Efectos iatrogénicos en la práctica de la psicomotricidad

Nº 27 · Junio de 2004 · pp. 11–18

Resumen. Rodríguez analiza los efectos iatrogénicos de la práctica psicomotriz, es decir, los efectos indeseables que pueden producirse aunque se pretenda hacer el bien, y los ordena en tres niveles: conceptual (posiciones epistémicas reduccionistas), actitudinal (ideales ajenos al sujeto, no observar ni escuchar) y procedimental (comprender demasiado pronto, no dar tiempo, no enmarcar ni limitar, no contextualizar ni derivar). Concluye proponiendo una actitud prudente en la persona terapeuta: «mejor quedarse corto que largo».

Introducción

Alguien tenía que hablar sobre esto. Y me he sentido compelido a hacerlo.

A estas alturas, algo ya sabemos de la práctica de la Psicomotricidad. Una Práctica que se acerca al casi centenar de años. Con un Saber Teórico, que toma en cuenta referentes neurológicos, motores, psicodinámicos y constructivistas, que nos orientan en relación con otros campos gnoseológicos. Con una Formación Personal, que nos facilita la adquisición de competencias en la Observación y la Escucha, para posibilitar el necesario ajuste empático y la disponibilidad tónico-emocional requeridas a las producciones del niño (o adulto); esto es, a sus Actos y Dichos. Es decir, una Formación en un Sistema de Actitudes que, aunque flexible, no es cualquiera. Y, por fin, una Tecnicidad Práctica, que cual dialéctica continua desde las dos anteriores, las abrocha en la intervención y Ayuda a la particularidad del alumno o paciente, en un poder, querer y saber-hacer, y con un Proyecto preciso que orienta su Educación o Ayuda Terapéutica en el ámbito clínico. Es el llamado Sistema de Acciones, sistematizado por Aucouturier.

Niveles de Formación, que lejos, de con-formar la figura de El-Psicomotricista, apuntan a una continua pregunta por los fundamentos que sostienen su práctica. Posición tanto ética como epistémica, clínica y política, del practicante que, no cerrándose sobre sí mismo, impiden que la Tecnicidad se convierta en una (Psico-) Tecnología más.

Planteamiento

Pero como todo campo de intervención sobre el organismo y la subjetividad humana que se precie, podemos verificar unos Efectos, que, constatándolos, nos abren un margen y un umbral de Indicaciones. Repito que, a estas alturas, ya conocemos algunas de las Indicaciones privilegiadas de la Práctica Psicomotriz, sean en el campo educativo y preventivo, o en el de las deficiencias, minusvalías, trastornos, síntomas o síndromes neurológicos, traumatológicos o psicopatológicos.

Pero también podremos ir más allá. En aras de un deseado rigor que dé a nuestra Práctica, la merecida “dignidad” que la sitúe en el campo de las Ciencias, sean humanísticas, sean experimentales. Y este más allá pasa también por investigar las posibles Contraindicaciones y Efectos Secundarios (deseables o no) de la prescripción de una Ayuda Psicomotriz a alguien. Por no decir, los Efectos Iatrogénicos. Sobre esto me gustaría apuntar algunas reflexiones.

Se define “Iatrogénico-a” (diccionario RAE. 92) como “toda alteración del estado del paciente producida por el médico”. También la encontramos en relación a “mal-praxis” o, incluso, a “negligencia”.

Es decir, se trata de provocar en el alumno o paciente, efectos indeseables o perjudiciales aunque se pretenda hacer el bien, debido al desconocimiento, impericia o falta de atención, voluntarios o no, de los efectos que provocan nuestras intervenciones.

De similar manera, B. Aucouturier, en algún momento aludió a cierta “etapa folclórica” de la psicomotricidad. En la que, alegremente, importaba más epatar y «pasárselo bien”, sin importar los abordajes propuestos, ignorando las consecuencias subjetivas provocadas después de cada stage.

Etapa afortunadamente ya pasada, de “movilizaciones salvajes”, donde, a modo de ejemplos, las técnicas de manipulación se usaban indiscriminadamente, o todo nos llevaba a la relajación. O se alargaban los tiempos de forma desmesurada. O se invitaba a la descarga pulsional sin límite ni elaboración alguna. O se confundía la Formación Personal con una Psicoterapia vía Corporal. Recordamos bien algunos de estos efectos provocados: angustia desmedida, irrupción de recuerdos latentes, caída brusca de ciertos ideales, sentimientos de despersonalización e irrealidad, vivencias regresivas, desinhibiciones, pasos al acto e impulsiones facilitadas, transferencias masivas, incluso, y en algún excepcional caso, desencadenamientos psicóticos, etc.

La cuestión, entonces, no era tanto lo que emergía o se movilizaba —generalmente, con la mejor de las voluntades— como la no elaboración, representación o distanciación de los afectos y emociones vivenciados, debido a que el setting, al ser formativo, no lo permitía. Recordamos también los efectos subjetivos posteriores en la vida cotidiana, de algunos participantes.

No en vano B. Aucouturier no dejaba de insistir a menudo en que: “todo acto humano es psicomotor aunque no todo es psicomotricidad”.

Continuando con esto, podemos considerar, y de un modo provisional, que los efectos indeseables, de nuestra practica, se pueden verificar en tres Niveles:

– El del marco teórico y epistemológico: Iatrogenia Conceptual.

– El del Sistema de Acciones: Iatrogenia Procedimental.

– El del Sistema de Actitudes: Iatrogenia Actitudinal.

En este escrito, no mostraremos tanto una enumeración exhaustiva de los posibles efectos iatrogénicos de una Práctica Psicomotriz, como de los mecanismos, que los pueden provocar, esto es, lo que sería: una Patogenia de la Iatrogenia Psicomotriz (que es como decir, lo que, en justa ética clínica, debiéramos evitar).

Iatrogenia Conceptual

Es el referido al esquema y encuadre epistemológico, e incluso ontológico del sujeto del abordaje. Dicho de otra manera, la concepción, el “eidos” o el “a priori” que tenemos, de lo que es un sujeto humano, de lo que lo constituye y lo encarna, van a influir decisivamente en la orientación que demos a nuestro propósito.

En relación con la Psicomotricidad, clásicamente, se han venido a dar dos posiciones epistémicas:

Una. Nuestra práctica, sería un solo “quehacer”, una técnica que permitiera integrar todas las concepciones, sin aparente contradicción. Algo así como “importa lo que hagas, aunque no sepas bien por qué lo haces”. Es el “todo vale”, no sería necesaria referencia alguna.

Reduccionista posición, dable en llamar “histérica”, donde el acento es puesto en una presunta “Práctica”, bajo el enfoque de una pedagogía “inductiva”. Falsa posición, decimos, porque, se quiera o no, uno ya tiene, conscientemente o no, una idea, frente a lo que significa ser humano y por tanto cómo tratarlo y orientarlo.

Vemos su consecuencia en el fervor de algunos practicantes por el “eclecticismo”, que cual “macedonia de frutas” terapéutica pudiera integrarlo todo.

La otra posición: Es la de “nada es suficiente”. Ninguna teoría podría dar cuenta de nuestro modo de intervenir. Se trataría de buscar la “Teoría Total”, que explicara lo que hacemos y su porqué, llegando a explicar, incluso, el origen de las diferentes patologías. Acá, lo importante, estaría en el medio y su clave es la “integración” dada por ciertos Modelos como los Holísticos, Ecológicos, el Bio-Psico-Social de la medicina o el PsicoNeurológico, tan actual.

Reduccionista postura, también ésta, que denominamos “obsesiva”, bajo la égida de una “pedagogía deductiva”, que pone su acento en la valoración, medición, testificación, clasificación nosológica, etc.

Consecuencia de esta otra posición, lo vemos en el empeño de la “Programitis” ironización de la presunción de que todas las referencias pueden casar entre sí y poder calcular de forma objetiva lo previamente hipotetizado. Y es que no se puede saberlo todo de todos. Siquiera la pretensión de una Teoría Integrada, se escora siempre hacia alguna referencia privilegiada. (Véase la actual “Hipótesis del Neurodesarrollo”, aceptada por algunos psicoanalistas anglosajones, para explicar la esquizofrenia).

La existencia en la constitución del Ser humano no solo de la contradicción lógica sino de la paradoja subjetiva, provoca una absoluta imposibilidad de encontrar la Teoría Unificada que dé cuenta simultáneamente: de la emergencia del sujeto y objeto, de lo individual y lo social, de la esfera pública y privada (R. Rorty). Es el precio que pagamos por el hecho de ser parlantes, sexuados y mortales, como fundamentos de la subjetividad humana (es la “imposibilidad de la relación sexual”, J. Lacan).

Como vemos, aunque muy resumido, estas dos posiciones, tendrían algo de cómico, si no fuera porque van acompañadas de una evidente falta de rigor que, a menudo, nos conducen a callejones sin salida.

Rigidez, simplismo, uniformidad y unilateralidad, son alguno de los nefastos efectos producidos en esta concepción de las curas.

Elegir una opción epistémica, dentro de un paradigma científico determinado, a sabiendas de saberse en pérdida o limitado en el todo-hacer o todo-saber («Castración Epistémica” diría), permite entrar en Conversación con el Otro, haciendo permeables las fronteras del conocimiento y dando a cada sujeto otro margen para colocar y hacer escuchar su voz.

Iatrogenia Actitudinal

Si existen determinadas Actitudes, por parte del educador o terapeuta, que son favorecedoras de un proceso de cambio y de “invención” subjetiva. También hay otras que lo impiden, llevando a provocar nocivos efectos, en el proceso de transformación personal.

En otro lugar (ver Referencias), aludimos extensamente a estos factores de cambio. Fijémonos que estas condiciones no son caprichosas o aleatorias. Son esos requisitos, que tanto en el Hacer como en el Decir, animan, empujan e invitan a dejar en suspenso las certezas subjetivas que sostienen a un sujeto amarrado a su síntoma, para permitir el advenimiento de una nueva significación, y otra posición diferente respecto a su goce repetitivo fantasmático.

Por tanto, una inversión de dichas condiciones, provocará justamente, efectos contrarios a los supuestamente preconizados. Veamos:

Suponer que “Todo es Educable”, que “Cada caso no es único” o que “Existe El profesor Ideal”. Son argumentos sostenidos por el mantenimiento de un alabado cientificismo de la personalidad. Una ontología Cognitiva aliada a las Neurociencias, muy en boga, hoy en día, hace creer en las virtudes modificadoras del moldeamiento del sistema de creencias. Ilusión de objetividad, que siempre choca con la particularidad dada por las significaciones particulares, ante lo escuchado y prescrito.

Ya S. Freud nos alertó del “furor sanandi”, que aqueja a los médicos en su intento de curar eficazmente y a toda costa, provocando, a menudo efectos adversos.

Por no nombrar el retorno de una nueva forma de Moral Social de “discriminación negativa”, respuesta ante lo “políticamente correcto”. Moral “laica” y “blanda”, pero no por ello menos prejuiciosa y denegante de toda subjetividad. O aludir al nuevo Giro Religioso tomado por los actuales pensadores de la posmodernidad (Derrida, Vattimo, Trías…)

Cuidado con el «Deseo de Ayudar”, que tanto se oye, y que a menudo, refleja las propias proyecciones personales del practicante, que anteponen una presunción de Ideal de: Alumnos, Padres, Ciudadanos, Hijos, Trabajador o Creyentes.

Ideal cargado de Sentido ajeno al sujeto y que invade las Prácticas Terapéuticas.

Y es que, podemos constatar, cada vez más, los Efectos segregativos, que la Ciencia aliada con el Mercado provoca.

Una Demanda de Ayuda, sólo tendría razón de ser, cuando surja de una duda, malestar o síntoma que instalen la pregunta por su significación posible. Si esta condición previa no está dada, solo devendrá en intervención invasiva desde la normativización del Otro.

“No Observar”. “No Escuchar”. “No Acompañar”, son consecuencias de lo anterior.

Si Uno ya Sabe sobre el Otro, ¿qué sentido tendría, acogerle, observar y escuchar los Índices Significativos de su personal Expresividad? Es decir, se trataría o no, de dar un radical y verdadero valor a lo que el Otro testimonia.

Efectos de sentirse rechazado, mirado como “robot”, tratado como objeto o “animalito”, cuantificado y evaluado, “no le interesa nada de mí”, son referidos muy a menudo. Pero sobre todo, evita al practicante “enterarse de nada”, reduciendo su intervención a una acción reeducativa o rehabilitadora.

“Proyectar”. “Seducir”. “Dramatizar”. Es alguna de las formas, que toman desde el lado del educador o terapeuta su “no querer saber de eso”. Las resistencias están del lado del Analista, nos recordaba J. Lacan.

“No hay peor (psico)terapeuta que él (psico)terapeuta sin Formación”, diría yo, es decir, el que haciendo uso del “poder discrecional de la palabra” (J. Lacan), cae en la tentación de señalar e interpretarlo todo y a todos. Provocando una auténtica “paranoia” o “erotomania” transferencial, en el abuso del poder de su saber supuesto.

Y los consiguientes Efectos de: dependencia, “cuelgue”, estar “pendiente” del Otro, Sugestión, “acting-outs”, falta de autonomía e iniciativa, repeticiones, empuje al “deber” culpabilización, deuda, etc.

Iatrogenia Procedimental

“Comprender demasiado”. Comprender demasiado o demasiado pronto, son maneras de anteponer el Ego del educador o terapeuta a la observación y escucha de los Actos y Dichos de alguien. Con esta comprensión cargada de sentido, a menudo prejuicioso, el Practicante centra su atención en lo que supone que de él se espera, por parte de: padres, institución educativa, sanitaria, etc.

Es decir, es la Comprensión, el sentido apresurado de las producciones, lo que les reasegura contra su propia dificultad frente a la angustia que supone el vacío instalado para permitir la aceptación y la “neutralidad benevolente” frente al sujeto. Mejor la “Docta Ignorancia” (S. Agustín).

Efectos patógenos producidos: una evidente dificultad de instalación de la “Transferencia”, entendida ésta como el “amor producido al saber supuesto del Otro”. Si el otro, en vez de presentar su “suposición” de saber muestra su “certero” saber, ya no me interesa. Y sin instalación de transferencia, no hay cura posible. Encontramos la producción de sugestión y alienación al “Conocimiento de la adecuada Receta del Bienestar”.

“No dar tiempo”.” Invadir”. “Desconocer el Deseo Inconsciente”. Consecuencias espacio-temporales de lo anterior. Desconocer que el deseo inconsciente, es el motor del aprendizaje, o que los Síntomas son formaciones o satisfacciones sustitutivas del deseo inconsciente reprimido, implica desconocer, a su vez, que el deseo se juega, por definición, en la falta. Hay deseo porque aparece la falta.

No inventar el vacío temporal que supone “la espera”, o espacial, que implica “la quietud”, o el vacío de sentido que conlleva el “silencio”, son otras tantas maneras de impedir la emergencia del sujeto del inconsciente.

¿Con qué Efectos se manifestará? Con la imposibilidad de asunción del deseo particular de cada uno. O sea, en un “no saber lo que se quiere”. O en una dificultad para el cambio (“dando palos de ciego”) y la consiguiente inhibición O la salida precipitada ante una engañosa atenuación de la angustia.

“No Enmarcar o Limitar”. “No fomentar la Elaboración”. “No Responsabilizar”.

Referidos a las propias condiciones del trabajo terapéutico en sí. Tres condiciones íntimamente unidas. Límites, que son ante todo los de la propia castración, que la alienación al lenguaje constituye. Y que posibilitan instaurar las condiciones para crear el corte, una fisura, un borde, ante la inercia repetitiva de goce sintomático. Límites espaciales, temporales, relacionales, que “de la buena manera”, animan, incitan, cuestionan o invitan a alguien a la responsabilidad que supone un hacerse cargo y responder con las propias significaciones de aquello que irrumpió como malestar.

Elaboración, entonces en las variadas manifestaciones expresivas. Juego sensoriomotor, pero también la expresividad plástica, gráfica, manual, corporal, dramática, relacional y sobre todo la propia palabra, de la que uno —como deseo del Otro— responde.

En este marco suele ser común, caer en «las trampas de la Tecnicidad”. Como la Trampa de “la directividad”, la de “la manipulación sutil”, la de un “dejar hacer, no controlado” o, también, de “sostener un estatuto ambiguo” entre los lugares niñoadulto.

Efectos producidos por esta situación: Por de pronto podremos constatar cierto alivio de la conducta sintomática, producida por la mera “descarga” o abreación libidinal.

Pero la no claridad en el Dispositivo, impedirá cualquier transformación en el orden de la verdad del sujeto, provocando confusión, falta de límites, trivialización, desimplicación, mera diversión, desresponsabilización, incluso hastío, aburrimiento o angustia…

“No contextualizar”. “No decir: ¡No!” «No derivar”: Que el niño hace síntoma de aquello que del deseo y del goce se juegan en el orden parental es bien sabido. Que siendo el niño síntoma, entonces, de los padres, es lo único que, a menudo, puede ser presentado, también lo constatamos cotidianamente. Pero por esto, no nos exime de escuchar y de atender lo que del deseo del Otro hace letra en el niño. Padres, hermanos, profesores u otros allegados, pueden dar a oír su voz, con la condición de pedirlo. Y con la condición de mantener la alianza con el paciente.

¡Un Terapeuta no debe ser derogado, ni “correveidile” de nadie!

Uno sólo es responsable de la Hipótesis que marca la orientación de la cura.

Correlativa a esta contextualizacion, estará lo que podemos llamar la “Castración del Dispositivo”. No hacerse cargo de aquello que no se crea poder contener o poder saber hacer. Sea por falta de pericia profesional, sea por el marco institucional, sea por la relación con los cercanos al paciente etc. Saber decir ¡No!, de “esto no me puedo hacer cargo”, saber, al fin, de los propios límites, sin que se conviertan en denegaciones del rol de terapeuta, es la mejor muestra no sólo de honestidad profesional, sino que también es una vía para evitar males, a menudo irreparables, causados por el narcisismo del arrojo y la ignorancia.

No olvidemos que la Supervisión es uno de los pilares de la Formación.

¿Con qué Efectos notaremos esto? Uno de los más conocidos: Los padres, aduciendo cualquier excusa interrumpen el tratamiento de su hijo. ¡Se lo llevan! A menudo cuando los resultados empiezan a hacerse evidentes. Son comunes también las intromisiones, las indicaciones de qué hacer con el niño. La rivalidad o la amabilidad excesivas con el Terapeuta también se comprueban. Por no nombrar la confusión, angustia o desorientación que aquejan al practicante en sus intervenciones.

Postfacio

Como ya hemos apuntado se abre todo un campo para repensar, las consecuencias de la Práctica que nos atañe. Esto no sería así, si un particular deseo no dejara de animar, a cada uno, una clínica, que a la postre, no es mas que ética.

A modo de conclusión y sin que de ninguna manera suponga consejo alguno, sugiero algunos puntos que a uno, personalmente, le han servido.

Un Terapeuta, entonces, justamente orientado “debiera” poder situarse tal como: un poco “tonto” (¡no demasiado! El de la “ignorancia docta”), un poco “payaso” (para desinvestir y desdramatizar el sintoma), un poco “chismoso” (cuente, cuente…””) y algo “puñetero” (no dar necesariamente lo que se pide). O bien, y dicho de otra manera: “mejor quedarse corto que largo”, que es como decir tomar a la “prudencia”, tan estimada por Aristóteles, como referencia de nuestro deseo.

Referencias

Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. 92. Madrid. Ed. Espasa Calpe.

Miller, J. Alan. 98. El Hueso de un Análisis. BBAA: Ed. 3 Haches.

Aucouturier, B. 85. La Practica Psicomotriz. BCN: Ed. Científico-Técnica.

Freud, S. (1925). 72. “Inhibición, Sintoma y Angustia”. Madrid: Biblioteca Nueva.

Rguez Ribas, J. Á. 93. “De la Ayuda Psicomotriz a la Práctica Corporal”(Seminario Inédito). Universidad Tarragona.

Rguez. Ribas, J. Á. 02. «Un Ensayo sobre los Principios terapéuticos de la Practica (Psicomotriz) Educativa”.

Aleman, J. 01. El Inconsciente: Existencia y Diferencia Sexual. Madrid: De. Síntesis.

Rguez. Ribas, J. Á. 02. “La “Quietud” del Psicomotricista”. BCN: Rev. Entrelíneas Nº 11. (APP).

Rguez. Ribas, J. Á. 01. «Otras notas para una Epistemología de la Práctica Psicomotriz (Ensayo sobre la razón del Cuerpo y del Juego)”. (Conferencia inédita). Sevilla.

Rguez Ribas, J. Á. 02. «¡Papá… me aburro! (Apuntes para una Ética Alternativa a la Moral Global)” (Conferencia Inédita). Sevilla.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre J. Ángel Rodríguez. José Ángel Rodríguez es médico, psicoanalista y psicomotricista. Miembro de la ELP de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, formador en P.P.A. de la ASEFOP y profesor de la Ftad. Ccias de la Actividad Física (EADE. Málaga). Coordina el Curso de Formación en Práctica Psicomotriz, organizado por la Diputación de Sevilla. Miembro AEC, APP y del Comité Científico AEPICSE.
Cómo citar: J. Ángel Rodríguez (2004). Efectos iatrogénicos en la práctica de la psicomotricidad. Cuadernos de Psicomotricidad, 27, pp. 11–18. Luzaro.
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