En todo trabajo de práctica psicomotriz, en cualquiera de sus niveles de intervención, podemos decir que el eje esencial es la existencia de dos sujetos en relación. A este respecto, y refiriéndose a la contratransferencia, Lacan dice en el Seminario I: “…en el análisis, no sólo está el paciente. Hay dos; y no solamente dos”.
Asumir esta realidad, a la vez tan sencilla y tan compleja, es una de las condiciones básicas para poder andar el camino de la práctica psicomotriz.
Lo esencial no es que los niños tiren el muro de cojines, o que salten desde lo alto, o que construyan sus casas, hagan sus dibujos y construcciones, etc. Lo verdaderamente importante es que sus acciones y sus inhibiciones, sus palabras y sus silencios, sus gestos, sean dotados de sentido por un otro que se siente interpelado, y que es capaz de contener sus propias angustias y fantasmas, siendo consciente de ellos, para des-centrarse y atender a los deseos y temores de los niños con los que trabaja, reconociendo lo que viene del niño y lo que resuena dentro de sí, sabiendo que en esa sala hay por lo menos dos sujetos (y no solamente dos).
Dar al niño la condición de sujeto es a la vez el objetivo y el punto de partida de nuestra práctica. Ello supone permitirle actuar como sujeto y no perder la propia condición de tal en ese acompañamiento (un niño sólo puede acceder a la condición de sujeto en la relación con otro sujeto en el que reconocerse de forma especular).
Esto nos lleva a la autonomía, el partir de la acción espontánea del niño, respetar su deseo y otra serie de conceptos e ideas que son, entre otros, los pilares de este edificio en permanente construcción que es la práctica psicomotriz.
El niño considerado como un objeto sobre el que actuar para conseguir unos objetivos determinados de un proyecto educativo o terapéutico es algo lejano y contrario al espíritu de nuestra práctica. Nosotros trabajamos en una relación entre sujetos, construyendo marcos que aseguren y permitan la expresión y la construcción de las identidades, posibilitando el acceso al protagonismo de una existencia verdadera.
Y esto supone asumir en nuestras salas una dinámica no exenta de conflictos, ofreciendo un lugar de acogimiento, escucha, sostén y contención, que permite que cada sujeto-niño pueda hacer su propio recorrido, en la dialéctica del cerca-lejos, apego-dominio, etc.
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