El psicomotricista como adulto maleable: la función del terapeuta en la evolución de las representaciones internas

Nº 55 · Junio de 2018 · pp. 9–16

Resumen. Mary Ángeles Cremades reflexiona sobre la terapia psicomotriz y los elementos que favorecen la evolución de las representaciones internas del niño, centrando la atención en el adulto y en su significado para el niño. Conceptualiza la metapsicología que sustenta su función en la sala.

Me propongo en este artículo hacer una reflexión sobre la terapia psicomotriz y los elementos que favorecen la evolución de las representaciones internas del niño.

Voy a centrar el foco especialmente sobre el adulto y el significado que “ese” adulto tiene para el niño, intentando conceptualizar la “metapsicología” que puede sustentar su función en la sala de psicomotricidad, sin olvidarnos en ningún momento del significado específico que la Sala, con mayúsculas, aporta a la tarea terapéutica.

El psicomotricista, más allá de la extraordinaria competencia que debe tener en el análisis de la acción del niño, debe entrar en la Sala provisto de un sistema de actitudes y un sistema de acción para el que ha sido cuidadosamente formado.

En la formación que impartimos en las escuelas de la Asefop dedicamos mucho tiempo a desarrollar aspectos relacionados con el sistema de actitudes que debe tener todo psicomotricista para su ejercicio profesional. Ponemos especial cuidado en desarrollar una escucha activa, una escucha que va más allá de las palabras, pues va orientada a una escucha tónicoemocional de las emociones que recogemos de los niños.

Trabajamos ampliamente todo lo que tiene que ver con la empatía tónica; concepto que se da por entendido como algo connatural al ser humano pero que en verdad no lo es, sino que hay que desarrollarlo a través de un trabajo personal sobre las propias emociones. Buscamos generar, una mirada comprensiva y compasiva del ser humano.

Comprensiva porque busca comprender el funcionamiento psicodinámico en base a una formación teórica; y compasiva en el sentido de acoger, de aceptar a cada uno tal cual es con toda su originalidad.

Trabajamos a su vez en la capacidad de descentrarnos de nosotros mismos para centrarnos en ese otro que son los niños. Para ello resulta fundamental el análisis de las resonancias tónico emocionales propias, que nos va a aportar cierta claridad sobre lo que la acción de los niños moviliza en nuestro interior a nivel tónico y a nivel emocional pues es el motor que va a poner en marcha una respuesta o una interacción concreta. Y ésta ¡debe ser ajustada!

Junto a esto, la Formación Personal, al movilizar la historia de nuestro inconsciente corporal, va desatando nudos, tensiones, cargas acumuladas, favoreciendo una mayor flexibilidad y armonía con nuestro propio cuerpo, indispensable para adquirir la máxima disponibilidad corporal hacia los niños.

Debemos desarrollar por otra parte todo lo que es del orden de la capacidad de contener y sostener. Esto nos permitirá ser capaces de sujetar situaciones, tanto sea aquellas sobrevenidas del propio juego del niño o aquellas vinculadas con el encuadre de la Ayuda, es decir, el horario, las características de la sala, el encuadre institucional, el compromiso, entre otros.

Evidentemente hay algo que se descubre o se redescubre en la formación que es la capacidad para volver a jugar. Redescubrir el placer de jugar es esencial a la hora de compartir el placer de estar con los niños ya que resultará complicado dedicarse a este trabajo si no tenemos la capacidad de jugar. Recuperar la capacidad de juego nos mantiene activos y entusiastas, porque el placer de jugar es algo que no deberíamos perder nunca.

Todo ello asentado sobre la base de una sólida formación teórica, permite al psicomotricista adquirir un sistema de actitudes y un sistema de acción con el que entrar a la Sala a trabajar.

Se ha hablado mucho del sistema de actitudes pero, sin embargo, creo que desde el ámbito de la psicomotricidad se ha reflexionado menos sobre el sistema de acción y aún menos sobre la función del terapeuta en psicomotricidad que realiza un trabajo original, muy expuesto en lo personal, de consecuencias muy satisfactorias, pero no sé si suficientemente conceptualizadas a nivel psicológico.

En el día de hoy quería traer como elemento de reflexión el concepto de “medium maleable” propuesto por Marion Milner, psicoanalista inglesa que se interesó fundamentalmente por el campo del arteterapia. Primero se interesó por el arte, y luego se adentró en el campo psicoanalítico donde reflexionó sobre el medio artístico como elemento para la cura. Aportó este concepto de medium maleable, que luego fue desarrollado en mayor profundidad por René Roussillon (1), sobre el que me propongo reflexionar en relación a la función que tenemos nosotros como terapeutas en psicomotricidad.

El medium maleable tal como luego lo redefinió René Roussillon lo entendemos como el objeto transicional del proceso de representación.

Marion Milner se interesó por la creación artística, por ejemplo a partir del barro, la arcilla, o la pintura. Creía que este tipo de materiales eran muy interesantes a la hora de pensar la evolución de las personas en terapia. Ambos eran materiales moldeables, maleables, que se podían transformar infinitamente y que tenían unas características concretas particulares que permitían la evolución de sus pacientes…

El medium sería considerado entonces como una sustancia intermediaria a través de la cual las impresiones se transfieren a los sentidos, se hacen palpables y por tanto sería un mediador entre el pensamiento y la sensorialidad.

Se refiere conjuntamente a la materialidad de la estructura de ese medium y a la dimensión transferencial en la cual se va a mover ese médium.

Si nosotros tuviéramos que referirlo a la terapia psicomotriz, podríamos pensar que la dimensión transferencial haría referencia a la transferencia que el sujeto realiza sobre todo el encuadre de la terapia, con dos vertientes indisociables, una primera sobre la sala de psicomotricidad con todo lo que ella incluye, es decir, el espacio, los materiales, etc; y una segunda más específica referida al terapeuta que allí actúa.

De hecho se suele dar una identificación por parte del niño, del terapeuta con el lugar, es decir con el espacio y con lo que allí se desarrolla, y esto es significativo ya que está en la base de la movilización interna que va a facilitar la intervención; por ejemplo, muchos niños al referirse al tratamiento dicen: “voy a Mary Ángeles”.

Intentaremos por consiguiente establecer algún tipo de similitud entre el concepto desarrollado por Roussillon y la terapia psicomotriz, con el fin de entender mejor los efectos psicológicos de la intervención.

René Roussillon definió las características que debería tener ese medium maleable o material a partir del cual las personas podían evolucionar o construirse. Entre ellas destaca:

• Indestructibilidad.

• Extrema sensibilidad.

• Transformación indefinida.

• Disponibilidad incondicional.

• Vida propia.

A continuación desarrollaré cada una de estas características teniendo siempre presente que todas ellas son interdependientes, el considerarlas como conjunto es lo que hace que un determinado medium sea maleable.

En primer lugar hablaremos del concepto de indestructibilidad. Para poder hablar de medium maleable, el material al que hacemos referencia debe poder ser indestructible en su estructura o esencia. Debe poder sobrevivir a pesar de lo mucho que se actúe sobre él desde el exterior. Podrá ser alcanzado, golpeado, machacado, lanzado o modificado en su forma, pero siempre debe sobrevivir. La destructibilidad puede ser ejercida sin restricción y sin destrucción.

En segundo término tiene que tener una sensibilidad extrema, es decir, que debe ser sensible a lo que actúa sobre él pero sin alterarse. Por tanto no altera su naturaleza pero se muestra extremadamente sensible a cualquier variación cuantitativa de lo que se ejerce sobre ese material o medium.

En tercer lugar destacaremos que este medium maleable debe ser capaz de una transformación indefinida, pudiendo adoptar diversas y variadas formas. El ejemplo más común en el que podemos pensar es el de la arcilla, ya que esta puede ser transformada infinitamente sin verse alterada o destruida por esa transformación. Siempre seguirá siendo arcilla por mucho que cambie de forma y aunque su transformación sea para siempre, nunca deja tener su originalidad, su propia estructura.

Por otra parte diremos que el medium tiene que estar disponible incondicionalmente, es decir que la experiencia de “transformación indefinida” es complementaria a esta otra, ya que solamente se puede transformar indefinidamente aquello que se encuentra siempre disponible.

Por último diremos que el medium debe tener vida propia, animación propia. Este concepto remite al carácter vivo del medium maleable, y aunque se trata de una sustancia inanimada es necesario que el sujeto lo considere como una sustancia viva en donde proyectar una animación.

La conclusión que extrae R.Roussillon del papel del medium maleable a la hora de ser útil en un encuadre terapéutico es que, resulta fundamental para el nacimiento de la conciencia de sí mismo y de los límites del yo. También es útil para desarrollar la capacidad de concentrarse (porque hay que trabajar sobre un material), es esencial como objeto de la pulsión de dominio, como atenuador de la angustia de separación y diferenciación siendo en muchos de estos puntos coincidente con Winnicott.

Leer estas líneas de Roussillon nos coloca directamente frente a la mayoría de las problemáticas madurativas de los niños de hoy en día, por lo que no podía dejarme indiferente a la hora de intentar extraer una reflexión sobre nuestro trabajo terapéutico. En general podemos ver que los niños que nos llegan a terapia (aunque no solamente ellos) han tenido una dosis de angustia mayor a la asumible y por lo tanto tienen dificultades para la construcción de su propia unidad corporal, o para establecer los límites del yo, pues muchas veces, caso de tenerlos, el continente psíquico es tan frágil, tan vulnerable que la contaminación entre mundo interno y externo es permanente y perturbadora con todas las consecuencias a nivel del comportamiento que de ahí se derivan. Serían niños con déficits en sus representaciones internas, y es por ello que pensé que una reflexión sobre el medium maleable podía ayudarnos en este punto.

Cualquier terapeuta que esté leyendo este artículo tiene la experiencia de haber visto evolucionar las representaciones gráficas de los niños/as que son el reflejo de la evolución de sus propias representaciones internas.

¿Qué es lo que se ha movilizado en el mundo interno del niño para que sus producciones se vean transformadas de manera a veces extraordinariamente llamativa? ¿Qué tiene que ver el psicomotricista en ello?

Retomando las características del medium maleable descritas por R.Roussillon, podemos intentar reflexionar acerca de si esas mismas características son aplicables al psicomotricista y su trabajo terapéutico.

En primer lugar me referiré brevemente a ese lugar en el que todo es posible que es la Sala. ¿Qué hay más maleable que los cojines de gomaespuma? Son indestructibles, extremadamente sensibles, pueden tener vida propia y se puede descargar cualquier exceso pulsional sobre ellos, siendo su transformación infinita. Pueden servir para construir una casa o representar un tiburón, un caballo o un coche, favoreciendo por ende el cambio en las representaciones. No nos olvidemos que la definición inicial de medium maleable nos decía que era el intermediario en la representación, y nosotros trabajamos en todo momento favoreciendo la construcción por parte del niño de representaciones internas (de sí mismos y también del mundo). Por tanto nos encontramos con un todo, la sala, que también es transformable, indestructible, está siempre disponible…., que con sus materiales y el psicomotricista incluido, da sensorialidad, materialidad a las representaciones antes de que estas sean propiamente representaciones. Y este vendría a ser el punto esencial sobre el que estamos trabajando. Junto a esta primera dimensión tenemos de manera capital al terapeuta.

Porque la Sala es ese lugar en el que nada es del todo lo que es sino lo que significa; ese lugar de transformaciones mutuas, en el que el niño/a entra de una manera y sale de otra sin que para el niño exista una explicación clara, por lo que a veces puede parecer “mágico”, aunque no lo es; ese lugar en el que, como decía Saint Exupery “lo esencial es invisible a los ojos” pero se muestra ante lo que aparece ante nuestra mirada, esa mirada del terapeuta que lo significa. Y por eso, porque existe un terapeuta que lo lee, actúa e interactúa a partir de sus resonancias tónicos emocionales, ese lugar es diferente.

¿Podemos hablar de médium maleable en el caso del terapeuta en psicomotricidad?

Si retomamos el discurso de Roussillon en cuanto a las características del mismo, la primera de ellas, la “indestructibilidad”, podemos ver que esta cualidad sería aplicable al psicomotricista debido a que este puede transformarse pero jamás podrá ser destruido; por ello puede ser recipiente y recibir todos los deseos de destrucción del niño, quién por otra parte debe sentirlo como un ser indestructible al igual que el encuadre.

Los niños tienen el deseo de venir a la sala a estar con nosotros y eso debe también mantenerse y permanecer indestructible. El psicomotricista puede ser destruido simbólicamente pero siempre sobrevive por más descargas pulsionales, por más dominio que el niño pueda ejercer sobre él, siempre estará ahí, indestructible, aceptando cualquier forma de destrucción que pueda venir. Por ejemplo, puede haber juegos simbólicos de destrucción cuando se juega a la lucha y el terapeuta muere, y este es un ejemplo sencillo de visualizar.

Resulta más difícil de identificar estos aspectos en niños más sutiles que te dicen en cada momento lo que debes hacer, ejerciendo el dominio absoluto sobre ti, obligándote a asumir una cierta sumisión o incluso una total obediencia, y durante algún tiempo hay que jugar ese papel hasta que pueda empezar a introducir modificaciones que permitan al niño transformar su dominio y aceptar al otro como sujeto y no tratarlo como prolongación de sí mismo. Ese control absoluto que el niño puede querer ejercer no hace destructible al terapeuta sino indestructible, ya que al final, a pesar de su aparente destrucción como sujeto, va a seguir ahí como tal, disponible para nuevas acciones. Otro ejemplo que podemos traer es el de esos niños que llegan insultando, rebeldes, lanzando cosas, con una rabia que en absoluto está simbolizada pero que es justamente el hecho de que seamos indestructibles lo que les genera perplejidad, ya que a pesar de toda la destructibilidad que puedan aplicar sobre el terapeuta, saben que al día siguiente va a estar disponible para él, con la misma calidad, con la misma acogida, con la misma sonrisa de siempre. Generamos entonces una transformación a través del juego y/o de las palabras que utilizamos, ya que la cualidad de ser indestructibles no solo debe asociarse a morir cuando nos matan en un juego simbólico, sino que va unido no solo a un montón de actitudes, sino a maneras de actuar que permiten recoger toda una gama de comportamientos y manifestaciones destructivas del niño para permitir su transformación.

La “sensibilidad extrema” es una cualidad que puede parecer contraria a la “indestructibilidad” pues asociamos ésta a una imagen de fortaleza. La sensibilidad, comúnmente va asociada a algo más dúctil, reactivo que nos hace movilizar algo interno con facilidad. Esta cualidad remite al psicomotricista en la sala a ser extremadamente sensible a cualquier variación tónica o corporal por parte del niño.

A veces cuando un niño llega, según le vemos entrar por la puerta pensamos: “este niño hoy viene distinto, ¿qué le habrá pasado?”. Tan solo con verlos hay algo de los niños que nos impacta y es precisamente el ser tan sensibles a estas variaciones expresivas, tónicas, gestuales, a lo que el niño hace o siente, lo que nos hace ser un “material” muy adaptable. La sensibilidad extrema nos permite resonar ante la angustia de los niños pero también nos permite dejarnos moldear ante lo que el niño necesita, nos acoplamos a lo que este va mostrándonos, a sus aristas y a sus redondeces pudiendo acoplar a ello también nuestra intervención. A partir de ahí vamos a saber cuándo hay que ser más suaves, más maternales o acogedores o cuando hay que ser más firmes, y todo eso es también sensibilidad extrema.

Por tanto, podríamos pensar que estas dos cualidades antes descritas podrían aplicarse a nuestra intervención.

La transformación indefinida en cambio, puede darnos un poco más que pensar. El cuerpo del psicomotricista no cambia, es siempre el mismo, cada uno con su corporeidad, con su estatura, su estilo personal y único de ser. Lo que sí cambia es lo que el niño proyecta sobre él, lo que percibe de nosotros. Siendo entonces esa adaptación permanente en nuestras acciones e interacciones lo que podría generar que seamos objeto de transformaciones indefinidas para el niño. Cambia lo que el niño proyecta y esa respuesta permanente, dinámica, que se va adaptando, que abarca desde la sumisión a la omnipotencia infantil, hasta el ajuste maternante más fino, o a la autoridad estructurante más firme, hace del psicomotricista un objeto de transformación indefinida que propicia la expresión de la angustia, su transformación y la construcción de un psiquismo más sólido.

Tenemos por último un adulto disponible incondicionalmente, es decir; un adulto disponible corporal, emocional y mentalmente. Son tres niveles que me gusta siempre señalar ya que tenemos que tener esa disponibilidad emocional para estar descentrados hacia lo que nos trae el niño ese día, siendo también fundamental el tener una disponibilidad mental. ¿Cuántas veces nos pasa, porque somos humanos, que ese día tenemos temas personales en nuestra mente y resulta que al final del día las cosas no salen igual que el día que estamos verdaderamente disponibles y abiertos al niño?

Para finalizar pensaremos acerca de la cualidad de tener animación propia, algo que parece ser la característica menos discutible ya que todos tenemos vida. El terapeuta existe por sí mismo más allá de todas las proyecciones, transferencias y demás elementos que nos pueda atribuir o colocar el niño encima. Es necesario que el terapeuta tenga vida propia: que tenga esa manera suya, original y personal de existir frente al niño, porque es la condición indispensable para que el niño pueda construirse delante de un otro. Aquí no es solo la animación que el niño nos atribuye, sino que esa vida propia es parte fundamental de lo que va a ser nuestro trabajo en la sala.

Habiendo dicho todo esto podemos pensar que el psicomotricista en la terapia, potenciado por un encuadre que suma en este sentido, aproxima su función a la de un medium maleable aunando las características necesarias para que el niño se construya. En dicho proceso de construcción va a ir cambiando la representación que tiene de sí mismo, de su mundo interno y del mundo exterior. Este proceso le va a permitir ir construyendo un “yo” con unos límites más firmes, de forma que el mundo interno y externo no se contaminen tanto, pudiendo entonces dejar de vivir el medio externo como persecutorio o amenazador. De igual manera, al conformar un continente psíquico más sólido la angustia de separación y diferenciación se va a atenuar, pues va a poder conservar en su interior representaciones estables, lo que le va a permitir acceder a un estado de seguridad y calma afectiva indispensable para un desarrollo saludable.

De igual manera que ejerciendo su pulsión de dominio en un contexto desculpabilizador, en el que la transformación de las sensaciones vividas a través de la relación terapéutica que metapsicológicamente tiene funciones de medium maleable, permite el acceso a la simbolización y en consecuencia a la transformación de sus representaciones internas que al final es el objetivo de toda terapia.

Por último no puedo por menos que dedicar unas palabras a ese adulto maleable, disponible, sensible, a lo que esta profesión tan vital, que desarrollamos en un espacio sin duda excepcional, aporta al terapeuta que pasa horas y horas de sesión produciendo encuentros únicos y significativos con cada niño que entra en la Sala. Tras muchos años de profesión, muchas horas de Sala, y de supervisiones, creo que puedo decir sin temor a equivocarme demasiado, que el adulto también encuentra en la Sala un lugar de existencia único, exigente, pero único a nivel de la vivencia de sí mismo.

Hacemos una terapia de acción, en unas condiciones extremadamente expuestas como personas, que no pueden no dejar huella en nuestro cuerpo y nuestras emociones, conformando una experiencia de vida excepcional. Los seres humanos somos seres de acción por lo que la esencia de nuestro trabajo es en sí misma generadora de capacidad de existir en relación, de afirmación, y de transformación emocional, es decir un auténtico regalo para seguir creciendo como personas mientras jugamos con los niños.

Y esto como decía el gran Lope de Vega “quien lo probó lo sabe”.

Notas

1. René Rousillon, 1989 « Le médium malléable, la représentation de la représentation et la pulsion d’emprise » Rev. Belge de Psychanalyse 1989 n°13 pp.71-87)

Sobre Mª Ángeles Cremades Carceller. Psicóloga. Terapeuta en Psicomotricidad. Fundadora del Centro Aucouturier de Ayuda Psicomotriz y Psicología Infantil y del Centro de Estudios y de Formación en Práctica Psicomotriz (Cefopp) de Madrid. Formadora en Práctica Psicomotriz Aucouturier. Presidenta de la Asociación Europea de Escuelas de Formación en Práctica Psicomotriz (Asefop).
Cómo citar: Mª Ángeles Cremades Carceller (2018). El psicomotricista como adulto maleable: la función del terapeuta en la evolución de las representaciones internas. Cuadernos de Psicomotricidad, 55, pp. 9–16. Luzaro.
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