Integración de afectos. Integración sensorial

Nº 39 · Junio de 2010 · pp. 16–17

Resumen. Relaciona la integración sensorial con las primeras experiencias afectivas del bebé y la calidad de los cuidados recibidos. Plantea que la envoltura propia se construye en el vínculo temprano y que la integración parte de la unión de los afectos.

Si mencionamos el tema de las integraciones nos referimos a un todo con sus partes, a un todo integrado que funciona a la vez dentro de unos parámetros que permiten la eficacia de la acción.

Pero esta eficacia, en el caso de la Integración Sensorial, se remite a nuestros primeros momentos de vida, a nuestras primeras sensaciones, a nuestras primeras emociones.

Todo empieza cuando somos concebidos y llevados durante 9 meses aproximadamente en el vientre de nuestra madre. El bebé “siente” los movimientos del cuerpo de la madre, su respiración, los latidos de su corazón, el sonido de su voz, los sonidos externos; además ocurren una gran cantidad de estímulos sensoriales y el niño responde con la acción, con el movimiento, y entonces la madre siente “las pataditas”, o movimientos bruscos, cuando ella habla en tono de voz específico o se queda quieto cuando ella está triste, etc. Todo esto es una antesala para los futuros movimientos del bebé durante su primer año de vida; es así como está motivado para gatear, arrastrarse, caminar, coger objetos, entre otras cosas.

Desde que el bebé nace, la madre intenta satisfacer las cambiantes necesidades de su bebé y le permite a éste tener una línea de vida, relativamente ininterrumpida; le permite también vivir estados de no integración y sosiego, confiado en un sostén real, acompañado de fases de integración que son parte de la tendencia de crecimiento heredada por el bebé.

El bebé pasa fácilmente de situaciones de integración a situaciones de no integración y la acumulación de estas experiencias conforma un modelo y establece una base para las expectativas del bebé. El bebé llega a creer en la seguridad y fiabilidad de los procesos internos que conducen a la integración, en una unidad.

El bebé, gracias a las acciones de transformación que le procura el objeto externo, va incorporando un conjunto perceptivo sensomotor que es el resultado de la calidad de los cuidados que recibe: lo incorpora como envoltura externa olfativa, sonora, visual, táctil, cinestésica, postural, y llega a ser una envoltura propia. La cobertura externa se hace envoltura propia y le permite sentirse recubierto de manera continua. Anzieu (1993).

Pero ¿qué sucede cuando no se genera una cobertura externa que parta desde el cuidado y el placer de ser cuidado, del placer de ser sostenido y mirado desde el afecto? O ¿qué sucede cuando el objeto externo no está lo suficientemente preparado para sostener y atender desde el placer de ser atendido?

Es aquí, en este inicio de nuestra vida, donde se juegan nuestros vínculos, nuestra manera de relacionarnos, de integrarnos, de existir y estar donde nos corresponde.

Y es que la envoltura propia, la de cada uno en particular, nos envuelve y resguarda, nos permite integrar e integrarnos en un otro.

Entonces cuando hablamos de una integración sensorial, nos remitimos a los afectos de esta sensorialidad, a los placeres y displaceres que ha vivido nuestro ser, a las huellas o a los engramas que se quedan registrados en nuestro cuerpo y que son expresados por nuestros sentidos, nuestros gestos, posturas, lenguaje, movimientos, respiración, etc.

Hoy en día vemos distintas situaciones en la que las niñas y niños pequeños hacen uso de sus sentidos de manera recurrente, porque es así como saben que “existen”, que son escuchados y mirados por otros; aún no han podido conectar sus sentidos a la emoción, a su propia envoltura, a su parte más interna. Cuando este vínculo temprano con el objeto-madre se reactualice, se repare, se sostenga, estos niños podrán ir conectando poco a poco con su parte más profunda, se podrán ir integrando en sí mismos con sus habilidades y dificultades.

La integración parte de la unión y no de la separación de afectos, de la interiorización de experiencias placenteras, vividas en su totalidad.

Para terminar este pequeño artículo, quiero compartir un poema muy ilustrativo de Paul Beaudiquey, que aparece en el libro “Los fantasmas de acción y la práctica psicomotriz Aucouturier”, escrito por Bernard Aucouturier:

Si nadie nunca nos hubiera tocado, seríamos paralíticos. Si nadie nunca nos hubiera hablado, seríamos mudos. Si nadie nunca nos hubiera sonreído –y mirado–, seríamos ciegos. Si nadie nunca nos hubiera amado, no seríamos nadie.

Sobre Melissa Valdivia. Melissa Valdivia es maestra especializada en Educación por el Arte. También es psicomotricista y terapeuta psicomotriz y como tal trabaja con niños y niñas con dificultades y con sus familias, así como generando espacios de encuentro con maestras y profesionales del cuidado de niños pequeños.
Cómo citar: Melissa Valdivia (2010). Integración de afectos. Integración sensorial. Cuadernos de Psicomotricidad, 39, pp. 16–17. Luzaro.
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