Intervención psicomotriz con menores en riesgo
Muchos de los niños y niñas en situación de riesgo social, debido a la vivencia de situaciones familiares de daño o sufrimiento (malos tratos, negligencia en su cuidado, consumo de sustancias tóxicas, delincuencia…) tienen un apego inseguro que les genera dificultades importantes en su crecimiento, en varias o muchas áreas de su desarrollo. Creemos que la psicomotricidad relacional les brinda un espacio y un tiempo, para que con el acompañamiento del psicomotricista, el niño y la niña construyan su propio espacio en la vida.
He vivido durante toda mi vida en la zona sur de Madrid. Cuando era pequeña mi madre nos tenía prohibido cruzar una calle que daba y da a uno de sus barrios más “peligrosos”. Yo desconocía la razón, porque para mí no existían los que allí vivían, ya que cumplía plenamente con las advertencias de mi madre. ¿Y quiénes eran sus habitantes? Personas que la sociedad calificaba como problemática, delincuentes, drogadictos, excluidos, violentos… Vamos, que si entrabas allí podías no regresar a casa.
Pasaron algunos años y desde un voluntariado con otros compañeros, crucé la calle. Mi madre seguía preocupada y temerosa, pero la mayoría de edad me permitía dedicar mi tiempo y mi ilusión a lo que quisiera. Es verdad que en esas calles había adultos mal encarados, agresivos, sucios, esquivos, poco acogedores´, delincuentes, drogadictos… Pero también nos encontramos con los niños de la calle, aquellos que iban en manga corta cuando yo llevaba un abrigo porque era invierno y hacía frío.
Con ellos trabajamos desde el apoyo escolar y actividades de ocio y tiempo libre, con el objetivo de acompañarles en su proceso y ayudar en lo que nosotros pudiéramos, muchas veces desde nuestra ingenuidad y con pocos recursos. Pero era el momento en el que comenzábamos a estudiar una carrera, a trabajar, a crear nuestro espacio en una sociedad más benévola con nosotros, los voluntarios, y esto “nos cargaba las pilas”.
En mi caso estudiar Psicología, comenzar a trabajar en una escuela infantil de la Comunidad de Madrid de las de entonces, cuando realmente había un planteamiento educativo en ellas, y encontrarme con una sala de Psicomotricidad, me llevó a querer poner todo ello en contexto de realidad.
Así, convencí a mis compañeros para intentar crear un espacio psicomotriz en aquel local en el que trabajábamos: si era positivo para los niños y las niñas de la escuela, también lo sería para ellos. Algunos voluntarios dijeron que la “iban a montar” porque era una metodología muy abierta y estos niños carecen de límites, son agresivos…
Lo hicimos: colocamos unas colchonetas viejas y deslucidas, prestadas por un colegio, algunas pelotas, una escalera y un tobogán blanditos, cacharritos y unas muñecas, y comenzamos. Fue sorprendente: eran niños que jugaban a ser niños. Ellos mismos se regulaban para subir, saltar, correr, disfrutaban… Nuestro papel como psicomotricistas no tuvo que ser más marcado. Sólo tuvimos que escuchar, mirar, acompañar, posibilitar… Tanto “éxito” tuvo entre los niños y, secundariamente en sus familias (“no para de hablar de lo que hace en la sala”, “habla mucho de ti (psicomotricista…)”, que en la Semana de la Primavera sacamos las colchonetas a la calle, como propuesta de un taller más, y la respuesta de los niños del barrio fue espectacular.
Con esta experiencia disfrutamos, aprendimos a mirar a estos menores en situación de riesgo social como niños, a llamar a su puerta para poder acompañarles en sus vidas (“para qué te voy a contar nada, me decía una niña de nueve años, si mañana te vas a ir y no vas a estar conmigo”: reflejo de la temporalidad de los voluntarios), a percibir la importancia de la mirada y de la escucha. Existían, estaban ahí, en esa calle, y vivían en familias a las que querían, pero que se encontraban enmarañadas en situaciones al margen de la sociedad.
Pero, ¿quiénes son estos niños y niñas?, ¿a qué llamamos niños y niñas en situación de riesgo social? Podríamos decir que son niños que sufren en sus vidas las consecuencias de una familia desestructurada, con problemas económicos graves, laborales, de salud, familiarizadas con las drogas, el alcohol o la delincuencia, familias incompetentes o negligentes a la hora de satisfacer las necesidades físicas y psicológicas de sus hijos, carentes de pautas de crianza. Son niños y niñas que carecen de unos referentes adultos sanos, de unos progenitores que no pueden ejercer su función parental. Niños y niñas que han sufrido situaciones de abandono, abuso sexual, maltrato físico o psicológico, violencia, indiferencia, con dificultades en su desarrollo, problemas conductuales, psicológicos o emocionales… Y tienen nombre.
En este sentido, quiero traer aquí las palabras de J Barudy1 “los hijos de padres con incapacidades parentales presentan desde muy pequeños indicadores de sufrimiento y de daño causados por los trastornos del apego, los traumatismos severos como consecuencia de las agresiones, los trastornos de la socialización y los déficits de sus procesos educativos.
Proporcionar cuidados y buen trato es tan indispensable para la supervivencia como otras funciones vitales”. Y esto, en mayor o menor medida, es lo que hemos podido observar, desde hace más veinte años, en nuestro trabajo con menores en un barrio del sur de Madrid (ocio y tiempo libre, apoyo escolar), pero también desde el año 2008 interviniendo psicomotrizmente con menores de distintas zonas de la capital.
Así, nuestra asociación “Abrazo ADI” presentó un proyecto de Psicomotricidad Terapéutica para menores en riesgo social a Cáritas de Madrid, que comenzaba a desarrollar un convenio con la Caixa a través de su Obra Social (Programa Proinfancia). Desde ese momento venimos trabajando con niños y niñas de primaria, fundamentalmente, en centros de Cáritas o en parroquias desde su Proyecto de Apoyo Escolar, en el que la Psicomotricidad cada vez cobra más peso. Son centros residenciales para familias monoparentales con un proyecto de integración social, Centros Educativos de Menores (CEM) o en un lugar muy especial, La Cañada Real.
Desde nuestro trabajo, hemos podido observar los siguientes aspectos en estos niños y niñas:
• Trastornos en el establecimiento de la relación de apego;
• incapacidad para comprender y controlar el entorno;
• dificultad para controlar sus impulsos;
• muy escasa tolerancia a la frustración;
• dificultades para expresar sentimientos, deseos y necesidades;
• baja autoestima y desconfianza respecto a sus capacidades;
• carencia de límites y escaso respeto de normas;
• sentimientos de culpabilidad por la situación familiar;
• comportamientos agresivos y violentos;
• conductas de evitación, dependencia y de falta de autonomía;
• dificultades motrices y, sobre todo, de deseo motriz;
• dificultades para crear juego;
• dificultades para establecer relación con los iguales y con el adulto;
• relaciones dependientes del adulto o de otros iguales;
• liderazgos fuertes y excluyentes;
• fabulaciones;
• necesidad de gratificación inmediata;
• ausencia de deseo;
• problemas escolares, dificultades para mantener la atención y la concentración, conflictos, malas calificaciones, nula proyección de futuro…
En la sala de psicomotricidad, estos niños y niñas nos han expresado su dolor: están y se sienten dañados, y no suelen expresarlos con palabras. Este daño les afecta en su integridad, y sus manifestaciones, además las que hemos podido observar, tienen que ver con su necesidad de SER MIRADOS, DE SER ESCUCHADOS, DE SER PARA OTRO.
Desde nuestra experiencia y reflexión creemos que la sala de psicomotricidad, el trabajo que se realiza en ella, significa para estos niños y niñas un espacio para:
• poder expresarse
• crear su espacio vital
• descubrir y creer en sus posibilidades
• ser capaces de crear
• tener un adulto disponible
• ser mirado, escuchado, ser significativo para otro
• descubrir la posibilidad de ser
Recuerdo el estar de un menor en la sala. Como al principio permanecía un día y otro día, sentado en el suelo, mirando hacia abajo, sin jugar, sin tocar, sin voz, sin expresión, sin deseo. Recuerdo mi nerviosismo y mi sentimiento de incapacidad: ¡qué difícil la escucha! Sus otros compañeros jugaban y él no estaba estando. Hasta que un día, desde su mirada y la mía hacia los otros, hacia él, se levantó y comenzó a mover los módulos, a moverse solo, a desear hacer, a entrar en el espacio de sus compañeros, a acercarse a mí para pedirme algo… a buscar mi mirada cuando saltaba a una colchoneta o se movía por un tobogán, a construir una casa, entrar en ella y decidir quién podía compartirla y quién no, a dibujar una sonrisa en su rostro y disfrutar con el juego: había encontrado su lugar, su espacio en la vida. Era Lorenzo.
Y cómo él nos hemos encontrado con muchas vidas dañadas, con niños y niñas que probaban nuestra integridad lanzándonos objetos que rozaban nuestro cuerpo, que cuestionaban nuestra autoridad en la sala (“entonces ¿para qué estás tú aquí?”), el “asesinato de un padre”, la reproducción de situaciones violentas y de agresión vividas, comportamientos dulces y maternales cuando fuera eran agresivos, esquivos y violentos, la necesidad de contarnos que habían aprobado y lo bueno que habían sido capaces de hacer (“niños llave”), niños que se empequeñecen buscando el cuidado en el otro como si fueran un bebé…
Estos niños y niñas también nos han mirado a nosotros, a los y las psicomotricistas que hemos intentado acompañarles, y a través de su mirada hemos descubierto a veces nuestra incapacidad, nos hemos visto sobrepasados en ocasiones, pero también hemos descubierto la importancia y la dificultad de trabajar con estos niños y sus familias, lo esencial que es trabajar como equipo de psicomotricistas y la importancia del trabajo personal, de la reflexión y el análisis de nuestra intervención. Ha supuesto todo un aprendizaje profesional y personal, un reto y un privilegio, un compromiso con su presente y su futuro.
Finalmente, creemos que la intervención psicomotriz con estos niños y niñas favorecerá la escucha de cada uno de ellos, el desarrollo de sus potencialidades y capacidades para expresarse, crear, aprender y comunicarse, para crecer desde el establecimiento de un vínculo seguro, acompañándoles en la construcción de un espacio vital en el que han podido ser ellos mismos desde la “sanación” de su dolor, de su daño.
¡Gracias!
Bibliografía
- J. Barudy y M. Dantagnan. “Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia.” Edit. Gedisa
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