Javier Ocejo, coordinador de esta revista, nos presenta Crecer juntos, un libro de Montse Rizo, editado por Octaedro, que condensa de forma amena y sencilla el mundo de los bebés y niños pequeños.
El libro, con muy buenas ilustraciones a todo color, se estructura en cuatro partes a las que añade al final de ellos una tabla orientativa del desarrollo global infantil hasta los tres años de edad.
Montse escribe en primera persona, presentándose como si fuera el bebé, y esto hace que nos pongamos en la piel de ese ser que ha de desarrollarse. De esta manera, nos explica de una manera muy natural el recorrido de embrión a feto, de bebé a niño.
Según va desarrollando el primer capítulo ya nos da la noción de recién nacido sano: “aquel que nace entre las 38 y las 42 semanas de gestación, tiene un peso entre los 2.500 gramos y los 4.500 y no presenta ninguna alteración observable a las exploraciones pediátricas”.
Es un libro muy práctico, respondiendo a preguntas que todos los padres nos hacemos: si los niños de ahora son más listos que los de antes o si algo no está bien, etc.
Así, poco a poco, nos informa de cosas que hay que saber como, por ejemplo, que si se nace antes de tiempo la maduración necesaria para poder regresar a casa es la correspondiente a las 38 semanas de gestación y que hay que tener un peso mínimo de 2.000 gramos.
Nuestra autora va avanzando en los temas explicando la función de los sentidos y revela que los más primarios son el olfato y el gusto, o cosas tan interesantes como que el niño necesitará años para que le gusten los sabores ácido y amargo. Un consejo que nos da es que en la lactancia hay que tener cuidado con comer picante o productos que contengan alcohol.
A la hora de organizar el libro sigue el orden del desarrollo humano y se va deteniendo en los momentos clave apoyándose en recuadros, a otro color, para resaltar cosas importantes y que no debemos olvidar.
Nos dice que el oído está muy desarrollado al nacer y que hay que recordar que las palabras que transmiten nuestros afectos son las más aprendidas. Por el contrario, la vista necesitará más tiempo para funcionar óptimamente: De los tres a los nueve meses se consolidará y, a partir de aquí, el bebé querrá agarrar todo lo que ve.
Siguiendo el libro nos damos cuenta de que crecer es un desarrollo en el que un avance se apoya sobre un avance anterior. Por ejemplo: una vez que la vista está preparada a los nueve meses, esto posibilitará que se inicie el tiempo de empezar a gatear.
Rizo deja claro su saber al hablar de los masajes: hay que escuchar las necesidades del bebé y no imponer una técnica y un tiempo porque así el masaje se convierte en una comunicación emocional. Mirarle a la cara, masajearle, hablarle y sonreírle es lo que le permitirá aprender a imitar las expresiones emocionales.
Este es un aspecto importante ya que con nuestra relación ayudamos a regular las emociones del niño. Las caricias despiertan la sensibilidad corporal y, junto con la voz, ayudan a establecer vínculos afectivos seguros con las personas.
En el apartado de aprendiendo a sentir, Montse habla de los miedos y de las distintas razones para llorar. Nos señala que hay que tener cuidado con lo que verbalizamos al niño. Por ejemplo: “Te quedarás solo”, “nadie te querrá”, “si haces eso yo me marcho o te dejo”, etc. No hay que decir este tipo de cosas y hay que ser tolerantes.
Tenemos que comprender que a los dos años su emoción no tiene límites y mientras madura y entiende, pues si quiere algo de otro niño se lo quitará sin miramientos o si le molesta le empujará o morderá. Por lo tanto, es importante poner palabras a sus emociones de forma sencilla y sin grandes explicaciones. También a esa edad es la etapa del “no”. Nos dice que no a muchas cosas y es una etapa que no debemos vivir como una desobediencia o provocación. Si afinamos nuestra flexibilidad con estas rebeldías esto hará que el paso por esta etapa sea corto.
En esta parte del libro nos explica algo importante. Muchos adultos distraen a los niños para que los padres se puedan marchar, pensando que así el niño no se dará cuenta y no llorará; esto es un error ya que el niño no comprende que “desaparezcamos” y al final provocamos un sentimiento de desconfianza, por lo que no querrá luego separarse de nosotros ni un momento.
Entender sus miedos, anticiparlos, es nuestra labor. El miedo a que papá o mamá no estén se inicia ya sobre los ocho meses. Elementos que les tranquilizarán y que podemos usar son los peluches, los muñecos o la ropa. Para darnos cuenta de lo que le pasa al niño debemos mirar si ríe o llora, pues son expresiones que utilizan frecuentemente porque no pueden poner palabras a sus estados anímicos.
Se recomienda jugar. Cuando jugamos con el bebé se le ayuda a aprender y a nosotros además nos permite chequear que todo va bien: que oye bien, que ve bien, que responde a nuestras sonrisas, que nos busca con la mirada, etc.
Si con un año de edad se queda indiferente a las personas o fijado a los dibujos de la televisión, o tiene rabietas difíciles de calmar o incluso no tolera los cambios de lugar o personas, entonces estamos ante síntomas como para consultar al pediatra.
El segundo capítulo del libro se llama la conquista del mundo. Empieza diciéndonos que la genética no es suficiente, que predispone pero no determina. Como anécdota nos cuenta que los hijos no biológicos se acaban pareciendo a sus padres adoptivos por la convivencia.
Y así leyendo llegamos al apartado del desarrollo psicomotor. Como bien sabemos los psicomotricistas el deseo de explorar y lo estimulante que sea el ambiente es clave ya que facilita o limita el desarrollo final de los niños.
Con las manos un bebé agarra el mundo ya que los dedos son muy sensitivos e informan de las cualidades de los objetos: duros, blandos, fríos, calientes, pesados, ligeros, etc.; las manos son una gran herramienta, una navaja suiza, que aprender a utilizar.
Como dice Montse, “para conseguir grandes proezas es preciso que lo haga despacio y paulatinamente”. Podemos decir que sobre los siete meses es capaz de estar sentado sin caerse y se le puede sentar en tronas para comer.
Con respecto al gateo, “la mejor de las gimnasias”, Rizo nos dice que hay muchos estudios que relacionan problemas de lateralización con la ausencia de gatear y que a veces lo que dificulta el gateo espontáneo son las prisas de los padres porque los niños se pongan en pie y anden. Hay que dar tiempo a que el cuerpo del bebé organice los mecanismos necesarios y propios para andar y correr con autonomía.
Con el andar llegan los peligros y los noes abundantes: “¡No toques eso!”. “¡No subas ahí!”. Montserrat recomienda ofrecer una alternativa a la negación; por ejemplo, “No puedes tocar esas botellas de detergente, pero sí jugar con estos botes de plástico”.
Después de darnos estos consejos Montserrat va haciendo un repaso a todos esos productos para bebés y niños que hay en el mercado: tumbonas, sillas, tronas, parques, tacatacas, mochilas, etc., y nos explica sus ventajas y desventajas: Los andadores son rechazados por los profesionales porque evitan estar en el suelo y aprender a gatear. Por este motivo, en muchos países están prohibidos ya que pueden deformar la espalda y las piernas. Otra cosa importante son los corralitos: no han de ser pequeños ni estar llenos de juguetes, con unos pocos y adecuados es más que suficiente. Tampoco conviene abusar de estos corralitos porque limitan mucho el deseo de explorar el entorno.
Ya cumplidos los dos años de edad veremos si es zurdo o diestro o si hay problemas de lateralidad cruzada, lo que le puede llevar a problemas para escribir o situarse en el espacio.
En el siguiente apartado de este libro se habla del pensamiento, el lenguaje y el juego. Los tres primeros años de vida son la base de la posterior formación física, psíquica, emocional y relacional de nuestros hijos. Ser cómplices de lo que ocurre en esos momentos es fundamental.
Recordad que no hay que reñir a los pequeñines cuando tiran los juguetes, pues lo que están haciendo es explorar e investigar las propiedades de las cosas. Los niños son imaginación, creación y curiosidad. Por eso tendrán una etapa en la que nos freirán a preguntas: el famoso “¿y por qué?” que utilizarán a cada momento. Aquí es importante responderles pero mirándoles a los ojos y que las explicaciones sean claras y concretas. Partir de los ejemplos que ellos ya conocen es fundamental. No queda permitido a los adultos burlarse o bromear sobre su gran inocencia.
Otra de las recomendaciones es que no se debe presionar a los niños para que escojan constantemente en sus cosas cotidianas. Lo adecuado es acompañarles en la elección sin reprocharles las equivocaciones. Y otra cosa, aunque sean pequeños para expresarse verbalmente, ellos entienden “casi” todo lo que los adultos hablan.
En la tercera parte del texto junto a los pensamientos, como os decíamos unas líneas atrás, se habla del juego y los juguetes. El juego es fundamental para crecer, es la forma que ha dispuesto la naturaleza para que los niños se relacionen con el mundo y así desarrollen sus capacidades físicas, emocionales y de relación. No hay que preocuparse (si no es algo exagerado o una fijación) si repiten mucho un juego porque les gusta, pues mediante la repetición aprenden y ven nuevas posibilidades.
En los juguetes ellos viven una importante carga emocional por lo que hay juguetes que están rotos o sucios pero tienen un gran valor de apego. Por eso no es conveniente tirarlos; se pueden guardar durante una temporada.
Todos los niños al crecer van variando la forma de jugar: Entre los nueve y los doce meses se pasan el tiempo sacando objetos de los recipientes, vacían todo lo que pillan. Desde los doce llenan todos los agujeros. A los dos años imitan las tareas domésticas y a los tres quieren imitarnos a nosotros. Así irán integrando la identidad de género. Los juegos ficticios: reyes, princesas, superhéroes, etc. Son muy necesarios y también los juegos de lucha y guerra (podéis estar tranquilos) no los hacen agresivos ni belicosos. Es un juego “como si” y es necesario para entender el mundo adulto. La infancia es una etapa efímera e irreversible así que la atención con calidad y con una presencia atenta en la relación es fundamental para que se construyan equilibradamente. Canciones, cantinelas, cuentos, etc.; sobre todo este tiempo compartido del que nos habla Montse es muy significativo para los niños.
El último capítulo trata del camino de la autonomía personal y el papel de los padres. Nos avisa que los valores esenciales de la conducta y la relación social los debe transmitir la familia.
Hay una frase en estas páginas de Montse que me gusta mucho: “Educar no es domesticar ni moldear mi carácter para que sea de la forma que habíais imaginado o querríais que fuera”. Explicar, reprender, castigar y motivar son necesarios dentro de la comprensión de la edad y las circunstancias de cada niño. No se debe caer en las palabras de amenaza, en la indiferencia o el aislamiento. La paciencia y nuestra actitud es lo que lo ayudará a regular sus emociones. Tenemos que ser conscientes de que el niño aprende el repertorio emocional mirándonos a nosotros. Nuestro tono de voz, las expresiones corporales y faciales, etc.
Para educar se necesita una actitud positiva. No aventurar los fracasos, no decir ese “ya sabía yo que te ibas a caer”, que dicen muchos. Buscamos la autonomía, que se ponga la ropa el mismo o con la mínima ayuda posible, que aprenda a limpiarse él solito y todas esas cosas que le ayudarán a ser una persona no dependiente propia de un futuro adulto sano.
Con respecto al aseo y el control de esfínteres lo explica muy bien: No es algo del deseo del adulto o de la voluntad del niño. Se necesita una madurez neurológica y emocional junto a la colaboración de todos para que controle los esfínteres. En este proceso es sumamente importante no culpabilizar, no reñir, no comparar, ni insultar o ridiculizar los intentos del niño. Para aquellos que no lo sepan, es fácil que los niños mojen la cama por la noche hasta los seis u ocho años.
Sobre la noche y el dormir la autora nos incluye un cuadro con los horarios de sueño-vigilia según las edades. Así nos informa de que a los tres años de edad hay que dormir diez horas nocturnas. Recordad que un buen descanso es primordial para crecer con salud.
Ya para finalizar, nos transmite que hay que prevenir más para curar menos y que hay enfermedades que son frecuentes en la infancia, como la fiebre, las convulsiones, las diarreas, etc., o por su gran curiosidad posibilidad de traumatismos, intoxicaciones y atragantamientos. Como ayuda previsora hay que tener un listado de teléfonos de urgencia y un pequeño botiquín.
De esta forma acaba el libro al que le añade una reflexión sobre los sentimientos que provoca la paternidad y la maternidad, a veces contrapuestos, por situaciones de impotencia, sensación de agobio y falta de libertad pero también de amor incondicional.
Es un libro que recomiendo para padres primerizos o para quienes estén pensando en ser padres. Montserrat lo ha escrito con un lenguaje sencillo, cercano y muy claro, lejos de los artificios de los conceptos teóricos tan propios de algunos profesionales de la pedagogía y la infancia. A su vez la presentación es muy bonita, a todo color y las fotos de los bebés están muy bien escogidas ilustrando las letras. Espero que disfrutéis de él si cae en vuestras manos.
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