Si tenemos una mascota y niños pequeños en nuestra casa, podemos intentar definir la relación que establece la mascota con el niño y éste, con el animal. No diremos que es amor, quizá amistad, hermanamiento, cariño, cuidado; en todo caso, es difícil definir el rol de la emoción que inviste esa relación, quizá la palabra que mejor lo hace es apego, es decir, el vínculo o la relación emotiva que se establece entre seres vivos.
Apego expresa la emoción que acerca a los seres vivos, que les da pertenencia a un clan, tribu o grupo, por el que saben que son aceptados y similares, son protegidos y cuidados.
Con la conducta de apego explicamos el dolor y la alegría, el amor y el odio, la ansiedad de separación y la relajación del acogimiento y pertenencia, el duelo por las pérdidas, la defensa, el trauma, el distanciamiento emocional, el desarrollo disfuncional y muchas cosas más que nos afectan desde el momento de pertenecer a la familia humana, aunque no exclusivamente a ella. A medida que se desarrolla y afianza, se convierte en un sentimiento y una manera de sentir.
Cuando se conoce la teoría del apego de J. Bowlby parece obvia, parece innecesaria de definir, tan claramente se percibe en los seres vivos. Quizá por ser tan obvia hay gente que no la reconoce o valora, pero la historia de la civilización humana está llena de ejemplos de lo lentos que somos a la hora de innovar nuestros conocimientos y dar entrada a pensamientos que alteren el orden de lo aprendido y experimentado.
Parece que tuvimos que investigar mucho para definir la emoción que sacude a los humanos cuando llegan al mundo, casi ciegos, sin capacidad para alimentarse o sobrevivir si no es de la mano de alguien más fuerte, más sabio, más capaz que les ayuda a desarrollar las capacidades necesarias para llegar a ser autónomos.
Esta dependencia que es obvia para los padres sensibles a las necesidades de sus hijos, no lo es tanto para científicos y estudiosos que prefieren hablar de pulsiones y de tendencias. El bebé necesita unos abrazos que le certifiquen su llegada feliz al mundo y tener la seguridad de ser acogido en ese clan.
Bowlby diferencia dependencia de apego: la primera indica el grado en que un individuo está subordinado a otro para asegurar su supervivencia; tiene una connotación funcional. Apego hace referencia a un tipo de conducta y es descriptivo.
La noción de apego es una manera de conceptualizar una forma de comportamiento de gran importancia y utilidad para los padres, los clínicos y los psicólogos.
La conducta de apego se organiza alrededor de una relación específica y duradera, y tiene componentes emocionales que le son inherentes; puede ser expresada a través del simbolismo y tiene componentes semánticos. Esto se aplica tanto a las relaciones parento-filiales como a la relación con los pares, de pareja o entre hermanos.
Las relaciones individuales están organizadas jerárquicamente; esto es que para cada individuo la valoración de sus apegos es subjetiva y personal.
Le llama conducta o respuesta sensible a los gestos, miradas, solicitud y cuidados que despierta el bebé en la persona de referencia, la cual le dedica la atención necesaria para asegurar al bebé en sus percepciones del medio como seguro y le da tanta importancia como para responsabilizarlo de un psiquismo determinado.
Bowlby insistió en la importancia de la conducta sensible de la persona cuidadora del bebé para que se desarrolle un apego seguro que permita al niño desarrollarse sano y que, a su vez, sea sensible con los que le toque a su vez cuidar, porque la conducta de apego se imita de los cuidadores.
Así los niños de madres inseguras o distantes que promovieron un apego distante o inseguro con su hijo, muestran unas características predecibles en su conducta, es decir que se puede derivar, sabiendo cómo les trataron.
Esto hizo que esta teoría recibiese críticas por parte de las feministas y madres que se sentían incriminadas como malas madres. Bowlby dejó claro que no era su intención culpabilizar, sino explicar para poder corregir y para ayudar a los padres a encontrar una manera saludable de relacionarse con sus hijos, ya que no se tiene por instinto; generalmente los padres tratan a sus hijos tal y como ellos fueron tratados por sus padres a su vez, y se trata de romper esta cadena que permite el sufrimiento de la infancia y luego, de los adultos que lo arrastran de por vida.
Bowlby asegura que los adolescentes y adultos jóvenes sanos felices y seguros de sí mismos son el producto de un hogar estable en el que ambos progenitores dedican tiempo y atención a los hijos.
La energía que el hombre y la mujer dedican a la producción de bienes materiales aparece cuantificada en nuestros índices materiales mientras que la que se dedica en el hogar a la producción de hijos sanos y felices no cuenta, hemos creado una sociedad trastornada.
Sigamos con la mascota: Cuando es cachorro busca la mirada y la voz del amo para saber lo que tiene que hacer y asegurarse de que lo hace bien, no sólo para no ser reñido, sino para recibir cariño o una conducta que le asegure la supervivencia y el bienestar. Empieza a alejarse en los paseos pero vuelve a ver si todo está bien y retorna a explorar el entorno.
Esta conducta suele observarse también en las mascotas adultas que tienen un apego seguro; lo demuestran intentando estar bien con sus dueños y darles cariño y protección.
En los humanos pasa algo parecido aunque mucho más complejo: Desde que el bebé nace, busca apegarse a alguien que le asegure la supervivencia pero no sólo, también necesita un trato que le permita ir desarrollando una conducta que le dé seguridad, afecto, cariño y bienestar.
La conducta de apego empieza hacia los tres meses de vida y hacia el primer año se organiza cibernéticamente, es decir, se activa en unas condiciones y se desactiva en otras. Ante el dolor, la fatiga, el hambre o el miedo se activa la búsqueda con la mirada, con la presencia o con un abrazo cuando es una condición máxima para el niño.
La conducta de apego no está limitada a los niños; en los adultos se activa en estados de ansiedad o tensión, o en futuras madres que necesitan ser cuidadas y amparadas.
Esto tiene importancia en nuestra sociedad porque la solidaridad no es parte importante de nuestras relaciones y, sin embargo, de acuerdo a la conducta de apego, en cualquier circunstancia difícil podemos necesitar ayuda y costarnos pedirla; pero no es lo peor, sino que no sabemos detectarlo en los otros.
Para quien trabaja terapéuticamente esto es nefasto, ya que le será difícil entender en sus pacientes las conductas que tengan que ver con el apego y todas las emociones y sentimientos derivados, porque como dice Bowlby, el apego siempre va acompañado de una emoción: Si es satisfactorio, será alegría y seguridad; si es amenazante surgen los celos, la ira y ansiedad; si es ruptura, dolor y depresión.
El bebé de dos o tres semanas ya es capaz de interaccionar con la madre en una forma elemental. Ver a una madre dialogando con su hijo, las palabras, las sonrisas, las miradas que se dedican: El bebé le responde en un intercambio, de una duración limitada, por la capacidad del bebé de permanecer atento, pasando a momentos de desconexión para descansar.
Si la madre es sensible a su bebé se adaptará a sus necesidades y a su ritmo. Es un verdadero diálogo que les proporciona momentos placenteros y de los que la investigación ha puesto de manifiesto que se repiten en muchos casos, por lo que no es una conducta esporádica. También que una madre saludable es capaz de adaptarse al ritmo de su bebé y actuar en consecuencia. Concluye: Podemos decir que los bebés humanos, al igual que otras especies están preprogramados para desarrollarse de manera socialmente cooperativa; que lo hagan o no, depende en gran medida de cómo son tratados.
Los estudios que maneja le hacen afirmar que para los padres debe ser parecido a las madres: La pauta de conducta que desarrolle con su padre será el producto de cómo lo ha tratado éste. La conducta de apego de los niños puede ser buena hacia un progenitor y no hacia el otro, buena con los dos o mala con ambos.
Tengo que reseñar que Bowlby y sus colaboradores hicieron algo muy original en aquel momento, que fue estudiar e investigar directamente a las madres con sus niños, lo que hasta entonces se había hecho muy poco, por tanto lo que se aplicaba al mundo de los niños era mayoritariamente, deducciones de la terapia de los adultos.
La conducta de apego proporciona una base segura a los hijos para hacer salidas al mundo exterior y regresar sabiendo que será bien recibido y alimentado, reconfortado si está afligido, tranquilizado si está asustado.¿No es ésta la clase de familia que todos hemos soñado, necesitado, añorado? ¿No es también el modelo que querríamos para todos y cada uno de los niños con problemas que tratamos? No dice nada extraño y sin embargo cuesta asumir que la conducta de los padres hacia sus hijos, en esa cotidianeidad tan difícil de hacer equilibrada, tiene tanta trascendencia; las palabras, los gestos, el tono de voz, las miradas y su contenido, el significado de las amenazas o los abandonos.
Desde que se evidenció, por medio de investigaciones con madres e hijos durante el tiempo suficiente para correlacionar los datos, que el trato es el principal gestante de la conducta futura y de las emociones y sentimientos predominantes en el adulto que se forma, el trato dispensado a los niños ha ido cambiando, no lo suficientemente rápido para evitar sus desastrosas consecuencias, pero sí existe un movimiento para educar y formar a los padres y madres en el buen trato a su descendencia.
También la teoría del apego es aplicable a la psicoterapia, de manera que encontrar las claves del trato recibido en la infancia, ayuda a cambiar la conducta del adulto con problema en los afectos.
Seguimos siendo una sociedad que no le da suficiente importancia a lo que sienten, piensan, dicen y hacen los niños. Hasta hace muy poco, la medicina negaba la sensación dolorosa en los bebés y así les trataban, sin anestesia, sin cuidar de su soledad, frío, miedo y dolor.
Desde que se demostró que la presencia de la madre o del cuidador del niño hospitalizado mejoraba su salud y disminuía su necesidad de medicamentos en algunos hospitales, sobre todo en el norte de Europa, se permitió, incluso se potenciaba, la presencia de un personaje importante para el niño que le acompañara en su periplo hospitalario pero, desgraciadamente, no es la generalidad, porque el personal sanitario, con todo lo que pretende saber, es un reflejo de la sociedad y le cuesta cambiar sus marcos conceptuales, una vez memorizados e interiorizados.
Para un niño pequeño sometido a pruebas, en un lugar extraño o terrorífico como un hospital, privado de la presencia de su figura de referencia es una pérdida, un duelo; por tanto, es un estado afectivo de dolor, ira, depresión; es un niño afligido. Por los estudios sobre el duelo en los adultos, sabemos que en duelo o aflicción el cuerpo disminuye su inmunidad y por tanto, es más sensible a las infecciones y menos capaz de habilitar una respuesta defensiva.
Esta respuesta no sólo es física; el niño responde con todo su ser a esta pérdida, porque su identidad es física mientras no llegue a una edad, alrededor de los seis o siete años, en que empieza a entrar en el mundo de la lógica de sus mayores. Después de estudiar la reacción ante la aflicción de los niños se puede afirmar que es igual que los adultos, con las mismas fases y en definitiva que los niños también sienten el dolor, o lo que es más generalizable, el ser humano desde que nace es sensible a lo que le pasa, al trato que recibe y a los cambios o pérdidas de su mundo afectivo. Ser sensible a estos duelos es prevenir futuros estados mentales, que si no son patológicos, sí causantes de problemas evitables.
Con las terapias se puede aplicar lo mismo: Sin empatía, sin emoción, sin sentimiento no se puede ayudar a la infancia, donde la lógica juega un papel ínfimo frente a los sentimientos y emociones, al revés del mundo de los adultos, y atraer a estos pequeños pacientes al mundo adulto, en lugar de sumergirse en el suyo y hablar cuerpo a cuerpo, emoción a emoción, sentimiento a sentimiento, es un error frecuente y normalizado.
Simplificando el mundo infantil, casi lo convertimos en un mundo sencillo, uniforme y breve, para hacerlo más asequible, manipulable; podemos decir que hacemos terapia infantil pero no conseguimos que los niños mejoren, más bien, los sometemos más fácilmente.
Sin trabajar, recuperar, revivir el trato recibido en la infancia por parte de los progenitores, no se sabe si la conducta de apego es genuina o impostada. Si además es una conducta distante, errática o cruel, se pueden cometer errores graves en el comportamiento con los niños, sea cual sea la relación con ellos o el campo profesional.
La ansiedad de la separación y el duelo
Si hemos adoptado a nuestra mascota y por lo tanto, se ha separado de sus antiguos dueños, ha perdido sus referencias de lugares, voces, territorio, horario, tendremos que habilitar toda nuestra empatía, paciencia y cariño para darle el tiempo de hacer su duelo por la pérdida. Ésta se manifiesta por su inquietud e imposibilidad de tumbarse al sol, de comer o de marcar todo el territorio con pis, morder y estar de mal humor, mostrando sus dientes y rechazando las caricias para ser consolado. Si somos capaces de darle el tiempo para adaptarse y adoptarnos como sus nuevos amos, seguramente llegará a agradecernos con su dedicación y cariño y con un comportamiento normal de mascota.
Es importante anotar que Bowlby hizo el estudio del apego y de la pérdida. La pérdida no había sido considerada como parte sustancial de la psicología infantil; gracias a él y a su equipo de trabajo, sabemos que en la infancia hay muchas pérdidas y por tanto muchos duelos. El ser humano responde con temor, igual que otros animales, a determinadas situaciones porque indican un aumento del riesgo de dolor y peligro.
Cuando vemos la ansiedad de separación bajo este prisma sólo tenemos que dar un pequeño paso para comprender por qué las amenazas de abandonar a un niño, a menudo utilizadas para controlarlo, resultan tan aterradoras. Estas amenazas despiertan ira intensa en los niños más grandes y en adolescentes. Esta ira, que tiene por objeto disuadir a la figura de apego que lleve a cabo la amenaza, puede volverse disfuncional.
El duelo es la reacción a la pérdida una vez que ésta ha ocurrido. Reacciones como la ira dirigida a terceros, a sí mismo o a la persona perdida, el descreimiento de que la pérdida ha tenido lugar y una tendencia a buscar a la persona para reunirse con ella.
Mecanismos de defensa o desapego
Es la conducta que se desarrolla como defensa a la pérdida o separación de la madre o de la figura de apego. Fue estudiada en niños que debían permanecer hospitalizados y luego lo extendieron a situaciones de laboratorio para corroborar lo visto.
Lo que pudieron sistematizar es la conducta de desapego: Consiste en una conducta del niño, que desconoce a la madre, como si no la necesitara; después de horas, la reconoce pero con ansiedad por temor a perderla de nuevo y furioso si cree que puede ocurrir. Es decir, cuando esperaban encontrar conducta de apego, encuentran la opuesta; incluso cuando el niño está seriamente dañado, no busca consuelo. A partir de estas investigaciones, Bowlby sistematizó la conducta de apego como un sistema que puede ser activado o desactivado de acuerdo a las circunstancias y quedar bloqueado definitivamente. Con las investigaciones recientes del funcionamiento de la mente humana podemos decir que es acertado; tenemos la capacidad mental de aislar sucesos, personajes o sistemas para sobrevivir o vivir mejor, y seguir viviendo como si no hubiéramos pasado por un peligro. Si ese bloqueo afecta a otros sistemas de conducta, nuestra personalidad se verá restringida en todos aquellos aspectos de nuestra vida que tengan que ver con ese pasaje; de ahí se derivan muchas conductas patológicas y psicopatologías.
Si lo aplicamos a los adultos que nos piden consulta, podemos decir que el apego que se desarrolla y mantiene en las sesiones pone de manifiesto su comportamiento de apego y por tanto, si fue bien o mal tratado y si sus relaciones filiales son buenas o no. No depende tanto de nuestra bondad o pericia con su problema; depende de su capacidad para desarrollar el apego de adulto hacia alguien a quien necesita en un mal momento. Nuestra pericia consiste en mantener ese apego para averiguar qué se puede cambiar en la patología de sus relaciones y amores. La escuela del apego aboga por una terapia que le permita a esa persona recuperar la conducta bloqueada, sanearla y reestructurarla. Por tanto, tendrá que rememorar el pasaje que le impulsó a bloquear su conducta de apego.
En la sala de psicomotricidad podemos decir lo mismo: El niño debe mostrar su conducta de apego hacia el terapeuta y éste hacia él. Si falla, puede ser que el niño ha tenido que bloquear sus apegos por una separación, un duelo o malos tratos o bien, es el terapeuta que no puede desplegar su afecto y apego hacia el niño y tiene un problema personal pendiente de resolver.
Después de explicar la conducta de los niños apegados a su madre y con una base segura afirma: A medida que un individuo se hace mayor su vida continúa estando organizada del mismo modo, aunque sus excursiones se prolongan en el tiempo y en el espacio. Al ingresar en la escuela duran horas, luego días. Durante la adolescencia pueden durar semanas o meses y se buscan nuevas figuras de apego.
A lo largo de la vida adulta la disponibilidad de una figura de apego sensible sigue siendo la fuente del sentimiento de seguridad.
Por tanto, debemos asumirnos como humanos limitados que necesitamos una figura de apego, a la que percibimos cálida, cercana y sensible a nuestras necesidades. Cuando la vida nos endurece y queremos vivir sin necesitar a nadie, podemos estar seguros de que nuestra conducta afectiva, de apego, está bloqueada.
Sobre la violencia
Bowlby conoció a K. Lorenz que estaba desarrollando su teoría sobre la conducta de los ansarinos y aplicó parte de sus conocimientos a la teoría del apego para entender desde otro punto de vista la conducta humana, empezando por los más pequeños. Lo que habla y explica de la conducta humana ante la frustración, la ira y la violencia, tiene mucho que ver con la conducta animal.
También era evolucionista y aplicó los conocimientos de esta teoría a la explicación de la conducta humana, por lo que afirma que la conducta de apego explica algunas funciones biológicas como la supervivencia de los más jóvenes y la reproducción, pero también la ira.
En el lugar correcto en el momento correcto y en la medida correcta la ira no sólo es apropiada sino que puede ser indispensable. Sirve para disuadir de una conducta peligrosa, para alejar a un rival o para coaccionar a un compañero. En todo caso el objetivo de la ira es el mismo: Proteger una relación que posee un valor especial para la persona enfadada.
Dado que la violencia engendra violencia, ésta tiende a perpetuarse de una generación a otra. En alguna referencia bibliográfica, cita los trabajos de A. Miller a la que remito a quienes quieran profundizar en el tema de la violencia, de la que creo que es la terapeuta que más ha escrito y abogado por el buen trato hacia la infancia en las familias, en los colegios y en las terapias. Esto le hizo recibir críticas muy duras de sus propios compañeros del psicoanálisis al que renunció para seguir su camino. En esto también es parecida a J. Bowlby. Damos por sentado que cuando una relación con una persona amada está en peligro, no sólo nos mostramos ansiosos sino también enfadados como respuesta al riesgo de pérdida.
Las relaciones específicas que se ven afectadas porque despiertan ira son: Relaciones con un compañero de sexo, relaciones con los padres y con los hijos. Porque son las más afectadas por emociones fuertes. Mientras discurren afablemente está satisfecho; cuando se ven amenazadas, se siente ansioso o enfadado; cuando las pone en peligro con sus propias acciones, se siente culpable; cuando se rompen se siente triste y si las recupera está contento.
Creo que una de las conclusiones más transcendentes de la teoría del apego para la crianza y educación de los niños es que los cuidados cariñosos, la atención y la sensibilidad que recibe un niño por parte de los adultos responsables, tiene como resultado un desarrollo satisfactorio de la seguridad del niño en sí mismo, en los demás como fuente de apoyo y sostén, en su conducta exploratoria y solidaria con los demás. A la inversa, cuando el adulto no le presta atención, no satisface sus necesidades de apoyo y cariño y sus demandas se consideran una tontería, el niño se vuelve aprensivo, ansiosamente apegado, obediente de mala gana y poco preocupado por los demás. Si existe rechazo por parte de un adulto, es probable que la conducta airada sea usual.
Estas conclusiones no deberían utilizarse para etiquetar a un niño, ni en la escuela ni en las terapias, sino para comprender mejor de dónde viene esa ansiedad o comportamiento anómalo y aplicar las mejoras que lo van a beneficiar. Las etiquetas y diagnósticos son una manera de despreciar al niño y de obviar el análisis y estudio de la conducta de los padres que nos explicará mejor la situación del menor.
En este país, donde hasta hace pocos años, los niños fueron menospreciados por unos educadores mayoritariamente religiosos o de pensamiento disciplinar, donde las normas eran abusivas mientras que las muestras de cariño escaseaban o estaban ausentes del todo, tenemos unas generaciones de adultos que desconocen en su mayoría lo que es recibir amor, cariño y atención por parte de los adultos y de los que podemos esperar con mayor frecuencia una conducta hacia sus hijos, alumnos o clientes más disciplinaria que amorosa.
De las discusiones públicas que he podido seguir sobre la educación y las medidas disciplinarias, en las que se oye de todo, a los adultos, porque a los niños no se les da la palabra, hay una población mayoritaria que piensa que una bofetada no es una medida disciplinar, o una falta de respeto ni una humillación a un menor, en edad, sino en conocimiento, en peso y en altura. Si pensamos que la identidad de un niño sigue siendo corporal, es decir que su cuerpo es su “sí mismo”, hasta más allá de los seis años, cuando le arreamos una bofetada o cachetón, se lo hacemos a su identidad directamente, y por tanto, su herida será mucho mayor que lo que intentamos corregir. De manera que lo que conseguimos con la agresión es herir al niño que dejará de confiar un poco más en ese adulto que le pega y se hará más inseguro, más introspectivo, menos colaborador y por tanto, desde el punto de vista del adulto, necesitará más disciplina correctiva y empieza una escalada hacia la violencia, de la que saldrá otro adulto que educará con violencia y no podrá disfrutar de un apego seguro hacia sus próximos.
Otra consecuencia de este apego inseguro es que estos niños confunden violencia con amor, y de hecho, con este argumento es como se justifican muchos adultos que pegan (“yo era malo, me lo merecía, lo hicieron por mi bien”), pero ese pensamiento es inducido; un niño no piensa que es malo hasta que se lo hacen creer los adultos que le juzgan.
En sus trabajos Bowlby describe toda una gama de situaciones violentas que los niños atraviesan y sufren; aunque sobreviven, lo hacen pagando un alto precio: El estrés de estar sometido a la incertidumbre, a la violencia, a la injusticia y a la arbitrariedad, por alguien próximo y querido, lo que produce daños evidentes, evaluables y síntomas a los que se puede ayudar a curar y cuidar, si no son interpretados como fantasías, exageraciones, mentiras o distorsiones de la realidad, tan atribuidas a la infancia.
Bowlby anima y alienta a los terapeutas, educadores, psicólogos y clínicos a que crean en el contenido de lo que relatan sus pacientes o escolares, aunque para entenderles tengan que hacer un esfuerzo y poner palabras a las metáforas, historias y simulaciones con las que una criatura intenta contarnos el horror vivido.
Entre las consecuencias habla de intento de suicidio, psicosis, paranoias, falta de atención grave, inquietud extrema, insomnio, anorexia, etc. Concluye que para que la terapia sea eficaz, debería ser terapia familiar e individual; y por supuesto, en la que la comunicación emocional sea la base decisiva.
Bowlby es sumamente optimista y dice: Aunque la capacidad de cambio del desarrollo disminuye con los años, el cambio continúa a lo largo de todo el ciclo vital, de manera que los cambios favorables o desfavorables siempre son posibles. Esta posibilidad continua de cambio significa que una persona nunca es invulnerable a cualquier adversidad y que nunca es impermeable a las influencias favorables. Es esta persistente posibilidad de cambio la que permite la oportunidad de realizar una terapia eficaz.
Bibliografía
- BOWLBY, J.: UNA BASE SEGURA; Aplicaciones clínicas de una teoría del apego; Paidós, Barcelona, 1989.
- BOWLBY, J.: EL APEGO Y LA PÉRDIDA, vol. 1, El Apego; Paidós, Barcelona, 1998.
- BOWLBY, J.: EL APEGO Y LA PÉRDIDA, vol. 2, La Separación Afectiva; Paidós, Barcelona, 1985.
- BOWLBY, J.: EL APEGO Y LA PÉRDIDA, vol. 3, Tristeza y depresión; Paidós, Barcelona, 1993.
- MARRONE, M.: La teoría del apego. Un enfoque actual; Psimática, Madrid, 2001.
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