Expresión de emociones y afectos
“El arte supremo del maestro consiste en despertar el goce de la expresión creativa y del conocimiento”. (Albert Einstein)
Generalmente cuando hablamos de pedagogía y aparece la palabra crear o el concepto de creatividad, automáticamente lo unimos con el arte. Sin embargo yo me quiero referir a otro tipo de creatividad, que puede ir unida al arte o no. Es el crear cotidiano, ese que podríamos definir como un hacer1 autónomo, reflexivo y voluntario. Es el crear que Winnicott relacionó estrechamente con el juego y que nosotros desde la psicomotricidad denominamos juego espontáneo. Este crear es fundamental para el desarrollo del niño y debería de ser uno de los pilares de nuestro sistema educativo.
Se puede definir como un hacer autónomo, reflexivo y voluntario, porque al crear hacemos o construimos algo autónomamente (la narración de un juego, un dibujo, una frase…), es decir, lo hacemos nosotros mismos. Es importante que sea reflexivo, en el sentido de que en ese hacer debe existir un proyecto. Un proyecto que al llevarlo a cabo (o no) pueda suponer una transformación interior en forma de alteración o de reaseguramiento. Esta reflexividad no siempre aparece en las actividades que se proponen en la escuela. Por ejemplo, una niña puede estar reproduciendo una A en una ficha de grafomotricidad o pre-escritura como algunos las denominan, porque el adulto le ha dicho que hay que hacerlo de esa manera determinada. Desde luego estaría ejerciendo un hacer autónomo pero al no haber espacio para la reflexión, al no haber un proyecto (exceptuando claro está el del propio adulto), difícilmente podríamos calificar esta actividad como creación, sería en todo caso una producción o una re-producción.
Por último, también es importante que sea voluntario, ya que de ser impuesto no sería una creación, no al menos del que la hace. Esta voluntariedad, que es la que se respeta habitualmente en la sala de psicomotricidad, va estrechamente unida a la posibilidad de elección. Si solo existe una opción, si no hay posibilidad de elegir que hacer, es muy difícil que la voluntariedad aparezca. Resulta paradójico observar como en la escuela, a medida que avanza la capacidad de elegir de los alumnos, la posibilidad de elegir va disminuyendo hasta prácticamente desaparecer.
Tenemos que tener muy claro que cuando una actividad no es voluntaria se convierte en impuesta, y cuando una actividad es impuesta y poco reflexiva (como muchas veces sucede en la escuela) se convierte en alienadora, y si, el que quisiera podría trazar una línea recta entre esto último y el concepto de alienación que utilizaba Marx en relación al trabajo. En este punto podríamos cuestionarnos si la prácticamente nula posibilidad de elección en la escuela, tendría algo que ver con la contrastada desafección y falta de interés de muchos jóvenes con la institución educativa.
Sin duda esta creatividad ayudará a desarrollar la iniciativa, la capacidad crítica, la imagen positiva de uno mismo y como no, la autonomía. Autonomía, que entendida como la capacidad de valerse por sí mismo, se ha convertido en el objetivo más buscado y ansiado en la mayoría (por no decir todos) los curriculums y programaciones de las escuelas. Objetivo tan buscado como difícil de conseguir, tal vez porque la autonomía es muy difícil (por no decir imposible) de enseñar o en latín in-signare (señalar hacía, guiar…), más bien hay que vivirla.
El hacer autónomo, reflexivo y voluntario, el crear, es el modo en que los niños pueden vivir esa autonomía.
En efecto, está muy bien proporcionar estrategias a los niños para que puedan solucionar los problemas del día a día, pero éstas solo les servirán para unas problemáticas concretas (si es que son capaces de recordarlas). Sin embargo, al niño que le dan la posibilidad de crear, y se reconoce en un ser creador, no solo podrá adquirir estas estrategias que le proporcionamos, si no que será capaz de construir otras por sí mismo.
La importancia psicológica del crear en el desarrollo global de la niña y del niño nos la recuerda el propio Winnicott afirmando que “… el individuo descubre su persona solo cuando se muestra creador”. Desde luego no creo que estemos ante la solución de todos los males, pero podemos hacernos una idea de cuantos problemas futuros nos ahorraríamos si desde pequeños comenzáramos a conocernos y a descubrirnos más a nosotros mismos. Por otro lado, no podemos olvidar lo importante que es descubrirnos para poder descubrir a los demás. Por tanto, esta actividad creadora en un contexto social lleno de interacciones como puede y debe ser la escuela, se convierte en una herramienta perfecta para la socialización.
Pero, siendo esta actividad creativa tan provechosa para el desarrollo global del niño y de la niña, ¿está la escuela preparada para favorecer la creación?, ¿los profesionales que trabajamos en ella estamos concienciados y preparados para fomentarla?
Guiar o acompañar, dos actitudes contrapuestas
“El arte de enseñar es el arte de ayudar a descubrir” Mark Van Doren
Aunque se estén dando avances en aras de conseguir esa escuela creadora, y un buen impulso se esté dando desde el mundo de la psicomotricidad, creo que todavía nos queda un buen tramo de camino y autorreflexión para llegar a conseguirlo. Y es que la mayoría de los docentes tiene asumido su papel de guía en el proceso educativo. Un guía que no hace propuestas sino que dice que, como, cuando y donde se hace. Un guía que raras veces escucha las demandas de las alumnas y alumnos (y aunque lo haga no las toma en consideración si se salen de la programación), porque es él o ella la que sabe o simplemente porque se siente esclavo del curriculum o libro de texto de turno. El marco resultante de esta actitud del educador o educadora seria en palabras de Aucouturier ‘…el orden sobre fondo de orden: la rigidez, la directividad que no permite la iniciativa y creación del niño.’
En contraposición a esta forma de actuar, en la Practica Psicomotriz y desde la Asefop, se propone el acompañamiento como actitud básica del educador o educadora. Como nos explican las formadoras y profesores de la Asefop en el artículo “Acompañar”, el acompañamiento ni es una metodología, ni es un método, ni es una actividad concreta, es más bien una actitud o mejor dicho un sistema de actitudes, que se basa entre otras cosas en la no directividad.
La no directividad no entendida como un ‘dejar hacer’, al contrario, la pedagogía no directiva necesita de una mayor implicación en el proceso de construcción personal de los alumnos y alumnas, planificando tiempos, espacios, materiales, haciendo propuestas, recogiendo demandas… Significa construir todo un marco en el que los niños puedan vivir su proceso de construcción personal (a todos los niveles) autónomamente, y a su vez, mediante la figura de ley-seguridad (adulto) y la relación disimétrica entre el niño o la niña y el adulto que representa esta figura, sentirse contenidos. Este marco de ley seguridad basado en la no directividad, es el que garantiza que los niños y las niñas puedan crear.
Acompañar en el aula, de la teoria a la práctica
“La mayor parte de la gente confunde la educación con instrucción.” (Alejandro Dumas)
Los y las psicomotricistas que ejercemos como educadores y educadoras tenemos una responsabilidad pedagógica, y llegado el momento la tenemos que asumir. No cabe duda que si la actitud de acompañar que utilizamos en la sala de psicomotricidad la consideramos beneficiosa para el desarrollo de los niños, por coherencia deberíamos de trasladarla a otros ámbitos, entre ellos claro está, el aula.Un par de pinceladas para ver cómo podemos convertir un aula (yo me referiré a un aula de educación infantil, pero imagino que habrá actitudes que se podrán trasladar a primaria) en un lugar donde los niños puedan crear, por muy cerrada que nos parezca la metodología con la que se trabaje. Es precisamente mediante un acompañamiento como realizaremos esta metamorfosis educativa.
Lo más complicado que nos puede llegar a suceder es que cada niño tenga su cuaderno de fichas y todos los días tengamos que hacer una o dos. Pues bien, esa ficha también puede convertirse en una herramienta de creación. En vez de establecer un criterio desde el inicio, diciendo como se hace esa ficha (es decir, estableciendo que está bien y que está mal), podemos permitir y fomentar la reflexión (que puede ser individual o en grupo) de qué y cómo habrá que hacer esa ficha. Con preguntas como: ¿tú qué harías aquí? y ¿por qué lo harías? estamos fomentando la reflexión y convirtiendo una propuesta totalmente cerrada y directiva, en algo más abierto en el que los niños pueden encontrar su espacio para la creación. Es obvio que estamos hablando de niños de 3 años en adelante, ya que con niños más pequeños estas preguntas carecerían de sentido. Si además de esto podemos darles la opción de que ellos elijan en que momento realizar la ficha (a lo largo del día, durante la semana…), o incluso dar a elegir entre unas cuantas (aunque al final acaben haciendo todas), estaremos convirtiendo la actividad en voluntaria, además de fomentar la autorregulación.
Por supuesto, los adultos que trabajamos en el aula debemos estar preparados para aceptar las creaciones de los niños. Esto no significa que al finalizar la actividad no podamos abrir un tiempo de nuevo a la reflexión (que no corrección). Pongamos un ejemplo que nos comentaba Aucouturier, imaginemos una niña que ha dibujado un coche sin ruedas, le podríamos preguntar “ah, has dibujado un coche y ¿cómo se mueve?”. De esta manera estamos ayudando a reflexionar sin decirle o proyectarle el mensaje de “lo has hecho mal, le faltan las ruedas”. En este punto encontramos otro rasgo diferenciador entre el guía y el acompañante. El guía corrige, el acompañante da pie a la auto-reflexión.
La última pincelada es en torno a los “txokos” o “rincones”. Hoy en día la gran mayoría de los centros educativos utiliza este tipo de distribución a la hora de organizar las aulas de educación infantil. Resulta curioso observar como una propuesta en un principio abierta pensada para que los niños tengan libertad de elección y puedan elegir con quién, qué y dónde hacer, con el paso del tiempo los profesionales de la educación la hemos convertido en una propuesta cerrada, donde nosotros decidimos con quien (los grupos), que y donde toca hacer. Tenemos que darle la vuelta a esto, los niños tienen que tener la posibilidad de elegir.
Dentro de los propios “txokos” también debemos de dejar opciones a la elección. Me explico, no puede ser que en plástica un día toque cortar, otro pegar y el otro dibujar. Tenemos que tener claro que nosotros los adultos somos los gestores de este marco educativo, nosotros controlamos los tiempos (basados en los parámetros de realidad), los materiales, podemos poner límites en el aforo de los “txokos” con el objetivo de facilitar las actividades, incluso podríamos controlar o hacer que los niños mismos controlen las veces que acuden a uno u otro “txoko” a través de hojas de control. Pero debemos de dejar ese grado de libertad, esa opción de elegir qué y con quien hacer, si queremos favorecer la creación y la autonomía.
Humanización, el gran objetivo de la educación
“¿Cómo es que, siendo tan inteligentes los niños, son tan estúpidos la mayor parte de los hombres? Debe ser fruto de la educación.” (María Montessori)
El Dr. Miguel Ángel Rodríguez, en las X. Jornadas de Psicomotricidad de Gasteiz, propuso la Humanización como el gran objetivo de la educación. Humanización que va más allá de la simple socialización, más allá de una incorporación pasiva a la sociedad. Supone entre otras cosas, elaborar una ontogenia personal y social en relación con el medio, que a su vez le determinara a la hora de interaccionar con este último. Nosotros los adultos, a través de nuestra mirada, intervendremos (en mayor o menor grado) en este proceso personal, condicionando de esta manera futuras formas de ser y de estar de los niños.
Desde luego el guía y el acompañante miran y ven al niño o la niña de una manera muy diferente, incluso de inicio, y esta proyección del adulto determinará la imagen que tiene la niña o el niño de sí mismo. Cuando acompañamos creemos en las posibilidades y capacidades del niño y la niña, creemos realmente que ellos son los protagonistas de su proceso de construcción personal. El mensaje que proyectamos es: ‘tú eres capaz de aprender, aunque ahora no puedas hacer algunas cosas, yo voy a estar a tu lado para ayudarte cuando lo necesites’.
Por otro lado, desde la perspectiva del guía, el protagonista del proceso educativo pasa a ser la programación o el curriculum (que hay que llevarlo a efecto cueste lo que cueste), no cree realmente que el niño o la niña sea capaz de aprender a no ser que él o ella se lo enseñe. El mensaje que proyectamos cuando guiamos podría ser más o menos este; “Aquí el que sabe soy yo, yo te diré que, como y cuando tienes que hacer, porque yo sé lo que te conviene. Tú dedícate a obedecer, que cuanto más caso hagas mejor serás.”
La forma de mirar y ver a los niños de manera distinta, es el reflejo de una filosofía, que a su vez implica una manera de ver y entender el universo en el que vivimos. Desde este punto de vista, el concepto Humanización también varía si lo definimos desde la perspectiva del guía o del acompañante.
El guía tratará de aportar al alumno las suficientes competencias y estrategias para acoplarse a la sociedad en que vivimos, ya que, al no creer en la capacidad de los alumnos de aprender y decidir por sí mismos, al no creer en definitiva en su capacidad de crear y transformar (incluso la realidad actual), lo único a lo que pueden aspirar es a sobrevivir en ella. Esta incorporación pasiva a la sociedad, trae consigo unas personas resignadas y en la mayoría de los casos sumisas.
Sin embargo, desde el acompañamiento esta incorporación a la sociedad se ve desde una perspectiva bien distinta. Al contrario de lo que plantea el guía, el acompañante fomentará una incorporación activa, que en muchos casos será crítica y en otros muchos será creativa, siempre en la línea de que somos parte de la sociedad, y la sociedad es parte nuestra. Como personas que vivimos en ella, nosotros creamos y conformamos la sociedad y si encontramos cosas que no nos gustan tenemos la posibilidad de cambiarlas, aunque desde algunos altavoces nos nieguen esa posibilidad.
La educación y escuela actual, si de verdad quiere reconocerse moderna, debe de retroceder muy atrás en el tiempo para recuperar los auténticos valores que nos humanizaron y apartar algunos otros. La mayoría de estas ideas y valores a apartar están ligados a las religiones dominantes, como el pensamiento dualista, el individualismo, la competitividad, la ambición…y sobre todo la obediencia. Tal vez de esta manera, habría cada vez menos adultos capaces de bombardear ciudades llenas de personas, golpear niños en manifestaciones o echar familias enteras de sus casas por el mero hecho de que alguien les dijo que lo hicieran.
Personalmente, creo que es infinitamente más interesante trabajar la escucha en vez de la obediencia.
Notas
1. Me he decantado por la palabra hacer en vez de acción o actividad, porque quería resaltar el proceso en sí, por encima del producto final.
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