La infancia no aprende, no se impregna, sino de las actitudes de los adultos que le rodean. La escuela, la ayuda, cualquier labor que se realice teniendo como protagonista a la infancia, debe referirse a la vida, y no a unos contenidos que deben ser aprendidos para “aprobar” el proceso educativo o terapéutico.
Hablamos de la vida, de acompañar la vida. Porque acompañar no es decir que todo está bien, sino hablar de lo que uno es y lo que hace. Es prestar atención, interesarse por lo que es y por lo que hace, que no siempre es adecuado. Porque no hay perfección, sino “camino hacia”. Y, por eso, acompañar la vida es hablar de decir sí al niño, y decir sí y decir no a lo que hace, a cómo lo hace.
Acompañar la vida es descubrir las capacidades y los límites, las posibilidades de desarrollo de los deseos y el reconocimiento de las dificultades que surgen en el camino. Es partir de la magia de la omnipotencia y recorrer la aventura del encuentro con la realidad, que nos transforma y que transformamos. Es vivir la fragilidad de un yo en construcción, la ilusión de un yo eterno, y el encuentro con todas las posibilidades de construcción y creación de la propia vida, que ya incluye la propia muerte.
Es vivir la seguridad del otro, el deseo y el miedo ante la separación, hasta reconocer la permanencia y luego la posibilidad de que suceda la muerte del otro. Sí y no, vida y muerte, no como contrarios, no como fuerzas opuestas, sino como componentes del mismo proceso en el que se desarrolla nuestro devenir en el mundo.
Acompañar, crear, construir, “ser humano”.
En este nuevo número, contamos con diversas reflexiones y aportaciones en torno a estos temas que son la base de nuestra vida y de nuestra labor educativa y terapéutica. Son textos con una gran carga de profundidad, que nos permiten pensar sobre cuestiones fundamentales para poder comprender la dinámica de la vida y del encuentro entre los adultos y la infancia. La difícil labor de acompañar, de atender, de cuidar, sin invadir, sin sustituir la energía vital y la posibilidad de crecer de la infancia.
Confiar en la capacidad de aprender de la infancia. La no necesidad de “hacer hacer” o de “enseñar”. Trabajar para la vida, la autonomía y el despliegue de la persona total. La persona que reconoce sus posibilidades y las de quienes le rodean.
La persona que está viva, vive el placer de la creación y la capacidad de soportar la frustración y la pérdida. Es la persona que desea actuar, actúa y se responsabiliza de su actuar, en el placer y en el dolor.
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