera de estar atado al entorno, algo que no tiene ningún animal, y que le proporciona su característica “apertura” al mundo.

La idea de globalidad del individuo es importante tenerla en cuenta, superar la dicotomía entre alma y cuerpo, entre lo racional y lo imaginario. Lo simbólico nos permite representar imágenes, proyectarlas, recrearlas, concretizarlas, abrirnos a la capacidad de transformar y transformarnos.

La simbolización es una característica específicamente humana, la imaginación (la capacidad de crear, recrear y dinamizar imágenes) tiene una facultad gnoseológica y ontológica.

Por la simbolización, una cosa (objetividad) al entrar en relación con el ser humano se transforma, queda revestida de un sentimiento figurado, un símbolo que tiene un sentido personal (hay un fondo de construcción e historia afectiva, relacionados con la construcción del apego). Esto hace que no tengan la misma significación; unos símbolos para unas personas serán algo muy significativo y trascendente, y para otras no les dirá nada.

El simbolismo es constitutivo de un acuerdo o equilibrio entre los deseos imperativos del sujeto y las limitaciones del ambiente objetivo. Es decir, que esa construcción, esa creación y esa concreción de imágenes, ese proceso de acción con componentes simbólicos, es lo que desarrolla en el niño su imaginación; y la imaginación es algo fundamental para el desarrollo del ser humano, algo de lo que se beneficia todo el grupo, toda la sociedad.

Tanto como para reflexionar sobre que nada de lo que nos rodea existiría si alguien no lo hubiera imaginado antes, desde lo más material a lo más conceptual, y todos nos surtimos de las creaciones y del poder imaginativo de otros. Todo lo que existe alguien lo ha imaginado, incluso esta charla: nada en origen es mío, sus conceptos han sido creados, recreados, definidos, elaborados y desarrollados por otros autores a los que es justo rendir referencia. La lista sería larga, y aunque no haya citas directas de todos, es todo el discurso el que es producto de sus enseñanzas, de las de: S. FREUD – J.PIAGET – H.WALLON – D.WINNICOTT – B. CYRULNIK- B. AUCOUTURIER – L.S. VIGOTSKY- J.BOLWBY …y tantos y tantos otros , incluidos mis compañeros y compañeras de trabajo.

Esa capacidad creadora, ese desarrollo de la creatividad, se da a través del juego que es acción, y simultáneamente auto representación. En efecto, el juego es el único medio que tiene el niño para expresar sus contenidos psíquicos inconscientes, ligados a la presencia–ausencia, a la pérdida y el reencuentro, al aparecer y desaparecer.

El juego tiene pues, para el niño, una función de re-aseguramiento con respecto a todo lo que le preocupa, a la ausencia, al miedo, a la separación… una herramienta para elaborar sus angustias y que le proporciona la seguridad imprescindible para su evolución.

Es una actividad sin objetivos concretos, por el placer de hacer; sus funciones son favorecer el crecimiento y la adaptación. El juego como dinámica motivadora a la investigación del medio, establece los vínculos afectivos con lo que le rodea, establece las bases de la comunicación y le ayuda a ir comprendiendo la realidad: “…El juego como actividad creadora en el espacio y el tiempo” (Winnicott).

A partir de esta manera de hacer, las emociones del niño van a ser expresadas, conducidas, a través de la simbolización personal. Por tanto, es necesario saber que la simbolización es un proceso de reaseguración frente todo aquello que le preocupa, que desconoce y que le crea una cierta angustia.

Toda esta actividad es lo que le va a ayudar en su proceso de descentración. La descentración es tener la capacidad de entender el mundo independientemente de los propios parámetros afectivos, emocionales, pulsionales.

El/la niño/a va a integrar las emociones en imágenes, y progresivamente a ponerse a distancia de una cierta cantidad de emociones. El/la niño/a va a integrar esas emociones en imágenes hasta el lenguaje, y por lo tanto hasta distinguir entre lo que pertenece a él mismo, y lo que pertenece al mundo externo. Es decir, a través de las acciones, del juego, el niño va a ir recorriendo el itinerario que va del egocentrismo a la descentración, de la total subjetividad a la capacidad de objetivar.

El proceso de la descentración es la integración de las emociones en las imágenes. El resultado va a ser un cambio de mirada sobre el mundo exterior. Una transformación recíproca.

El placer de la acción es por una parte, un proceso de aseguramiento, puesto que la acción canaliza la impulsividad motriz a través del ritmo y la repetición, y por otra parte, cuando el niño actúa libremente, mantiene su atención, controla su movimiento y si los adultos significativos se interesan por lo que hace, él se sentirá entonces respetado y apreciado, y de esa manera tomará confianza en sí mismo, se sentirá competente. De ahí la importancia que tiene mirarle hacer.

Es importante que haga, pero que sea visto, mirado, y su hacer evolucionará y madurará en la mirada del otro.

Cuando el/la niño/a repite su acción, observa, compara, memoriza. Repitiendo su acción, piensa, sabe, imagina, anticipa… se trata pues, de un auténtico trabajo psicológico que le permite memorizar e integrar “representaciones”.

El/la niño/a tiene necesidad de actuar. Para pensar en relación con la realidad y su mundo interno, el niño tiene necesidad de vivir experiencias múltiples; es ahí donde la educación le ayudará a desenvolverse, también a evolucionar hasta poder llegar a salirse de la experiencia para poder también pensar sin actuar.

Es importante comprender que este recorrido, estos procesos de simbolización no son solamente un proceso racional e intelectual, sino también un proceso de expresión libre, en el que el niño pone el valor de su persona a través de los procesos de simbolización.

El pensamiento del niño va ir evolucionando hacia ser capaz de representar acciones, de asociarlas sin actuarlas, con el solo fin de que las acciones sean hechas , desechas, abandonadas, rehechas, sin efecto sobre el exterior. Entonces el niño piensa sin actuar, por el placer de pensar, y así también se va alejando del pensamiento mágico.

El mundo mágico del juego, en el que el niño es otro omnipotente, es un soñar despierto que le garantiza un sentimiento de seguridad emocional y psíquica frente a los avatares de la realidad y le permite alejarse de ciertas situaciones estresantes.

Si bien el juego libre y espontáneo tiene una función de re-aseguramiento simbólico, en su acceso a la comprensión de la realidad, tiene además una función de socialización; en efecto, por una parte las descargas emocionales en el transcurso del juego facilitan los intercambios entre los niños, y por otra parte es una prueba de que el niño integra los límites de la pulsionalidad e impulsividad motriz, permitiéndole acceder al “hacer como si” a “hacer simulación” de lo real: no arremete, sino que juega su agresividad destructiva.

El niño vive unas emociones básicas: el gozo, el miedo, la cólera, la tristeza y el disgusto, procedentes ciertamente de la historia evolutiva de las experiencias, con el fin de enfrentarse a las contingencias vitales.

El juego es un proceso de re-aseguramiento, que permite al niño, gracias al placer repetitivo asegurador, hacer un recorrido global hacia una maduración lo mas armónica posible.

Por lo tanto, podemos decir que el juego ayuda a armonizar el desarrollo global del niño a nivel de:

CAPACIDADES MOTRICES. Le estimula en la realización de acciones y su organización, desde las más elementales de gatear, correr, saltar, trepar… que son fundamentales para la adquisición de un buen equilibrio, agilidad, destreza, fuerza, orientación espacial… y su implicación en su organización sensorial. Es lo que H. Wallon define como “exploración jubilosa y apasionada, tendente a probar las funciones del niño en todas sus posibilidades”.

Maduración emocional y afectiva

Le ayuda a expresar y expresarse. La acción es la Ex–presión (exteriorizar lo que esta contenido, presionado) en su más extenso y global sentido, tanto a nivel consciente como inconsciente, a comunicar y comunicarse, a comprender las relaciones con los demás, los límites de su actuación, asumir ciertos niveles de frustración (la frustración estructurante, asociada al principio de realidad), distinguir sus preferencias… en definitiva a abrirse a las relaciones e ir comprendiéndolas. Freud lo define, de una manera poética y muy ajustada, como “El guardián del despertar”.

ADQUISICIÓN DE PARAMETROS COGNITIVOS DE LA REALIDAD. Le ayuda a situar sus acciones, a situarse en los parámetros de espacio y tiempo, coordenadas sobre las que se asienta la realidad. A través del juego descubre las características objetivas de los objetos en formas, medidas, tamaños… y le ayuda a la comprensión de sus funciones. Estas características del juego es lo que lleva a J. Piaget a afirmar que “jugar es inteligencia”.

Como actividad constructiva humana, el juego va cambiando con la edad, en función de sus inquietudes, de sus descubrimientos, de sus conquistas, de su evolución y desarrollo. Hay un recorrido evolutivo que va desde los juegos más motores y sensoriales, a juegos de carácter simbólico, asociados a su visión, imitación y comprensión de la realidad, que le llevan hasta los juegos de reglas. El juego es el que facilita la apropiación de las reglas y el acceso a la comprensión de las normas de la vida social a partir del séptimo año. El acceso al juego de reglas como algo que ayuda a la comprensión de lo social y los acuerdos.

Los niños tendrán más facilidad para resolver estos conflictos si antes han vivido con placer los juegos de re-aseguración profunda.

EL SENTIDO Y LA IMPORTANCIA DE LAS ACCIONES tendrían pues una triple vertiente:

  • Construcción de la realidad
  • Descentramiento respecto a sus emociones
  • Adaptación, comunicación y relación

Creo conveniente destacar que para que todo esto se produzca, y tenga un buen recorrido, es necesario la mirada del otro, sobre todo la mirada de los adultos significativos para él y ella. Su presencia cálida, y en ciertas ocasiones su firmeza, son necesarias para que se sienta seguro y para el mantenimiento de la función simbólica.

De esta manera el educador debe ayudar al niño a expresar sus emociones, a hablar de ellas, y a identificarlas…. Debe favorecer y permitir que el niño libere emociones, ya que si el niño debe reprimir siempre sus emociones, se encuentra al margen de sí, y el buscarse a sí mismo es algo que no conoce.

Las emociones enriquecen las capacidades representativas del niño en relación con su historia vivida. Haciendo un recorrido evolutivo de diferentes acciones, juegos que realizan los niños, podemos dar forma a los contenidos que se han ido exponiendo:

Los primeros juegos hacen referencia a un “reaseguramiento profundo” frente a su necesidad de ser y estar bien contenido y sostenido. Son “juegos de placer sensorio-motor” (caer, girar, balancearse, rodar….), “juegos de envoltura”… son juegos repetitivos, que estimulan la vivencia de la unidad del cuerpo, adquirida con más o menos fragilidad, durante el primer año de vida. La sensación de unificar el cuerpo es siempre fuente de bienestar y le da conciencia de su propia identidad.

Hay dos conquistas fundamentales que le permiten acceder armónicamente a su desarrollo, son: la MANIPULACIÓN, permitiendo un desarrollo de habilidades, así como permitiéndole el descubrimiento de características conceptuales de los objetos, desarrollo de acciones y relación; y el DESPLAZAMIENTO, mayor dominio de su corporalidad y una exploración y organización espacial. Conciencia de la unidad corporal.

El niño va a empezar a realizar acciones que le van a dar seguridad en su capacidad de intervenir sobre el exterior, son juegos de lanzar, de tirar, y más tarde de ir a por el objeto lanzado, juegos de golpear, de vaciar y poco a poco llenar…

Existen los “juegos de aparecer-desaparecer”; los “juegos de ser perseguido y atrapado y de escapar de la persecución”, y va a disfrutar con la persecución y el ser atrapado, le van a permitir vivir e integrar los conceptos de cerca y lejos instrumentalmente, pero sobre todo emocionalmente , porque le van a reasegurar con respecto a la pérdida del “otro”.

Los juegos de destrucción y construcción, de juntar y separar, de llenar y vaciar, le van a afirmar en la adquisición de los conceptos de dentro y fuera, lo del exterior y lo del interior y además, tienen como efecto el de reencontrar, de hacer reaparecer al otro y de hacerle desaparecer, simbólicamente con agresividad. A la vez el niño afirmará su poder de existir de forma independiente del otro. Lo mismo sucede con los juegos de esconderse y aparecer y desaparecer.

Es el gran momento de la separación, por lo que cómo se vivan estos procesos va a ir marcando su capacidad de adaptación e integración de las relaciones.

Este aspecto va a determinar su capacidad para desarrollar las dos grandes conquistas asociadas a su capacidad de exploración, a la capacidad de imaginar situaciones originales. Esto va a expresarse, además de por los juegos del esconderse y la persecución, con juegos de arrastres, de dominio y vinculación con los objetos, y por otro lado los “juegos de identificación con el agresor” que van a ayudar al niño a poner nombre, dar forma e identificar a ese agresor a través de la imágenes metafóricas de agresor.

Todos estos juegos, que son universales, y se encuentran en todas las culturas, van a reasegurar al niño sobre sus primeras formas de ser y situarse frente al mundo que le rodea y sus relaciones.

Posteriormente los juegos van a tener un componente más claramente simbólico, más cercano a la imitación de la realidad. B. Aucouturier los define como juegos de re-aseguración superficial, frente a los anteriores más de re-aseguración profunda.

Son juegos que van a permitir al niño acceder al “como si” a hacer “simulación de” lo real. Juegos que tienen entre otras funciones la de favorecer la socialización, porque, como ya he mencionado antes, por un lado las descargas emocionales en el transcurso del juego facilitan los intercambios entre los niños, y por otro lado es una prueba de que el niño va integrando los límites a su pulsionalidad. Esto le va a permitir acceder a ciertas normas, al desarrollo de roles y a la construcción de un discurso narrativo compartido.

Son juegos que van desde las relaciones duales a las de grupo, en los que el niño aprende a enfrentarse a los conflictos inherentes a las relaciones, establece vínculos afectivos definidos y personalizados. En definitiva, son juegos que le abren a la comunicación.

Por otro lado, el hecho de construir una narración implica la asimilación de ciertas normas que son las que dan sentido al juego, y que cada vez son más elaboradas. Y poder jugar dentro de ese marco que tiene un alto contenido subjetivo, sin embargo, le va a preparar para un buen acceso a los juegos de reglas objetivas.

En definitiva y a modo de conclusión, podemos decir que el niño y la niña se construyen a través de sus acciones que son las que a su vez les construyen. Es a través de la acción, del juego, como los niños acceden a una buena maduración. El marco educativo de educación infantil debe tener en cuenta este proceso, estimularlo, facilitarlo y sobre todo comprenderlo y acogerlo.

Cómo citar: Juan Cruz Polentinos (2014). La acción del niño y la niña. Cuadernos de Psicomotricidad, 47, pp. 15–25. Luzaro.
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