Sí, una flor quiere a veces ser un brazo potente
Pero nunca veréis que un árbol quiera ser otra cosa
Un corazón de un hombre a veces resuena golpeando
Pero un árbol es sabio y plantado domina.
Vicente Aleixandre
Llegaron de lejos y miraban más allá. Anthropos estaba disponible, para sí mismo y para sus semejantes.
Había una mar, una luna. Había pájaros de sueños, aguas verdes que Heráclito quiso mostrar en perpetuo movimiento.
Pero ahí no existe Anthropos. El árbol cede, no combate. Él está muy lejos, no quiere dejarse ver. ¿Ha perdido? ¿O sólo espera pacientemente, mientras Thanatos cree derrotar a Eros sin problemas? ¿Por qué no se mueve Anthropos? ¿Por qué rechinan sus dientes de frío? ¿O es ira impregnada de tristeza?
Parece que todo vuela sin términos camino del Oriente. Transido de misterios allí donde no hay pájaros pero ruedan silencios. El no quiere, no, no quiere renunciar a tragar ese polvo, esa tierra aterida, el sueño mordido.
Amar es sólo olvidar la vida, cerrando los ojos, abriendo la oscuridad de un límite sin fronteras, una miseria reconfortante en la que hundirse sin final. Quiere vivir como la hierba, como la nieve acechante, una música del destino que llama a los que aman. ¿Nos ha traicionado el cosmos? Él, que con tanto anhelo construyó los siglos de las luces para observar en tan poco tiempo una inefable caída hacia la nada, un hundimiento sin esperanza, una mirada perdida en lejanías eternas.
Pero no puede ignorarse la presencia del que vive, del que está en medio de las hachas rizadas, mostrando un cuerpo transparente, húmedo y claro, lleno de sangre y de dolor. Implora al cosmos, porque Dios no existe, quiere creer, pero no puede, porque un sinfín de misterios envuelve con sus galas la noche oscura del titán, del Prometeo que quiere llevar el fuego y la luz de la esperanza y de los sueños.
Ahí no existe Anthropos porque altas miradas envuelven sus límites. Un sol que envía ondas de oro, un ramo de fuego que se alza en el combate del pensamiento, negándose a morir, convirtiendo el dolor en silencio y la muerte en amor. ¿Manda Thanatos? ¿O es otra ilusión? Y solo imaginamos la derrota. Quizás nada exista y nada sea fin. Quizás todo sea ilusión, incluida la derrota. Una victoria de una mano que no existe en la inmensidad del aire. Porque no hay una voz que clama, una profundidad sin noche en la que la vida se alza inmensa y Thanatos cede, finita vaguedad de una seca mirada.
Anthropos está lejos, demasiado lejos para ser cierta la verdad de la muerte. Grita en un corazón de silencio y espera. Una infinita tristeza en su mirada, preludio de esperanzas nuevas, un cielo derrumbado en noches de cristal.
Generosa luz de la inocencia en el pálido eco de la última estrella, un cristalino fulgor diciendo adiós a los hombres. En la suavidad de las laderas donde besa la luna, un mundo estremecido más allá de sí mismo. Eras tú, Anthropos, de nuevo escondido, pero llameante, lleno de fuerza, en una mirada de infinita ternura. La quietud de tu mirada, la dulce sonrisa intacta, sí, intacta. A pesar del soplo de la luz y el regocijo de la luna ferviente, ignorando su efímero destino.
Allí vivías, contemplando la tierra. Vigilando atentamente, donde nacían los gritos de la inocencia masacrada por el poder de la muerte. Allí estabas tú, viéndolo todo.
Ya lo sabía, porque te había visto. No podías engañarme. Solo esperabas. ¿Pero qué esperabas? ¿Cómo saber lo que espera el árbol fuerte y firme? ¿Cómo saber lo que piensa la inteligencia? ¿Cómo calcular la estrategia de la sensibilidad y saber lo que ocurre? No era Dios quién mandaba, eras tú, ¡Ah cruel y astuto encantador! ¡Cómo esperas hasta el final mientras todo muere! Para que no muera, para que siga viviendo, para que las lenguas de la inocencia marchita digan palabras entre tus ramas.
Anthropos del amor y de la consolación, fulgor de la Filosofía, paciente, atenta, expectante. Pero también astuta, plena de intrigas para proteger la flor que grita y se desconsuela sin inteligencia, sin pensamiento. El fin del mundo de la luz es principio de la mirada lánguida del más allá.
No, no es ahora cuando la noche va cayendo, vuestras frentes se hieren con los nacientes rayos de la vida, del amor, del silencio. Algo espera ahí, en el horizonte marchito de la luna naciente. Algo que muere para vivir, una resurrección del silencio, una mano que tiende su misterio.
No, no es la vida ni la materia la que muere, no es el amor, ni el silencio quienes abandonan las difusas miradas humanas. Es un sueño que nace, revive en la esperanza de recientes lunas tristes y nuevas estrellas lánguidas, al lado del árbol, de la fuerza, de lo que nunca muere. ¡Ah Anthropos, qué sueño tan hermoso nos has hecho vivir!
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye imágenes que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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