Creo que era Borges el que comentaba que, en la vejez, la desdicha no necesita de cultivo; pero, sin embargo, de joven, la cultivó con denuedo. En fin, no creo que los jóvenes actuales la cultiven, lo que sí parece cierto es que, buena parte de los que tratan con ellos, la sufren. Educadores, madres, padres, abuelas y abuelos, etc., se quejan de la omnipresencia juvenil con términos como “maleducados”, “egocéntricos”, etc.; que “se nos van de las manos”, o que “no podemos con ellos”.
Estos últimos 30 ó 40 años, aparte de transcurrir fugaces, han supuesto una majestuosa transformación, tanto social (interrelaciones y costumbres), como científica y tecnológica. Han dado al traste con esa relativa “estructura equilibrada” sobre la que se asentaban dichas relaciones y costumbres.
En los años sesenta (¡ay, los 60!) la publicidad, la moda, la cultura más popular (música, cine), la universidad, incluso, parte de la política, pusieron en “solfa” ese relativo equilibrio y elevaron al Olimpo a la juventud; pasó a ser el centro del mundo (rico, por supuesto). Todas las personas quisieron ser jóvenes; y desde entonces buena parte del imaginario colectivo ha ido alimentando el sueño de instalarse en el “edén de Efebo”.
Pero crecer forma parte del ser y del vivir; como “el río antes de llegar a la mar”. Así lo mandan las leyes más poderosas del tiempo y de la vida, si no queremos quedarnos en la burbuja de Peter Pan.
En esos años (todavía colea), como la autoridad era autoritaria (en gran medida), la echaron fuera del edén y, con aquélla, a toda autoridad; y el paraíso quedó huérfano de una necesaria autoridad moral que de-limitara y diera referencias. A esto se sumó consumo, televisión y noche, apenas, sin límites.
Fueron sintiendo el peso de la complejidad de la vida, de la responsabilidad de elegir y sus consecuencias. Y pararon su reloj sobre la ilusión de que el río no llegaría nunca a la mar.
Y en ese campo congelado parece haberse desarrollado, también, desde entonces hasta ahora, cierto sentir, prendado por la fábrica de los deseos (publicidad) y cautivo de la cárcel del tener; sin saber diferenciar el eco del colega de la voz de la sabiduría; confundiendo la paciencia con el aburrimiento o la autonomía con el desarraigo; implantando la dictadura de la inmediatez; en muchos casos, ignorando (arrogancia y prepotencia del quiero “aquí y ahora”) las consecuencias de la trasgresión de la norma democrática o consensuada por la comunidad; etc.
Pero el duende del tiempo es insaciable y, como el río, no cesa. Suele dejar las cosas en su lugar. Es decir, a la juventud en su complejo equilibrio y preñada de simiente que renueva junto a la sabiduría popular. A la autoridad moral, es decir, no arbitraria, firme y honesta que debe decidir bajo los criterios legales y consensuados, ayudando a sostener los necesarios equilibrios del complejo social. A la libertad en un campo sin puertas, pero con los límites necesarios para que se dé la libertad de todos.
En fin, ¿habría Borges, hoy joven, cultivado la desdicha? Difícil e intrascendente respuesta.
Salud.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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