Crecer y educar: una continua transformación

Nº 45 · Mayo de 2013 · pp. 7–11

Resumen. Expone el sentido de la práctica psicomotriz en la Escuela Infantil, donde el niño construye su yo en interacción con su entorno. Destaca el papel del educador y la sala y la sesión de psicomotricidad como espacio de acompañamiento de la maduración.

El sentido de la práctica psicomotriz

Cada edad en la vida del niño forma parte de un todo basado en procesos anteriores que lo configuran como una unidad completa y estable en sí misma y que, a la vez, está bajo la influencia de tendencias madurativas impresas en él, que lo impulsan hacia delante y le convierten en algo incompleto e inestable que, continuamente, busca un equilibrio, la organización y coordinación entre todos sus sistemas.

Esta aparente paradoja solo puede ser traducida a través del entendimiento y la comprensión del momento y la etapa evolutiva en la que el niño se encuentra, por parte de las personas que configuran su entorno significativo y estructurante. Se trataría de un contexto familiar, un contexto escolar y un contexto social totalmente permeables, interdependientes e influenciables entre sí.

En el nivel inicial, se cuenta con una información y una constitución genética que por sí mismas no nos convierten en personas; es en la interacción con el entorno físico y humano que se activan, se actualizan y se ponen en funcionamiento para formar esa entidad corporal, esa entidad intelectual y esa entidad afectiva que definirán a ese ser como un todo original, único e indisoluble. Existe, por tanto, una continua dialéctica: interior-exterior donde adquieren primordial relevancia las respuestas que ese niño recibe a sus actuaciones.

Esto convierte a la figura del educador en uno de los pilares y en uno de los motores fundamentales en la continua constitución y metamorfosis en que está sumergido el niño. Y es, precisamente, de una importancia capital en lo que se refiere a las etapas que abarca la Escuela Infantil, por tratarse de edades orientadas, prioritariamente, a la construcción del yo, de la personalidad.

Es en esa búsqueda, en ese movimiento por dentro y proyectado hacia fuera provocando una reacción que modifica, amplía y organiza de nuevo el interior, que se irá configurando un sustrato profundo que será la base sobre la que se asienten procesos posteriores de diferente naturaleza y una estructura central alrededor de la cual se irá elaborando y ordenando su realidad corporal, sensitiva, emocional, cognitiva, relacional, etc.

El niño se encuentra inmerso en el mundo interno y externo en continuo cambio, contando con un elemento que le acompañará siempre y que, desde los inicios de su vida, será el acelerador o el freno de todos sus procesos psicológicos: se trata del afecto, esa fuerza presente en todo momento y que actúa como imán o como revulsivo, acercando o alejando, uniendo o separando, movilizando o paralizando y que tiñe todas sus producciones y expresiones.

Es el motor que activa y pone en movimiento todos los aspectos corporales y mentales durante toda su vida.

Es, por tanto, imprescindible tener siempre presente esta emoción, estos sentimientos inherentes en el niño a la hora de elaborar cualquier proyecto orientado hacia él.

De igual modo, es fundamental tener en cuenta todo el mundo afectivo que se despierta en el trabajo con el niño, en lo que al adulto se refiere: ser conscientes y aceptar todo lo que se moviliza por dentro en el trato con él; encanto o desencanto, ternura o agresividad, atracción o repulsa son algunos de los sentimientos que pueden aflorar y que, si no se tienen en cuenta, estarán influyendo y enturbiando el trabajo y la coherencia del mismo.

Existen dos pilares sobre los cuales debe asentarse el hacer diario con el niño: comprensión y aceptación. Y esto pasa, inevitablemente, por la comprensión y la aceptación propias; conocer nuestros sentimientos y emociones, nuestro mundo psicológico, su funcionamiento, nuestros límites con sus carencias y excesos. Solo así podremos actuar con claridad, situándonos en nuestro lugar frente a nosotros mismos y frente al niño.

Estos aspectos adquieren mayor peso y relevancia cuando se refieren a niños pertenecientes al área de la educación especial sea cual sea el nivel y la naturaleza de su “especialidad”. Es difícil entender y, por tanto, aceptar a estas personas; esto hace que tanto ellos como sus profesores, se encuentren ante un mismo sentimiento: la soledad y, a veces, la indefensión.

La soledad del adulto no está referida, exclusivamente, al tema de no tener suficiente información, suficiente infraestructura y apoyo, dentro y fuera del aula, para poder responder las necesidades formativas de esos niños, sino también al sentimiento de soledad y frustración del adulto frente a situaciones que le desbordan y desorientan y que, en teoría, debiera saber encauzar, pero que, en la realidad, le hacen sentirse sin recursos ni estrategias en las que apoyarse.

Se encuentra, en muchos casos ante confrontaciones que le hacen involucrarse como si de un tema personal se tratase: ese niño le hace sentirse herido, agredido, retado e incluso le puede producir temor e inseguridad.

Aquí entraría, en primer lugar, la prioridad de conocerse a uno mismo para saber qué resortes se ponen en funcionamiento y se disparan ante determinadas personas y situaciones para, después, separar el plano personal del plano profesional y poder ejercer el papel que corresponde como figura con capacidad de acoger y de contener las producciones del niño. Este es uno de los objetivos básicos de la Formación Personal de los psicomotricistas. El educador no puede situarse al mismo nivel que él, porque puede verse envuelto en esas manifestaciones y desde ahí no hay salida, no hay efecto de ayuda ni en el plano individual ni académico.

No es desde dentro del ring, donde el niño te siente como un contrincante, desde donde se puede trabajar, sino saliendo de él, observando y percibiendo desde la distancia y desde la comprensión.

Desde este punto, puede verse que lo que esa persona manifiesta son llamadas de atención, peticiones de ayuda sobre determinados aspectos muy profundos en los que se encuentra trabado y de los que no puede salir, aspectos que subyacen y que son el motor de su conducta.

Lo que realmente importa, a partir de aquí, no son sus comportamientos, más o menos llamativos, sino las respuestas que demos a esos comportamientos; esa será la clave.

Esto lleva a muchos niños con discapacidades, ya sean fisiológicas o psicológicas, a ese sentimiento hondo de soledad que le va fijando y situando en sus manifestaciones como medio de existencia y las irá adoptando de un modo cada vez más claro, llegando, finalmente, a formar parte de su personalidad y de su comportamiento habitual Por eso es necesario ayudarle a salir de ahí cambiando nuestra mirada sobre ellos.

Si no es posible hacerlo en base al entendimiento de su actuar, al menos con la aceptación sin enjuiciarle, sin calificarle y posibilitándole el cambio a través de situarle en aquello que sabe hacer y es competente. Es distanciarnos y distanciarle de aquellas dificultades que le tienen atrapado y a partir de las cuales ha sido definido y en las que ha estado focalizado sin encontrar salida.

Aquellos aspectos en los que posemos nuestra atención quedarán fuertemente fijados, dada nuestra relevancia como figuras significativas en su mapa afectivo; por tanto, nuestra atención orientada en un punto, actuará como un potente foco con el poder de oscurecer todos los demás puntos, elevándolo a un primer plano. Por otro lado, hay que tener en cuenta que el niño por sí mismo no tiene la capacidad de cambiar de registro, de estrategia; somos los adultos los que podemos y debemos hacerlo.

La franja de edad situada en la Escuela Infantil, puede considerarse como única en cuanto a la riqueza de la expresión del niño; de aquí la importancia de permitir, en la medida de lo posible, que pueda llevarse a cabo de un modo libre y espontáneo.

Es actuando como puede conocerse y conocer el mundo, transformarse y transformar lo que le rodea, construirse y construir, experimentar, madurar. Su expresividad libre nos permite conocerle mejor, porque es en la espontaneidad del acto infantil donde se nos muestra tal cual es: con su estructura corporal, su bagaje afectivo y sus componentes psicológicos, presentado como un todo ensamblado e indisoluble.

Aquí es donde la propuesta de la Práctica Psicomotriz se presentaría como un elemento interesante para conocer al niño, para entenderle y para dar viabilidad y sentido a su expresividad natural, a su necesidad vital de movimiento, a su comunicación consigo mismo y con el otro, ya sean niños discapacitados o no.

Es proporcionarle un tiempo, un espacio y unos materiales donde pueda abrirse, decirse, proyectarse, vivirse, teniendo a su disposición un adulto que escucha y recibe su libre actuar porque están en un área donde no hay objetivos académicos, ni presiones, ni metas concretas, salvo la del juego como expresión espontánea de su ser y estar, aquí y ahora.

Es a través de ese juego, que puede construir esa base necesaria para, más tarde, poder acceder, en base a una maduración organización y estructuración corporal y mental, al pensamiento abstracto, a la conceptualización, a la adquisición de contenidos propiamente académicos, pero en base a unos cimientos sólidos y preparados sustentados en una experiencia psicomotriz.

Todo acto producido por el niño, desde el más evidente al más sutil, es un acto sabio, inteligente, cargado de un sentido y un fundamento realmente profundos; es toda una información de primera mano, muy valiosa con la que los profesionales que trabajamos con ellos, contamos. Favorecer y facilitar su actuar espontáneo, dentro del ámbito y de las condiciones convenientes, es una estrategia importante para los niños de estas edades, ya que, entre otras cosas, es en el acto y en el movimiento donde queda expresamente reflejado todo su ser biológico, psicológico, afectivo, mental. Por eso, buscar ese espacio, la sala de psicomotricidad, y ese tiempo, la sesión de psicomotricidad, hace que les veamos y descubramos de otra manera, que podamos entenderles mejor, que se sientan más entendidos; no solo es contar con un lugar propicio para detectar dificultades, sino un elemento importante de apoyo y acompañamiento a su impronta natural a madurar. Acompañar y fomentar esa transformación personal que nos impulsa, así mismo, a situarnos en una dinámica de movimiento y de cambio. Después de todo, ¿no es en eso en lo que consiste el trabajo del niño?

Sobre Marisa Angulo. Psicóloga. Psicomotricista. Miembro del Centro de Psicomotricidad Hirugar. Máster en psicoanálisis de niños y adolescentes.
Cómo citar: Marisa Angulo (2013). Crecer y educar: una continua transformación. Cuadernos de Psicomotricidad, 45, pp. 7–11. Luzaro.
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