Creo que fui estudiante de Educación Física, principalmente, por mis andanzas con el balonmano mientras cursaba el bachillerato. Curiosamente, la práctica de este deporte me había librado en más de una ocasión de acompañar a mis compañeros a la tabla de gimnasia, parte fundamental por entonces de las clases de Educación Físico-Deportiva. Además de Educación Física estudié Magisterio, el del Plan 67, aquel en el que las prácticas de enseñanza en centros escolares duraban todo el último curso. Mi primer contacto con la palabra Psicomotricidad fue a través de la lectura de la Revista Education Physique Sport, que en aquellos años dedicaba unas páginas a la presentación de teorías y prácticas sobre cómo se entendía esta corriente de la Educación Física en Francia. Angel Mayoral, uno de nuestros profesores, organizó un seminario en el que se leían y discutían los textos que recogíamos principalmente de la revista mencionada. Hice las prácticas de Magisterio en un centro de niños, pero en la escuela de al lado, en la de niñas, impartía clase una maestra de párvulos, Rosa María, que conocía y desarrollaba métodos como el Bon Depart, de la que me hice un asiduo observador participante de su trabajo con las niñas.
Los estudios de Educación Física en el final de los sesenta y comienzos de los setenta trataban de innovar en el mundo de los deportes y el de los sistemas de entrenamiento, que Zatopek había puesto de moda. Las habituales Gimnasia Sueca y Alemana fueron dando paso a los planteamientos de la Gimnasia Natural Austríaca, que el extraordinario G. Smith introdujo en nuestro país a finales de los sesenta y que supuso toda una renovación en algunos de los profesores que nos daban clase. Pero con respecto a lo extraescolar, fuera de programa, y en aquellos años había un fuerte interés por todo lo que estuviera fuera de programa, íbamos conociendo nuevos métodos y los que, como yo, parecíamos abocados a trabajar en la EGB, nos fuimos adentrando en la revista de la UNESCO, en los planteamientos de la escuela activa, en los movimientos de base de maestros… que tenían ese gusto un tanto clandestino, romántico y apasionante que se respiraba en la segunda parte de la década de los setenta.
La Psicomotricidad era, como afirmaba Le Boulch, esa asignatura básica que había que añadir a la lectura, la escritura y el cálculo. Traté de desentrañar su significado a lo largo de los años en los que fui maestro de enseñanza primaria. Pero si bien tenía interés por la Psicomotricidad y por que en mis clases no se diera lo que Luc Boltanski denomina “cultura somática” y que, según Varela (1991, 229), trata del moldeamiento sufrido por los cuerpos en nombre de una buena educación…, he de confesar que también me atraparon los procesos en los que el alumnado construía aprendizajes sobre lectura, escritura, conversación, cálculo… El interés por las materias, con ser importante, iba perdiendo fuerza frente al interés por el sujeto que aprende.
Después de un paso por la “Psicomotricidad de Faltas”, aquella que de forma magistral refleja el libro de Picq y Vayer: Educación Psicomotriz y Retraso Mental en el que puede verse un balance psicomotor y una propuesta de actividades motrices para compensar las dificultades detectadas en lateralidad, percepción espacial, equilibrio, etc., conocimos la Educación Vivenciada y a sus autores: A. Lapierre y B. Aucouturier. Pasamos juntos una década; creo que muy fructífera. Digo pasamos, porque las relaciones con estos profesores franceses no fueron personales sino a través de un colectivo: primero el seminario mencionado de Madrid y después, aunque durante algún tiempo funcionaron de forma paralela, con otro seminario adscrito al Movimiento de Renovación Pedagógica ADARRA de Bilbao. Pusimos en práctica las ideas y estrategias que explicaban en los tres libros que forman la Educación Vivenciada; nos entusiasmamos con los descubrimientos que anunciaban en uno de ellos, Los Contrastes, y, más concretamente, con las explicaciones que daban a la expresión “Actividad Motriz Espontánea”. Asistimos a los cursos que ellos impartían tanto en España como fuera; formamos parte de sus primeras asociaciones internacionales; les propusimos actividades de formación que ellos consideraban originales, pero a las que se resistían: Queríamos que vinieran para hacer de observadores externos de nuestras prácticas con los escolares; reclamábamos su presencia para que observaran nuestro trabajo y escucharan nuestras ideas y justificaciones, para que después opinaran.
Sólo lo conseguimos en dos ocasiones. Para nosotros la Psicomotricidad pasaba por el trabajo que estábamos desarrollando, no era algo con entidad propia, no queríamos dedicarnos a la Psicomotricidad, queríamos que nuestra misión de maestros mejorara y era aquí donde veíamos, donde seguimos viendo el sentido de la Psicomotricidad.
El Seminario de Psicomotricidad de ADARRA estaba formado por maestros y maestras que trabajábamos en ikastolas y escuelas públicas con niños y niñas entre 2 y 8 años. Hoy diríamos que éramos profesores del Segundo Ciclo de Educación Infantil y Primer Ciclo de Educación Primaria.
La Psicomotricidad nos ayudó a entender y atender el ámbito corporal dentro de los tiempos y espacios escolares, algo sobre lo que hemos teorizado bajo el título: “Visión ecológica sobre el tratamiento pedagógico de lo corporal” y que seguimos revisando en nuestras tareas de formación del profesorado. Estas reflexiones nos llevaron a proponer, entre otras cosas, un horario que no sólo tuviera en cuenta las materias escolares, sino también una estructura sensible con los intereses, deseos y necesidades de los escolares, algo que ha tenido una importante repercusión a juzgar por lo que se ha escrito sobre ello y por los contextos en los que han surgido estas publicaciones:
Castro, M. y Otras (1992). Outras aulas outra escola. Edicións Xerais de Galicia. Vigo – Pontevedra.
González, M.A. (Cord) (1995). Unidades didácticas de Educación Física de Primer Ciclo. Seminario Psicomotricidad CREA. Málaga.
Ziarsolo, A. y Otros (1994). Materiales curriculares para el periodo 3-8 años. Servicio central de publicaciones del Gobierno Vasco. Vitoria-Gasteiz.
Ziarsolo, Z. y Otros (1995). Materiales curriculares 3-8 años, Nº 5. Departamento de Educación del Gobierno Vasco. Vitoria.
La Psicomotricidad nos ayuda a identificar aquello que debería ser motivo de enseñanza-aprendizaje con referencias al cuerpo y su motilidad, a argumentar su porqué y para qué, algo sobre lo que hemos escrito en diferentes ocasiones:
Vaca escribano, M. (1996b). “¿Qué enseñar que merezca la pena en Educación Física en Educación Primaria?» Revista de Educación. MEC. Madrid.
Vaca escribano, M. (1999c). “Propuesta curricular para el área de Educación Física en Educación Primaria”. lv jornadas de educación física escolar. Repensar teorías. Analizar prácticas. Palencia 6, 7 y 8 de Septiembre de 1999.
La Psicomotricidad nos da pautas de cómo deberían establecerse los procesos de programación, desarrollo y evaluación en sus diferentes niveles de concreción. En relación con el tercero, es decir en el ámbito de las unidades didácticas, publicamos:
(1996a). La Educación física en la práctica en educación Primaria. Asociación Cuerpo, Educación y Motricidad. Palencia.
La Psicomotricidad nos ha permitido comprender cómo y hasta qué punto la actividad motriz moviliza y desarrolla competencias no sólo motrices, sino también de equilibrio personal, de inserción social, cognitivas y lingüísticas.
La Psicomotricidad, en suma, nos ha ayudado a entender la educación como un oficio dedicado a despertar, ayudar al desarrollo y facilitar la construcción de conocimientos por parte del alumnado.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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