Creando vínculos en la sala de psicomotricidad con familias en dificultad

Nº 56 · Junio de 2019 · pp. 7–15

Resumen. Jaione Arabaolaza cuenta su recorrido desde la formación en Luzaro hasta su trabajo con familias en dificultad en la sala de psicomotricidad. Expone sus primeros pasos y tropiezos y varios casos concretos (Saihua, Valentina y Leo, Bryan y Luzmila, Ainhoa y Adela, Iker y Elva, Fátima), y el espacio para adultos añadido al final de la sesión.

Hace unos años comencé a formarme como psicomotricista en la escuela LUZARO de Bergara desde el año 2011 hasta el 2016, primeramente en el curso de Práctica Psicomotriz Educativa y seguido el de Práctica Psicomotriz de Ayuda.

Esta formación la compatibilicé con mi trabajo como maestra tutora de Educación Infantil en un centro concertado de San Sebastián en el que llevo ya más de 16 años trabajando.

Según iba formándome, fui aplicando todo aquello que aprendía, incluso para realizar la práctica del segundo año de la formación de Ayuda, me animé con algunos compañeros a abrir un gabinete particular. La experiencia fue muy positiva y exitosa aunque por motivos personales decidimos poner fin al proyecto después de cuatro años y bastantes niños atendidos.

Hoy en día sigo trabajando en aplicar todo lo aprendido y creo que ahora debo compartir algunas de tantas experiencias y reflexiones que he tenido en estos años.

La Práctica Psicomotriz Aucouturier me atrapó; me atrapó de tal manera que ha influido directamente en mi forma de estar, de mirar y de actuar, tanto a nivel personal como profesional. Una vez que este sentimiento te atrapa se hace muy difícil, casi imposible, actuar de otra manera. Todo tu hacer se desarrolla desde esa perspectiva.

En estas líneas me centraré en lo profesional y en cómo ha influido directamente la Práctica Psicomotriz Aucouturier en mi labor diaria. Trabajo en un centro concertado que se ha convertido en un lugar de acogida al inmigrante y para niños y niñas con dificultades, que muchas veces no encajan en otros centros.

La cuestión es que, en el día a día, observábamos muchos problemas en las familias. Eran familias con muchas dificultades que no podían crear un vínculo que por lo menos les sirviera para ayudarse mutuamente. Por poner un ejemplo, cuando sonaba el timbre de salida a las 17:00, todos los días nos veíamos con muchos niños y niñas a los que nadie venía a buscar: recibíamos excusas infinitas sobre el trabajo, los autobuses que se retrasaban, etc… y, desde nuestra realidad, no podíamos entender cómo entre ellos, viniendo muchos de los mismos países de procedencia, no se intercambiaban teléfonos y establecían una relación que les permitiera ayudarse mutuamente en tales circunstancias; o para prestarse uniformes, libros etc…

Llevábamos años realizando un trabajo con los niños y niñas y al mismo tiempo una tarea transversal con las familias, pero siempre con la sensación de no terminar de llegar a ellos, ni de dar respuesta del todo a los problemas que se planteaban.

Hasta el momento no habían funcionado las charlas ni el traer a diferentes profesionales para darles pautas de actuación. Empezaban a bostezar y desconectaban enseguida, con la consecuente sensación de frustración y enfado que esto provocaba en nosotras. Analizando toda esta situación, se me ocurrió plantear algo diferente al Equipo Directivo. Vimos la necesidad de acompañar a estas familias de alguna manera. Durante el período escolar se sentían bastante acompañadas. Pero al salir de la escuela a las tardes, durante los fines de semana o en periodos de vacaciones, se encontraban verdaderamente solas y perdidas.

Para que este acompañamiento fuera más efectivo y respondiera a las necesidades reales, pusimos en marcha un proyecto al que llamamos “Loturak Eraikitzen/Creando Vínculos” Basándonos en las experiencias y proyectos llevados a cabo en Cataluña, desde hace años, desde diferentes instituciones y con el asesoramiento de formadores de la APP, consideré esta iniciativa fundamental para poder realizar un trabajo de prevención.

La base fundamental de este proyecto son: diferentes encuentros con las familias, sesiones de psicomotricidad compartidas (padres/madres-hijos/as), reuniones colectivas de padres/madres y reuniones individuales. Estos encuentros nos facilitaban información real sobre las necesidades y demandas de las familias, que después servían para estructurar los talleres en base a ellas.

El proyecto trata de crear un espacio y dotar de un tiempo a las familias para promover un acercamiento entre ellas y establecer lazos en sus relaciones, que puedan intercambiar teléfonos, etc… En definitiva crear vínculos para que se sientan parte de un grupo, aumentar su sentimiento de pertenencia, paliar la sensación de desarraigo y ayudarnos así en las diferentes intervenciones con sus hijos.

Los principales objetivos del proyecto están relacionados con el refuerzo de las competencias familiares, destacando el papel de los padres/madres como primeros educadores y con favorecer las relaciones, tanto entre padres/madres e hijos/as como entre familias y escuela. Haciéndolo de una manera diferente, un tanto singular para los adultos, no tanto para los menores. Vivir esta experiencia en un clima de alegría, haciendo del juego un medio para enriquecer los recursos comunicativos de las familias, en un ambiente en el que familias y escuela están presentes de una manera nueva, en un contexto relacional donde tiene lugar el proyecto personal.

Nuestros primeros pasos y nuestros primeros tropiezos.

El proyecto se planteó a las familias en la reunión de inicio de curso y se explicaron los objetivos de dicha iniciativa. En esta misma reunión, se les facilitó un documento en el que se les pidió un compromiso para que así las familias interesadas en la propuesta lo rellenaran.

Desde los primeros encuentros nos dimos cuenta de que lo que más gustaba a padres/madres e hijos/ hijas eran las sesiones de psicomotricidad. Así que realizamos una sesión de psicomotricidad al mes. A las sesiones acudían los alumnos/as con sus familiares; dependiendo de cada situación, podían ser la madre, el padre, la abuela, la tía y/o los hermanos.

Las sesiones se plantearon como una sesión de psicomotricidad educativa, con el ritual de entrada, el espacio de expresividad motriz, el espacio de expresividad plástica y el ritual de salida. Las sesiones tenían una duración entre hora y media y dos horas. Se crearon situaciones privilegiadas. Pudimos ver adultos que tras entrar con sus corazas bien fuertes, poco a poco se fueron relajando y despojándose de esa rigidez. Pasaban de estar en pie con mucha ropa a quitarse las chaquetas y terminar sentados o tumbados en el suelo compartiendo experiencias de crianza y otras preocupaciones con los demás.

Pudieron, así, ver y experimentar en primera persona, esa experiencia de la que tantas veces habían oído a sus hijos, semana tras semana, cada vez que iban a la sala de psicomotricidad. En poco tiempo observamos que la forma de dirigirse hacia nosotras de algunas padres/madres, había cambiado como por arte de magia. Percibimos mucha más complicidad, y sobre todo confianza: las profesoras no estábamos ya para juzgar sino para ayudar y complementar la crianza de sus hijos.

Las sesiones fueron difíciles, nada que ver con lo que es una sesión con niños/niñas de la misma edad. Hubo concretamente una sesión en la que mi compañera y yo nos sentimos realmente mal, decepcionadas. Tuvimos que llamar la atención a bastantes familiares porque no soltaban el móvil, y parecía que estaban allí por obligación.

Tras la sesión les consultamos por escrito y de manera anónima si querían seguir con las sesiones, y para nuestra sorpresa, todos contestaron afirmativamente. Así que decidimos seguir, pero marcamos bien las normas en el ritual de entrada y aceptamos a las familias tal como son.

También hubo sesiones de las que salimos pletóricas, con una sensación difícil de explicar, una sensación de sentirnos personalmente llenas, agotadas pero con una energía interna y una gran fuerza y sobre todo con ganas de seguir, satisfechas.

Nos dimos cuenta de que las familias tenían grandes dificultades para interactuar con sus hijos; en cuanto bajaban un poco la tensión, se relajaban y parecía que abandonaban a los menores como si estuvieran en un “Txiki Park”, sin establecer ningún tipo de límite ni vigilancia patente.

Lo que resultó una constante en todas las sesiones y con los diferentes grupos fue el momento del cuento. Es impresionante lo que puede movilizar un cuento y cómo llega a hacerte conectar contigo mismo. ¡Silencio y atención total! ¡Impresionante!…. Un momento realmente emocionante para nosotras también.

Al final de cada sesión no se cansaban de darnos las gracias y al día siguiente nos comentaban lo bien que habían dormido esa noche.

Por último, tengo que decir que terminé el curso con el corazón bien grande, bastante más grande… lleno de amor. Y puedo asegurar que las familias con las que he compartido las sesiones expresaron la misma sensación. Una sensación de energía tan positiva, que da paso y favorece el camino hacia la competencia, al sentirse capaz, al empoderamiento: “yo puedo”. Quiero agradecer a mis compañeras la paciencia e ilusión que han puesto al acompañarme en el recorrido de ésta experiencia y también, cómo no, agradecer a la Directora del colegio su confianza y la dotación de todos los recursos y espacios necesarios para llevar a cabo el proyecto.

Experiencias de casos concretos Saihua, Valentina y Leo

Saihua, morenita y diminuta niña de tres años; siempre viene al colegio con su madre o su tía y sabemos que también vive con ellas su hermano mayor de quince años, Leo.

Vienen a las sesiones de psicomotricidad encantadas, madre e hija. En una de las sesiones Valentina, la madre, me cuenta el calvario que está viviendo con su hijo Leo:

Leo nació en Honduras y fue separado de su madre siendo un bebé para que ella pudiera venir a San Sebastián a trabajar y poder ofrecer a su hijo una vida con más oportunidades. Leo se queda con los abuelos; los años pasan demasiado rápido y para cuando Valentina viaja a Honduras Leo tiene casi once años.

Valentina se reencuentra con un amigo de la infancia y se queda embarazada sin que éste quiera asumir dicha paternidad. Ella decide volver a San Sebastián para dar a luz a la niña para que tenga la doble nacionalidad y Leo vuelve a quedarse con los abuelos en Honduras.

Cuando la niña, Saihua tiene dos años, Valentina decide hacer los trámites para la reagrupación familiar. Cuando Leo tiene catorce años llega a San Sebastián sin ninguna gana y obligado. No quiere saber nada de su madre y de su hermana (desconocidas para él), y mucho menos de acudir al colegio.

Entra en una gran depresión y a pesar de los intentos del colegio, poniéndole un profesor en casa, y de los médicos, durante este curso ha tenido que ser ingresado en un hospital de salud mental, después de un intento de suicidio. Son unas semanas muy duras en las que la madre sólo puede verle unas poquitas horas al día. Poco a poco van alargando el tiempo de esas visitas hasta darle el alta.Le comento que puede invitar a Leo a las sesiones de psicomotricidad, y así, acude a la última sesión del curso. Leo entra muy serio con actitud muy distante; le invito a sentarse en el banco y contesta que no quiere y que le deje en paz.

Comenzamos la sesión y Leo se queda junto a la puerta de pie. Mientras, Saihua juega con su madre, revolcándose por el suelo, aprovecho para darle a Leo el “monito”, (peluche de Saihua), para que lo guarde mientras juegan.

Leo acepta, guarda el peluche entre sus manos y al cabo de unos minutos, comienza a deslizar el peluche por un módulo que tiene una rampa.

Al verlo allí, otro niño de cinco años, comienza a lanzarle pelotas y éste se las devuelve. Viendo que está disponible para jugar, les ofrezco un cubo a cada uno y esas pelotas que quedaban desperdigadas, comienzan a recogerse en los cubos: lanzar-recoger… ser recogido, contenido. Así aparecen las primeras sonrisas en la cara de Leo.

Al ver ésta situación, Saihua quiere jugar con su hermano y él acepta. A partir de ahí, pude vivir y presenciar una situación que me emocionó profundamente; Valentina jugando con sus dos hijos, revolcándose por el suelo. Leo aceptó venir al banco para escuchar el cuento y terminó la sesión dibujando junto a su hermana y su madre.

Bryan y Luzmila

El curso pasado llegó Luzmila con sus dos hijos, huyendo de otra comunidad con una orden de alejamiento por maltrato. El hijo mayor es de un padre con el que terminó de mala manera y el hijo menor de otro padre del que también han tenido que separarse de una manera brusca.

Bryan, de tres años, tiene grandes dificultades en la escuela y también en casa con su madre. Se escapa, se esconde, se relaciona de una manera agresiva con sus compañeros…Se le plantea a la madre las sesiones del “Taller Familiar” y acepta, aunque haya que estar recordándole las fechas continuamente.

Es una mujer que aparentemente da una imagen de mujer autosuficiente y que no necesita de nadie para salir adelante. Físicamente es muy guapa y resultona y tiene fama de prepotente; no reconoce sus dificultades y no acepta ayuda externa, salvo la económica.

Durante la primera sesión, a pesar del calor que hacía en la sala, no se quitó el abrigo hasta llegar al momento del cuento.

Cuando Bryan llama a su madre, ella no lo oye, está en sus cosas…; con mucho cuidado hay que ir proponiéndole acciones a la madre para interactuar con su hijo. A lo largo de varias sesiones, han construido una casa entre los dos y han pasado la sesión entera dentro. Cuando ha podido, el hijo mayor de once años también ha asistido a las sesiones y se han dado situaciones privilegiadas para los tres.

Me llama la atención el efecto que crea el cuento en esta mujer, cómo hace que conecte con su infancia y cómo después, en el momento de la representación plástica, empieza a dibujar y a representar con plastilina, olvidándose de con quién está y desconectando de todo su entorno directo. Hay que decirle varias veces que la sesión ha terminado y, por supuesto, nosotras hemos tenido que acompañar a su hijo en la representación plástica, ponerle los zapatos etc.

Creo que lo que estas sesiones han supuesto en esta mujer, tiene que ver con la confianza lograda en la relación y la consciencia y aceptación de las dificultades y la necesidad de ayuda.

A partir de las sesiones, ha aceptado ayuda profesional, ha acudido a grupos de mujeres en parecidas circunstancias, a programas de ayuda para crear vínculo y a final de curso, también aceptó la ayuda domiciliaria de los servicios sociales.

Ainhoa y Adela

Ainhoa tiene cuatro años y acude al colegio desde que tiene meses. Todos los cursos había problemas con la madre, nadie le aguantaba; entraba con la metralleta cargada y disparaba a todo lo que se le ponía delante.

Como tutora que iba a ser de la niña durante este curso y el siguiente, tenía muy claro que no quería esa relación y desde la primera reunión le propuse el “Taller Familiar”. Se manifestaba reacia, pero a base de insistir y gracias al vínculo y alianza realizados con la hija, la convencimos.

Desde la primera sesión, se produjo un cambio radical, se creó una complicidad entre nosotras dos que se trasladó a las relaciones que esa mujer tenía con el resto de trabajadoras del centro, la secretaria, la tutora del hijo mayor de trece años, la entrada por el pasillo…

Disfrutaba y se relajaba en las sesiones como una niña. Pasaba casi toda la sesión en el espacio sensorio-motor, revolcándose por el suelo, balanceándose en la hamaca, envuelta entre las telas y las colchonetas…

No se perdió ni una sesión, y llegó a negociar con su jefa turnos de trabajo para poder acudir.

Iker y Elva

Iker tiene tres años y tiene grandes dificultades de relación, seguramente debido a no haber podido construir un vínculo suficientemente seguro.

Al terminar el primer ciclo de infantil, llega con unos informes que angustian a la madre: no come nada sólido, no controla los esfínteres, no interactúa con sus compañeros y pasa casi todo el día dormido.

Acuden madre e hijo a la primera sesión, aunque con grandes dificultades; Iker no hace más que llorar y gritar, aunque es un espacio conocido para Iker, donde acude dos días a la semana. No manifiesta lo que quiere, está en brazos de su madre y si entran llora y si salen también llora y grita.

No podemos realizar el ritual de entrada debido a sus gritos y cuando el resto de las madres intentan calmar al niño, ya que su propia madre no lo consigue, dice la madre que no se molesten, que es así y que no pasa nada. Pero no se da cuenta que no podemos seguir. Al final, lo coge mi compañera y el niño se calla y parece que se tranquiliza.

Nada más empezar la sesión, Iker se mete en la tela que cuelga del techo y pide que se le balancee. La madre no se da cuenta ya que está pendiente de otros niños y de sus familias. Le llamo y le digo que lo balancee ella e insisto en la importancia de la mirada. Elva no mira a su hijo, sigue pendiente del resto de las personas de la sala.

Desde el juego, se crea un momento en el que consigue fijar la mirada en su hijo y comenta: “nunca le había visto esa cara”

No volvieron a asistir a ninguna otra sesión, nunca le venía bien. Iker mejoró mucho durante el curso, empezó a aceptar mejor la comida, quiso quitarse el pañal…aunque manifestaba una necesidad de control patológica.

La madre no quiso volver a hablar con nosotras acerca de su hijo; se manifestaba correcta y simpática pero las conversaciones se limitaban a hablar del tiempo, de las actividades del colegio y de la cantidad de números y letras que reconocía Iker.

Al terminar el curso, nos enteramos de que lo había matriculado en otro centro. Elva no nos lo dijo y no pudimos despedirnos de Iker.

Fátima

El caso de Fátima lo comento sólo para constatar la cantidad de información que nos puede aportar las sesiones de psicomotricidad en familia, que de otra manera se nos puede escapar.

Fátima, a lo largo de su recorrido por el segundo ciclo de Educación Infantil, recién terminado, nos ha demostrado la gran capacidad que ha tenido de dotarse de recursos a partir de esa relación de confianza establecida.

Siendo una niña que durante todo el primer curso (tres años) no dijo ni una palabra y no pudo salir de esa verticalidad y rigidez, pasó a abandonarse totalmente y poder realizar un alarde de todas sus competencias adquiridas.

Siempre acudía a las sesiones con su madre y la dinámica era ésa: “ama, mira lo que hago”. Hasta que la última sesión vino con el aita, que estaba deseando y pudo venir.

Fátima se bloqueó ante la mirada de su padre; quería demostrarle tantas competencias….y me dio la sensación de que la mirada de su padre pesaba demasiado sobre ella.

En la última tutoría de padres, tuvimos la oportunidad de profundizar y reflexionar sobre esto, en una reunión privada con la madre y el padre, en la que se pudo hablar, libre de prejuicios, sobre la diferente manera de actuar de su hija cuando está con la madre y cuando está con el padre.

Surgió el tema de la cultura musulmana, el modo de crianza que recibió el padre en su país; el modo en que salió de aquella situación para buscar otra forma de vida, con una mujer ajena a esa cultura y todo el esfuerzo que estaban realizando juntos para construir una nueva familia.

Lo mejor de todo ésto, es que el padre pasó a estar abierto a la escucha, a la reflexión, y a partir de ahí es mucho más fácil que se vayan dando pequeños cambios y avances.

Para terminar con ésta reflexión sobre dicha experiencia, que he querido compartir, me gustaría resaltar el valor de la Práctica Psicomotriz Aucouturier para favorecer las relaciones entre menores, familias y escuela.

A partir de ésta experiencia, la relación con la escuela cambia y se crea una relación de respeto que favorece la crianza en común.

También quiero decir que este curso 2018-2019 hemos seguido con el proyecto, y me gustaría agradecer a Marc Franch y a Gurutze Yarza la colaboración y ayuda que están prestando de manera voluntaria. Por ello hemos podido añadir a las sesiones un espacio para los adultos al final de la sesión; un espacio para compartir y reflexionar desde la palabra sobre todo lo vivido.

Sobre Jaione Arabaolaza Lasa. Maestra, educadora y terapeuta psicomotriz, y diplomada en la especialidad de grabado calcográfico.
Cómo citar: Jaione Arabaolaza Lasa (2019). Creando vínculos en la sala de psicomotricidad con familias en dificultad. Cuadernos de Psicomotricidad, 56, pp. 7–15. Luzaro.
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