Aquilino Polaino Lorente

Nº 29 · Junio de 2005 · pp. 22–29

Resumen. Entrevista de Miguel Ángel Domínguez Sevillano al catedrático de Psicopatología Aquilino Polaino sobre afectividad y educación: la educación sentimental, el papel de madre y padre, el apego y la autoestima, la terapia familiar, los indicios que piden ayuda psicológica, el estilo emocional de los padres, las nuevas tecnologías, los errores educativos, la comunicación entre padres e hijos, la crisis de la escuela y la importancia de conocerse a sí mismo.

Su amplio curriculum profesional nos insinúa la tarea de toda una vida dedicada al mundo de la psiquiatría y de la psicopatología, ¿qué le impulsó a ejercer este oficio?

Mis primeros pasos hacia la Psiquiatría surgieron en un paritorio. Siendo estudiante de Medicina había ganado por concurso-oposición una plaza de alumno interno en Ginecología y Obstetricia. Entonces, ayudaba durante muchas horas a las madres a que dieran a luz. En aquellas guardias de 24 horas observé el misterio de cada ser humano y cómo el modo en que se conducían las parturientas tenía mucho más que ver con la psicología que con la biología. Esto creo que fue lo que me decidió a “cambiar de rumbo” e introducirme en el ámbito de la especialidad de Psiquiatría. A pesar de que se sufre mucho en esta especialidad, le aseguro que no me he arrepentido, porque también son muchas las alegrías que uno vive en contacto con la persona doliente.

En alguna ocasión usted se ha manifestado en los siguientes términos: “la educación sentimental es una asignatura pendiente”. ¿Es posible educar los sentimientos?

Considero que se está hablando tal vez demasiado sobre este tema, en la sociedad “emotivista” en que vivimos. Sin embargo, sigue sin educarse en la afectividad. Hay preocupación por el tema, pero apenas ocupación. De hecho, la educación sentimental es ignorada por la mayoría de padres y educadores. Ignoran incluso que con el modo de tratar a los alumnos o a los hijos ya se está educando en la afectividad.

Los padres, además, educan a sus hijos en la afectividad en función de cómo se tratan entre sí, del modo en que padre y madre se manifiestan sus afectos, se respetan, discuten o no, etc. Por eso, sostengo que el niño tiene derecho a experimentar cómo sus padres se quieren y respetan. Hasta el punto de que este derecho habría de incluirse entre los Derechos del Niño.

Si los padres fueran conscientes de cómo sus relaciones condicionan la eclosión de la afectividad en sus respectivos hijos, es muy probable que mejorasen sus respectivos comportamientos. El afecto de los padres es el ámbito en donde se originan y acunan los primeros sentimientos infantiles, que tanto han de influir en los hijos, a lo largo y ancho de toda su vida.

También usted ha dicho que “la columna vertebral de la educación es la afectividad”. ¿Nos puede hablar de ello?

Con mucho gusto. Ningún profesor es capaz de llevar a cabo una enseñanza de calidad si no ama a sus alumnos. El “eros” pedagógico, la afectividad que el profesor pone en cada clase, de alguna forma, acaba haciendo que se implique y entregue a aquello que enseña y a las personas a las que enseña. Lo mismo sucede entre los alumnos. Por eso el respeto, la admiración y el afecto de los alumnos ante la autoridad de sus profesores suelen ser muy buenos compañeros de la motivación que guía y es necesaria para su aprendizaje. Cuanto más se quiere a una persona, mejor se le entiende y, por eso mismo, más se le atiende.

A su parecer, ¿qué importancia tienen las interacciones con la madre en el proceso de adquisición de la identidad del niño, en sus primeros meses de vida?

En el primer año de la vida infantil es de una importancia capital tanto las interacciones con la madre como con el padre. Los hijos necesitan de las relaciones con ambos. Entre otras cosas, porque la masculinidad y la feminidad no se identifican, como tampoco se contradicen, aunque sí que se complementan. El niño precisa para llegar a saber quién es él- de esa relación afectiva y efectiva, de la que dependerá el conocimiento de sí mismo, su desarrollo cognitivo, las habilidades sociales, es decir, su puesto en el mundo siendo la persona irrepetible que es.

¿No hay un yo sin un tú? ¿La identidad personal necesita de la alteridad?

El hecho diferencial que contradistingue al hombre y la mujer enriquece a ambos. El varón se encuentra a sí mismo y descubre dimensiones ignoradas de su forma de ser cuando se encuentra con la mujer. Del mismo modo le sucede a la mujer, que desvela parte de su yo en el modo en que éste reverbera en su encuentro con el varón. De hecho, se llega a la conciencia del yo, cuando la persona se encuentra con un “tú”, que ella no es.

De aquí que la identidad personal se configure más plenamente a través del conocimiento y encuentro con la alteridad. Esto pone de manifiesto que la persona humana está hecha para la libre “donación” de su ser a los otros, para salir de sí misma y entregarse a los otros. En esa donación a los otros es donde, precisamente, el yo se recupera y alcanza su mayor altura y densidad, la plenitud de su realización como tal.

¿Qué es el apego?

Se entiende por apego el vínculo que de forma innata se da, durante los primeros estadios del desarrollo, entre un niño y sus padres y/o figuras de apego. Este vínculo no es sólo de naturaleza afectiva, sino también perceptiva, cognitiva, motora, social, etc., con independencia de que sea muy grande su carga afectiva. La carencia de apego, como se ha demostrado hasta la saciedad, arruina el desarrollo infantil, hace más vulnerable al niño al padecimiento de muchas enfermedades, y puede condicionar gravemente su salud, hasta incluso precipitar su muerte. Estos hechos prueban la fragilidad y necesidad que la condición humana tiene de la ayuda, reconocimiento y estimación de los demás.

¿Se puede relacionar apego y autoestima?

El apego es el humus donde la autoestima hinca sus raíces. No hay autoestima sin apego. La autoestima es muchas veces una prolongación, singular y personalizada, del apego al que el niño estuvo expuesto. El proto-sentimiento, el primer sentimiento de cada ser humano, no surgió de forma espontánea, sino de modo reactivo ante el comportamiento del “otro”, ante la expresión de su afecto o de cualquier otra manifestación de cuidado, ayuda o protección. Esos sentimientos iniciales, en algunas personas, pueden configurar el tronco afectivo del que más tarde emergerán las mil y una expresiones afectivas que configuran el talante inédito y originario, característico de cada persona.

¿Qué objetivos fundamentales persigue la Terapia Familiar?

La Terapia Familiar tiene como objetivo principal ayudar a la familia en su travesía por la vida, especialmente en aquellos momentos en que surgen los conflictos entre los cónyuges o entre padres e hijos. La Terapia Familiar es hoy una necesidad irrenunciable, habida cuenta del incremento experimentado en separaciones y divorcios durante la última década.

Sería conveniente que ninguna pareja tomara la decisión de separarse o divorciarse, sin antes haber puesto todos los medios humanos necesarios para evitarlo, entre los que desde luego cabe destacar, en primer lugar, la Terapia Familiar. La fractura de la vertebración de la identidad de los hijos es algo tan grave como la quiebra y la pérdida de afecto entre los cónyuges que están en su origen. Éstas son las dianas en que, de forma preventiva o curativa, ha de impactar la Terapia Familiar.

Sin embargo, es conveniente que la Terapia Familiar no se prologue más allá de seis a nueve meses. Es decir, que los cónyuges han de ser preparados para que ellos solos afronten los naturales problemas y dificultades que acontecen en casi todas las familias a lo largo de su ciclo vital.

¿Qué indicios o “pistas” le hacen a usted pensar que un niño o un adolescente pueda necesitar de una ayuda psicológica?

Hay muchos y de muy diversa naturaleza. Entre los más frecuentes pueden citarse los que siguen:

Un súbito descenso en el rendimiento escolar o académico; un cambio de comportamiento que resulte injustificado o incomprensible; la pérdida de peso y la disminución de la ingesta en las chicas; el insomnio; la agresividad manifiesta en forma de crisis explosivas; el consumo excesivo de alcohol; la pérdida de ilusión y aprecio por lo que hasta ese momento le gustaba; el mutismo y la incomunicación en casa; el consumo o la sospecha de consumo de drogas; la pérdida de respeto a los padres; el absentismo escolar; la aparición de tristeza inmotivada; el agobio, las obsesiones y la manifestación de nuevas manías, que antes no existían; etc.

¿Sería correcto afirmar que en muchos trastornos psicopatológicos la autoestima del sujeto está disminuida?

Lo correcto —también por ser lo más frecuente- es sostener que esa afirmación es correcta. Es extraño encontrar algún proceso psicopatológico en el que la autoestima de quien lo padece no haya sufrido un descenso significativo. A ello hay que añadir algo en lo que casi nunca se repara: hay excesos de autoestima que surgen como una manifestación psicopatológica, casi siempre grave, con independencia de que su aparición sea súbita (en las crisis maniacas, por ejemplo) o de forma más larvada (como en el trastorno de la personalidad narcisista).

Por consiguiente, psicopatología y autoestima son dos conceptos que están muy relacionados entre sí, y a los que se debería dar una mayor atención en las exploraciones clínicas en el ámbito de la psicología.

En una reunión entre el terapeuta y la familia, ¿qué elementos le parecen fundamentales en el protocolo que se establece?

Hay muchos sectores y dimensiones de la convivencia conyugal y familiar que han de ser explorados en ese contexto. Por sólo referirme a los que en la actualidad cultural parecen ser más relevantes citaré aquí los siguientes: la comunicación verbal y gestual; la expresión de afectos; la aceptación de las demandas afectivas del otro; la acogida de las ilusiones, proyectos, alegrías y preocupaciones de los otros; el reparto de poder; el código normativo por el que se ha optado así como su concreta aplicación; el respeto o su ausencia por la familia de origen del otro cónyuge; el modo como se concilia la vida laboral y familiar; los valores y criterios que sirven de guía para la educación de los hijos; la forma en que se diseña el ocio y tiempo libre; etc. Conviene identificar y apresar dónde se asienta el conflicto principal, de manera que se pueda atacar frontalmente con la TF y encontrar una pronta solución.

¿El estilo emocional de los padres contribuye a modelar el estilo afectivo de los hijos?

En buena parte así es. Pero no todo debiera reducirse a sólo ello. Es conveniente tener presente también, por ejemplo, el temperamento que permanece y acompaña a la persona durante toda su vida. Pues, como decía Hipócrates, “tu temperamento es tu destino”. La configuración nerviosa y hormonal es algo programado por los genes y su modificación suele ser muy resistente a la acción de la mayoría de las terapias.

Pero una vez afirmado esto, hay que decir que el estilo emocional de los padres condiciona y puede llegar incluso a modelar -de forma relativamente intensa, consistente y estable- el estilo emocional en los hijos. En este punto es todavía muy poco lo que se ha avanzado. Ignoramos mucho más de lo que sabemos, sobre todo en lo que se refiere a las estrategias de educación que sean específicas y contribuyan a optimizar el desarrollo afectivo en los hijos y alumnos, de forma que se les ayude a sacar de sí la mejor persona posible.

Cuando los padres empiezan a observar rasgos en su hijo tales como falta de respeto a unas normas elementales de convivencia, revolverse con ira, vocabulario obsceno, adicción a los videojuegos, etc., ¿qué actitudes deberían mantener? ¿Sería conveniente que se revisaran ellos mismos?

Lo ideal es que esos comportamientos no lleguen a producirse o manifestarse nunca. Para ello es conveniente comenzar con la educación familiar desde el primer día de la vida de los hijos. Si cuando están en la temprana infancia los padres no actúan como deben, es muy difícil que al llegar la adolescencia puedan ayudarles en esto que tanto necesitan. Conviene aquí recordar a los padres y educadores aquel consejo de los clásicos: “Si ahora que puedes no quieres, luego querrás pero no podrás”.

Por cierto, ¿qué opina de la competencia que en materia de educación hacen a los padres y educadores, la televisión, el móvil, internet,…? ¿Se prepara la capacidad crítica de los niños para encontrar en estos medios de comunicación lo que vale la pena y lo que habría que desechar?

En modo alguno padres y profesores están preparados para la educación de los jóvenes en las nuevas tecnologías. No se olvide que muchos niños conocen y emplean mejor estos instrumentos -son mucho más hábiles- que muchos padres y profesores. El avance tecnológico experimentado ha sido y es tan rápido que ha encontrado a unos y otros desprevenidos.

De otra parte, la incorporación a esas tecnologías, en tanto que usuarios, se ha realizado de una forma mostrenca. Ha sido el procedimiento del “ensayo y error” el único principio que ha inspirado a muchos usuarios que, lamentablemente, no se han leído las instrucciones para el uso correcto del ordenador ni han cursado estudio alguno sobre este particular. Hay, pues, una falta de equilibrio entre generaciones en lo que respecta al uso de estos instrumentos, lo que puede condicionar, en algunos casos, la emergencia de auténticos errores pedagógicos de muy difícil solución. El empleo de estos instrumentos no forma en el espíritu crítico.

Enfrentarse a tanta información, sin el necesario espíritu crítico, ciega la inteligencia, genera confusión y acaba por sofocar la conciencia.

¿Podría esbozar brevemente lo que usted considera errores a evitar en el proceso educativo del niño?

Es más difícil saber lo que se debe hacer y cómo hacerlo, que lo que no hay que hacer. En este sentido, su pregunta es relativamente fácil. Considero que, infortunadamente, son errores educativos hoy muy frecuentes los siguientes: la excesiva permisividad; la indiferencia por los asuntos del otro; el pasotismo de los adultos; la incomunicación entre generaciones; las conductas incoherentes —entre lo que se piensa y se hace- de las personas mayores; la militancia en el escepticismo y relativismo; la confusión respecto de los valores por los que se ha optado; la entrega en los brazos del consumismo; la mala prensa que en la actualidad tiene la cultura del esfuerzo y de la vida; etc.

¿Y algunas reflexiones sobre lo que usted considera que es importante incidir para procurar un desarrollo más armónico del niño?

Los niños y jóvenes están hoy muy inseguros. El medio social en el que viven —y que tanto les influye- no les aporta el necesario marco de referencias, en el que inspirar sus propios comportamientos. El caos y la confusión constituyen hoy el caldo de cultivo en el que están inmersos, sin que sus padres y/o profesores logren hacer un poco de luz que alumbre sus trayectorias biográficas.

En una sociedad en que «todo vale”, lo que se está afirmando es que «nada vale nada”. Esto no es otra cosa que puro nihilismo. Es preciso, por eso, que el comportamiento adulto esté más cerca de ellos y sea también más creativo, consecuente, optimista, exigente, afirmativo, seguro, ejemplar, etc.

Los adultos —mal que nos pese- constituimos modelos con nuestros comportamientos que pueden servir o no para la inspiración, referencia a acompañamiento de los más jóvenes en las travesías de sus vidas. Y a esa obligación hemos de atenernos. He aquí otro incentivo más para fundamentar la autoexigencia, razonable y prudente, a la que hemos de atenernos, si de verdad se pretende que la siguiente generación sea todo lo feliz que deseamos.

Imagínese una situación de intento de comunicación entre un padre y su hijo. ¿Nos podría describir qué actitudes, tiempos, etc., son necesarios?

Según mi experiencia, para que pueda hablarse de que un hijo se ha comunicado verdaderamente con sus padres han de satisfacerse los siguientes criterios:

1.- No hablar casi siempre de lo mismo, es decir, de temas muy repetidos que sólo atañen a lo que al hijo se le exige.

2.- Aumentar su confianza y/o tratar de ganársela.

3.- Escuchar al hijo mucho (el 75% del tiempo), hablar poco el padre (el 15% del tiempo) y reflexionar sobre lo que se ha hablado (el 10% ha de ser tiempo de silencio y/o pausa).

4.- Introducir en la conversación temas positivos relacionados con aquellos rasgos en que objetivamente valen.

5.- Afirmarles en lo que valen, es decir, que el padre les valore y confirme en lo que ellos realmente valen.

6.- Fiarse por completo de lo que ellos digan y manifestarles que los padres tienen motivos para sentirse orgullosos de ellos.

7.- Contar con sus opiniones y ayudas para resolver los propios problemas.

En ocasiones, muchas, ¿no son los hijos el baúl de las frustraciones de los padres?

En algunos, en muy pocos casos, sí. Lo más frecuente, no obstante, no son esas objetivas frustraciones que los hijos generan en sus padres, sino la culpabilidad y la desdicha que queda en los padres, como un pesado fardo, por no haber sabido aprovechar mejor el tiempo con sus hijos, haber disfrutado más de ellos, haber contribuido más y mejor a su educación.

Esta experiencia pone de manifiesto algo que ya sabemos: la levedad del ser, la fragilidad de la condición humana y la seguridad de la muerte. Por eso, hay que aprovechar el escaso y breve tiempo que se convive con los hijos, exprimir cada día el tiempo junto a ellos como si fuera el último y quisiéramos dejar en ellos un recuerdo imborrable, el mejor recuerdo posible que les sea útil para ser felices. Cuando se procede así, los hijos son la corona y seguridad de los padres, su mayor triunfo cuando ancianos.

Algunos autores, entre ellos usted, han dicho que la escuela está en crisis. ¿A qué se refiere?

En mi opinión la escuela está en crisis porque a los profesores se les ha sustraído la autoridad que necesitan, además del reconocimiento social que su labor merece. De una parte, los padres omiten -cada vez con mayor frecuencia- su tarea de educadores, una tarea que en modo alguno es delegable, al mismo tiempo que no apoyan en modo suficiente a los profesores. De otra, el propio sistema educativo sufre los vaivenes de los cambios continuos, mientras el alumno es objeto de todos los derechos sin deber alguno. En consecuencia, es lógico que muchos profesores estén un poco desmotivados. Los profesores desmotivados desmotivan a sus alumnos y los alumnos no motivados desmotivan a sus profesores, en un perfecto y cerrado círculo. Para que la escuela comience a salir de esta crisis, es necesario corregir los anteriores errores.

Para terminar, ¿es necesario un cierto conocimiento personal para conducir el barco a buen puerto?

Lo propio y característico de la persona es conocerse a sí misma, es decir, un cierto “tener-se”, mediante el conocimiento, para poder atenerse a la conducción de sí misma y de sus respectivas circunstancias.

El clásico precepto griego de “conócete a ti mismo” hoy se ha olvidado. Este olvido sobre lo esencial, esta extraña amnesia dificulta, obstruye y sofoca la forja de la identidad personal. Y si cada alumno, cada hijo, no sabe qué responder a una sencilla e ingenua pregunta como la de “¿quién soy yo?”, ¿en virtud de qué principio puede exigírsele que sepa conducir su propia vida, de manera que dé alcance a su singular destino personal?

Muchas gracias.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre Aquilino Polaino Lorente. Entrevista efectuada por Miguel Ángel Domínguez Sevillano a Aquilino Polaino Lorente, Catedrático de Psicopatología y Director del Departamento de Psicología de la Universidad de San Pablo-CEU (Madrid).
Cómo citar: Aquilino Polaino Lorente (2005). Aquilino Polaino Lorente. Cuadernos de Psicomotricidad, 29, pp. 22–29. Luzaro.
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