Tengo entendido que en tu práctica médica tratas de tener una perspectiva global.
Para resolver cualquier problema, sea de salud o de otro tema, necesitamos primero entenderlo y para ello necesitamos tener una visión completa, ver la situación en todas sus dimensiones. Terminando los estudios de medicina me influenció mucho una escuela llamada “Higiene Vital”, que explica la enfermedad como consecuencia de la suma y acúmulo de agresiones diversas. Frente a la tendencia convencional de dar tratamientos sintomáticos y parciales, esta tendencia apuesta por atender a la persona enferma de forma global y radical. Trata de ir a la raíz, a la causa de la causa y combatir todos los factores causales.
La Organización Mundial de la Salud trata de definir la salud como “bienestar físico, mental y social”. Yo creo que el malestar también forma parte de la salud. El malestar puede ser un lenguaje del cuerpo, una queja o un aviso de que algo marcha mal, una llamada a la reflexión e, incluso, un proceso curativo. Si ingieres un alimento en malas condiciones, tu organismo para defenderse causará vómitos y diarreas para expulsarlo cuanto antes, lo cual no es nada agradable. Si estabas acostumbrado a intoxicar tu sistema nervioso con sustancias “psicoactivas” (cafeína, alcohol, nicotina, THC, cocaína, heroína, etc.), al dejarlo el proceso de desintoxicación te puede causar malestares pasajeros saludables: dolor de cabeza, irritabilidad, temblores, alteración del sueño, pesadillas, estreñimiento, diarrea, ardor de estómago, catarro, debilidad, etc. Esto también tiene que ver con la visión global: el malestar y el bienestar son formas de expresarse la fuerza vital en circunstancias diferentes.
La OMS acepta que en la salud influyen factores físicos (el frío, el calor, el alimento, el ejercicio, el reposo, etc.); factores mentales (lo que pensamos, sentimos, imaginamos, etc.), y los factores sociales (cómo nos relacionamos los humanos, y aquí también podríamos incluir el cómo nos relacionamos con el resto de la Naturaleza). Y todos estos factores no están aislados unos de otros. Por ejemplo: Vivo en una sociedad que necesita de la amenaza del paro, para explotar mejor a la clase trabajadora. Eso me causa tal inseguridad e inquietud que me impide dormir bien, me hace dudar de si realmente soy valioso, pierdo la ilusión por todo, me alimento de lo primero que pillo, me apoltrono ante la tele y no paro de fumar. Al cabo de 10 años se me desarrolla un cáncer en la garganta. La salud es el resultado de complejas interacciones entre múltiples factores.
Otra consecuencia de la visión global es relacionar el pasado, el presente y el futuro. Puede que los factores causales no estén presentes en este momento y el trastorno sea un efecto retardado de agresiones ocurridas en el pasado. Una persona adulta sin ilusión, apática y con la autoestima por los suelos, puede ser consecuencia de una infancia desgraciada. Una vacuna contra la polio, elaborada con células de riñón de mono, y administrada entre 1950 y 1960, favoreció un tipo de cáncer de pulmón (mesotelioma) prácticamente incurable, detectado entre 10 y 20 años más tarde.
Más o menos sabemos el papel que juega el corazón, los pulmones, el estómago, etc. ¿Y qué papel juegan los sentimientos?
Todos los sentimientos que sentimos son nuestros amigos y tienen que ser bienvenidos, acogidos, aceptados y escuchados. Tal vez sean inexplicables en este momento, pero por algo surgen en nuestro interior. Los sentimientos nos ayudan a conocernos y comprendernos mejor. Tienen que ver con nuestra escala de valores, con nuestras creencias o con heridas psicológicas de nuestro pasado que están esperando a ser sanadas del todo. Por ejemplo, si fuimos ridiculizados de pequeños cuando nos tomaban la lección en clase delante de nuestros compañeros, tal vez ahora sintamos pánico a hablar en público. Tirando del hilo del sentimiento actual, tal vez consigamos quitarnos pesos de encima, que no nos han dejado ni nos dejan disfrutar de la vida.
No tenemos costumbre de aceptar lo que sentimos y tendemos a negarlo, sobre todo, algunos sentimientos que creemos que no deberíamos sentir: la furia, el odio, el enfado, el desánimo, el miedo, la envidia, los celos, la vergüenza, etc. ¿De dónde vendrá esta costumbre? Pues me imagino que desde pequeñitos se nos ha dicho que eso es malo, se nos ha ridiculizado, se nos ha puesto mala cara. Aún ahora de adultos es difícil hablar de lo que sentimos.
Los sentimientos están perseguidos. Cuando alguien dice tener envidia, siempre es de la sana. ¡Somos divinos! Hacemos como si fuéramos lo que creemos que deberíamos ser. Es importante crear espacios donde se nos anime y se nos favorezca la expresión de lo que sentimos.
Se dice que “no se ama lo que no se conoce”. Si negamos lo que sentimos, ni nos conocemos ni dejamos que nos conozcan. La incomunicación humana que tantos problemas nos causa, es debida, en gran parte, a que no sabemos expresar ni escuchar lo que sentimos. En lugar de reconocer que siento miedo o vergüenza decimos: “no me apetece”, “no me mola”, etc. En lugar de decir “estoy enfadado”, dejamos de hablar, damos un portazo o tratamos de hacerle daño a la persona que ha desencadenado mi enfado.
No aceptar lo que sentimos puede llevarnos a que un sentimiento que iba a ser pasajero se haga crónico y se haga dueño de nuestra vida. Los sentimientos están para sentirlos, para conocernos, para expresarlos; no para dejarnos llevar por ellos. Si expresamos lo que sentimos en un lugar y en un momento adecuado es más difícil que ellos condicionen nuestros comportamientos. Es muy interesante que de vez en cuando las personas que cuidáis a niños, os juntéis para compartir vuestras furias, desánimos y demás sentimientos desagradables. Por ejemplo, que recordéis juntos los momentos en que habéis tenido ganas de pegar a alguno de los niños y describir cómo lo hubieseis hecho. O si estás solo, al menos escribirlo en un papel o dibujar cómo te sientes. Sacándolo fuera, te entenderás mejor y tendrá menos fuerza en ti. Es muy humano sentir furia, ganas de dañar o de dañarse a sí mismo. En circunstancias difíciles, los humanos podemos llegar a sentirnos fatal, a tener sentimientos suicidas o asesinos. Si los ocultamos, es más probable que manipulen nuestro pensamiento y nuestro comportamiento.
¿Afecta a nuestro organismo lo que pensamos y sentimos?
Popularmente se usan expresiones que hablan de ello. Por ejemplo se dice “me cago de miedo”. Eso quiere decir que sentir miedo influye en mi intestino, lo pone en movimiento. El miedo al examen, hace que minutos antes, los servicios sanitarios estén muy solicitados por los alumnos, a quienes les entran ganas de vaciar intestino y vejiga. Un susto te puede dejar pálido, es decir, impedir la circulación sanguínea en la cara. Y al contrario, puedes ponerte rojo de vergüenza. El hecho de ver a una persona o su foto, o simplemente imaginársela, puede hacer que los genitales se llenen de sangre, se abulten, se pongan calientes y duros. En una ocasión tuve un enfrentamiento muy fuerte con una persona. De repente, sintió mucha furia y se echo sobre mí gritando que me mataría. Me asusté y sentí latidos cardiacos acelerados en mi estómago. Al día siguiente, mis heces eran negras como el galipote. Mi estómago había sangrado y la sangre digerida adquiere ese color. A eso se le llama “úlcera de estrés”.
Pensamientos y sentimientos están relacionados. El sentirnos mal suele tener que ver con lo que pensamos.
En unos apuntes que tú distribuías hace años, se usaba el concepto “adicción”. ¿Qué significa esto para ti y qué aplicación pueden tener estas consideraciones en la crianza?
Creo que te refieres a la traducción de un texto ilustrado de Ken Keyes titulado “¿Por qué no eres feliz?” Me sigue pareciendo una introducción a la salud mental práctica y amena. Ahora lo publica la editorial Obelisco, bajo el titulo “Cómo hacer que tu vida funcione”. Está basado en la “Terapia Racional-Emotiva”, que a su vez se inspira en los filósofos estoicos griegos. Hace más de 2000 años aquellos filósofos reflexionaban sobre la causa del sufrimiento mental. Habían observado que ante una misma circunstancia adversa, había personas que sufrían un poco y otras que sufrían muchísimo. Llegaron a la conclusión que el bienestar mental dependía más que de la circunstancia externa, de lo que cada uno piensa de ella. “Todo es según el color del cristal con que se mira” que diría Ramón de Campoamor.
Hay cierta manera de pensar que nos hace sufrir. Ken Keyes le llama “pensamiento exigente o adicción”. Adicción viene de “adictus” que quiere decir esclavo. Es algo semejante al término “dependencia”. Así como un esclavo está a merced de su amo, depende de él, la persona que sufre esta bajo el dominio de un pensamiento. Así como un buen tocadiscos puede sonar fatal si el disco está rayado, un buen cerebro puede también funcionar mal si los pensamientos no son adecuados.
Por ejemplo: Veo que el profesor me está mirando. Y empiezo a pensar: “Seguro que hice algo mal, como siempre”, “siempre hago las cosas mal, soy un fracasado”, “jamás voy a lograr nada”, “por inútil nunca voy a lograr el reconocimiento”, “si no me reconocen no me querrán”, “soy una mala persona, no merezco estar vivo”. ¿Cómo se sentirá esa persona cuando piensa así?
En los textos de la Terapia Racional-Emotiva, suelen citar los pensamientos exigentes más frecuentes que nos suelen hacer sentirnos mal. Uno de ellos es “Debo sentirme culpable, condenarme y castigarme por mis equivocaciones.” Tal vez sacamos estas conclusiones en la infancia, por cómo nos trataban los adultos cuando nos equivocamos. Recuerdo haber escuchado a gritos “¡para hacer mal las cosas mejor no las hagas!”. Cuando la realidad es que es muy frecuente que para terminar haciendo bien algo, primero tengamos que cometer torpezas. ¿Cómo aprendimos a hablar o a andar? Este tipo de pensamiento exigente hace que tengamos pánico a equivocarnos y nos paralicemos. Y también hace que nos cueste tanto reconocer que nos hemos equivocado y nos defendamos automáticamente de las críticas. Son pensamiento irreales (es inevitable equivocarse), irracionales e inútiles (sentirse culpable no sirve para equivocarse menos). La solución está en desenmascarar dichos pensamientos torcidos (suelen estar ocultos), discutirlos y buscar alternativas razonables. Frente a la exigencia, la preferencia; frente al “tengo que tener éxito siempre, si no me sentiré fatal”, “preferiría acertar, pero también puedo sacar buenas lecciones de las equivocaciones”. Estas formas de pensar exigentes, son muy necesarias para las sociedades competitivas y están muy promocionadas. Liberar nuestros cerebros de estos pensamientos es una forma de evitar que se transmitan a los niños que están a nuestro cuidado.
Cuando se habla de adicción, se suele pensar en la adicción a sustancias psicoactivas (“drogodependencia”). También podemos ser adictos a la televisión, a la comida, al trabajo, al deporte, al sexo, a las personas (“sin ti no puedo vivir”, “si no consigo que cierta persona me acompañe, me haga caso y me dé mimos, soy un desgraciado). Solemos confundir este tipo de comportamientos adictivos, con nuestras necesidades. Cuando nos sentimos mal, decimos: “necesito un trago” o “necesito un cigarro” o “necesito estar ocupado” o “necesito un tranquilizante”, etc. En realidad estos comportamientos son sucedáneos de nuestra auténtica necesidad de contacto íntimo. Al parecer los humanos tenemos mecanismos naturales de liberación de las tensiones que nos genera la vida cotidiana: el llanto, el grito, el temblor, el bostezo, la risa, las pataletas, etc. Y para que se pongan en marcha necesitamos de la mirada comprensiva de alguien que nos inspire suficiente confianza. Es por eso por lo que cuando un niño se hace daño, retiene su llanto hasta que encuentra a alguien de mucha confianza. Necesitamos de ese contacto íntimo para poder descargar los contratiempos. Supongo que en vuestros talleres de psicomotricidad, tratáis de crear ese clima de seguridad y confianza.
Socialmente no está muy bien vista la expresión emocional y llega un momento en que nosotros tampoco nos damos el permiso de descontrolarnos. Tantas veces hemos intentado desahogarnos y no hemos sido bien acogidos, que ya hemos perdido la esperanza de ser comprendidos. ¿Qué podemos hacer para aliviar nuestro malestar psíquico? Pues intentar no sentir, anestesiarnos con drogas, comida, trabajo, tele, etc.
A veces, este proceso comienza de recién nacido. Cuando aún no sabemos hablar, usamos el llanto para comunicar que tenemos hambre o que estamos sucios de nuestras orinas y heces. Pero también lloramos para desahogarnos de los sustos que nos llevamos en este mundo aún tan desconocido para nosotros. El llanto es una forma de contar lo mal que nos sentimos o nos hemos sentido días antes. Puede ocurrir que los que nos cuidan, cada vez que lloramos, nos den de comer creyendo que tenemos hambre o para que dejemos de molestar. Y es así como adquirimos ese reflejo condicionado: cada vez que nos sentimos mal, chupamos un cigarro o vamos a la nevera.
Los comportamientos adictivos son tapaderas que hemos usado para contener sentimientos desagradables, al no saber otra forma mejor de canalizarlos. Y debajo de esa tapadera hay un puchero de sentimientos hirviendo, esperando la mejor oportunidad para ser descargados.
¿Y qué tienes que decir del “llorar de alegría”?
No solemos tener en cuenta que el presente está comunicado con el pasado. Si en nuestro pasado hemos sufrido y no hemos descargado toda esa tensión que se generó, puede ocurrir que tengamos reacciones desproporcionadas a la situación presente. “Gato escaldado, hasta del agua fría huye”. Se dirá que somos muy sensibles. El hecho es que “llueve sobre mojado”. El presente te está recordando un dolor que no tuvo la oportunidad de ser liberado. Muchas veces nos sentimos mal y en consecuencia nos comportamos torpemente porque algún estímulo del presente nos ha revivido un momento angustioso del pasado.
Por otro lado, si alguien te muestra aprecio y cariño, puede ser que era lo que estabas necesitando para descargar el dolor generado por todas las veces que te despreciaron y te trataron duramente. Esto puede explicar que haya personas que al experimentar placer sexual, les sorprenda el llanto. El placer desencadena la descarga pendiente de momentos desagradables.
Los que cuidan de los niños se pueden quedar extrañados de que en mitad de un momento de gran felicidad el bebe o el niño rompa a llorar. La sabiduría de la mente ha llegado a la conclusión siguiente: “Ahora que todo me va bien y ahora que tengo toda la atención y cariño de las personas más importantes de mi vida, es mi oportunidad para contarles lo mal que me he sentido en el pasado y quitarme de encima estas tensiones”.
¿Qué podemos hacer para cuidar el cerebro de nuestros niños?
El sistema nervioso no está aislado del resto del cuerpo. La ciencia sabe desde hace tiempo las influencias reciprocas que existen entre las células nerviosas, las inmunes y las hormonales. El buen desarrollo neurológico de los niños, dependerán de muchos factores que interactúan entre sí. Del ejercicio, del sueño, de la alimentación adecuada, de las relaciones humanas respetuosas, de evitar que les entren muchas de las sustancias contaminantes que son neurotóxicas, etc.
Nuestro cerebro es mayor que el de nuestros parientes más cercanos (chimpancé, orangután y gorila). Por ello somos racionales y hablamos. Nuestro cerebro está compuesto principalmente de grasa y es muy rico en ácidos grasos esenciales. Por eso es muy importante cuidar la calidad de las grasas que consumimos. Hay que evitar los aceites refinados (presentes en bollerías, galletas, sopas, etc.) y margarinas, y consumir los aceites ricos en los ácidos grasos esenciales Omega 3 (presentes en la semilla de lino y en el pescado azul) y Omega 6 (presente en nueces, olivas y otras semillas oleaginosas, especialmente las de avena, borraja y onagra). Hay que tener en cuenta que los aceites no refinados se rancian enseguida en contacto con la luz, el aire y el calor, por lo que las semillas que los contienen tienes que guardarse a la fresca, en envases opacos y herméticos. Para el buen funcionamiento cerebral también son importantes la vitamina E (presente en los aceites sin refinar) y las vitaminas del grupo B (que con el refinado de los cereales desaparece).
Hay personas sensibles que se niegan a colaborar con la crueldad actual que supone la explotación agrícola y pesquera, por lo que deciden dejar de consumir carnes, pescados, lácteos y huevos. Una alimentación así puede resultar carente de la vitamina B12 o cobalamina, que es fundamental para el funcionamiento y desarrollo del sistema nervioso. Una dieta sin ningún producto animal puede no dar problemas hasta pasados dos o cuatro años, ya que el hígado dispone de un almacén de dicha vitamina. Los estudiosos del pasado humano sospechan que el crecimiento del cerebro, tuvo que ver con el momento en que nuestros antepasados empezaron a ingerir proteínas animales y que para que nuestro cerebro se desarrolle y funcione bien, necesita de un aporte regular de proteína animal; al menos, de lácteos y huevos. El cerebro humano no para de crecer hasta los 20 años, pero el crecimiento mas rápido ocurre en el útero materno y en los dos primeros años de vida. Este asunto es importante para las embarazadas y mujeres que amamantan. Se han detectado recién nacidos de mujeres vegetarianas y macrobióticas con trastornos en el sistema nervioso debido a la carencia de esta vitamina. Existen comprimidos sublinguales de vitamina B12 natural, que pueden evitar estos riesgos.
Cuéntanos algo sobre cómo la contaminación puede dañar el desarrollo neurológico de los niños.
En EE.UU. al parecer los trastornos del sistema nervioso infantil son cada vez más frecuentes. Un estudio realizado entre 1966 y 1997 muestra que la cantidad de niños autistas se duplicó durante ese periodo. Se calcula que alrededor de 12 millones de niños menores de 18 años (17%), sufre de una o más deficiencias del desarrollo neuronal, aprendizaje o comportamiento. Estudios realizados en animales y en seres humanos demuestran que una variedad de sustancias químicas, comúnmente encontradas en la industria y en los hogares, pueden contribuir a deficiencias en el desarrollo neuronal, el aprendizaje y la conducta. El plomo, el mercurio, el manganeso, la nicotina, el alcohol, dioxinas, PCBs (PoliClorados Bifenilos), insecticidas, flúor, aditivos alimenticios, etc.
Una gran cantidad de sustancias químicas neurotóxicas son liberadas en el ambiente cada año. De las 20 sustancias químicas liberadas en importantes cantidades en el ambiente, 14 son conocidas como neurotóxicos.
Tenemos muy poco conocimiento sobre el daño que pueden causar esa cantidad y variedad de sustancias contaminantes. A medida que se estudian, se descubre que son dañinas dosis cada vez más bajas. De la mayoría de sustancias que se liberan en el ambiente no han sido probadas su toxicidad en laboratorios, con animales o humanos. Y, aunque se hayan probado, el cerebro en crecimiento del feto o de un recién nacido es mucho más sensible que el de un adulto y es diferente al de un animal de laboratorio. Además, los estudios en laboratorio se hacen con una sola sustancia. En la realidad, el desarrollo neuronal de los niños está expuesto a muchos tóxicos a la vez, pudiendo interactuar y aumentar el efecto dañino o causar daños diferentes.
En un mundo contaminado, las sustancias contaminantes se acaban acumulando al final de la cadena alimenticia: en los animales carnívoros. Las agencias de salud del gobierno de los EE.UU., advierten de que los alimentos provenientes del mar (sobre todo los peces grandes que comen peces chicos) pueden dañar el sistema nervioso de un embrión en desarrollo, si el pescado contaminado con mercurio es consumido regularmente por la madre, porque atraviesa la placenta y aparece en la leche materna. En diez de esos estados se hacen anuncios en contra del consumo de atún enlatado para embarazadas y para los niños.
El origen de los contaminantes puede venir del mismo sistema sanitario. La incineración de los residuos hospitalarios es una fuente importante de contaminación de dioxinas y mercurio.
Antes de cumplir los dos años, cuando el cerebro humano es más vulnerable, los niños reciben fácilmente veintitrés dosis de ocho vacunas diferentes. Muchas de estas vacunas llevan en sus composición sustancias neurotóxicas como mercurio y aluminio.
La vacuna contra la hepatitis B, que recibe el bebé a las 24 horas de nacer, ha sido suspendida en las escuelas francesas porque, al parecer, a ciertas personas puede lesionarles el sistema nervioso. Dos personas que desarrollaron tras esta vacuna una esclerosis múltiple (parálisis progresiva), han tenido que ser indemnizadas por los laboratorios y más de mil personas han presentado denuncias.
En Inglaterra se ha creado un escándalo en torno a la vacuna triple vírica (sarampión, rubéola, paperas), que ha llegado hasta el parlamento. Unas 2.000 familias acusan a esta vacuna de haber causado el autismo de sus hijos. El neuropsicólogo británico Ken Aitkenm, uno de los mayores expertos en autismo, reconoce que algunos niños con sistema inmune vulnerable pueden reaccionar de forma inesperada a la vacuna y recomienda darla en tres fases.
Los textos médicos convencionales aceptan que las vacunas, en algunas raras ocasiones pueden causar lesiones en el sistema nervioso e, incluso, la muerte. Pero estos pocos casos podrían ser la punta del iceberg de otras lesiones nerviosas que pueden pasar desapercibidas y que a la larga causen trastornos en el desarrollo neuronal, el aprendizaje y el comportamiento.
En tu último libro das mucha importancia a la necesidad de estar bien informados y das muchas referencias bibliográficas, de organizaciones, de páginas web, etc. Danos algunas recomendaciones para quienes leemos Cuadernos de Psicomotricidad.
• Plataforma por los derechos del nacimiento: www.pangea.org/pdn
• Amamantamiento: www.lalecheleague.org
• www.primal.es
• “Cómo escuchar a bebés” (1999) de Patty Wipfler. Parents Leadership Institute (P.O. Box 50492. – Palo Alto, CA 94303. TEL: (650) 322-LEAD. E-mail: info@parentleaders.org www.parentleaders.org/articulos/ComoDarAtencionABebes.htm
• FABER, Adele, “Cómo hablar para que sus hijos escuchen, y cómo escuchar para que sus hijos le hablen”, Medici, Barcelona, 1997
• DOMAN, Glenn, “Qué hacer por su niño con lesion cerebral”, Diana, México, 1997
• Instituto para el logro del Potencial Humano: www.iahp.org
• www.vacunacionlibre.org
• URIARTE, Xavier, “Los peligros de las vacunas”, Atica, Barcelona, 2002.
• Asociación Argentina de Médicos por el Medio Ambiente, AAMMA: www.aamma.org E-mail: aamma@ciudad.com.ar Su página web contiene el artículo “Los niños contaminados” y la Declaración de la Conferencia de Bangkok, organizada por la OMS: “Un compromiso para promover la protección de la Salud Ambiental Infantil” (7 Marzo-2002). Publican el libro “En la línea de fuego: amenazas tóxicas para el desarrollo el niño”, un informe de Médicos por la Responsabilidad Social, de Boston.
Muchas gracias.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía, ilustraciones y dibujos infantiles que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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