Miguel Ángel Domínguez Sevillano me ha dado la oportunidad de contar en la revista Cuadernos de Psicomotricidad, que él dirige, alguna de mis experiencias en el mundo de la educación. He elegido el tema del deporte por ser una pieza clave en mi historia de vida, en mi itinerario educativo y en la construcción de mi identidad personal.
Introducción
Inicio la narración con una aproximación a mi itinerario deportivo en el que diferencio tres épocas. A la primera le llamo la época dorada; se corresponde con los años en que participé como jugadora en los campeonatos escolares (9-16 años); la segunda, la del distanciamiento y abandono; en ella me referiré a la época en que me distancié del deporte tras unos años en los que competí con licencia federativa en campeonatos nacionales (17-24 años); la tercera época, transcurre durante la década de los noventa, la he denominado la del reencuentro; en ella vuelvo a aproximarme al deporte movida por el deseo de que mi hija de 8 años, edad en la que los escolares suelen iniciarse en la práctica deportiva, tenga la oportunidad de vivir la experiencia placentera y formativa que yo viví en mi época dorada.
Continúo la narración con la exposición de los argumentos que uso para justificar a las familias de las jugadoras que entreno en la década de los noventa, el potencial educativo del deporte. Finalizo con la aportación de algunas de las enseñanzas que he recibido de las jugadoras, durante los cerca de diez años de aprendizaje en los que he desempeñado el rol de entrenadora-educadora.
Las épocas de mi itinerario deportivo
La época dorada
Considero oportuno dar algunas pinceladas que esbocen cuál fue mi relación con el deporte de equipo en mi época de jugadora en categoría escolar. Lo que en aquella época aprendí ha marcado mi forma de entender lo que debe ser el deporte educativo.
Nací en la década de los cincuenta y comencé a practicar deporte en la de los sesenta; una época en la que la competición estaba orientada a los chicos. La lista de deportes que las mujeres podíamos practicar era reducida pues debía contribuir a fortalecer el ideal de mujer de la época, dócil, sumisa, frágil etc. En este contexto social los deportes de competición quedaban relegados a un segundo plano para la mujer. La práctica deportiva aconsejada para las mujeres era la de deportes individuales, especialmente la gimnasia rítmica y, de entre los deportes de competición, los de de cancha dividida como el tenis.
La dificultad para formar equipos era algo menor si estudiabas en un centro privado como era mi caso. Mi equipo, “El Santa Teresa”, fue el primer equipo femenino del colegio en deportes de competición. Cinco niñas de entre nueve y diez años, impulsadas por la ilusión transmitida por un joven jugador de baloncesto llamado Alfonso, decidimos inscribirnos en el campeonato escolar
Recuerdo que perdimos el primer partido por 40-0, las canastas nos llovían por todos lados, Aquella derrota en el marcador no nos alejó de las canchas de baloncesto. Diferentes factores hicieron que el subidón de adrenalina que todas experimentamos durante el partido contribuyera a que quisiéramos seguir practicando aquel deporte que nos había posibilitado sentir tan variadas emociones y sensaciones.
Analizado desde hoy, creo que el valor educativo y formativo de la experiencia que vivimos se debió en gran parte al talante de nuestro entrenador, un muchacho con una gran sensibilidad y empatía. Alfonso desde el primer momento nos contagió su afición por el baloncesto y nos hizo partícipes de su plena confianza. Recuerdo sus charlas insistiendo en que no tomáramos como referente de éxito o fracaso el tanteo reflejado en el marcado sino nuestra actitud en la cancha.
Nuestro entrenador supo sustentar la identidad del equipo en la composición de un grupo humano cohesionado. Nadie se sentía cuestionada o marginada. Cada una teníamos adjudicada una tarea y Alfonso, con su actitud y saber hacer, hizo posible que todas nos sintiéramos competentes en el desarrollo de nuestra función.
A mí me adjudicó el puesto de base, mi quehacer era repartir juego y mantener organizado el equipo. Nunca había llegado a imaginar que entre mis cualidades estuviera la de liderar un grupo; sin embargo, en el desarrollo de los entrenamientos y partidos lo hacía con total naturalidad. Lo llamativo de esta cuestión es que en mi vida diaria yo era una niña sumisa, con muchas limitaciones a la hora de mostrarme asertiva ante los otros. El baloncesto, entre otras muchas cosas, me dio la oportunidad de darme cuenta de que entre mis cualidades se encontraba la capacidad de asumir responsabilidades, así como la de liderar grupos de trabajo.
La época del distanciamiento y abandono
La magia del deporte se rompió con 16 años cuando dejé el deporte escolar y pasé al federado. Fui la única componente del equipo de escolares que siguió practicando baloncesto. El deporte en estado neutro seguía ahí, pero el nuevo contexto hacia de él una experiencia muy distinta para mí, menos atractiva y placentera.
Entre las características que desaparecieron con relación a la época anterior destacaría las siguientes: la corresponsabilidad en el funcionamiento del equipo, las risas y la diversión en los entrenamientos y el espíritu de equipo. En su lugar ganó presencia la repetición machacona de ejercicios en un ambiente de tensión, incluso de cierta crispación que repercutía negativamente en la cohesión y espíritu de grupo.
Pasaron los años, marché a Madrid, cursé la licenciatura de Educación Física y simultaneé mis estudios con la práctica deportiva en equipos de alta competición. Los entrenadores que tuve orientaban sus esfuerzos a la búsqueda de la victoria, ganar era lo prioritario. El ambiente de rivalidad y desconfianza que se generaban en el equipo no eran de mi agrado. Dejé de disfrutar de la experiencia deportiva.
Comencé a alejarme del deporte para dirigir mi mirada hacia otras maneras diferentes de vivir, sentir y escuchar el cuerpo. En aquella época emergía con fuerza una nueva cultura corporal que trataba de analizar el extraño fenómeno que es la corporeidad de nuestra existencia, esta nueva cultura del cuerpo captó mi interés y abandoné el deporte.
La época del reencuentro
Una vez abandoné el deporte, durante varios años me inicié en el estudio de la corporeidad indagando en diversas disciplinas desde la psicología hasta la antropología pasando por la psicología social, la filosofía y el psicoanálisis. En este tiempo tuve dos hijos y con ellos volví a plantearme el sentido del deporte como experiencia educativa.
Mi hijo, quizás por aquello de ser chico y tener un padre deportista, comenzó a jugar al fútbol en el equipo de la Ikastola con 7 años; hoy, a sus 23 años, continúa disfrutando de la práctica del fútbol en un equipo de categoría regional.
Mi hija, quizás por ser chica y porque en la ikastola no había ningún equipo femenino, nunca mostró interés por el deporte. Cuando se aproximó a la edad en que yo comencé a jugar baloncesto recordé lo mucho y bueno que aquella experiencia aportó a mi crecimiento personal y social. Decidí hacer lo posible para que la ikastola ofreciera a las niñas la posibilidad de experimentar la práctica deportivo-educativa. Los pasos que di fueron los siguientes:
Primero: contactar con las madres de niñas que realizaban sus estudios en el mismo curso que mi hija y hablarles de los beneficios de una práctica deportivo-educativa.
Segundo: buscar la implicación de las madres en la tarea de animar a sus hijas a formar un equipo.
Tercero: implicar al equipo directivo del centro para que regulara el uso de espacios para las prácticas realizadas en horario extraescolar. No creo que nadie se extrañe si digo que en la ikastola no había equipos femeninos y que nadie contaba con que las chicas quisieran practicar deporte de equipo.
Cuarto: asumir el rol de entrenadora-educadora, ya que no encontré a nadie que se ofreciera para entrenar un equipo femenino.
Quinto: convocar una reunión con cada uno de los colectivos: familias, responsable del centro, entrenadora-educadora, etc., antes de comenzar el campeonato para poner sobre la mesa el objetivo de aquella práctica que nos disponíamos a comenzar y cuál la función que cumplir por parte de cada uno de los colectivos implicados.
Algunas razones para justificar el potencial educativo del deporte
A continuación recojo tres de las razones que utilicé en la reunión con las familias y demás colectivos, para argumentar el potencial educativo que posee el deporte.
– A través del deporte podemos ayudar a los escolares a aprender a gestionar sus tensiones emocionales.
El deporte nos ofrece la posibilidad de colocar al escolar en situación de experimentar estados de ánimo muy variados. Esta experiencia le posibilita aprender sobre sí mismo para a partir de este aprendizaje realizado, estar en disposición de poner en marcha estrategias de afrontamiento que le ayuden a gestionar situaciones de tensión emocional.
– A través del deporte podemos ayudar a los escolares a aprender a crecer y madurar.
El deporte de competición coloca al practicante ante una situación de enfrentamiento de la que saldrá ganador o perdedor. De alguna manera, competir es aceptar el riesgo de perder ante los ojos de los demás.
Quizás hay escolares que no practican deporte por temor a mostrar a los demás lo que consideran carencias o puntos débiles de su personalidad. La negación a participar en juegos de competición puede que sea una manera de expresar el temor a crecer, a asumir responsabilidades.
El deporte ofrece la posibilidad de aprender a “ganar” y, “perder”; la vida es polaridad y el deporte también. La frustración puede ser formativa, el problema reside en disponer de la capacidad de gestionar la frustración para ponerla al servicio del crecimiento personal.
– A través del deporte los escolares pueden aprender los beneficios personales y sociales del trabajo en grupo.
La educación deportiva puede contribuir a crear espacios en donde trabajar el sentido de pertenencia al grupo frente al individualismo. Son muchos los psicólogos que alertan sobre el peligro de aislamiento que produce una sociedad masificada que ha depositado su confianza en la razón y la tecnología. En este sentido, el deporte educativo puede ser un buen antídoto contra los comportamientos hiperindividualistas tan corrientes en nuestra sociedad.
Aspectos rescatados de mi experiencia como entrenadora deportiva.
Tras nueve años de entrenadora –educadora, pedí a las jugadoras del equipo de baloncesto que expresaran por escrito lo que había supuesto para ellas la experiencia deportiva vivida.
De sus escritos, a modo de telegrama, he extraído los siguientes puntos que quizás puedan servir de orientación para aquellas personas que decidan asumir la responsabilidad de utilizar el deporte femenino con fines educativos.
– Lo que les impulsó a apuntarse fue ilusión por jugar juntas. No importaba a qué.
– Les atrapó la fuerza del grupo de amigas del que se sentían parte.
– Todos los partidos eran importantes y agradables, aunque perdieran.
– Les motivó a seguir el ambiente alegre y positivo que el equipo les ofrecía, además del deseo de superación personal.
– Son conscientes de que esta experiencia ha sido posible gracias a la colaboración de muchas personas: familiares, seguidores, monitores, ayudantes, jugadoras, entrenadora…
– El baloncesto les ha enseñado que en la vida hay cosas más importantes que ganar una competición como son la superación personal y el preocuparte por los otros y saber que los otros se preocupan por ti.
– El baloncesto que han vivido ha sido una experiencia positiva con la que han crecido como personas.
Para finalizar, quiero agradecer a todas y cada una de las componentes del equipo, del que fui entrenadora-educadora, la oportunidad que me dieron de aprender y disfrutar con ellas.
BIBLIOGRAFÍA
Dürckheim, Karlfried. (1996) Rendimiento deportivo y la madurez humana. Ediciones Mensajero. Barcelona.
Lowen, Alexander (2001) El Lenguaje del Cuerpo. Heder. Barcelona.
Perls, Fritz (2005) Sueños y Existencia. Cuatro vientos. Chile.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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