De la teoría a la práctica: Una sensación agridulce

Nº 26 · Diciembre de 2003 · pp. 31–35

Resumen. Una alumna de Magisterio cuenta la «agridulce» experiencia de observar sesiones de psicomotricidad en un aula de niños de unos cinco años: lo que le impactó (las carencias de los niños, su libertad, el espacio de conciliación), cómo cambió su mirada sobre la infancia y le hizo revivir la suya, y su convicción de que se aprende viendo la teoría en la práctica.

El mero hecho de asistir a lo largo de este curso a una asignatura como es Desarrollo Psicomotor, me ha aportado e inundado de una agridulce sensación, que ha ido generándose tras un período de varios meses, cuando iniciamos el contacto y relación de esta asignatura para conocerla con más profundidad, y que consecutivamente se ha ido desarrollando durante un segundo período trimestral, en el cual, pusimos en práctica o pudimos relacionar lo aprendido con aquello que veíamos reflejado en un aula de niños de alrededor de cinco años.

Toda la teoría y conocimientos asimilados se verían actuando dentro de las sesiones de psicomotricidad, en las que hacíamos acto de presencia semanalmente.

Asistíamos a la realidad de la asignatura, a los momentos y acciones vividos por los niños, que demostraban la verdad de lo estudiado. Visualizábamos aquello que durante meses no vimos ni sentimos; por ello, en el instante de cruzar el umbral del aula por primera vez, me impregné de un cúmulo de sensaciones mágicas, variadas e indescriptibles que permanecieron a lo largo de toda mi asistencia.

Así mismo, lo he denominado como sensaciones agridulces ya que son una mezcla de sentimientos y experiencias originarias de emociones totalmente paralelas; nada que ver entre ellas. Unas con un toque dulzón y otras, sin embargo, tan agrias que dificultan su digestión.

Emociones personalmente satisfactorias y recordatorias de mi lejana niñez que, a su vez, hacían surgir una melancolía a causa del reconocido pasado al que pertenecían.

Pero no todos los sentimientos que emergen y desbordan mi cuerpo son o fueron tan digeribles; muchas otras, creaban tan acentuada angustia que tras las sesiones, no podía olvidar y pasar por alto lo visto y experimentado en la sala, como si de un mal sueño se tratase. Allí se observa la vida real en vivo y en directo; ya no existían apuntes ni simples teorías donde basarse y aferrarse.

En el mismo instante en que entraba a esa sala, no podía hacer oídos sordos ni vista ciega a lo que presenciaba. Tienía que asimilar lo que veía tal y como venía pero, como seres humanos que somos, costaba mucho observar actitudes aparentemente tan sencillas e inocentes que de fondo aportaban un mensaje entre líneas y contemporáneamente darse cuenta de ello sabiendo leer y captar el mensaje real.

Me quedé exhausta al descubrir y presenciar en una única sesión todos los problemas y dificultades de tantos tipos y magnitudes, a los que a tan cortas edades muchos niños tenían que hacer frente.

Seres tan indefensos, inocentes, portadores de grandes sueños, aspiraciones e imaginación; maman desde que son traídos al mundo, los obstáculos que la vida propia les impone, impidiendo en muchos casos disfrutar de la infancia como debieran, y repercutiendo y reflejando en actitudes y comportamientos habituales en esa infancia marcada.

Está claro que en estas etapas de sus vidas no son conscientes de lo que les rodea, pero ellos mismos son los que expresan a su modo y manera lo que padecen.

Las carencias de afecto por motivos diversos o, en contraposición, la exagerada atención entre otros, son motivos fundamentales para que estos infantes sufran a lo largo de su niñez y se prolongue permanentemente, determinando así sus vidas.

Tras acudir y observar estas sesiones, mi manera de ver a los niños tomó un giro de ciento ochenta grados. Ya no veo a esos «mocosos» igual de simpáticos, llorones, graciosos… Ahora, cada vez que miro a uno, además de eso, quiero captar lo que detrás de esa mirada o detrás de un comportamiento se haya escondido. Tengo una inquietud dentro de mí que antes de comenzar estas clases no demostraba; al contrario, era una total indiferencia lo que sentía, pero me excuso por la ignorancia de la que estaba dotada en este tema.

El día que entré por vez primera a contemplar a esos «terremotos», mi asombro fue de lo más inesperado. Que yo recuerde, el comportamiento visto aquel día me dejó perpleja. No podía imaginar que a esas edades la educación de esos niños fuera tan elaborada. Ya no recordaba ni por experiencia propia que esos pequeños desbordan pura vida pero que también son capaces de saber estar cuando la situación lo requiere.

Sinceramente, el asombro fue espectacular. Todo el proceso que estaban desarrollando me deslumbró; empezaron la sesión despojándose de sus calzados y dejándolos ordenados en sus respectivos lugares; a continuación, todos tomaron asiento en los bancos para dar paso a una breve conversación y, curiosamente, para mi mayor impacto, todos ellos respetaban los turnos para poder escuchar y ser escuchados.

Seguidamente, la clase avanzaba con la destrucción de los bloques de goma-espuma, que hacían función de muralla.

Todos se preparaban para correr contra esa pared y del impacto derrumbar la construcción.

La euforia y el desfogue que manan estos niños al realizar estas actividades son inauditos. Esta acción, que parece una tontería, es fundamental para que el niño sepa que tras destruir se puede volver a construir, y así palpar con sus propias manos el significado de la permanencia.

Con las piezas de goma volcadas, llevan a cabo distintas construcciones, creando lo que su imaginación les sugiere.

Cada vez que veía a esos pequeños jugar, intentaba trasladarme en el tiempo y evadirme hasta poder revivir mi infancia mediante ellos. Pugné por viajar al pasado con lo que veía y cuando lo conseguí, me encontré con el desconcierto.

Es evidente que todos somos o fuimos niños algún día y que tenemos en común las características básicas de cualquier niño, pero intentando recomponer mi pasado y relacionándolo con el presente que estaba observando, encontraba más afinidad e identificación con una minoría de niños; me estuve comparando y analizando, y coincidía con un par de niñas como mucho, más que nada por el rechazo que siempre creaba a la hora de tener que compartir algún juego con otra persona. Prefería la soledad al bullicio de la multitud, y no era de mi agrado ceder a alguien aquello que deseaba disfrutar en su totalidad. Supongo que sería por el egoísmo del que está dotado el niño en estas edades.

Realmente no sé por qué prefería jugar conmigo misma antes que divertirme con el resto de mis compañeros, pero es algo que hacía y de cuyo porqué siempre me quedará la duda. Reconozco que viajar en el tiempo me hizo sentir con mayor intensidad la clase y no puedo negar el goce de lo que aquellos niños me ofrecieron.

Volviendo al asunto pendiente a cerca del desarrollo de la sesión, me queda decir que a la par que unos disfrutaban destruyendo y fabricando y al mismo tiempo interpretando mediante el juego, su entorno real en el espacio correspondiente del juego simbólico, otros saltaban, corrían, trepaban… en su espacio adecuado para emitir el placer que no podían retener bajo sus pequeños cuerpos, de modo que se precipitaban al espacio idóneo que en este caso se actuaba en el espacio sensoriomotor.

Lo más llamativo de todo es la agilidad que los niños poseen. En muchas ocasiones, observar el posible peligro al que se enfrentaban me creaba un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar; además, al estar acostumbrada a ver a los niños protegidos por la mirada de la madre que en demasiados casos es exagerada, me ha inducido a sobreprotegerlos; por eso, nada más ver saltar de las alturas a uno y lanzarse en picado a las colchonetas a otro, me ocasionaba una terrible inquietud, que a medida que pasaba el tiempo se calmaba, finalmente despreocupándome y enterrando ese nerviosismo en lo más hondo.

Una de las muchas cosas que he aprendido relacionado con este tema, siguiendo el hilo de lo mencionado, es la gran libertad que existe en esta sala.

Recordaba este lugar lleno de mandatos e imposiciones por parte de los profesores, pero ya no confío en mi memoria y puede que esa situación no fuese real y haya sido fruto de mi imaginación. El caso es que poseen más libertad de la que esperaba ver, siempre y cuando respeten unas normas básicas y, de la misma forma, respeten al resto de sus compañeros. Y si por algún motivo esto no se daba y se producían conflictos durante la sesión a raíz de la falta de respeto de algún compañero, existía un área denominada espacio de conciliación, donde las personas afectadas o involucradas en alguna riña, se acomodan en sus asientos preparados para la ocasión y debatían, dialogaban, hablaban y escuchaban el porqué de lo ocurrido y cómo resolver y salvar la discusión sin llegar a la violencia, canalizando la rabia hacia la vía del lenguaje.

Parece increíble que espacios como éstos, puedan crearse para niños de tan tempranas edades. Descubrir esto me supuso una gran admiración. La función de este espacio puede prevenir infinidad de problemas. Me parece estupendo enseñar desde tan jovencitos a dialogar y razonar, suprimiendo la violencia y, así, mejorando la convivencia.

Para dar por finalizado el resumen global de la sesión, queda contar las actividades que se realizaban en el espacio de representación, donde el profesor comenzaba narrando un cuento que luego tenían que saber continuar los alumnos para buscarle un final.

Tras disfrutar con la historia animada, los niños acudían a sus respectivos lugares para dibujar y colorear todo lo que se les ocurría. Este espacio, como es apreciable, se decantaba por el poco movimiento y acción, representando esa actividad mediante el dibujo y la construcción con maderas y plastilina: estaban pensando.

No podría contar todo lo que aprendí en estas clases, exponiéndolo sólo en unos cuantos folios.

Fueron muchos los conocimientos y sabiduría que interioricé, y no sólo a base de libros y apuntes, como es lo más corriente una vez alcanzada cierta edad, sino que casi no fue necesario echar mano de ellos, aunque sí conveniente, para no olvidar, ya que las palabras se las lleva el viento y la memoria es muy traicionera.

Asistir a este tipo de sesiones se agradece con el corazón. Fueron alimento imprescindible para mí; me nutrí de nuevos saberes permanentes que me hicieron crecer como persona, subiendo peldaños día tras día. Esta es la verdadera asignatura a la que hago referencia a la hora de hablar de la sabiduría que se sustrae en los centros de estudio. Es en la única clase donde he aprendido a comprender lo aprendido, tanto por el interés que me genera la asignatura como por la metodología utilizada para impartir las clases.

Entrar al aula era trasladarme a un mundo nuevo, lleno de aprendizaje, interrogantes, interés, motivación, etc., que me arrastraban a una insaciable curiosidad. Además, en el ámbito de lo personal, cada día que traspasaba las puertas de esa sala mágica, fluía mi recuerdo hallado enterrado en lo más profundo de mi ser.

Ver a todos esos niños de tan cortas edades, hacía revivir la espesa y borrosa imagen de mi infancia, de manera que pude reconstruir con ayuda de ellos la infancia olvidada, que permanecía inmersa en el oscuro recuerdo.

Es conveniente visualizar lo estudiado, poder presenciar con tus propios ojos la generalmente aburrida teoría, que acaba por desmotivar y desinteresar a las personas sobre la materia que estudiar, aborreciendo el tema en cuestión sin una razón elocuente.

Siempre me he decantado por el estudio eficaz. Aprender compaginando libros y apuntes con el apoyo de ejemplificaciones visuales. Es decir, poder contemplar en la realidad los ejemplos y las bases en las que se apoyan las teorías establecidas. De ese modo, la interiorización de lo tratado, queda permanentemente registrado en la memoria. A eso se le denomina aprender; a ese algo que interiorizas y que tarde o temprano haces uso práctico de él.

Sin más, habiendo resumido de manera global la experiencia, sus aportaciones, y añadiendo mis pinceladas de color interpretando a mis anchas lo que estas sesiones me inspiraban cuando acudía a ellas, me despido hasta siempre, agradeciendo con toda el alma esta oportunidad.

Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye una fotografía y un dibujo que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.

Sobre Haruko Minobe Pérez. Haruko Minobe Pérez es alumna de la especialidad de Educación Infantil de la Escuela Universitaria de Magisterio de Bilbao.
Cómo citar: Haruko Minobe Pérez (2003). De la teoría a la práctica: Una sensación agridulce. Cuadernos de Psicomotricidad, 26, pp. 31–35. Luzaro.
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