Es la estima o el amor por nosotros mismos. Es el sentimiento de nuestra valía personal, el sentimiento de respeto por nosotros mismos. La convicción de que ocupamos un lugar en el mundo único e irrepetible.
Es el sabernos merecedores y dignos de ser felices ahora y tal como somos en este momento. Y saber que esa felicidad depende de nosotros y de nadie más.
La autoestima es una experiencia íntima. Es lo que yo pienso y siento sobre mí, no lo que otros piensan o sienten sobre mí. Somos responsables de nuestra autoestima.
Ni el conocimiento, ni el poder, ni el dinero, ni mi pareja, ni la maternidad o paternidad pueden generar mi autoestima. Si consigo éxito sin alcanzar autoestima podré haber fracasado.
CÓMO MEJORAR NUESTRA AUTOESTIMA
I) Vivir conscientemente. Vivir en el presente
La consciencia es un estado de presencia que nos lleva a la plena conciencia de nosotros mismos. Percibimos la consciencia como la suprema manifestación de la vida. Cuanto más elevada sea la forma de consciencia más será la forma de vida.
Prácticamente todas tradiciones espirituales y filosóficas del mundo nos hablan del despertar de la consciencia.
La evolución y el progreso personal se identifican con la expansión de la consciencia. La consciencia coincide con el espacio de nuestro Yo, pero no se limita a ello. Es un flujo universal y eterno, al que sólo podemos acceder con nuestra presencia y en silencio. Al espacio sin tiempo, al estado de presente total, eterno e indefinido, al interno del cual gozamos de una percepción clara de nosotros mismos y de la realidad.
Esta colocación en un espacio sin tiempo es por sí misma terapéutica. Sin vivir en el hoy no es posible la autoestima. Dice Franz Kafka: «No es necesario que abandones tu estancia. Permanece sentado junto a tu mesa y escucha, espera nada más. Ni siquiera esperes, permanece tranquilo, silencioso y solitario. El mundo se te ofrecerá de buena gana para que lo desenmascares porque no puede hacer otra cosa y vendrá en éxtasis hasta tus pies”.
Consciencia es sentir nuestra unidad con el universo. Como diría Einstein: “Los seres humanos nos experimentamos a nosotros mismos con nuestros pensamientos y sentimientos como algo separado del resto, una especie de ilusión óptica de la conciencia. Nuestra tarea debe de ser liberarnos de esta cárcel”.
Pero para podernos percibir y ser conscientes de nuestro cuerpo, de nuestra energía y nuestra unidad con el cosmos, necesitamos liberar nuestro cuerpo.
W. Reich demostró que cuando están bloqueadas las emociones, nuestra respiración está contenida y los músculos tensos. Eso nos impide sentirnos. Liberar la respiración, relajar el cuerpo y aceptar nuestras emociones nos hace más conscientes. Es lo que Reich llama la capacidad de contacto.
II) Aceptación de uno mismo
Frecuentemente nos resulta más fácil conectar con nuestras ganas de cambiar y de mejorar que con la aceptación plena de nosotros mismos. La autotortura se enmascara a veces con el automejoramiento.
El amor que damos y que tenemos por nosotros mismo es condicionado; es, seguramente, el que nos enseñaron.
Nuestra negativa a aceptarnos es no querer romper nuestra imagen delante de nosotros mismos y de los demás. Vivimos la autoaceptación como destructiva y peligrosa y nos embarcamos en la mentira hacia nosotros mismos y hacia los demás negándonos pertinazmente a vernos como somos y, sin embargo, estos aspectos rechazados de nosotros mismos constituyen nuestra quinta esencia, en muchos momentos lo mejor de nosotros mismos. Hasta el punto que no se puede afirmar que haya en sí nada bueno o malo. Es la aceptación o el rechazo lo que lo convierte en venenoso o nutricio.
Aceptar no quiere decir apreciar lo que veo de mí o que me guste. Significa que estoy decidido a aceptar lo que existe y seguir siendo amigo de mí mismo. No hay cambio posible sin aceptación.
Cuando combatimos una emoción “negativa” o “indeseable” se hace más fuerte. Cuando la aceptamos y experimentamos se debilita. Esto no puede ser de otra manera porque las emociones como rabia, envidia, celos, etc., son un rechazo de la realidad, es un no rotundo a lo que es. Si rechazamos nuestra emoción nos cerramos con doble candado; prisión de la que sólo podremos salir con un sí a lo que es, sí a lo que existe, sí a lo que estoy experimentando, me guste o no.
III) Hacernos responsables
Significa que somos responsables de nuestra vida y de la manera cómo decidimos vivirla. Significa salir de la queja y la pasividad y ser activos. Salir de culpar a nuestros padres, nuestros amigos, nuestra educación, el destino, a nuestra pareja, a nuestros hijos, compañeros de trabajo y empezar a saber que la culpa de lo que nos pasa, de nuestro sufrimiento no la tiene nadie. Sólo nosotros somos responsables que no culpables.
Es importante hacer una distinción clara entre la responsabilidad y la culpa, ya que son conceptos totalmente distintos y, sin embargo, a menudo tienden a confundirse.
Con la culpa nos autodenigramos, nos incapacitamos para el cambio positivo, ya que una imagen negativa de nosotros mismos, teñida de culpa, no puede generar acciones positivas.
La responsabilidad significa la capacidad de aprender de mis errores, tratándome siempre con comprensión y afecto. Aspecto totalmente relacionado con la autoaceptación.
Significa también la capacidad de escuchar críticas sin que por eso se tambalee mi autoestima.
Significa tomar responsabilidad de mis elecciones y acciones. Aceptar de que soy responsable de mi conducta con los demás: cónyuge, hijos, amigos. Se produce un gran cambio en nuestra vida cuando nos hacemos responsables de cómo interactuamos. Gastamos muchísima energía en pretender que el otro cambie y muy poca en cambiar nosotros. Y sin embargo cuando cambiamos nosotros se produce un cambio en la relación, incluso sin pretenderlo.
Porque la responsabilidad es que yo me haga responsable de mi vida, pero no de la de los demás.
Precisamente responsabilizarme de la vida de los demás o pretender salvarles es un índice claro de que no estoy siendo autorresponsable.
Soy responsable de mis emociones. Una buena técnica para conocernos mejor es atribuirnos aquello de lo que culpamos a los demás. Podemos decirnos cuando nos veamos en esa tarea absolutamente inútil y estéril de culpar al otro: “Esto es mío”, “yo estoy enfadado”, “yo me desprecio”, “yo no me tengo en cuenta”, “yo estoy celoso”.
Deberíamos considerar a efectos prácticos que todo lo que atribuimos a los demás es nuestro. “Todo es proyección”, como dice Fritz Perls, el padre de la gestalt-terapia.
Es difícil reconocer a veces las proyecciones, porque en muchos momentos son aspectos de nosotros mismos absolutamente negados, reprimidos, inaceptables o convertidos en lo contrario.
Pero la saña con la que criticamos y la tormenta emocional que nos produce es un índice bastante claro de que es nuestro y lo mejor que podemos hacer es apropiárnoslo.
La responsabilidad, también está íntimamente unida a la autoafirmación y a la individuación.
Autoafirmación es la expresión de lo que yo soy, expresión de todas mis necesidades y deseos y la búsqueda por satisfacerlas. La autoafirmación supone que me enfrento a los retos de la vida. Significa que para mí la seguridad no viene de la afiliación a un grupo, un partido, una familia, una empresa, una ideología, unos amigos, sino de mi capacidad de pensar por mi mismo y de regirme por mis propios valores, es decir-de mi individuación. Y la individuación da miedo porque supone separación.
Individuación también en mi pareja y en mis relaciones. Supone capacidad de autonomía y capacidad de relación. En realidad sin individuación no hay relación, sino un estar juntos sin relación. Individuación supone comprender de verdad la famosa oración de la gestalt:
Yo soy yo y tú eres tú.
Yo no estoy aquí para satisfacer tus expectativas, tú no estás aquí para satisfacer las mías.
Si nos encontramos está bien y si no, nada podía hacerse.
Una de las maneras de sabotear nuestra autoafirmación es con la exigencia de que nuestra pareja o nuestros amigos tienen que llenar nuestras expectativas. A menudo nos traicionamos con quienes más vínculos afectivos tenemos.
IV) Vivir con propósito
Tener un propósito en nuestra vida es algo esencial para la autoestima.
Mihail Cskazentmihalyi en su libro “Flow” investigó durante 25 años a gente de todo tipo y profesión que se consideraban felices y realizados en su vida. Todos sin excepción habían dado un sentido y un propósito a su vida.En el “Bagavad Gita” Dios le dice al guerrero Arjuna: “El ignorante trabaja para su propio bienestar, el sabio trabaja para el bienestar del mundo, sin pensar en sí mismo”. Paradójicamente es entonces cuando nos encontramos y somos más felices.
Vivir con propósito significa que nos comprometemos a descubrir nuestro yo verdadero. A descubrir nuestros talentos que coinciden generalmente con aquello que más disfrutamos. Aquello que cuando lo hacemos perdemos la noción del tiempo.
Privarte de disfrutar y desarrollar esas cualidades supone un empobrecimiento de tu vida y también en la vida de los que podrían beneficiarse de tus cualidades.
Para encontrar ese propósito es esencial que te preguntes qué trabajo es el que más disfrutas, en que sentido estás mejor preparado para servir a la humanidad.
En definitiva vivir con propósito coincide bastante con ser responsable con uno mismo y también con la honestidad y la integridad personal, aspectos fundamentales de nuestra autoestima.
Bibliografía
Wilhelm Reich. «El análisis del carácter». Ed. Paidos.
Osho Rajneesh. «Tantra. La comprensione suprema». Ed. Bompiani.
Nathaniel Branden. «Los seis pilares de la Autoestima». Ed. Paidos.
Denise Desjardins. «La strategie du Oui». Ed. La table ronde.
Denise Desjardins.»Petit traité de L´ Émotion». Ed. La table ronde.
Nota de la edición digital: en el número impreso este artículo incluye fotografías e ilustraciones que no se reproducen aquí. Pueden consultarse en el PDF del número.
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