A Fernando durante varios años le acompañó un pensamiento recurrente: tener un hijo. Echó monedas hacia atrás en fuentes y monasterios, lanzó piedras en el camino de Santiago, contempló estrellas fugaces, apagó velas, y el “pide un deseo” siempre era el mismo: la aparición de un retoño en su vida. Siendo agnóstico rezó al todopoderoso; soñó repetidamente que ya era padre pero los amaneceres desvanecían la ilusión. Un día, el “predictor” apareció con una rayita y un esbozo de otra; casi una cruz; una semana después, por la mañana, el análisis de orina era negativo sumiéndole en la tristeza y la desesperación y, por la tarde ¡cómo son las cosas de la vida! La analítica de sangre indicaba positivo, pasando en el espacio de ocho horas del abatimiento total a un gozo indescriptible.
Pasado un año del nacimiento de la criatura, en el auge del entusiasmo compartió su bienestar con la familia, amigos y compañeros enviándoles a modo de tarjeta de Navidad este pequeño relato:
Cuando lo vi por primera vez tenía los ojos abiertos como dos luceros. Pensé, dije -este niño se parece a mí- y estallé en sollozos. No lo quise inmediatamente. Estaba yo extenuado, nervioso, expectante.
Viví los agobios propios de un padre primerizo, aunque fuera “veterano de guerra”. En esta vida siempre somos ininterrumpidamente veteranos y primerizos en algo.
Hoy no me imagino la vida sin él.
No es que sea un sádico pero una de las cosas que más me emociona actualmente es el llanto de mi hijo. Me emociona porque ese quejido, en ocasiones distante, me dice que existe. Esa vocecita, a veces intensa, a veces desmayada, es para mí la señal inequívoca de que está allí conmigo. Me induce a buscarlo, arroparlo, cogerlo y consolarlo, sentir su tibieza y percibir su mejilla contra la mía mirando de refilón sus ojitos, inundándome de placer y apresándolo, estrujándolo, no dejando escapar esos momentos fugaces, aunque, hoy por hoy, repetidos.
Se despierta y le acompaña una especie de hipotonía, de abandono, que yo comparto invadiéndome, penetrándome ese olor y calor que me evocan la ausencia de mimos compartidos. Poco después, el tono se tensa, y empieza el descubrimiento del mundo: cabeza levantada, ojos curiosos y un brazo extendido que se ramifica hasta un dedito que señala con persistencia el objeto de su deseo. No es un deseo claro, sino disperso; esa exploración del entorno se convierte súbitamente en la razón de su existencia: botones de TV y vídeo que apretar, cajones que abrir, cajones que vaciar y no llenar, interesándole todo salvo la pléyade de juguetes que amigos y familiares le han regalado.
Siempre había pensado y de algún modo todavía lo creo que todo aquello lo que a un niño apetece es justamente lo que irrita, fastidia y machaca a los padres; sin duda, ello sigue siendo así para mí: cuando llegas cansado, estás acelerado, preocupado…; no obstante, su mirada curiosa, ese movimiento en busca del botón de la radio (hay varios botones y sabe exactamente cuál hay que tocar), la aparición del ritmo al son de la música en su cuerpo, acompañado de una amplia sonrisa atenúa mi fatiga, casi la desvanece, y su placer me transforma permitiéndome devolverle un espejo de placer.
No quiero pensar, aunque a veces lo haga, si está en la fase oral, anal… No me importa. Solo se que todo es susceptible de ser mordisqueado, aprehendido por una boquita en que seis dientecitos necesitan imperiosamente materia prima en la que dejar impresa las señales de la devoración: puede ser cualquier comida excepto la que le corresponde -a veces también ésta-, bolígrafos, pelusillas, teléfono, mando a distancia, revistas, escobilla del baño, pasta de dientes, absolutamente todo lo que esté a su altura.
Sus movimientos son otro foco de mi atención. Ha reptado, subido, bajado y actualmente gatea a una velocidad que me señala, me indica un futuro velocista. Su padre lo fue: “de tal palo tal astilla”. Está a caballo entre un experto gateador y un pato mareado. Empieza a andar. Ese deseo de exploración y aventura a través de la vertical le dura poco; vuelve al suelo; ahí se siente seguro. Los rodeos que da a la mesa de mi despacho me sitúan en una permanente esquizofrenia entre el fastidio que siento porque pierdo concentración y el gozo de verle gozar dando vueltas y vueltas hasta que se detiene, extiende los brazos y me dice con sus manitas: -cógeme y acompáñame en este mundo misterioso lleno, repleto, inundado de objetos, espacios, tiempos que tocar, oler, romper y sentir.
¿Dormir? Hemos leído libros sobre cómo conciliar el sueño. Yo, he llegado a una conclusión: si se lo pasa “pipa”, ha comido, mordido, explorado, si el viento de la mañana y la tarde le ha curtido esa piel de porcelana, le metes en la cuna, le tocas con un dedo, le dejas de tocar, llora un poco y se duerme. Lo he constatado repetidamente. Quizás no sea generalizable. También hay días, momentos circunstanciales, situaciones especiales: gases, dientes que pugnan por aparecer que nos indican un malestar.
¿Con otras personas? Se va con todas a condición de que le den “marcha” -cógelo, si, irá contigo, a condición de que le acerques a un portal donde exista portero automático y si es por la noche a el botón que le ilumina- también puedes optar por enseñarle tiendas luminosas, llenas de colorines, un perro desgarbado olisqueando una esquina…
¿Con otros niños? Pues depende del territorio ¿Pasará como con los animales? En casa es atrevido, intercambiador de chupetes, y sobre todo está “a su aire”. En la calle está “a su aire” menos atrevidamente.
¡Y cuando asoma la cabecita al ras de la mesa, gimoteando, porque ama le ha dejado y se ha cansado de dar golpes a la puerta cerrada! Poco después cesa en su llanto porque un objeto le acompaña.
Con mi hijo no tengo ninguna distancia.
En esta época, en ocasiones, me pregunto, me cuestiono si con “esos locos bajitos” que me han acompañado durante tantos años la he tenido o si ha sido simplemente una excusa. Me lo pregunto entre el otoño y el invierno de 2003.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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