Construir un vínculo seguro. Hoy en día nadie pone en duda la importancia básica de esta idea como uno de los motores de un desarrollo humano saludable. Pero cuando comenzamos a reflexionar sobre qué es y qué supone un vínculo seguro o qué actitudes y conductas del entorno, de los adultos cuidadores, son adecuadas para ello, entonces las cosas ya comienzan a volverse más complejas.
En las próximas Jornadas, XIV Edición, que nuestra Escuela organizará en el Palacio Europa de Gasteiz los días 29 y 30 de noviembre, y 1 de diciembre, este será el tema: “El valor del vínculo”.
Efectivamente, más que nunca, en la sociedad en la que vivimos, se vuelve importante, y adquiere un valor fundamental la posibilidad y la capacidad de vincularse, de comprometerse en relaciones verdaderas y no superficiales.
La cantidad de información, que no de formación, y de comunicaciones rápidas y no comprometidas (iconos, reenviados, imágenes, frases hechas…) que nos invaden y que nos llevan a multiplicar nuestros “actos de relación” porque no nos suponen ningún esfuerzo, no nos implican verdaderamente, no nos hacen comprometernos realmente con nadie ni con nada.
Todo es rápido, eficaz, inmediato, sin apenas reflexión ni asunción consciente de la dimensión de lo que se recibe o expresa. No nos comprometemos. Lo más importante es que YO y lo MÍO estén protegidos. Exigimos que respeten nuestros fallos, nuestras dudas, nuestros desconocimientos y nuestra vida personal, mientras nos volvemos cada vez más exigentes con los otros, no aceptando sus errores, y esperando que sean “excelentes” en satisfacer nuestras necesidades y derechos.
En este número vamos a encontrarnos con experiencias y reflexiones que precisamente nos hablan de la necesidad de “tener en cuenta al otro”, de construir vínculos seguros, que son la garantía de un desarrollo en bienestar, de la construcción de relaciones profundas, respetuosas, atentas.
Construir vínculos seguros no es una metodología ni una técnica. No es algo que se enseña o se entrena. Es algo que depende de lo que se vive, de lo que se ES, o de lo que uno siente que ES. Y la Práctica Psicomotriz tiene mucho que decir y que aportar en esta cuestión.
Las salas de psicomotricidad son lugares llenos de relaciones comprometidas, de miradas y oídos atentos, de corazones abiertos. Lugares en donde las acciones, los juegos, las emociones, los sentimientos, las imágenes, los pensamientos tienen siempre lugar y encuentran, sin represiones ni pre-juicios, posibilidades de sentido, de abrir caminos hacia la madurez y la autonomía, hacia la identidad personal y la socialización, hacia la comunicación y el pensamiento.
Las salas de psicomotricidad son lugares de vinculación segura, con uno mismo, con el propio cuerpo, con el espacio y los objetos, con los adultos y las y los compañeros. Lugares en donde “vivir-se” y “vivir-con”, en donde construirse como sujetos de la propia vida y reconocer a los otros como sujetos y compañeros.
¡Felices compromisos vitales!
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