En la práctica del trabajo artístico ha sido común una separación casi esquizoide entre el creador que sólo crea y el profesor de arte que sólo enseña. Los primeros, creadores autodidactas, se sentían genios cuya originalidad solo podía achacarse a su complicado yo interior y los segundos, enseñantes del arte, se sentían herederos de todo un saber académico transmitido siglo tras siglo.
Voy a contar con cierto rubor mi primera experiencia como profesor de arte; eran tiempos de la reforma REM, septiembre del año ochenta y dos, yo había acabado recientemente mi licenciatura en Bellas Artes y estaba ilusionado con la perspectiva de poder transmitir el maravilloso panorama creativo que ofrece el arte a unos chavales y chavalas entre 13 y 15 años de una Ikastola de Bilbao. Me había preparado la clase con la intención de atraer su atención hacia el tema que quería exponer, y así lo hice durante cuarenta y cinco minutos hasta que llegó el turno de preguntas. Una chica levanta la mano y pregunta ¿Tienes novia?, y los demás esperaban sin reírse, impacientes la respuesta o, mejor dicho, esperaban la expresión de la cara del profesor. Con el tiempo he pensado en ello y lo que entonces me parecía una impostura o un chiste malo, en la actualidad me indica que uno sólo aprende o se interesa por aquello que concuerda con sus intereses o necesidades vitales y que la vida personal de cada uno de nosotros, y la suya propia, era en realidad lo que más les interesaba. Esa experiencia Íntima que les obligamos a todos a dejar cuando entran por la puerta de los centros de enseñanza.
Los veinte años posteriores como profesor en la Universidad vienen a confirmarme que la transmisión del saber es un mito en el que el narcisismo del profesor y el del alumno chocan frontalmente. El de narciso es un mito que se ha relacionado muchas veces con la representación en el arte, pero poco con la docencia, y curiosamente en ese relato mítico, como es bien conocido, el joven Narciso rechaza constantemente el amor que la ninfa Eco le otorga desesperadamente; pero es menos conocido, el que por su parte, la Ninfa Eco estaba condenada por alguna divinidad a tener siempre la última palabra pero nunca la primera, es decir estaba condenada a escuchar y repetir pero nunca a proponer o anticipar. Es precisamente ésta una comunicación imposible, Narciso sólo quiere saciar su Ego y Eco sólo puede repetir lo que Narciso dice.
En las enseñanzas artísticas, como en el resto de disciplinas universitarias, se tiende a la negación de la experiencia personal y la del propio cuerpo como soporte de aprendizaje. El sujeto aparece amputado de su cuerpo, portando solo una mente capaz de abstraerse de su entorno físico y de concentrarse únicamente en la materia cognitiva. Los alumnos sentados en sus pupitres son el símbolo de la socialización unidireccional, son parte de la contradicción entre aprender moviéndose y experimentando y el aprender sentado y memorizando.
La enseñanza occidental surge de las enseñanzas escolásticas ligadas a la religión. Y el Dios de las tres grandes religiones monoteístas es ante todo VERBO, palabra que toma su fuerza en la escritura, en el libro sagrado, la imagen divina es misteriosa e indescriptible, pero terrible y «cegadora». El cuerpo de ese ser supremo, solo puede ser representado de una forma simbólica, es un cuerpo divino creado para el sacrificio, para el sufrimiento, eliminando de él cualquier atisbo de placer. Para que el verbo penetre en la mente es necesario por lo tanto eliminar al cuerpo, dejándolo bien sentado en un pupitre.
Adentrándonos en el arte como una manera de representar el mundo vemos que la representación de la figura humana como imagen reflejo del cuerpo, ha sido la forma más trabajada a lo largo de la historia; en cambio lo que esa forma representaba la mayoría de las veces, no era una analogía de su materialidad física sino una sublimación simbólica en Corpus mitológico y religioso. En la antigua Grecia Genófanes criticaba la estupidez humana de representar los dioses a su escala, imagen y semejanza. «Los hombres piensan que, como ellos, los dioses tienen un vestido, la palabra, un cuerpo». Los etíopes, prosigue Genófanes, dicen que sus dioses tienen la nariz chata y la piel negra; los tracios que los suyos tienen ojos azules y cabellos pelirrojos. «Si los bueyes, los caballos, los leones tuvieran manos para dibujar y crear obras como hacen los hombres, los caballos representarían a los dioses a semejanza del caballo, los bueyes a la del buey, y les darían un cuerpo igual al que cada uno de ellos posee». La imagen mitológica y religiosa contiene en el interior de esa analogía humana, una enseñanza, una norma de conducta y una manera de concebir el mundo que sirve de referente cultural.
El arte actual ha desterrado la tarea didáctica y religiosa a la que había sido destinada en siglos anteriores. Ahora el referente funciona más como reflejo o una metáfora, que como mensaje vehiculado por una narración. La creación videográfica es un ejemplo de este modo narcisista de entender el arte. La cámara de vídeo ha supuesto para el artista contemporáneo un espejo que registra todos sus movi mientos, un espejo que además registra y conserva su propio reflejo. Ha supuesto en definitiva la evolución del autorretrato, que se aleja de la focalización facial que ofrece la imagen especular para centrarse en la experiencia del cuerpo. De esta manera y ya desde la década de los sesenta el vídeo se ha convertido en una herramienta indispensable para los que trabajaban en acciones artísticas donde el cuerpo del autor se convierte en el material mismo de trabajo.
En la danza el cuerpo moviéndose por el espacio genera experiencias íntimas al danzante y éste intenta transmitir al público lo que siente; en las artes plásticas la experiencia del cuerpo del artista con el espacio no genera espectáculo, siendo a menudo una experiencia difícil de ser transmitida, y siendo el lugar desde el que tiene que surgir la creación como una sublimación personal. El arte contemporáneo se convierte así en algo difícil de descodificar sin las referencias biográficas de los artistas.
En este sentido, el artista más conocido en el campo de la llamada vídeo-creación, en la que yo me muevo, es Bill Viola. Para este autor, que expuso en el Museo Guggenheim de Bilbao en el año 2004, la mente es una parte muy pequeña de nuestro ser, y es la que nos da la ilusión de ser un todo, una globalidad. “Para mí el cuerpo es lo físico, la extensión física de nuestro ser que se extiende hacia el dominio etéreo de lo espiritual o lo mental. El cuerpo, por tanto, es lo que nos vincula a la tierra. La mente es lo que nos conecta con el cielo. El cuerpo es lo que nos hace afines a las rocas, los árboles, las montañas, todas las cosas físicas de la tierra».
La referencia corporal ha sido una constante a lo largo del medio siglo de historia del arte relacionado con la imagen móvil. Gary Hill es un claro exponente de esta manera de pensar, en su trabajo “Incidence of Catastrophe” se oye: “El cuerpo. El cuerpo es carne. El cuerpo es materia. El cuerpo es como un archivo. El cuerpo se marca. El cuerpo al menos muere. El cuerpo caga. El cuerpo vomita. El cuerpo Habla. La boca es lo más sucio del cuerpo. El cuerpo es el enlace con nuestro lado físico. El cuerpo flota. El cuerpo duerme. Nadie”. Los dos ejemplos citados muestran el trazo del cuerpo del artista como una expresión simbólica unida al pensamiento y a la acción.
En la tradición académica de las Bellas Artes existe una tendencia general a proyectar el trabajo artístico focalizándolo únicamente desde una mirada y un pensamiento espacial inmóvil, representando de esta manera el espacio, desde una perspectiva fija y olvidando todos aquellos aspectos temporales que intervienen en la creación. Cuando el cuerpo se mueve, la mirada y el pensamiento también lo acompañan, lo temporal interviene inevitablemente en la creación acercándonos de esta manera a una concepción más cercana de la Danza y de la Música, en la que la notación espacial no es más que una representación de lo temporal.
Por otro lado, la construcción de la idea del cuerpo a través de la cultura versus tecnología, y la superación de los límites impuestos por la realidad física a través de esa tecnología, está propiciando una distorsión en cómo miramos la realidad. La mirada deja de ser pragmática y sólo desea ver más, más a través del Cine, de la Tele, de Internet, la mirada como “voyeur” es el máximo exponente del Deseo insatisfecho.
Pienso que se debería abrir un debate pedagógico en el seno de las facultades de arte y quizás en otros muchos centros de enseñanza, sin complejos históricos y sin pretensiones tecnocéntricas. Preguntas tales como ¿cuál es el modo de transmitir experiencias? o ¿cómo crear sincronías entre la experiencia acumulada y la experiencia presente?, son parte de un debate ineludible. El pensar en un lugar para experimentar es pensar en un lugar para crecer personalmente, es repensar la creación y la enseñanza como un laboratorio para la cognición. Los medios de comunicación actuales suponen la mayor fuente iconográfica de nuestros días, son las nuevas catedrales, los nuevos museos; pero el cuerpo del autor, el del creador, el del estudiante y el del profesor son igual de físicos que el del artista que pintó los bisontes de Altamira, Lascaux o Ekain. Al igual que ellos recurrimos al pensamiento y a la expresión simbólica para proyectar y sublimar nuestros gozos y nuestros temores.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
Descubre los cursos de Luzaro. Ver formación
