En realidad, mucho me temo que no la descubrí yo, entre otras cosas porque ya había sido descubierta, Aucouturier, Wallon y algunos (bastantes) más se me adelantaron por unas décadas. Tampoco puedo decir que la encontrara, porque no estaba perdida, pero puede que fuera ella quien me encontró a mí, o tal vez, simplemente, confluyéramos.
Desde luego ni por asomo lo hubiera creído el primer día en el salón de clases; no es que desconfiara, pero ¡vaya! He de admitir que el escepticismo y la duda sí se pueden enumerar como uno de mis primeros sentimientos. Supongo que es comprensible: el mero nombre de la asignatura resultaba ya algo rimbombante; Miguel hablaba claro y con calma pero todo cuanto decía, o sonaba a chino, o estaba tan alejado de lo que sabíamos y pensábamos sobre el niño, sobre la educación, sobre la escuela… que evidentemente nos costó “entrar por el aro”, centrarnos, llegar al meollo de la cuestión, a la clave del asunto que, por otra parte, estuvo ahí desde el principio y continuó hasta el final, y aún continúa: el niño. Porque, pese a los “¡menuda vergüenza!” o “¿y esto para qué sirve?” de un inicio, lo “único” que hemos intentado, y me parece que lo hemos conseguido, ha sido conocer un poco mejor a ese niño, al de verdad, no al sustantivo tantas veces repetidos en los textos, ponernos en su lugar, tratar de comprender cómo es, cómo piensa… pero desde ahí, poniendo toda la carne en el asador, la gracia no está en recitar la frasecita de que “el niño es un ser global, en el cual las dimensiones cognitivo-intelectual, físico-corporal y afectivo-emocional están integradas e indisolublemente ligadas”, sino en SABERLO, en COMPRENDERLO, en VIVIRLO, porque ése es el camino que lleva hasta el niño, porque ése es el vehículo para entender sus demandas, sus actuaciones, sus problemáticas o sus producciones.
Para qué nos vamos a engañar; a veces las cosas toman un cariz algo… peculiar: el contacto con el otro; el asunto del diálogo tónico, que no podía ser entendido sin esa conexión con la otra persona, sin ese sentirse mutuamente y actuar con el otro como si de una única entidad se tratase; sin las increíbles sesiones de teatro o de juego; sin el trabajar en grupo… sin todas esas actividades y experiencias para las que tuvimos que desprendernos del lastre que suponían el pudor, la vergüenza y algún que otro típico tópico fuertemente arraigado; sin esas experiencias en las que, a partir de algo que hacemos a diario, como caminar juntos, o de algo que hacía mucho tiempo que no hacíamos, como jugar a la pelota, o incluso de algo que jamás habíamos echo antes, como vendarnos los ojos y sentir al otro, llegábamos a una comprensión interior hasta entonces desconocida para nosotros y, en el sistema educativo que frecuentamos, verdaderamente impensada. Pasamos de una actitud de no querer entrar en la sesión (“¡a ver con qué nos sale hoy el hombre!”) a no querer abandonar la sala.
El niño del que hablábamos iba tomando forma, se dejaba conocer; el itinerario madurativo (“del placer de la acción al placer de pensar”) se convirtió poco a poco en el lema que resumía el recorrido que habíamos hecho por los primeros años de ese niño: el apego, la pulsión de afecto, la pulsión de dominio, el juego simbólico, la representación, la empatía, la vida fantasmática, el conflicto cognitivo, la permanencia… ¡Ah! ¡La dichosa permanencia! Nos costó llegar a entender el simple pero decisivo hecho de que el niño debe llegar a interiorizar a esa madre siempre presente; debe integrarla, comprender de alguna forma que sus continuas idas y venidas son pasajeras, efímeras, porque ella siempre está, siempre vuelve. El que el bebé lleve consigo la presencia de su madre cuando ésta no esté, es capital para que pueda emprender “la conquista del mundo”. Así de fácil. Pero nos costó; ya lo creo. Y nos costó porque tanto la permanencia como el resto de los conceptos no eran dados y recibidos, sino descubiertos, no nos llegaban por arte y gracia del discurso de un tipo muy enterado, sino que nosotros llegábamos a esas nociones, las INTERIORIZÁBAMOS primero y las RAZONÁBAMOS después. Ése es justamente el sentido de evolución del niño. A medida que más nos adentrábamos en el océano de psicomotricidad, más nos sumergía el mar de la duda. La teoría era la otra pata del banco, la otra cara de la moneda, pero Miguel no derrochaba medicina: a la comprensión del niño no se llega por la palabra, o al menos no sólo por la palabra.
No obstante, he terminado pensando que un buen psicomotrista ha de ser parco en sus palabras y generoso en sus gestos. He terminado pensando muchas cosas, a veces incluso contradictorias, que me han llevado a su vez a preguntas, a nuevos retos, a elaborar conocimiento o a “deshacerlo”. No pienso que pueda explicarse, sino SENTIRSE, De cualquier forma he aprendido cosas que no aparecen en ningún manual, por muy bueno que sea, muchas sobre el niño, bastantes sobre la educación y algunas sobre la vida: cómo acoger al otro, aceptarlo tal como es, respetarle; cómo la comunicación es la vía, es el camino, pero un camino que no tiene que ser verbal, comunicarse es un acto que implica todo el ser de la persona y el reconocimiento hacia el otro, el cuerpo tiene un lenguaje propio, muy poderoso; puede que en el niño no medie palabra, pero ¡fíjate lo que hace!, en cómo se mueve, en la manera como se relaciona con los demás, en los juegos y las producciones que desarrolla… ¿Acaso te lo tiene que dar todo hecho?
De la mano de la psicomotricidad he llegado a conocerme a mí misma, a comprender mi forma de ser y estar en el mundo para, a partir de ahí, acceder al niño. He llegado a ser más consciente de lo que es un niño, de cómo actúa y de lo que ello implica para sí mismo, para su educador y para aquellos que lo rodean. He llegado a valorar en su justa medida el juego, la ficción, la pantomima, la acción… He llegado a conocer y comprender mejor a mis compañeros y compañeras (es alucinante la PERSONA que se descubre detrás de la persona que creemos conocer). Pero sobre todo, he llegado a ser más libre y mejor. Aunque no sé por qué hablo en pasado, pues dudo que esto acabe aquí, así, ahora que he “descubierto” la psicomotricidad no pienso dejarla fácilmente.
Bibliografía: Sensaciones, vivencias, y apuntes de la asignatura «Desarrollo psicomotor», impartida por MIguel Ángel Domínguez Sevillano.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografía que no se reproduce aquí. Puede consultarse en el PDF del número.
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