El gabinete Kiribil, de Bilbao, ha celebrado sus 20 años, muchas de las personas que trabajan en el centro han sido alumnado de nuestra Escuela Luzaro de la Uned de Bergara. Algunos asistimos a la fiesta que organizaron y al pedirles su colaboración con los escritos, tan interesantes, no dudaron en querer compartir este gran trabajo en el que desarrollan su vida laboral. Hemos tenido que decidirnos por algunos, por temas de espacio, pero pensamos que en otros números posteriores tendrán su momento, no ha sido fácil, con sumo respeto pensamos que éstos, que a continuación puedes leer, reflejan la experiencia y la metodología de su trabajo.
Muchas felicidades y nuestro más sincero agradecimiento.
Presentación del acto con Montse Bilbao Hola a todos y bienvenidos
La idea de esta Jornada viene dada por el gran deseo de celebrar y compartir con todos vosotros la travesía de los 20 años de Kiribil
Nuestros comienzos se remontan a julio de 1994 cuando Luis Meléndez, entonces profesor de la Escuela de Psicomotricidad de Bergara, nos pasó el testigo de su centro en Bilbao y nos contactó a Jabi Laburu, a Marisa Angulo y a mí, fue así como surgió el primer equipo de Kiribil y en septiembre de ese año abrimos las puertas a lo que llegara.
Desde este empezar de cero nos pusimos a caminar uniendo nuestros corazones, que se abren a tres objetivos fundamentales de la Práctica Psicomotriz de Bernard Aucouturier:
La comunicación , que Bernard la define como acoger y respetar lo más justamente posible nuestras demandas más profundas. Esto quería decir que podíamos hablar de todo lo que nos inquietaba, de lo que nos preocupaba, de los miedos, de las angustias y también de nuestras alegrías.
La creación destinada al otro. Kiribil no para de crear, de aportar, de dar para el otro.
El pensamiento , a la distanciación, que supone la capacidad de análisis y de síntesis. Al lado de nuestra gran emoción, base de nuestro crecer, también ha habido mucha reflexión, que nos aclaraba los caminos a recorrer.
A través de utilizar constantemente estos tres objetivos, tanto en la sala con los niños como con nosotros tres, el equipo se fue consolidando y enriqueciendo.
Todo era nuevo, el espacio, el tiempo, el lenguaje, los objetos y nosotros mismos en relación. Estos son los parámetros de observación de una sesión de Psicomotricidad y así empezamos nosotros con ese vértigo, con mariposas en la barriga, así deben sentirse las familias y los niños que acuden a Kiribil. Está bien ponernos en sus pellejos porque no es nada fácil llegar a un espacio nuevo, con un lenguaje la mayoría de las veces muy diferente al que están acostumbrados a oír y unos objetos e individuos desconocidos.
La máquina se puso a funcionar y de esos inicios llegamos a estos días donde somos 11 los profesionales que conformamos Kiribil y en total en su historia 15 personas han conformado esta manera nuestra de acompañar a los niños y las niñas.
La filosofía de Kiribil desde los inicios hasta ahora y, creo que es el sustento que nos hace seguir creciendo y enriqueciéndonos como personas y a la vez como profesionales, ha sido cuidarnos mucho los unos a los otros.
Nos cuidamos porque seguimos comunicándonos, nos decimos, nos mostramos y en suma nos respetamos cual somos y tengo que decir que somos muy diversos y eso lo hace todavía más rico.
En este crecimiento aparecen también desajustes, porque en esta diversidad no siempre hemos acertado en entendernos, pero siempre hemos podido encontrar reflexiones y conclusiones positivas para todos. Las crisis, como decimos a los padres, son importantes en el desarrollo y crecimiento del individuo y en Kiribil también las hemos tenido, pero seguimos adelante con mucha ilusión.
Quiero acabar con un concepto africano tradicional, os preguntaréis por qué, sería muy largo de contar pero he estado en contacto con Charity, mujer sabia, sudafricana, que trajo a mí este concepto “UBUNTU”: Una persona con ubuntu es abierta y está disponible para los demás, está segura de sí misma porque sabe que pertenece a una comunidad, incluso a una gran totalidad.
Una persona es una persona a causa de los demás, yo soy porque nosotros somos.
Cuando escuché esto conecté con esta jornada, con la responsabilidad de dar algo a la comunidad para ir mejorando y sobre todo con los niños que pierden el ubuntu, porque se sienten que no pertenecen, que no se les reconoce.
Cuando esto ocurre se pone a la persona que ha perdido el ubuntu en el centro para ir diciéndole todo lo que tiene de bueno, todas sus competencias…, para que recupere el ubuntu y así es el trabajo que se hace en Kiribil, tanto entre nosotros, como equipo, en nuestros momentos de supervisión y en el día a día, como con los niños, recordando a las familias, a los profesionales de la educación, de la salud y de lo social, que desde la discapacidad, desde el síntoma, desde el no, nadie recupera el Ubuntu, y este entender al niño desde su potencialidad es algo que está en la base en Kiribil.
YO SOY PORQUE NOSOTROS SOMOS
Jon Ramos
Vínculo y apego. Necesidades de los niño/as.
Nacemos desnudos, muertos de miedo ante lo desconocido. Hasta ese momento permanecíamos en un lugar plácido, caliente, acogedor, seguro. Nuestras necesidades de nutrición eran satisfechas a través del cordón umbilical y nuestro cuerpo flotaba a la misma temperatura todo el tiempo. Algún pequeño movimiento de ajuste en ese medio privilegiado y a seguir creciendo. Nos sentíamos protegidos y tranquilos.
En un momento todo cambia. Se abren las compuertas de la vida y nuestro frágil cuerpecillo todavía en construcción se enfrenta al roce escalofriante de todo lo que existe en nuestra piel. El aire, las sabanas, las gasas… Cualquier elemento se convierte en agresor, en distorsionador de la paz de la que venimos. La luz, los sonidos, todo es desconocido y duele. Ya no nos acordamos, fue hace tanto tiempo, ¿o sí? La vida en sus primeros momentos es caótica, un vendaval de estímulos incomprensibles. Pasamos de la paz al caos en minutos. Nuestro cuerpo parece que se rompe en mil pedazos. El hambre aparece y las sensaciones asociadas a él deben de ser angustiosas.
A veces cuando llevo una mañana sin comer, el ánimo se me vuelve del revés. No quiero ni imaginar las sensaciones en el cuerpo del bebé, la incomprensión, la angustia…. El aire en los pulmones debe de ser otra experiencia impresionante, rompedora. ¿Y oír tu propia voz, tu lloro que proviene de no se sabe de dónde? ¿Y las voces de los otros…? Las manos, unas frías, otras calientes, y ¿dónde las estoy notando? No sé lo que es un pie, no sé lo que es mi pie que me lo tocan con cariño y yo lo siento a kilómetros de distancia….
¿De qué herramientas echamos mano para sobrevivir en este aparente y real caos?
De los instintos, los instintos…
De esos movimientos involuntarios que se ponen en marcha ante según qué estímulos. Son básicos, sencillos… Llorar, gritar, sacudirnos, encogernos, sobresaltarnos…, todos están genéticamente programados y se activan automáticamente, sin nuestro control.
Algunos de ellos sólo tienen un único objetivo: llamar la atención de quien nos va a cuidar. Avisarle de que la angustia nos puede, de que el vacio nos absorbe, pedir ayuda… Gritar, llorar… Es un grito desgarrado confiando en que la vida nos cuidará. Y cuando esa persona aparece mágica y nos da calor, nos habla con palabras de amor, nos abriga la desesperación, nos recompone en uno los miles de trocitos en los que se ha descompuesto nuestro frágil cuerpo, nos da de comer, comida caliente que llena un estómago que duele infinito de hambre…, en ese momento en que aparece la persona madre, nos enganchamos a ella con desesperada complacencia y nos apegamos de una vez por todas y para siempre.
Confiados como enamorados primerizos nos entregamos absolutos, enteros y sin defensas. Apegarnos nos salva de la locura. Apegarse es lo que sólo un bebé desvalido puede hacer para no morir. Apegarse es vincularse desde la necesidad más absoluta.
Y si la persona madre encargada de cuidar a ese bebé sintoniza con las necesidades de éste y las satisface suficientemente bien (recordemos que la perfección no existe, sólo es un concepto) el nuevo ser en formación podrá hacer un proceso de desarrollo cognitivo, emocional, físico y social. Sólo desde ese cuidado, sentido como mágico e incondicional, podrá organizarse psíquicamente.
Para saber que se ha cumplido el objetivo de salvación ante esa angustia, aparece la sonrisa del bebé, el saludo de placer, las gracias por estar ahí. El bebé nos da señales que también los adultos podemos interpretar instintivamente. No hay que pensar demasiado.
Y el bebé se construye de manera infinita hasta la muerte entre esas situaciones extremas de dolor y de placer. De esa forma básica de relacionarnos con el mundo surgirá todo lo demás. Del negro y el blanco surgirán los infinitos grises que nos hacen humanos… y los infinitos colores de la relación social….
El apego sólo lo puede hacer el bebé desde ese desvalimiento absoluto. El apego pertenece exclusivamente al bebé.
Y la capacidad de vincularnos posteriormente con la vida, de establecer relaciones emocionales con el mundo y sus personas, deviene indefectiblemente de haber sido correspondida nuestra necesidad de apego.
Como decía Bowlby, desde la cuna hasta la tumba, somos más felices cuando la vida está organizada como una serie de excursiones largas o cortas desde la base segura provista por nuestras figuras de apego.
Cuando trabajamos con niños en la sala tratamos de establecer un vínculo de seguridad con ellos, de manera que puedan expresar sus angustias de soledad a través del juego, que nos puedan decir desde la confianza cómo se reaseguran cuando sienten angustia, cuando sienten miedo, cuando se sienten solos. Que nos puedan decir cómo han ido construyendo esos trucos personales y mágicos, para que cuando los ponen en marcha recuerden esa primera sensación mágica de seguridad ante la angustia de soledad.
En Kiribil creemos firmemente en la necesidad de cubrir todas las necesidades de los niños en todo momento, siempre que lo demanden y distinguiéndolas de lo que parece que demandan. Sabiendo distinguirlas también de nuestras propias necesidades. Sólo un niño satisfecho, lleno, tranquilo y seguro, puede crecer satisfecho, lleno, tranquilo y seguro. E invitamos de continuo a los padres y las madres a observar con tranquilidad a los niños y acudir siempre que demanden atención.
Rosana De la Fuente
Sobre el sistema de actitudes o… ¿Hacemos un trato?
En esta travesía que es Kiribil, seguimos profundizando en lo que el RESPETO y la ACEPTACIÓN son para nosotros. Dos conceptos que aparecen en nuestro discurso y que, en cada momento del camino que nos sentamos a reflexionar, se nos vuelven hacia nosotros, nos miran y nos interrogan. Confrontan nuestro hacer, nuestro sentir y nuestro pensar y nos comprometen a una forma de SER y ESTAR en la sala con los niños y las niñas y también en el despacho con los padres.
Esto se concreta en lo que nosotros llamamos nuestro sistema de actitudes que tiene que ver con la escucha, la confianza en el otro, la disponibilidad, el permiso para ser, el no juicio, el ajuste, la espera… o dicho de otro modo, nos compromete a mirarles con un gran SI; sí puedes, sí sabes, lo que haces, sientes y piensas está acertado. Y hemos elegido este sistema de actitudes porque otros antes de nosotros comprobaron, y nosotros lo vemos en nuestra práctica diaria, que para que los niños y las niñas desplieguen todas sus potencialidades y se abran a nuevas posibilidades, necesitan de un ambiente seguro y de confianza, necesitan que les miremos en competencia y les demos permiso para actuar y para ser.
Además de estas razones, hay otra todavía más importante y comprometida y es que hacemos un trato. Me parece que lo primero que escuchan los niños y las niñas de nosotros es que éste es un espacio para jugar, y que hay una condición, una ley, y es que no nos podemos hacer daño, ni “tu a mí, ni yo a ti”. Con los padres hacemos un contrato y con los niños y las niñas este trato: aquí JUGAR SI Y DAÑO NO. Mirar a un niño o una niña en lo que no puede hacer, en sus dificultades, en lo que todavía no ha logrado… es debilitarle, ponerle más piedras en el camino, hacerle dependiente y ponérselo más difícil, si cabe. Y esto es una forma de hacer daño, más sutil y velada, pero hacer daño.
Como decía al principio, nuestro rumbo se dirige hacia el respeto, la aceptación y la confianza, pero pasa que nos desajustamos y también pasa que aprendimos a reparar.
Como hacemos un trato y somos de palabra y sobre todo de cuerpo. Les decimos sin palabras: “Yo te reconozco en todo lo que has logrado, miro las competencias que SÍ tienes y confío en que lograrás crecer en globalidad y armonía, y durante este tramo del camino yo os acompaño a tus padres y a ti”. Así que… ¿hacemos un trato?
Jabi Laburu
Aunque mi pretensión es vivir el aquí y el ahora, y el ahora es disfrutar de vosotros, compañeros y amigos…, en estos momentos quiero echar una mirada hacia atrás…
Cuando pienso en realidad qué he estado haciendo yo todo este tiempo de caminar en compañía de niños, lo primero sería reconocer el intento de repararme, de tomar consciencia del efecto autoterapéutico que he vivido en mis relaciones con los niños, de observar las emociones que surgían, la ansiedad, las pretensiones continuas, los prejuicios, la falta de escucha verdadera, la pereza, la impulsividad, de conocer mis monstruos…
Para explicarme siempre necesito ir a la práctica con los niños…
Tanto en el aspecto terapéutico como educativo he intentado crear un ambiente de seguridad que me permitiera (mejor decir “nos”), que nos permitiera acompañar(nos) y ayudar(nos) en nuestro particular proceso de simbolización. Un ambiente de seguridad en el que el niño fuera respetado y aceptado en el estado en que se encontrara…
En mis primeros años me encontré con una niña que estuvo llorando durante sus primeras 5 sesiones…, en estas sesiones solo le oí decir ama, ama, ama…, entonces no se trabajaba con los aitas dentro de la sala, vamos aprendiendo… En la sexta sesión, invadido de tanta incomprensión, con mis pretensiones de ayudarla que se iban por los suelos y mi narcisismo tambaleándose…, mi impulsividad me salvó, vacié con gran estruendo las dos cajas de maderas, el lloro cesó de golpe…, y yo, otra vez impulsivamente y con la poca seguridad que me quedaba, le dije: “Vale, está bien, nos vamos, pero antes vamos a recoger las maderas…”. Ella vino rápidamente y poco a poco fuimos metiendo las maderas en las cajas…, no lloraba y su tonicidad estaba cambiando, también su gesto… Esta acción de vaciado y llenado se repitió durante muchas de las siguientes sesiones y fue el comienzo de una preciosa relación de 4 años con esta niña…
Sabemos que la acción de llenar calma porque el niño consigue simbolizar la vuelta del objeto querido y perdido… Esta fue su primera acción terapéutica conmigo…
De la misma forma debemos observar que mi acción impulsiva, vaciar las cajas, tenía el mismo objetivo, expresar el no ser-no estar para la niña…, calmar mi ansiedad, el vaciar-separar-hacer desaparecer simbolizaba mi abandono…, esta fue mi primera acción auto-terapéutica con aquella niña…
Este proceso de estar más seguros conducía inevitablemente a una necesidad de expresar con la acción y el movimiento todas esas acciones que llamamos de reaseguración profunda, una necesidad de representarse a sí mismo…, repetir unas acciones que, vividas en placer, nos ayudan a que nuestro yo corporal esté en mejor sintonía con lo que está fuera de él… Y nos ayudamos jugando con el placer sensoriomotor… Aquí me viene al recuerdo un niño paralítico cerebral con el que pasé más de 4 años de relación y con el que viví con gran intensidad todo eso que llamamos el placer sensoriomotor, di más saltos y más carreras que en mis primeros 10 años de vida…
Esa seguridad también, inevitablemente, llevaba a los niños a necesitar saber, entender cómo funcionan las cosas, comprender el mundo, o sea una necesidad de expresar “lo otro”… Aquel otro niño con el que también durante 4 años disfruté de su relación y con el que pasé 2 años, sesión tras sesión, jugando a los bomberos…, ya han pasado los años…, ahora este niño tiene abiertas las puertas del parque de bomberos de su pueblo de par en par…, estoy convencido de que aquella repetición de acciones tan placentera de conocer “lo otro” fue un buen curriculum para seducir a todo el cuerpo de bomberos del parque de su pueblo…
Estos dos niños tan diferentes también me enseñaron que mis pretensiones estaban equivocadas…, los objetivos que me pedía mi intelecto no debían ser que el uno pudiera ser autónomo motrizmente ni que el otro consiguiera tener un entendimiento que tendiera a “lo normal”, sino que lo vivido en esa relación semana tras semana tenía que ser el objetivo en sí, que en el proceso estuviera el resultado…, que el camino fuera la meta, y que el placer de la acción, tanto del cuerpo como de la relación, sería el camino…
La acción como proceso terapéutico de los dos contendientes en el juego…, la acción emocionante como el suceso más auténtico entre el niño y el adulto que le acompaña.
Quería expresaros esta reflexión porque quiero ahora reconocerme paciente de los niños que me traían para ayudar…, niños que me ayudaron a expresar mis fantasmas y a simbolizarlos.
Y quiero acabar con aquella frase de un niño de 4 años en un grupo educativo, un niño con un hacer un tanto inhibido y con pocas capacidades de dominio, le costaba mucho hablar, expresar…, me agarra del pantalón antes de acabar la sesión… y me dice “esto me hace bien”…
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