Hemos decidido publicar como artículo de nuestra revista, por su gran interés, el texto completo de la conferencia de apertura, en 2013, de las XI Jornadas de práctica Psicomotriz, que pronunció M. Ángeles Cremades, Presidenta de la ASEFOP, en el Palacio Europa de Gasteiz.
Arratsalde on. Buenas tardes a todos. Es para mí un honor, nunca imaginado, abrir estas XI Jornadas de Práctica Psicomotriz coincidentes en esta ocasión con el 25 aniversario de la Escuela de Bergara. En estos tiempos en que la transitoriedad de las cosas es tendencia y la fugacidad de empresas y relaciones va a marcar una época, la larga permanencia de una institución de formación es algo por lo que todos debemos felicitarnos.
Si encima el objetivo de esa formación no es otorgar un título que capacite para un mejor salario o reconocimiento social, sino transmitir una metodología cuyo fundamento va a hacer tambalear principios, tradiciones, formas de actuar, para hacernos repensar nuestra vida profesional, replantearnos nuestra vida de relaciones, en definitiva reinventarnos, porque ya nada va a ser como antes, sin duda el mérito es aún mayor.
La Escuela de Psicomotricidad de Bergara ha sido desde sus inicios un referente en el País Vasco; caracterizada por estar en perfecta sintonía con un entorno que demandaba una escuela diferente, a través de un trabajo cercano, sobre el terreno, ha ido dejando la impronta de nuestro discurso y de nuestra Práctica en toda una generación de profesionales, y todo ello desde la certeza de que son los niños y niñas vascas los principales beneficiados.
Hoy en día con cerca de 900 personas formadas en Práctica Psicomotriz Educativa y más de 50 en Ayuda es la Escuela más próspera y fecunda de toda la Asociación Europea. Una escuela no se construye en un día, es un trabajo comprometido, gratificante sí, pero muy exigente, y también por ello quiero felicitar a todo el equipo de Bergara, a los que están hoy, y a los que lo hicieron posible en los diferentes tramos del camino. ¡Enhorabuena!
Y si mantener una escuela tiene mérito, llenar regularmente este auditorio, en esta cita bianual, no es que sea una proeza, sino más bien la prueba de todo lo que acabo de decir. Una buena escucha, buenos apoyos, trabajo riguroso en equipo, culminan siempre en propuestas interesantes que nos reúnen para aprender, para compartir, para emocionarnos, en definitiva para nutrirnos de forma que el domingo salgamos de aquí con energías renovadas para encarar un lunes diferente cuando nos encontremos con los niños.
El tema que nos reúne hoy aquí “El cuerpo del niño, su sentido y significado” no es un tema baladí sino fundante porque el cuerpo del niño es el niño; el niño es su cuerpo y reflexionar sobre el sentido y significado del cuerpo del niño, como nos invita el programa, nos confronta con la esencia misma no ya de la infancia sino de nuestra propia humanidad, una humanidad que sin duda alguna es corpórea.
Desde que el mundo es mundo todas las culturas han tenido su propia idiosincrasia respecto al cuerpo. De igual manera, las sociedades han tenido una posición respecto a la infancia, con la particularidad de que tanto una como la otra hablan de una historia de dominio y de desvalorización. Hasta bien avanzado el siglo XX el cuerpo no ha encontrado un lugar de dignidad y respeto inherente a la dignidad del ser humano.
Y con más razón podríamos decir algo parecido respecto a la infancia (abuso y explotación). Hablar del sentido y significado del cuerpo del niño podría dar para un debate interesante sobre la evolución de la sociedad misma en función de cómo ha ido evolucionando respecto a la consideración que otorga a la infancia y el lugar que da al cuerpo.
Yo no me considero una persona intelectual y no pretendo por tanto hacer aquí, aunque sin duda sería interesante, un recorrido por los autores de referencia que desde la filosofía o la sociología han abordado el tema del cuerpo o de la infancia, como tampoco haré una exposición exhaustiva de los autores que desde distintos ámbitos de la psicología y el psicoanálisis han aportado sus teorías sobre el nacimiento del psiquismo a partir de lo corporal.
Pero si me gustaría contribuir a hacer una reflexión desde el marco teórico de la Práctica Psicomotriz que nos ayude a comprender mejor el proceso de convertirse en persona desde el cuerpo, el sentido humanizante que tiene para el ser humano madurar en su cuerpo, con su cuerpo, lo que he llamado “habitar” su cuerpo.
¿Cuándo y cómo nuestro organismo se convierte en cuerpo? ¿Cuándo ese cuerpo, que los otros ven, se convierte en mi cuerpo? ¿Existo antes de sentir mi cuerpo como mío? ¿O empiezo a ser yo cuando me identifico con mi cuerpo?.
Desde nuestra tradición dualista y cartesiana pensamos que el cuerpo evoluciona según sus parámetros propios, medimos su crecimiento no solo en centímetros sino en percentiles, evaluamos el desarrollo en base a la adquisición de competencias motoras, atendemos las enfermedades, todo ello sin considerar su relación con nada que no sea el desarrollo del organismo como tal.
La inteligencia, la atención, la curiosidad, el respeto, la capacidad de espera, de compartir, de escuchar, de mantener la postura o de utilizar las manos para coger un lápiz, por nombrar algunas capacidades que suelen echarse de menos cuando no están presentes a la edad adecuada, se diría que han tenido que aparecer insufladas de manera súbita en el niño, capacidades cuyo desarrollo parecería que no ha tenido nada que ver con la fisiología ni con la crianza, como si la psique y el soma fueran entes separados que solo aparecen unidos en los excesos del comportamiento infantil. La realidad es muy distinta.
Al nacer el niño no tiene conciencia de sí mismo, ni de que su cuerpo es suyo, ni de que ese cuerpo está separado del otro; solo tiene disponible su fisiología, es un organismo con un bagaje genético en el que va inscrito el potencial que le va a posibilitar ese pasaje que va de la fisiología al pensamiento, con la particularidad de que esa “transición” solo se puede realizar a través de la vivencia corporal en relación, es decir a través de la relación entre ese organismo y un cuerpo (humanizado y unificado).
Sabemos que los momentos de vivencia de la unidad de placer compartido entre la madre y el hijo están en el origen de la formación de la unidad corporal. Y que de ahí van a surgir las incipientes representaciones inconscientes que van a dar lugar al movimiento fantasmático sobre el que se van a constituir los cimientos del psiquismo; un psiquismo que no es, pero que será, a partir de las sensaciones que van quedando registradas en ese organismo que nosotros ya vemos como cuerpo, porque ya le estamos dando una entidad y una identidad, que el niño todavía desconoce.
La manera cómo el ser humano va haciéndose persona es indisociable del proceso de ir “haciéndose” la representación de su cuerpo. Y para hacerse persona, su corporeidad tiene unas características:
• El ser humano tiene la piel desnuda
• El ser humano vive en posición vertical
• El ser humano no necesita emplear los miembros superiores para su equilibrio lo que le permite liberar las manos
• El bebé humano necesita de otro para su supervivencia.
Si esto es así probablemente estas características tienen que ver con el hecho de que el hombre sea un ser pensante y con lenguaje. Voy a intentar ilustrar este proceso a partir de unos puntos de referencia sencillos, relacionándolos en la medida de lo posible con la experiencia clínica, pues al final siempre son los niños, con su cuerpo, a través de su expresividad motriz, los que nos explican cómo funcionan estas cosas.
Si hay algo que es incuestionable es el amor con que los padres cuidan a sus bebés. La dedicación que el bebé humano requiere para su supervivencia solo es comprensible desde la generosidad y la ternura que el bebé es capaz de inspirar a sus padres para extraer de ellos lo mejor de sí mismos y crear un vínculo único y permanente de por vida. Pero este amor para ser recibido, sentido e incorporado por el bebé tiene que hacerse “carne”, transmitirse a través de los sistemas sensitivos que el bebé tiene disponibles en ese momento.
El contacto, las manipulaciones, las caricias, los cuidados, en definitiva la contención y la envoltura que llegan directamente a la piel del bebé, a su tono, a las distintas partes de su cuerpo, van haciendo que el niño vaya interiorizando un sentimiento de unidad corporal que está en la base del sentimiento de sí. El yo, como ya dijo Freud, “es ante todo un yo corporal que deriva de las sensaciones corporales principalmente de aquellas que vienen de la superficie del cuerpo,” es decir el yo va a ir por tanto conformándose desde los elementos más superficiales y externos hacia el interior.
Y como a Freud siempre hay que hacerle caso voy a empezar hablando de la piel y la envoltura.
La piel / la envoltura
No podemos hablar de la construcción del cuerpo ni del psiquismo sin hablar de la piel. La piel es el órgano más grande del cuerpo humano en cualquier edad, pero en el bebé constituye el 20% de su peso corporal y es la fuente privilegiada de sensaciones en los primeros meses de vida. La piel nos envuelve para contener el interior de nuestro organismo, para protegernos del mundo exterior pero también para comunicarnos con él.
Es el único sentido del que no se puede prescindir porque sin piel no se puede vivir ya que interviene en numerosas funciones del organismo (la temperatura, la circulación, el tono, la transpiración) además de ser el órgano unificador que recubre el cuerpo entero. La importancia de la piel va mucho más allá del tacto puesto que todo lo que tiene que ver con la piel tiene connotaciones de otro orden, la piel es un órgano sobre el que se expresan situaciones emocionales por eso las enfermedades de la piel han sido siempre tan difíciles de entender, de tratar y de resolver.
La función de la piel transciende el plano fisiológico porque es el transmisor fundamental de sentimientos y emociones. Podríamos hablar largo rato de la piel y seguramente sería uno de los puntos que más fácilmente captaría la atención de todos los presentes porque todos podemos adherirnos a alguna vivencia, sentimiento o sensación de lo que estoy explicando. Las caricias y los golpes, los besos y las patadas, la mano que nos saluda, la brisa del mar o el calor del fuego de una chimenea, dejan sus huellas a su paso por nuestra piel.
El tacto tiene además una particularidad, el que toca es tocado. Si esto es así para cualquiera de nosotros, el tacto y el contacto en los primeros meses de vida es determinante. El tacto es el sentido más maduro en el momento del nacimiento por lo que la piel del recién nacido es el primer lugar del cuerpo, al ser el más externo, en el que se expresa o por decirlo de otra manera, el que más sufre la falta del envoltorio uterino (Oiberman). “La piel, órgano sensible transmisor de percepciones internas y externas, enlaza las múltiples sensaciones que recibe el recién nacido del cuerpo materno y sostiene la elaboración de la unificación corporal. Todas las estimulaciones cutáneas, caricias, balanceos, procuran a la piel una realidad perceptiva que apoya su función de frontera entre el dentro y el fuera del cuerpo, estas estimulaciones modelan la envoltura corporal y sientan las bases de un yo-corporal, premisa del Yo psíquico” (Gauberti 1993).
Para Anzieu el aparato psíquico se desarrolla a partir de una base dada por experiencias corporales de índole biológica en las que la piel cumple un rol fundamental. La piel, según sus palabras “proporciona al aparato psíquico las representaciones constitutivas del Yo y de sus principales funciones” estableciendo las características del Yo-piel psíquico primario, incipiente, que actuaría como una envoltura a partir de las características de la piel como protección, recepción, percepción, cohesión, soporte, integración de sensaciones, barrera……..
Aucouturier en el libro de los fantasmas de acción (2004) retoma a Anzieu (1993), “El bebé gracias a las acciones de transformación que le procura el objeto externo va incorporando un conjunto perceptivo motor que es el resultado de la calidad de los cuidados que recibe: lo incorpora como envoltura externa, olfativa, sonora, visual, táctil, postural, y llega a ser una envoltura propia. La cobertura externa se hace envoltura propia y le permite sentirse recubierto de manera continua.”
Introduce aquí el concepto de envoltura pues si bien la piel actúa como saco envolvente del organismo, el bebé desarropado y descontenido después del nacimiento, precisa para madurar de esa envoltura externa que le va a hacer sentir envuelto, arropado en su piel y en su ser, con las consecuencias estructurantes que ello va a tener para su futuro. Es decir, la piel envuelve el organismo pero para que la piel se sienta envuelta hace falta una envoltura externa que le proporciona el entorno maternante. (Afecto, sonidos, ritmos, olores, miradas).
El bebé va a incorporar todo esto a partir de las sensaciones que esencialmente le llegan a través de la piel, del tacto, del contacto, y a partir de ahí va a ir organizando ese sentimiento de envoltura protectora, segurizante, indispensable para la vida, que perdió en el de venir al mundo y sin la cual no hay desarrollo humano posible, porque de la misma manera que un bebé desnudo no podría sobrevivir, sin envoltura no se desarrollaría el ser humano.
La espalda
El sostén sobre la espalda puede considerarse el origen de toda evolución posterior. La espalda, esa superficie tan amplia del cuerpo humano que en los adultos constituye un auténtico mapa de nuestras tensiones, represiones, problemas y problemáticas, en el bebé adquiere una importancia sobre la que vamos a detenernos. En el primer año de vida son innumerables las horas que un bebé pasa en la cuna en posición horizontal, como igualmente son incontables las veces en que el bebé es alzado, transportado, cambiado, alimentado, mecido…, necesitando para todo ello un sostén seguro y consistente por la parte posterior del cuerpo. Esta seguridad transmitida, sentida en la parte posterior, va haciendo nacer un sentimiento de seguridad interna a partir del cual se abre todo un mundo de evolución relacional.
Este sentimiento de seguridad nace de una sensación de bienestar que favorece la apertura de toda la parte delantera del cuerpo, en particular la mirada, la boca y más adelante los miembros superiores y las manos, lo que va a favorecer una mejor alimentación, la atención, la conexión de la mirada (la parte delantera del cuerpo se sostiene en la mirada), la comunicación y, en definitiva, una relación de intercambio e interacción abierta, sana y fluida con el entorno.
La ausencia de esta sensación de seguridad, de este sostén suficientemente bueno por la parte posterior del cuerpo, puede tener consecuencias devastadoras para el futuro psiquismo del niño. La sensación de vacío, de caída, tensa al bebé de tal manera en toda su fisiología que todas sus funciones se van a ver alteradas en mayor o menor grado, tanto las vegetativas como las relacionales.
La tensión cierra, a cualquiera de nosotros nos deja indisponibles para el intercambio, al bebé que está empezando a experimentar y registrar esas experiencias de intercambio, ese dolor que genera la tensión va a dejar huellas indelebles porque imposibilita la recepción de sensaciones positivas, corporales y afectivas, en definitiva imposibilita el diálogo tónico entre la madre y el hijo y las transformaciones de todo orden que conlleva.
Creo que en general ni en el mundo de la educación ni en el de la psicología (espero que en el de la psicomotricidad sí), damos suficiente importancia a la espalda, en su sentido real y en el sentido simbólico. En el sentido de las sensaciones que registra, de lo que se construye y de lo que se deriva de un buen holding en términos de Winnicott, la espalda es el lugar desde el que va a nacer el sentimiento de seguridad basado en la contención que le ofrece el entorno maternante. Este sentimiento íntimo del niño es condición sine qua non para un desarrollo psicomotor saludable, puesto que el impulso para la acción y el movimiento nace de toda la parte posterior del cuerpo.
La necesidad de moverse, de ir hacia delante, de actuar, nace de la parte posterior del cuerpo. La capacidad de abrirse al entorno, de dar y recibir por la parte delantera del cuerpo, parte vulnerable, abierta al afecto y la ternura, así como a todo lo que es del orden de la apertura a la vida (comer, respirar es abrirse a la vida), depende en gran medida de esa espalda, de ese diálogo tónico transformador, unificador y organizador que anida en la espalda en los primeros meses de vida.
La inhibición de muchos niños, las dificultades de contacto con la realidad o las dificultades de contacto afectivo por no hablar de los cuadros mayores como el autismo y la psicosis, tienen mucho que ver con la historia de la parte posterior de su cuerpo, con la angustia de caída y con la compensación o no que han hecho de ella.
Aucouturier nos decía que nadie puede tener buenos apoyos si no ha tenido buenos apoyos en el cuerpo del otro. Esta afirmación tan simple y hasta tan obvia encierra una gran profundidad pero sobre todo encierra una realidad cotidiana que puede ser dulce pero también muy dolorosa, o muy difícil o muy contradictoria.
Porque es verdad que en la mayoría de los casos hay buenos apoyos, pero también hay apoyos inseguros, cambiantes, frágiles o inconsistentes sobre los que el niño no puede construirse ninguna seguridad. La evolución natural de esa seguridad íntima que se genera desde la espalda es la evolución de la propia seguridad postural a través de los diversos apoyos que va a ir adquiriendo el niño a lo largo de su desarrollo. Sin apoyos no hay equilibrio y sin equilibrio no hay organización ni pensamiento que pueda estructurarse ni siquiera de manera incipiente (El eje corporal sobre el que se organiza la verticalidad, para que la cabeza quede alineada con el tronco, esa organización progresiva del equilibrio en seguridad, una seguridad que nunca es solo física sino que se basa en un sentimiento interno de seguridad construido en la relación).
Observar los apoyos de los niños es otro indicador interesante de maduración y de seguridad afectiva. Porque nos hablan de su apertura al mundo, de su contacto con la realidad, o de su necesidad de unificar un cuerpo que se siente fragmentado y no ha alcanzado una buena representación interna de sí mismo.
He hablado de algunos referentes topográficos, por así decirlo, que son esenciales en el proceso construirse la noción de cuerpo; la piel, la espalda, los apoyos, y algún otro elemento que todavía nombraré, todo esto nos va a ayudar en cierta medida a “visualizar” cómo se desarrollan las cosas, pero estos referentes serían incompletos si no abordamos otros aspectos menos visibles del proceso.
Nadie en esta sala dudará ya de que la calidad y la calidez de las interacciones entre el niño y el entorno maternante son el desencadenante del desarrollo psico/motor del niño. Pero, ¿qué camino hacen estas sensaciones para que el niño llegue a desarrollar todas sus potencialidades de evolución? ¿Estas sensaciones, que hemos dicho que van de la superficie hacia el interior, cómo acaban construyendo el cuerpo de un ser humano parlante y pensante?
Quiero entrar aquí en un concepto que no se suele abordar pero que es igualmente fundante de la corporeidad, y es el concepto de volumen corporal. Si hay algo evidente es que el cuerpo tiene volumen, anchura, espesor, un interior no visible y un exterior visible que nos identifica.
Después de la conquista de la verticalidad, la percepción del volumen del cuerpo es sin duda otro hito capital pues no hay subjetividad que pueda instalarse si no hay representación del volumen corporal, si no hay un sentimiento de interior y de exterior del cuerpo. Esta evolución es indisociable de la creación del continente psíquico que conlleva la diferenciación entre el mundo interno y el mundo exterior.
En la medida en que el niño va pudiendo conservar en su cuerpo las sensaciones propioceptivas, en la medida en que se va instalando un sentimiento de continuidad de sí mismo, el niño va sintiendo el espesor de su cuerpo, su volumen, diferenciando el interior y el exterior con elementos que pueden entrar y salir.
Esta sensación de espacio interior contenido y separado del exterior por la piel y la musculatura tiene una importancia capital porque simbólicamente es como si se hubiera “hecho espacio” para el yo y ya cabría tener representaciones, imágenes, emociones, fantasmas, pulsiones, que tendrán que organizarse para encontrar una expresión adecuada hacia el exterior. En la medida en que se va construyendo la sensación de volumen, la interiorización que se venía realizando de los elementos externos, en particular la interiorización de ese otro de referencia afectiva que está en ellas, esas sensaciones y en consecuencia ese otro, pueden conservarse, permanecer, recuperarse.
A partir de este momento el niño comienza un movimiento de “ocupación” de ese cuerpo que se manifiesta a través de la expresión de una energía vital que va del interior al exterior, una energía que se organiza y se transforma en el cuerpo, que va tomando cuerpo, para mostrarse después al exterior. Al haber volumen hay emociones, incluso podríamos decir que son las emociones las que constituyen el volumen, y a partir de este momento la expresión emocional, la canalización de las mismas, la simbolización y el desarrollo de procesos de reaseguración, van a ser las vías por las que el niño vive su cuerpo, lo hace suyo, desarrollando su propia identidad y sobre todo fluyendo en un intercambio permanente con el entorno.
Al haber volumen el yo/representación de sí mismo encuentra su espacio interior y el niño empieza a ser él. Pero las emociones pueden vivirse como peligrosas, pueden fragilizar el cuerpo si no se expresan, pueden dar miedo por si no se dominan, por si hacen daño.
El miedo, la rabia, pueden paralizar el cuerpo o desbordarse de él; los niños pueden vivirse a sí mismos como monstruosos por sentir lo que sienten, por eso es importante, una vez más, la contención y la envoltura que el niño recibe del entorno para poder transformar en procesos de acción y de reaseguración esas emociones invasoras que ocupan el cuerpo, se expresan a través de él y se organizan en él. Porque los niños necesitan vivir sus emociones, jugar, apropiarse de ellas, descupabilizarlas, simbolizarlas y en algún momento pensarlas.
Correr, saltar, voltear, girar, hacer volteretas, equilibrios, caídas, subir, bajar, deslizarse, empujar, derribar, jugar al pilla-pilla, jugar a pelear, esconderse, construir, jugar la devoración, el miedo, la omnipotencia, el abandono, la protección, son las maneras que tiene el niño de hacerse con su cuerpo, de habitarlo, de expresar sus emociones, desde las más excesivas a las más inhibidas. Los enfados, los noes, las reacciones excesivas son a veces la parte sana de los niños que buscan su espacio, su lugar en el mundo.
Su cuerpo en este momento es un hervidero de vitalidad y emociones que el entorno no siempre sabe comprender y ayudar a transformar. Esta energía vital, emocional, no hay que olvidar que nace del cuerpo y es necesaria para afianzar la identidad del individuo, una identidad que es sexuada, y cuya expresión adecuada va ir permitiendo que se vaya transformando en actividades cada vez más elaboradas.
Las manos
A partir de la contención y la envoltura que el entorno le ofrece, el niño se convierte en un ser de acción, una acción a través de la cual el niño se encuentra a sí mismo y le refuerza en su sentimiento narcisista de la existencia, en su identidad, en su eficacia, identificándose cada vez con aquello que hace y le hace sentir bien. Si hay alguna parte del cuerpo que caracteriza la capacidad de acción son las manos, y por lo tanto no quiero dejar de referirme a ellas en esta exposición.
Uno de los índices madurativos a los que con más frecuencia se hace referencia por parte de los padres y sobre todo de los educadores es la utilización que los niños hacen de las manos. Su habilidad, su fuerza, su coordinación óculo-manual o la tan manida “psicomotricidad fina” en el 90% de los casos se refiere a la utilización de las manos. Las manos humanas culturalmente y hasta hace poco, están asociadas a la idea del trabajo, de la productividad y la eficacia transformadora del entorno que ha hecho progresar a la humanidad. Y esta idea en alguna medida está presente cuando valoramos la utilización que hacen los niños de sus manos.
Podrían haber estado asociadas al arte o a otras producciones humanas pero eso es más reciente, no es lo habitual. Vemos las manos como herramienta no como parte del cuerpo del niño, no como parte de ese ser humano en formación cuyas manos participan de los mismos procesos madurativos y sobre todo de la misma problemática que el resto de su persona. Si hay algo evidente es que los niños tocan, desde bebés tocan, manipulan con sus manos los objetos que ven, tocan el rostro de las personas que los sostienen. La prohibición de tocar es de las primeras que escucha un niño en su existencia. Las manos son la última manifestación de la maduración de la pulsión en su expresión más eficaz (habilidades), más afectuosa o más agresiva.
Las manos son el contacto con el entorno, el contacto con la realidad, el contacto afectivo y son el canal por el que el niño expresa en último término todo aquello que sale de dentro de él y se orienta hacia alguien o algo. La fuerza y la energía vital se expresan a través de las manos, el afecto y la ternura también. Los sentimientos de culpa, la represión excesiva así como la ausencia de la misma, con todos los matices intermedios existentes, también se manifiestan a través de las manos.
Para que un niño pueda llegar a estar sentado y pueda coger un lápiz adecuadamente, tiene que haber pasado por construirse un cuerpo a través de haber vivido una buena envoltura, unos buenos apoyos en particular por la parte posterior, haber adquirido una verticalidad equilibrada que le permita mantener la cabeza en el eje corporal, haber llenado el cuerpo de pulsiones, deseos, emociones que hayan podido expresarse de manera placentera ante los ojos de un adulto que le comprende.
En ese caso la utilización de las manos será fluida, sin mayores problemas, porque la función de las manos estará llena de sentido. Pero si el interior del niño está revuelto por razones de índole diverso es casi seguro que las praxias a nivel de las manos se vean afectadas, por no hablar del contacto en general. Construirse un cuerpo, es ese proceso que se inicia interiorizando sensaciones que devienen percepciones en el momento que hay un continente psíquico formado, un continente psíquico que se habita de pulsiones, emociones, afectos, pensamientos que se expresan a través de la acción y la transformación del entorno, en un fluir, un ir y venir de enriquecimiento y transformación mutua con el mundo exterior. Habitar el cuerpo permite vivir la facilidad de desear, de expresarse, de moverse, de emocionarse, de pensar, de ser, en definitiva de estar bien en su piel.
Vivir privado de algún sentido, vivir sin lenguaje puede ser una condena para un ser humano, pero vivir sin cuerpo, en un organismo difícil de organizarse en un sentimiento de sí, en un sentimiento de pertenencia a ese cuerpo, es vivir encadenado a la angustia.
Andar de puntillas, aletear, mover las manos a sacudidas o cerrándolas como en un espasmo, caminar a saltitos, agitarse, balancearse, masturbarse compulsivamente, son manifestaciones que nos hablan de niños que no habitan su cuerpo, sino que sus impulsos, sus angustias, sus emociones, toman el cuerpo directamente sin que ellos las puedan representar por lo que están a su merced sin poderlas dominar, como si las distintas partes de su cuerpo no les pertenecieran y actuaran fuera de su voluntad.
Moverse sin sentido, sin parar, necesitar molestar, ir al cuerpo de los demás ya sea para invadirlo o simplemente para sentirlo cerca, agredir, hablar sin parar, son igualmente manifestaciones que nos hablan de fragilidad en la representación de sí mismos, niños que siguen necesitando la presencia del otro, la relación, porque no han podido desarrollar procesos de reaseguración a través de la acción. Son niños dominados por sus impulsos y necesidades que no se encuentran bien en su piel y necesitan todavía la piel del otro para asegurarse su contención y su envoltura.
No quiero terminar mi intervención sin hacer referencia a nosotros los adultos que trabajamos con los niños. El proceso de construirse un cuerpo, vivirlo, habitarlo, termina “teóricamente” en la infancia, pero vivir de verdad unificados, habitando nuestro cuerpo en armonía, no es una conquista cerrada, sino un proceso de crecimiento personal que no termina nunca. Las personas que trabajamos con niños, especialmente si son pequeños, tenemos la responsabilidad de cuidarnos, de mirarnos para poder después mirar a otros, a ese otro que es el niño y espera la mirada que sepa descubrir quién es. Por ello es importante mirar cómo es la relación con nuestro propio cuerpo, saber cómo andan nuestras emociones, por dónde se pasean o dónde en mi cuerpo se han quedado atascadas.
Los niños captan más lo que somos que lo que decimos, y eso que somos lo transmite nuestro cuerpo. Para trabajar con niños es necesario echar una mirada a ese niño interior que llevamos dentro para intentar saber cómo se hizo con ese cuerpo que ahora es el mío, cómo lo habitó y lo hizo suyo, qué miedos superó, o qué precio pagó para superar sus miedos, o para ocultar su enfado por si acaso le dejaban de querer. Los niños tienen la particularidad de movilizar, de “tocar” con su sola presencia los registros más emocionales y menos “profesionales” de nuestras personas, por ello es tan importante esa mirada sobre uno mismo.
Las personas que nos dedicamos a la formación por la vía corporal asistimos, siempre maravillados, al bienestar que surge cuando las personas se reencuentran con su historia corporal a través de liberar emociones, consiguiendo casi sin darse cuenta darse permiso para sentir y así progresivamente desatar los nudos, liberar bloqueos o simplemente diluir las culpas que nos atenazan escondidas en distintas partes de nuestro cuerpo. El resultado es un adulto más libre, disponible, maleable, fluido y seguro.
El mejor “regalo” que puede encontrarse un bebé, un niño pequeño, es encontrarse con un adulto que exista, que habite su cuerpo, un adulto unificado, con buenos apoyos, en armonía consigo mismo, con sus emociones, capaz de resonar empáticamente, pero sobre todo, como ya dije en un congreso, lo que un niño necesita para crecer es encontrarse con un adulto que a cualquier edad siga creciendo.
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