“Yo no digo que amar sea fácil, pero sí me atrevo a afirmar que es gratificante. Hagámoslo.” Dice al final de su artículo el “padre” que escribe en este número.
Nosotros sabemos también que educar no es fácil aunque nos atrevemos a afirmar que es, o puede ser, gratificante. Sobre todo si estamos atentos a nuestra persona y a la persona del niño con quien compartimos ese tiempo de relación educativa.
Atentos al niño, desde el encuentro de emociones y contacto que posibilita, por ejemplo, el masaje; un masaje que el niño permite, que el niño recibe cuando lo desea, desde el respeto a ese deseo.
Atentos a nosotros mismos, en esa “consciencia” de sí, esa auto-responsabilidad del ser verdadero. Atentos a nuestras resonancias, en ese camino de integrar afectos, emociones, cuerpo y pensamiento.
Emociones, contacto corporal, resonancias, autoestima, consciencia, cuerpo en relación, responsabilidad, pensamiento, etc., elementos que se anudan conformando nuestra red existencial, en donde sostener nuestra historia, contener nuestro presente y asegurar nuestro futuro.
Y refiriéndonos al presente, sabéis que acaba de publicarse en castellano el libro de Bernard Aucouturier, que tanto esperábamos: sobre él encontrareis un artículo de M. José Intxausti.
Os proponemos acercaros a él, no como a un texto inamovible y omnipotente al que hay que someterse, sino como la reflexión de un profesional que ha tratado de escuchar al niño y ofrecerle una forma de acompañamiento en el difícil proceso de crecer en esta sociedad.
Un texto que aporta una gran coherencia entre los principios teóricos y la práctica en la que se basa.
En esta época en que todo se cuantifica en base a todo tipo de estadísticas y niveles de calidad, en la que todo es sometido a diferentes sistemas de valoración cuantitativa, la aportación de Bernard Aucouturier, y nuestra propia experiencia, nos enseñan que la escucha, la empatía, el respeto, es decir, las actitudes del psicomotricista, sirven para que muchos niños puedan decirse y encontrar recursos de aseguración que les permitan seguir adelante, tal y como hace la niña de dos años de la que habla otro de los artículos.
Nosotros nunca cuantificaremos, ni pondremos un número a la acción del niño pequeño. Trataremos de escuchar y entender la expresividad motriz de cada uno de ellos, para seguir buscando-creando modos de acompañamiento que les permitan instalarse en una existencia verdadera, semilla probable de ciudadanos más tolerantes, transformadores y transformables.
Que así sea.
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